LOS DESAFIANTES

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 9 de agosto de 2013)

Por invitación de revista Capital, un selecto grupo de 15 voces sub 40 se trasladó a Valparaíso para compartir y debatir sobre los desafíos de la nueva generación en el espacio público. La cita fue el pasado miércoles 24 de julio y se extendió hasta el jueves 25. Como viaje de estudio, la mayoría de los contertulios se trasladó en bus desde las oficinas de la revista en Apoquindo hasta los complejos recovecos del Cerro Alegre. Minutos antes de partir se nos bajaba uno de los invitados: Juan Carlos Jobet fue anunciado esa misma tarde como flamante ministro del Trabajo. Por distintas razones tampoco alcanzaron a subirse al bus la integrante de Revolución Democrática Javiera Parada, el abogado democratacristiano Sebastián Iglesias y el periodista Pedro Cayuqueo, que también fueron convocados. Los que finalmente llegaron al delicioso hotel Casa Higueras fueron el abogado José Francisco García, el prosecretario UDI y candidato a diputado por San Bernardo Jaime Bellolio, el columnista y filósofo Daniel Mansuy, el director del Think Tank Horizontal Hernán Larraín Matte, el ex ministro y fundador de Evopoli Felipe Kast, el historiador Juan Luis Ossa, la actriz Luz Valdivieso, la presidenta electa de la Juventudes Socialistas Karina Delfino, el economista y columnista de Capital Fernando Larraín, el arquitecto y fundador de Plataforma Urbana David Assael, el empresario Cristóbal Yuraszeck, el creador de Reforestemos Patagonia Matías Rivera, el director ejecutivo de la Asociación de Emprendedores Cristián López y el ingeniero científico residente en Silicon Valley Eduardo Abeliuk. Junto a los anteriores contamos con la compañía del espléndido y mateo grupo de periodistas de la revista, que por cierto ayudaron considerablemente a reparar el desequilibrio de género del salón.

Como reza la portada de esta edición especial, la actividad llevó por título “Los Desafiantes”. No fue un título baladí. Los reunidos representaban de cierta manera a una generación que en promedio ronda los 30 años y hace sus primeras piruetas en la discusión de asuntos de relevancia nacional. Son desafiantes en el sentido que son retadores. Buscan renovar los cuadros dirigentes. Buscan sustituir a sus padres en la toma de decisiones. Buscan ser protagonistas.

Por lo mismo la pregunta central que cruzó la discusión fue qué haríamos distinto si fuésemos nosotros –en lugar de la actual generación gobernante- los que ostentáramos el poder en la política, la economía o la cultura. La conversación se articuló en torno a tres subdivisiones tradicionales: las cuestiones políticas, las económico-sociales y finalmente las llamadas materias valóricas o morales. Ordenados y entusiastas –aunque un poco dañados por tanto brindis la noche anterior- nuestros contertulios fueron pidiendo la palabra y su servidor fue moderando el debate. En las páginas siguientes encontrará un resumen de las intervenciones de cada participante. Yo me dedicaré ahora a sintetizar los principales puntos de acuerdo así como las discrepancias centrales de la jornada.

Lo primero que considero digno de atención es que en general existe una sutil conciencia de generación. Quizás sea demasiado referirse a un ADN compartido, pero es innegable que el tono, la disposición y el ámbito de referencias utilizadas por el grupo perfila un conjunto de características comunes. Me quedé con la impresión de que existe una cierta confianza en que dichas características –que se reflejan en el lenguaje pero obedecen a una determinada experiencia histórica- serán importantes a la hora de alcanzar los acuerdos que configuren el nuevo Chile. Me veo tentado a escribir sobre amistad cívica –vuelvo a los brindis de la noche anterior- pero quizás sólo sea el trato normal que un puñado de seres humanos debe prodigarse en ausencia de historias personales de dolor y violencia política como aquellas que marcaron a nuestros padres y abuelos. Admito que el hecho que la mesa haya estado levemente inclinada hacia la derecha puede servir como argumento para cuestionar la verdad de este análisis pero es insuficiente para contradecirlo.

Un síntoma de este animus generacional –sólo explícitamente puesto en duda por un escéptico Juan Luis Ossa- fue el bajo temor al cambio institucional. Desde asamblea constituyente a reforma electoral, prácticamente todas las intervenciones dieron a entender que la estabilidad política pasa por procesos de necesaria adaptación y ajuste antes que de congelamiento. Aquí fueron reiteradas las alusiones a la competencia como herramienta para mejorar el sistema político, especialmente el electoral. Varios advirtieron que la generación que actualmente conduce los destinos del país fue curtida en una dinámica de miedo y desconfianza. Pero este juicio fue desarrollado sin reproche, sino más bien con un grado de comprensión de los distintos fenómenos políticos que le tocó vivir a ellos y a nosotros.

El segundo punto de acuerdo que me parece interesante destacar se forjó en torno al rechazo ético y político de la desigualdad social. La caricaturizada tesis de Jovino Novoa naufragó en la mesa del Casa Higueras. En especial fue la segregación urbana el ámbito que mejor graficó la inquietud de los participantes. Tener ciudades –en especial Santiago- con guetos habitacionales excluyentes que viven realidades tan distintas le pareció a casi todos una cuestión preocupante. El problema de tener urbes territorialmente expansivas donde los ciudadanos se demoran dos horas en llegar al trabajo y dos horas de regreso a casa fue unánimemente resaltado como un atentado grosero contra la dignidad y la calidad de vida. Ojalá hubiésemos sido igual de ocurrentes con las soluciones como coincidentes fuimos en el diagnóstico.

La bancada no-política puso sus fichas en revalorizar el emprendimiento y la innovación como motores de crecimiento y progreso económico. Volvió a aparecer la idea de competencia como factor central del modelo. La igualdad de oportunidades fue reivindicada en varias ocasiones. Lo mismo con el concepto de mérito como legítimo mecanismo asignador de recompensas sociales. Se llevó la discusión al campo de la educación, donde aparecieron en todo su esplendor las tensiones entre libertad e igualdad. Se debatió si acaso era posible concebir políticas públicas objetivamente eficaces en un escenario de polarización ideológica.

Los tiempos se fueron acortando y quedó espacio reducido para tratar las llamadas cuestiones valóricas. Aun así aparecieron ciertos criterios comunes y otras divergencias relevantes. En primer término hubo general aceptación de la tesis que señala que las nuevas generaciones son “más liberales” que sus padres. Ya sea por la abundancia de información, un acceso más universal a la educación superior, la prosperidad material del país o haberse habituado a convivir con la diversidad, pareciera que Chile avanza poquito a poco de un modelo tradicionalista de valores a uno más bien racionalista y secular. O como señaló uno de los comensales, nuestra generación parece entender que no existe un único modo de “vida buena” que la autoridad deba promover en forma excluyente. Vivir en una sociedad pluralista ya no es la expresión de un deseo; es el reconocimiento de una realidad. Hubo fricciones menores en materia de matrimonio igualitario y legalización de drogas. No así en el caso del aborto, donde las posiciones estuvieron más fuertemente enfrentadas. Lo mismo respecto del rol de la religión en el espacio público, donde no hubo consenso respecto al modelo deseable.

Así llegamos al final de una maratónica jornada de discusión donde todos tuvieron su espacio. Lo que no se alcanzó a tratar en la mesa de trabajo se siguió desmenuzando en el almuerzo de despedida, bajo la helada brisa del puerto. Lo que los desafiantes harían distinto será, en cuestión de tiempo, una realidad.

Link: http://www.capital.cl/poder/los-desafiantes/

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