Presentación del libro “¿Es usted Liberal? Yo sí, pero…” de Agustín Squella

por Renato Garín (presentado en la Universidad Adolfo Ibáñez el 27 de noviembre de 2012)

La angustia es el vértigo de la libertad.

Soren Kierkegaard

Una introducción:  Francisco Mouat

 Hace tiempo dejé de creer en las casualidades. Cuando me llegó la invitación a presentar este libro lo recordé: no hay casualidades. Hace unos cinco años publiqué en el Anuario de Filosofía Jurídica y Social un par de papers sobre el liberalismo y las discusiones contemporáneas sobre Rawls. Quien me invitó a publicar esos trabajos fue el profesor Squella. Por entonces, yo era estudiante de cuarto año en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Hoy, buscando paisajes distintos a los del derecho, soy estudiante de un magíster en periodismo escrito.

Uno de mis mejores profesores ha sido el señor Francisco Mouat, quien es la cabeza detrás de la editorial que hoy presenta este libro: Lolita Editores. En este país del ninguneo constante, creo necesario hacer un reconocimiento a la labor de Mouat. Fue parte de la generación de periodistas que se constituyó como el anti poder de Pinochet. La revista Apsis, en particular, fue una pulga en la oreja para la Dictadura. Años después, ya en los noventa, Mouat condujo una de las mejores revistas de fútbol que se han impreso en Chile: Don Balón.  Su obra cumbre, a mi juicio, llegó a comienzos de los 2000. Mouat escribió un libro que está considerado, según Álvaro Bisama, entre los mejores 100 que se han publicado en la fértil provincia.

“El empampado Riquelme” es la historia real de un hombre que viaja desde Chillán al norte para un bautizo, pero que, en medio del desierto, pierde el tren y queda abandonado en la pampa. Décadas después encontraron su cadáver quemándose bajo el sol. Mouat investigó la historia y escribió un libro sobre este hombre que se extravía en medio de la nada, que se empampa y que se le va la vida en ello.  Hoy, Mouat dirige esta editorial y es el mejor cronista de la prensa chilena.  En este país del ninguneo, de la codicia y la avaricia, vaya un reconocimiento para la labor desinteresada de Francisco Mouat para las letras chilenas. Ojalá tuviéramos más editoriales como Lolita, ojalá tuvieramos más profesores como Mouat.

Agustín Squella: un agustiado

Y ojalá tuviéramos más libros como este. Me refiero a libros que planteen una tesis, una idea central y que se preocupen de dar argumentos a favor y en contra. Y que citen los libros de los cuales están extrayendo sus ideas, y que luego hagan una bibliografía para informar al lector sobre las diversas fuentes que el autor ha tenido a la vista. Ya no se hacen libros así en Chile. Nos estamos acostumbrando al ensayito liviano, que busque entretener antes que persuadir y que pueda venderse en las librerías antes que conservarse en las bibliotecas. Hay una tendencia, especialmente en la derecha, a confundir el libro con el panfleto, el listado de frases clichés con “principios” y los dogmas con “valores”.Squella no cae en este juego fácil. Y eso ya es un mérito pues están apareciendo opinólogos que creen que para las discusiones políticas bastan 140 caracteres. Si me permiten: la antigua tradición de hombres públicos no puede perder la batalla contra los twitteros aburridos.  Las bibliografías son la clave si se quiere discutir con honestidad intelectual y buena fé.

Creo que esas dos palabras marcan el trabajo académico de Agustín Squella. Es honesto pues reconoce sus propias limitaciones y escribe de buena fé puesto que da cuenta de su propio proceso intelectual. Nos relata sus propias dudas y angustias. A mi juicio esos vocablos son la clave de la filosofía, en general, y de la filosofía política, en particular: la teoría no nos entrega certezas, nos entrega dudas. Quienes ven en la filosofía política un cofre para extraer respuestas a problemas contigentes, a mi juicio equivocan el camino. La filosofía sirve para mostrarnos la profundidad de nuestras dudas y no la belleza de nuestras respuestas. En la teoría política, insisto, hay un océanos de dudas que rodea un archipiélago de certezas. Este archipiélago es cada vez más pequeños puesto que sus islas están sumergiéndose bajo la crecida de los mares: el descontento global y la crisis de legitimidad de las instituciones en todo el orbe. Voy a repetirlo: quien busca certezas en la filosofia política no entiende de lo que se trata la filosofía.

