LAS PELOTAS DEL PRESIDENTE, O CÓMO FUE QUE EL FÚTBOL LE PASÓ LA CUENTA A ESTE GOBIERNO

por Cristóbal Bellolio (publicada en Duelo de Hinchas el 1 de julio de 2013)

Cuenta la mitología de palacio que el equipo de avanzada del Presidente Sebastián Piñera le hizo a la ANFP un curioso pedido a propósito de la visita que el Jefe de Estado haría a la selección de fútbol antes de emprender su viaje al Mundial de Sudáfrica: Piñera quería que la puesta escena incluyera el lanzamiento de un penal contra el arco defendido por Claudio Bravo. Lo insólito habría venido después: el penal tenía que ser gol.

No tengo pruebas de la veracidad de esta historia, pero habida cuenta de la singularidad del personaje, hay que admitir que al menos suena verosímil. La tesis de su intervención en la salida de Marcelo Bielsa de la dirección técnica nacional también oscila en la delgada línea de la veracidad y la verosimilitud. Aunque lo hayan confirmado varios periodistas deportivos, no hay evidencia concluyente de que La Moneda haya estado detrás de la operación que sacó a Mayne-Nicholls de la presidencia del fútbol chileno. Sin embargo la historia resulta igualmente verosímil: todos vimos a Ruiz-Tagle haciendo lobby en Sudáfrica para levantar una lista paralela y todos sabíamos lo políticamente doloroso que estaba siendo para Piñera cada encontrón con el “loco” Bielsa.

Los cientistas políticos discrepan en este punto, pero una fracción importante de ellos considera que la salida de Bielsa –y la eventual culpa que cupo en ello al Presidente- fue la principal causa del grosero derroche de popularidad que experimentó el gobierno entre octubre de 2010 y enero de 2011. El rescate de los mineros dejó a la administración Piñera en los 63 puntos de aprobación. En cuatro meses descendió 22 puntos y se ubicó en un 41%. Fueron esos fatídicos cuatro meses en que Chile futbolizado sufrió la partida de Bielsa como si le hubieran arrebatado la ilusión.

Se inició entonces la era Borghi. Si Marcelo Bielsa había sido el técnico del mandato de Bachelet –a quien el rosarino siempre dijo admirar y emular- el “Bichi” se convertía en el símbolo del período piñerista. Sus pergaminos colocolinos avalaban la asociación. Pero la historia no tuvo feliz desarrollo.  Cada punto perdido por la selección de Borghi multiplicaba en las casas de los chilenos la nostalgia bielsista y de pasadita, se convertía en cruel recordatorio contra el hipotético responsable político de su partida.

La relación del poder político con el deporte más popular de un país es evidente. El Mundial de Rugby de Sudáfrica 1995 fue un hito en el proceso que conducía Nelson Mandela, por ejemplo. Mandela apostó capital político en ello y ganó la apuesta. Piñera, en cambio, ha salido para atrás en su intención de capitalizar hitos futbolísticos para generar aprobación. Una posible razón para explicar este experimento fallido es la percepción del hincha de que Piñera no es sincero en sus afectos deportivos.

Lo explico de otra forma. Al interior de la nación pelotera se establecen dos tipos de relaciones: una horizontal, en que cada hincha es potencialmente igual al otro y la única medida del valor es la pasión; y otra vertical, donde el pueblo futbolero reconoce un superior sólo por su capacidad de asegurarle éxito para sus colores. La primera se puede cultivar incluso en el fracaso, crece en los potreros mientras se alimenta de cuneta y sufrimiento. La segunda no tiene relación con los afectos ni con los procesos, sólo con la generación de expectativas y resultados. Desde el día uno, el Presidente se comunicó con la hinchada en la frecuencia vertical. Me cuenta un amigo colocolino que al asumir la conducción accionaria de su nuevo club, Piñera prometió la Copa Libertadores. Como no cumplió –y el estándar de la relación vertical es el éxito- los hinchas tienen derecho a repudiarlo. Si hubiera cumplido –como Yuraszeck en la U- poco habría importado que gobernase desde una torre de marfil.

En cierto sentido entiendo lo que le pasa Piñera porque alguna vez me pasó a mí. Cuando estaba en el colegio me tocó integrar brevemente la selección de fútbol. Sin embargo no jugué un solo partido del campeonato interescolar y apenas fui citado a un par de encuentros. El día de la final en San Carlos de Apoquindo me colé subrepticiamente en la banca, aunque vestido de chaqueta y corbata institucional. Cuando el árbitro pitó el final y nos quedamos con la copa salté a la cancha con mis compañeros y di la vuelta olímpica con ellos. Mis amigos me hicieron un bullying inmisericorde que entonces consideré injusto. Decían que era winner por hacer aparecer como mío un triunfo que no lo era, por robarme una postal victoriosa que no merecía más que todos los barristas que alentaban desde las gradas. Sin embargo, en el último partido de la selección contra Bolivia, cuando supe que Piñera había bajado con un amigo a camarines para a felicitar a los jugadores de la “Roja”, sentí la misma picazón que entonces sintieron mis compañeros de curso. Estaba haciendo algo que todos los hinchas querían hacer: saludar a sus guerreros. Sin embargo Piñera no actuó como hincha sino como autoridad, utilizando su poder para saltarse la horizontalidad simbólica que se establece en el estadio. Estaba posando para la foto, como yo hace tantos años, como un winner. Y la hinchada, sabiamente, sabe distinguir.

Link: http://www.duelodehinchas.cl/como-fue-que-el-futbol-le-termino-pasando-la-cuenta-a-este-gobierno/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: