SISTEMA ELECTORAL PARA PRINCIPIANTES

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del viernes 26 de julio de 2013)

Quiero partir desahogándome. La necesidad de cambiar el sistema binominal se cae de madura desde hace un buen rato en Chile y es falso que sólo ahora “haya llegado el momento” de discutir seriamente su modificación. Tampoco es cierto que Carlos Larraín haya puesto el tema sobre la mesa. Este plato lleva muchos años servido y es probable que la jugada del líder de RN sólo sirva para ganar tiempo, frenar otras reformas políticas y guardar las apariencias. Es decir, que nada cambie realmente en el corto plazo. La respuesta legislativa del gobierno en esta materia tampoco promete movimientos significativos sino más bien se lee como el tradicional impulso reactivo de la administración Piñera para no caer en la irrelevancia quedándose fuera de la conversación.

Habiendo dicho todo lo anterior, estas líneas tienen en verdad otro objetivo: subrayar didácticamente para el lector lego algunos conceptos esenciales para entender el debate que se está dando en la actualidad. Me parece que es un esfuerzo que vale la pena toda vez que el consenso por cambiar el binominal pocas veces viene acompañado de un acuerdo respecto del método alternativo. Los sistemas electorales tienen ciertos objetivos y obedecen a ciertos principios. Por ende es imprescindible tener claridad de cómo sus efectos producen esos objetivos y encarnan dichos principios. Veamos.

