LA DERECHA Y LA LIBERTAD

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del viernes 28 de junio de 2013) 

Se dice que en seno de la derecha chilena hay poca reflexión intelectual y filosófica. No parece tan cierto respecto de la nueva generación. En las últimas semanas se ha dado una atractiva conversación a través de dos columnas de opinión que me gustaría comentar aquí.

La primera es la controvertida pieza del abogado Axel Káiser donde plantea que la educación no es un derecho que pueda exigido por los ciudadanos, porque para hacerlo efectivo el Estado se ve siempre obligado a meter la mano en el bolsillo de personas que han ganado legítimamente su patrimonio. Káiser agrega que la idea de derechos sociales es un espejismo de moda pero que debemos rechazar por sus implicancias normativas. El objetivo de cualquier gobierno, según el columnista, sería proteger a los gobernados en el goce de sus libertades individuales negativas, es decir, aquellas que se garantizan con la no-interferencia de terceros.

Días antes, en el mismo periódico, Hernán Larraín Matte y Felipe Kast publicaron en conjunto una reflexión titulada “La otra cara de la libertad”. En ella, los autores se muestran conformes con los avances de nuestro país en materia de libertades individuales pero disconformes con el grado de libertad social de los chilenos. Según el texto, ésta se manifiesta en una demanda por espacios públicos y comunes de encuentro, así como en la incorporación de las capacidades y oportunidades efectivas en la medición de la propia libertad. Más aun, Larraín y Kast hacen sinónimos la idea de sociedad justa con la idea de sociedad libre. 

El contraste es evidente y se da en dos dimensiones.

La primera es conceptual. Káiser escribe desde la tradición liberal clásica que utiliza la definición hobbesiana de libertad: “Libertad significa, propiamente hablando, la ausencia de oposición”. Dicha ausencia la hace acreedora del apellido “negativa”. Es el mismo punto de partida lingüístico de las teorías de Bentham, Mill, Berlin, Hayek o Rawls. Para este enfoque todos los ciudadanos de la república son igualmente libres en la medida que no son impedidos de realizar una determinada acción, por ejemplo, sostener un culto religioso, expresar una opinión o comprar una casa. Larraín y Kast, en cambio, expanden el ámbito de la libertad más allá de lo puramente negativo y se comprometen, siguiendo al economista Amartya Sen, con un concepto que incorpora las capacidades efectivas para ejercer ciertas acciones. Un ciudadano sin posibilidades reales de expresar públicamente su opinión porque la pobreza lo tiene agobiado sencillamente no es libre desde esta perspectiva, aunque la Constitución le consagre una garantía de no-interferencia. Por lo demás, Káiser rechazaría la coherencia de una idea de libertad que no fuera esencialmente individual, como lo es la “libertad social” que introducen Larraín y Kast.

La segunda diferencia es normativa. Káiser cree que el objetivo primordial del Estado es la protección de las libertades individuales. Cualquier pretensión que sobrepase esta esfera es, desde la mirada libertaria, moralmente ilegítima. Larraín y Kast sostienen una afirmación muy distinta. Para ellos la comunidad política tiene el imperativo de asegurar a todos sus miembros una cierta igualdad de oportunidades para que las posiciones de partida de los individuos no afecten radicalmente sus expectativas vitales. Eso se hace a través de políticas públicas que se financian en parte por vía redistributiva. Esta posición los acerca al ideal que la teoría política conoce como liberal-igualitario y los aleja fuertemente de la visión libertaria.

Por cierto, existen matices y combinaciones posibles entre ambas posiciones. Es perfectamente plausible entender la libertad como un concepto meramente negativo y aun así considerar que las funciones del Estado exceden la protección de las garantías individuales. “La libertad no es la primera necesidad de todo el mundo” señalaba sir Isaiah Berlin. El mismo John Rawls construyó su teoría de justicia justificando la existencia de instituciones fuertemente igualitarias. 

Aunque los candidatos presidenciales de la Alianza hayan mostrado pocas diferencias en los debates, los contrastes filosóficos –conceptuales y normativos- existen en la gran familia de la derecha chilena. Desde distintos centros de pensamiento (Káiser dirige la Fundación para el Progreso mientras Larraín y Kast son fundadores del Think Tank Horizontal) emergen contribuciones valiosas al debate interno. El tiempo dirá cuál se impone.

Link: http://www.capital.cl/opinion/la-derecha-y-la-libertad/

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