El libro que hoy presentamos entiende esto. Por eso no pierde nunca el tono especulativo y ensayístico, justamente porque no se atreve a establecer certeza sobre sus propios postulados. El autor reconoce que se trata de un “testimonio” y un “desahogo”.  Percibo cierta angustia detrás de esta confesión. La misma que percibo cuando el autor dice que es feliz, pero que no vive contento. Agustín Squella está preocupado por esta crecida de los mares. Observa con inquietud la contigencia en Chile, así lo leo también en sus columnas de opinión. Su angustia emana de la pregunta fundamental de cualquier intelectual público: ¿Cuál es el rol de los hombres de letras en escenarios como este? ¿Qué se debe decir sobre el Chile actual?

Estas preguntas han recorrido toda la carrera de Agustín Squella. Para responderlas ha escrito libros de las más diversas áreas de investigación. Su Introducción al Derecho, es un texto que repasa los diversos acercamientos de la filosofía moderna al fenómeno jurídico. La influencia de Kelsen, a quien Squella conoció en un viaje, es notoria ya desde ese trabajo. Una influencia que, a mi juicio, está presente también en el ensayo que presentamos hoy. No es la única influencia, tampoco la principal. Ese lugar, el del principal referente intelectual que inspira este texto, a mi entender, es ocupado por el profesor italiano Norberto Bobbio.

La tesis del libro

Conocí personalmente a Agustín Squella un año después de publicar en su Anuario. Fue en una conferencia que dictó en el CEP. Luego de ella, un grupo de estudiantes nos fuimos a tomar cerveza al Lomits. Nos acompañó el profesor Squella y uno de sus grandes amigos, que es también mi mejor amigo mayor, el señor Ernesto Rodríguez Serra. En esa conferencia, Squella detalló en líneas gruesas la tesis que presenta en este trabajo. La idea es, básicamente, argumentar a favor de una determinada comprensión del liberalismo. Una comprensión que permita vincularlo con una determinada interpretación del socialismo. Constituir, así, una suerte de “liberalismo igualitarista” basado en una mirada similar a la que tuviera J.J Rousseau, cuando la modernidad recién comenzaba.

Esta tesis debe comprenderse en el contexto del fecundo debate académico de las últimas décadas. A mi juicio un autor ineludible, que el libro a ratos ignora, es John Rawls. En 1971 publicó “Teoría de la Justicia”, un texto que trajo de vuelta el debate sobre el liberalismo, pero lo situó en un contexto particular: Estados Unidos y sus discusiones académicas en plena guerra fría. Los críticos de Rawls fueron implacables. Cuatro autores destacaron con libros contundentes.

Charles Taylor, con su crítica al atomismo liberal, Michael Walzer con su teoría de las esferas, Michael Sandel con su tesis doctoral en Oxford, dirigida por Taylor, y Nozick con su crítica libertariana a la posición de Rawls. En resumidas cuentas, Rawls fue acribillado desde todos los puntos posibles. Taylor, desde cierto cristianismo british, Walzer desde la izquierda norteamericana, Sandel desde el comunitarismo laico y Nozick desde la derecha, el ala libertaria del reaganismo.  Curiosamente, Walzer y Nozick compartían cátedra en Chicago, una universidad particularmente importante para el Chile de los 80.  Pues bien, el intento de Squella por compatibilizar libertad e igualdad ya está probado por el primer Rawls. Aquel que fue duramente criticado, pero supo volver, dos décadas después, con un segundo libro: “Liberalismo Político”. Era 1993 y el profesor de Harvard intentó una corrección a su teoría. Intentó una respuesta al problema del liberalismo moderno. Intentó una posición moderada entre el marxismo analítico a la Cohen, que ya se esparcía por las academias, y  el libertarianismo a la Hayek que se impuso como conocimiento verdadero en muchas universidades. Este segundo liberalismo, según Carlos Peña, es de corte hegeliano, en oposición al primer Rawls que era de corte kantiano.

A mi juicio el debate sobre el liberalismo está estancado todavía en esa discusión. Squella participa de ella pero no se refiere a ella explícitamente. Creo que una manera de continuar la tesis es la lectura de la teología política como principal crítica al liberalismo. Fernando Atria, por ejemplo, estaría en desacuaerdo con la tesis de Squella pues ésta no comprende el rol de la escatología política. Según Atria, la verdadera división política es entre marxistas y católicos versus liberales y conservadores. El eje, según él, es que unos no se contentan con este mundo y creen todavía en la promesa de un mundo nuevo por venir. La promesa marxista de un mundo sin alienación, entonces, se correspondería con la promesa católica de la realización del reino de Dios en la tierra. Los liberales y conservadores, según la tesis, no creerían ya en un mundo por venir, estarían resignados a este mundo. Ellos no reconocerían el déficit existencial sobre el cual vivimos. Es curioso pues esta versión del asunto es la que se ha propagado a través de la teología de la liberación, una suerte de doctrina de fuerte influencia en los jesuitas.

Atria presenta a la escatología política como fundamento último de la teoría constitucional y subsume en ella el presupuesto de la polis.  Esta es una idea seductora. Muy seductora. Al punto que ha convencido a buena parte de la academia nacional. Creo que Squella debería estar en desacuerdo con la tesis de Atria pues ella implica reconocer como imposible una asociación entre liberalismo y socialismo. Esto es interesante pues en el libro Squella reconoce, justamente, que se interesó cuando joven en la relación del marxismo con el cristianismo. De alguna manera, Squella cuando era estudiante ya intuía las preguntas que tendría cuando adulto. De alguna manera ya era poseído por esta angustia que lo lleva a desahogarse de tanto en tanto.

Una elite antiliberal

Creo que el problema del liberalismo contemporáneo es que está estancado en las discusiones de los años 80. En Chile, particularmente, seguimos anclados en los mismos conceptos de referencia. En el panorama de los 80, pienso, no hay espacio para un liberalismo moderado. En los 80, la Dictadura de Pinochet, el Gobierno de Reagan y Tatcher y las influencias académicas de nuestra elite, hacían imposible cualquier posición liberal a la Rawls si se quiere.

Para sacar el debate de los 80 debemos observar el modelo chileno a la luz de las pruebas que tenemos hoy. No según el velo de ignorancia que teníamos en los 80, cuando fue fundado o refundado. A mi juicio el debate de hoy no pasa por levantar en el aire un sistema de principios que responde ex ante a cualquier pregunta contingente. Pasa por un diagnóstico a la situación actual, pasa por una observación aguda al país que vivimos. A mi juicio todavía no entendemos qué ocurre en Chile. Las preguntas políticas actuales son preguntas de filosofía política, es cierto, pero no son sólo de filosofía política.

También son preguntas éticas. Recordemos que Max Weber sostuvo que la ética protestante era la base del capitalismo moderno. ¿Sigue siendo esa la ética que gobierna los sistemas de producción? Esta semana escuché a Pekka Himanen, en la cátedra GyD que dirige Ernesto Ottone, decir que la ética protestante había sido reemplazada por una ética hacker: de cooperación, trabajo en red y gestión horizontal. ¿Es esa una ética liberal o socialista? ¿Son esas las etiquetas que tenemos que usar?  A mi jucio no. Debemos buscar referencias en la ética misma y mirar, por ejemplo, el trabajo del profesor Miguel Orellana Benado, quien ha construido un aparato conceptual para defender el pluralismo como una nueva ética, dispuesta a disputarle el campo de lo público al relativismo y al universalismo.

