TRES CLAVES Y UNA HIPÓTESIS PARA EL DOMINGO

por Daniel Brieba (publicada en Voces de LT el 15 de noviembre de 2013)

Sin duda, el domingo la atención de todos estará puesta sobre los resultados electorales y sus consecuencias sobre el (des)balance de poder que generen entre las grandes coaliciones que han gobernado Chile desde el retorno a la democracia. No sin cierta ironía, la arrolladora ventaja de Michelle Bachelet en las encuestas amenaza con convertirse en un verdadero tsunami electoral para la Alianza.Sin embargo, dichos resultados son sólo parte de la historia. En lo que sigue, sugiero tres claves interpretativas que nos ayudan a poner en contexto dichos resultados, y así contribuir a evaluarlos correctamente. Dichas claves refieren a cuántos van a ir votarquiénes van a ir votar de qué forma votarán los que concurran a las urnas. A través de estas claves, quiero sugerir una hipótesis de mayor alcance respecto a nuestra política: más allá de los ganadores y perdedores del domingo, en las corrientes profundas de nuestra democracia parece estar gestándose, lentamente, un nuevo electorado y un nuevo mapa electoral que no responde a las categorías políticas e ideológicas tradicionales, con consecuencias insospechadas para el futuro de nuestra política. Pero veamos esto por partes.

1. Quiénes votan: El nivel de participación

No cabe duda que esta elección es la verdadera ‘prueba de fuego’ del voto voluntario, ya que la elección municipal – donde la participación bajó bruscamente de los 7 millones históricos a menos de 5,9 millones con las nuevas reglas – es al fin y al cabo una elección local, con menor relevancia y donde no es tan raro que haya alta abstención. Como se puede ver en el Gráfico 1, la participación histórica en las elecciones presidenciales – desde 1989 a la fecha – ha sido sumamente estable, fluctuando muy cerca de los 7,2 millones de votantes. Sin embargo, como al mismo tiempo la población mayor de 18 años ha crecido sostenidamente, la tasa de participación ha caído precipitadamente, desde cerca del 90% de participación en 1989 a alrededor del 60% en el 2009. Por ello, un criterio absolutamente mínimo de éxito para estas elecciones es que participen al menos los 7,2 millones de elecciones anteriores. Con unos 7,5-7,6 millones, podríamos afirmar que además se logró detener la caída libre en la tasa de participación (estabilizándola en torno al 60%), lo cual sin duda sería una buena noticia. Por último, si la votación supera los 8 millones, se puede hablar de un indubitable éxito. A pesar de que la mayoría de los analistas pronostica una participación de entre 7,5 y 8 millones, hay espacio para la duda. Por ejemplo, en la encuesta CEP de julio del 2012 un 50% de los chilenos decía que con seguridad iría a votar en las municipales de octubre y un 19% dijo que ‘probablemente’ lo haría. Finalmente, votó solamente alrededor del 47% del electorado. En esta ocasión, en la CEP más reciente (septiembre/octubre) los que dijeron que irían seguro a votar suman un 50%, con un 23% adicional diciendo que ‘probablemente’ vote. Las cifras son sospechosamente similares al año pasado, lo que podría estar anticipando una participación de bastante menos de 7 millones. En dicho caso, es dable esperar una revivida polémica respecto a la deseabilidad del voto voluntario, sobre el cual Michelle Bachelet ya dijo que había ‘cambiado de opinión’.

grafico2grafico3grafico6grafico45 grafico 1

 Por otra parte, mucho se ha especulado acerca de si una alta votación podría amenazar el triunfo en primera vuelta de Michelle Bachelet, bajo la idea de que el votante más proclive a quedarse en su casa es de derecha, y por lo tanto, si sale en masa a votar, se diluyen las chances de Bachelet de lograr el 50% más uno de los votos. Sin embargo, la última encuesta CEP no valida dicha hipótesis. Como se puede ver en el gráfico 2, entre los que ‘probablemente’ voten la intención de voto por Bachelet es similar a aquellos que con seguridad irán a votar. Asimismo, se advierte que una alta votación favorecería a Franco Parisi mientras que perjudicaría a Evelyn Matthei y Marco Enríquez-Ominami. Así, en un escenario de alta participación es más probable que Parisi supere a MEO, mientras que a menor votación, las chances de MEO de lograr el tercer lugar se fortalecen.

grafico2

 2. Quiénes votan

Desde luego, importa no sólo el tamaño total de la torta de votos sino también su composición. El domingo, los chilenos que escogerán al futuro Presidente serán sustancialmente más viejos y más alineados con las coaliciones tradicionales que el ciudadano promedio. Esto se debe a la dramática diferencia en participación por edad que exhibe hace tiempo la democracia chilena, con votantes ‘viejos’ – que votaron en el plebiscito de 1988 – participando a altas tasas y votantes ‘jóvenes’ – que no alcanzaron a votar – haciéndolo a tasas bajas. En el gráfico 3, se muestra, por tramo de edad, la tasa de votación declarada en las municipales del año pasado y la intención de votar ‘con seguridad’ en las presidenciales del domingo:

grafico3

 Como se puede apreciar, en la municipal pasada la participación de los mayores de 60 triplicó a la de menores de 30, y la duplica en intención de voto para el domingo. Este desbalance etario no es trivial en términos de sus consecuencias. Como puede apreciarse en el gráfico 4, el voto por las candidatas de las dos coaliciones tradicionales (aunque especialmente el de Bachelet) tiene un marcado sesgo pro-vejez. Así, a pesar que la identificación con los partidos políticos y coaliciones tradicionales es transversalmente muy baja, los mayores votan, a pesar de ello, por las candidatas de éstas. En cambio, entre los más jóvenes esa baja identificación partidaria tiene un claro correlato electoral: el voto por Parisi, MEO y Claude está fuertemente concentrado en dicho segmento. Esto sugiere que la capacidad de las coaliciones tradicionales de reproducir lealtades electorales a lo largo de las generaciones se está deteriorando rápidamente. No obstante, precisamente porque los más jóvenes son los más proclives a no votar, el efecto de su preferencia por candidatos alternativos se verá fuertemente atenuado a la hora del conteo de votos. Ello se ve corroborado por los datos del gráfico 5, que comparan la intención de voto para este domingo entre aquellos que votaron en la municipal pasada, y aquellos que se abstuvieron. Como se puede apreciar en dicho gráfico, la votación sumada de MEO, Parisi y Claude entre los que se abstuvieron es sustancialmente mayor que entre los que fueron a votar. Ello sugiere, pues, una conclusión paradójica: el voto voluntario, lejos de ser una fuerza revolucionaria, opera (para bien y para mal) como una fuerza eminentemente conservadora, que ayuda a sostener en el poder a las dos grandes coaliciones ante la escasa disposición de ir a votar de aquellos con menor lealtad hacia ellas.

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3. Cómo votan: la debilidad del voto programático

Una última clave para entender los resultados presidenciales es que las encuestas muestran una relativa pérdida de importancia de las posiciones políticas de los candidatos como factor ordenador de las decisiones de los ciudadanos. Por cierto, en un electorado donde aún perduran (especialmente entre los mayores) culturas políticas definidas, lealtades electorales adquiridas y divisiones profundas en torno a la dictadura (el clivaje Sí/No), no es de sorprenderse que el voto tanto de Bachelet como de Matthei esté compuesto principalmente por opositores y partidarios del actual gobierno, respectivamente. Esto se puede ver con claridad en el Gráfico 6. No obstante, si bien el voto de Matthei está compuesto en más de un 90% por personas que aprueban al actual gobierno, el voto de Bachelet es sorprendentemente heterogéneo, en cuanto casi un cuarto de los que aprueban el actual gobierno votaría por ella. Esto demuestra que el voto de Bachelet trasciende con comodidad las fronteras políticas habituales, y contiene con toda probabilidad un elemento importante de voto personal o no programático.

Con todo, acaso la mayor novedad esté en la composición ideológica de los votantes de las candidaturas ‘nuevas’, que como vimos están apoyadas principalmente por los jóvenes. Por ejemplo, la candidatura de Parisi es la tercera preferida entre aquellos que aprueban la gestión del gobierno, pero la segunda entre los que no la aprueban. Es algo más popular entre aquellos que sí aprueban al gobierno (un voto acaso más de centro-derecha ‘blanda’), pero la composición total de su voto se reparte casi en partes iguales entre partidarios y detractores del gobierno (ya que los segundos son más). Más heterogéneo aún es Marco, que a pesar de tener una agenda programática clara y explícitamente a la izquierda de Bachelet, recibe un apoyo casi idéntico entre partidarios y detractores del gobierno. Incluso Claude recibe aproximadamente un 20% de su caudal total de votos desde partidarios de la actual administración. (Por cierto, todos estos resultados son cualitativamente similares si usamos la encuesta CEP en vez de la UDP para estos cálculos).

En suma, podemos decir que tanto las estructuras ideológicas tradicionales, así como la potencia del clivaje Sí/No para orientar nuestra política, se encuentran notablemente debilitadas. Por ello, hay que tomar con precaución cualquier interpretación de los resultados del domingo que lea los resultados sólo desde el ‘mandato programático’ y no considere la disminuida capacidad de las categorías tradicionales de la política para iluminar el escenario actual.

grafico6

 Así pues, con un voto voluntario puesto a prueba por la cantidad de votantes, donde la participación juvenil será determinante para la suerte de las candidaturas alternativas y donde el clivaje Sí/No ayuda cada vez menos a entender el comportamiento electoral, parece estar configurándose un escenario de dos electorados: uno activo, más viejo y más leal a los clivajes y coaliciones históricas, y otro más joven, mucho menos participativo, sub-representado en las urnas, y con poca o nula lealtad a los actuales partidos y sus coaliciones. Si bien el triunfo de Bachelet será el dato principal del día domingo, no debemos perder de vista el lento pero inexorable reemplazo demográfico del primer electorado por el segundo, y los profundos cambios que éste puede traer a la estructura de competencia partidista que hemos tenido desde el retorno de la democracia. Debajo de la superficie de un nuevo triunfo presidencial y parlamentario de una ampliada Concertación, tanto a ésta como la Alianza bien podría estar acercándoseles su fecha de vencimiento.

Link: http://voces.latercera.com/2013/11/15/daniel-brieba/tres-claves-y-una-hipotesis-para-el-domingo/

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