  1. Que la mayoría mande. Uno de los dramas del sistema binominal es su tendencia a producir empates ficticios. La Concertación se ha quejado, con razón, porque a pesar de tener reiteradas mayorías en elecciones parlamentarias debe compartir el poder casi cincuenta-cincuenta con la Alianza. Si el objetivo es que el peso de la mayoría se note, entonces el sistema a implementar pertenece a la familia de los mayoritarios. El mejor ejemplo es el uninominal: una elección donde sólo hay un cargo a repartir y el que saca más votos se lo lleva íntegramente. Es, sin ir más lejos, la fórmula con que actualmente elegimos al presidente de la república y a los alcaldes (en el primer caso con el requisito de mayoría absoluta y en el segundo con mayoría relativa). Es también el tradicional sistema con que el Reino Unido escoge a sus representantes parlamentarios. ¿El riesgo? Una buena racha puede convertir una mayoría electoral en una híper-mayoría parlamentaria sin contrapesos en su voracidad legislativa.
  2. Bendita gobernabilidad. Los sistemas donde la mayoría efectivamente se lleva el poder para la casa suelen ser calificados de “eficaces”. Nada como heterogéneas y dispersas asambleas para dilatar la toma de decisiones, entrampados en un mar de negociaciones. Sin embargo la cacareada gobernabilidad tiene que ver con muchos aspectos que superan con largueza la eficacia en la toma de decisiones o la cantidad de partidos con presencia parlamentaria. Las dictaduras son eficaces y eso no las vuelve legítimas. Venezolanos y colombianos vivieron escenarios de estabilidad forzada –con dos partidos que se repartían siempre la torta- que terminaron por explotar debido su incapacidad dinámica. El binominal chileno, en particular, no produjo gobernabilidad por sus bondades mayoritarias ni por su capacidad de reducir la oferta partidaria sino más bien por los cerrojos contramayoritarios que obligan a la primera fuerza política a negociar con la segunda para alcanzar los altos quórums de aprobación que requieren las reformas relevantes.
  3. ¿Muchos o pocos partidos? Los sistemas mayoritarios uninominales tienden a concentrar la oferta electoral en pocos partidos, o al menos en grandes coaliciones que se disputan el poder. Esto ocurre teóricamente en el centro, contribuyendo a la moderación de las alternativas. Los sistemas proporcionales, en cambio, consisten en que cada partido obtiene un número de escaños lo más correspondiente posible a su caudal de sufragios. De esta manera cualquier partido chico podría obtener representación parlamentaria si los umbrales de entrada son bajos. Esto favorece la dispersión o fragmentación política que, temen algunos, obstaculizaría la eficacia del buen gobierno además de polarizar ideológicamente al país. Lo positivo es que amplía la oferta electoral incentivando la participación de nuevos actores: bajo el modelo proporcional –a diferencia del mayoritario- siempre hay muchos ganadores. Si el objetivo es la inclusión de minorías no representadas, entonces lo lógico es adoptar un tipo de proporcional. Por lo demás, no está claro si países históricamente multipartidistas como Chile dejen de serlo por la adopción de la regla mayoritaria.
  4. Activando la competencia. Se ha dicho, con justicia, que el binominal desincentiva la competencia. Al menos entre las dos grandes coaliciones casi no hay interés en competir porque la disputa se traslada al interior de ellas. Cada bloque sabe que, salvo un descalabro excepcional o una victoria aplastante, le corresponde un escaño en cada distrito y circunscripción. Si el objetivo es activar competencia parece que el mayoritario es el sistema indicado: cuando hay un solo asiento en juego los actores van fieramente tras él. A veces ocurre desde dos grandes partidos –republicanos y demócratas en EEUU- pero otras veces la competencia se prende con terceros que se meten a la pelea –como en el caso de los Lib Dems en Gran Bretaña.
  5. Qué hacer con los independientes. La Constitución chilena dice en su artículo 18 que la ley velará por la igualdad de independientes y militantes de partido en los procesos electorales. Desde esta perspectiva el sistema binominal es inconstitucional: los independientes fuera de pacto deben sacar más votos que la suma de dos candidatos de un pacto para ganar. No sé quién puede interpretar esta desventaja como igualitaria. Si queremos potenciar a los independientes resulta recomendable el mayoritario. Uno contra uno, el independiente está en igualdad de condiciones con el candidato de un pacto o partido. Así lo han demostrado las elecciones municipales en Chile: es más accesible para un independiente ser alcalde que ser diputado o senador. Por supuesto, algunos ven con malos ojos la irrupción de estos personajes caudillezcos sin domicilio conocido y apuestan por sistemas proporcionales con listas precisamente como forma de dificultarles el acceso al poder y reforzar la política desde los partidos.
  6. Una tercera vía. No todo es blanco o negro así como no todo es mayoritario o proporcional. Los llamados sistemas mixtos buscan ecualizar los principios de ambos rescatando en abstracto lo mejor de cada uno.  De esta manera algunos congresistas se escogen con una fórmula mayoritaria y otros por vía proporcional paralela o compensatoria. Ejemplo para Chile: de los 120 diputados, podríamos escoger 80 de ellos en distritos uninominales donde gane el que obtenga más votos. De esa manera se fortalece el principio mayoritario con todos sus efectos en la formación de coaliciones y en la competencia. Los restantes 40 se seleccionarían observando el porcentaje nacional de cada partido y compensando las diferencias que se susciten respecto de los elegidos por vía mayoritaria. Si algún partido no fue capaz de salir primero en ninguno de los 80 distritos pero aun así obtuvo un 10% de la votación en la suma de ellos, con esos 40 escaños supletorios se le asigna un número que se acerque al 10% del total de la Cámara. Así la composición parlamentaria se diversifica y se cumple la promesa de inclusión de los proporcionales.
  7. El fantasma del redistritaje. El problema insoluble de la reforma electoral es que los llamados a producir el cambio se podrían ver perjudicados con el nuevo sistema. La mayoría de las propuestas conocidas implica cierto nivel de reorganización de las unidades territoriales que dan origen a los distritos y circunscripciones. Esto es lo que se conoce como redistritaje y los parlamentarios en ejercicio le temen como a la cesantía. Nadie legisla para poner riesgo su certidumbre laboral. Una forma de evadir este obstáculo es conservando los actuales distritos pero aumentando la cantidad de cargos a escoger en los más populosos. De esa manera algunos territorios seguirán escogiendo dos, pero otros podrían escoger tres, cuatro o más representantes dependiendo del número de habitantes. En este caso el problema es otro: no es muy popular la idea de ampliar el Congreso con más políticos pagados de nuestro bolsillo. 

Link: http://www.capital.cl/opinion/sistema-electoral-para-principiantes/

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