También debemos preguntarnos acerca de la cuestión sociológica que viene envuelta en lo que llamamos modelo chileno. Eso me lleva a la crítica de Alberto Mayol y el supuesto derrumbe del modelo chileno. Mayol acierta respecto del creciente malestar que se vive en Chile. Todos lo vivimos. Pero no acierta respecto del derrumbe. El modelo está intacto. La elite, sin embargo, ha entrado en una crisis de sentido evidente. Hay cuestiones que se mantienen en silencio, cuestiones que el debate educacional ha pasado por alto. Por ejemplo: los colegios de la elite chilena tienen el mismo rendimiento en la prueba Pisa que los colegios rurales chinos. Ese es el modelo chileno. Incluso los más favorecidos no reciben una educación medianamente aceptable. Pero nadie critica a los colegios de la elite. Parece un tema tabú referirse al Grange, al Saint George o al Cumbres. ¿Por qué?

Pierre Bordieu, el más lúcido de los sociólogos franceses, escribió junto a Claude Passeron un libro clave para comprender de qué hablamos cuando hablamos de elite. El volumen, titulado “Los Herederos”, ha generado intensa polémica durante veinte años.  En palabras de Carlos Peña, un atento lector de Bordieu, la tesis puede resumirse así:

La función principal del sistema escolar, argüía el texto, era la de reproducir las divisiones sociales en vez de contribuir a remediarlas. Allí donde los franceses creían que la escuela era el lugar de la meritocracia, el sitio donde los ideales republicanos encontraban realización, Bourdieu y Passeron, con una amplia prueba empírica, sugerían lo contrario: la escuela eliminaba a los socialmente desfavorecidos y premiaba a los de mejor origen.

En Chile, este dato ha estado en el trasfondo de la discusión educacional desde 2006 a la fecha. Tenemos certeza que los ricos reciben mejor educación, más capital social y más herramientas que la clase media y esta, a la vez, un tanto mejor que los pobres -el “mundo popular” los llama la UDI-.  Ese plus con que se arranca desde la cuna, se reproduce una y otra vez. Los mismos que fueron a los buenos colegios, salvo singulares excepciones, irán a las buenas universidades, serán los mejores alumnos, tendrán los puestos laborales más apetecidos, ganarán becas y conocerán el mundo entero. Se casarán con alguien de similares condiciones, tendrán un concurrido matrimonio y sus hijos irán, también, a los buenos colegios. Ese es el círculo vicioso que vivimos en Chile: tenemos dos países, uno para elite y otro para el resto.

Es por eso que, en estos meses de manifestaciones varias, se han ido reproduciendo las voces que disparan contra la elite. Nada nuevo si miramos la historia del siglo XX chileno, signado por el constante reclamo hacia las clases dirigentes.  “La Fronda”, así la llamó Alberto Edwards, fue el enemigo discursivo de Alessandri Palma, Ibáñez, los radicales y la DC. La reforma agraria y las orgánicas marxistas así lo muestran. La Dictadura, también, tuvo algo de ese tinte anti oligárquico, aplastando a la vieja elite terrateniente y levantando, contra ella, a una nueva capa de gerentes y académicos que la reemplazó simbólica y políticamente. “Los nuevos ricos”, concepto generado desde la sociología chilensis, fueron copando los espacios antes vedados para una casta pequeña y celosa guardiana de sus privilegios. Treinta años bastaron para consolidarla y expandir sus símbolos.

La nueva elite chilena, parida por la Dictadura, es voraz, inconformista, adicta al éxito, falsamente cosmopolita, fanática del management y de los simposios internacionales. Una elite, al mismo tiempo, que descree de las ciencias sociales, que no lee libros y que huele caca cuando le hablan de las universidades públicas.  Las nuevas fortunas se conciben como “holdings” que abarcan desde medios de comunicación hasta supermercados. Pero, en lo sustancial, se dedican todos a lo mismo: el crédito. Poco les importa vender la camisa o el televisor, el auto o la lavadora. Lo que les interesa es emitir tarjetas, endeudar a plazo y conseguir el rut del cliente. Y, después, reclaman que “en Chile no hay ideas”. Por supuesto, hay excepciones, siempre las hay, de empresarios liberales que han triunfado pese a no ser parte del club de amigos.  Insisto: El liberalismo debe diagnosticar el modelo chileno.

Sebastián Edwards decía el sábado en el cuerpo de reportajes de la Tercera que el estado está capturado por una minúscula clase política, guardiana de sus privilegios y celosa guardiana del binominal y de todos sus mecanismo de sobrerepresentación. A mi juicio el Estado también es presa de otras fuerzas que, bajo la retórica liberal del emprendimiento y el progreso, aumentan su poder en el mercado gracias al Estado. Es el ejemplo de un grupo económico que compró el Banco de Chile a mediados de los 2000. El Banco del Estado les prestó el dinero. El Estado en Chile le presta dinero a los grandes grupos económicos para que aumenten su presencia en un mercado tan sensible como los bancos. Ese es el modelo chileno. ¿Es eso liberal? ¿Es eso igualitarista? Más aún: ¿Es eso capitalismo?

El Chile Empampado

El asunto está en la microfísica del modelo. Así se lo dije a Alberto Mayol cuando me tocó comentar su libro. La macrofísica del modelo no nos sirve para diagnosticar el Chile actual. No basta con decir “este es un modelo neoliberal y se está derrumbando”. Eso pasa por alto la clave del asunto: Los mecanismos que se utilizan para la consecución de fines y los vínculos sociales que estos generan. La complicidad de determinados grupos en pos de obtener posiciones ventajosas ya sea en la política o en el mercado. En resumen: Un antiliberalismo en la elite, muy arraigado.

Ese diagnóstico suele ser pasado por alto. Dos razones afloran.

Una, quien lo emite corre el serio riesgo de ser tildado de “resentido”. Así llaman a Carlos Peña cada vez que dispara, desde su trinchera dominical, contra la tribu. Ya no sorprenden las cartas que, al día siguiente, se hacen caer en A2 para recordarle a Peña que su dolor es, como decía una viuda, “no ser de los Peña”. Lo mismo cada vez que en una conversación social alguien osa cuestionar a “los cuicos”. La segunda razón es más profunda: pareciera que la política nada puede hacer para revertir la concentración simbólica del poder. Eso es lo que le quita el sueño a Agustín Squella. Es en este segundo aspecto donde radica lo dramático del asunto. El sistema político, que en lo sustancial es dirigido por la misma elite antes descrita, se declara incompetente para dar respuestas a las principales preguntas de nuestros tiempos. Si desde lo público no hay solución posible, entonces no hay razón para ventilar públicamente el diagnóstico. La desigualdad, así, pasa a ser un tema privado. Eso quiere combatir Squella con su liberalismo igualitarista. Squella es liberal, pero no quiere que la desigualdad sea un tema privado. Squella es un liberal, pero sospecha que la elite es antiliberal. De ahí la angustia.

Comencé hablando de El Empampado Riquelme. La historia de un hombre que viaja de Chillán al norte para un bautizo. Pero, en medio de la pampa, sin que todavía sepamos por qué, se baja del tren y se pierde en el desierto. Años después, sus huesos son encontrados como mudos testigos de lo ocurrido.

Riquelme se había empampado: los cerros de arena se parecen demasiado entre sí, uno pierde la brújula y deja de tener consciencia de hacia dónde camina.  Me pregunto si acaso no es esa la historia de Chile. ¿No será que somos un país empampado? ¿No será que nos bajamos de un tren para subirnos a otro, para luego quedar abandonados a nuestra suerte en medio de la nada? ¿No será que los cerros se parecen mucho? ¿Y qué decir de los liberales? El liberalismo chileno también está empampado. Sin estadio, como la U, buscando un hogar que habitar sin sentirse malmirado. Quizás sea hora de construir nuestro habitat. Quizás sea hora de pensar, en serio, en constituirse como una fuerza política con voz propia.

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