UN INSTANTE MANDELIANO

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de diciembre de 2013)

Nelson Mandela fue un coloso porque dedicó su vida a luchar por la libertad de su pueblo y una vez que obtuvo el poder convirtió la rabia en perdón y reconciliación. En esa combinación radica su gigantesca estatura política y moral. Los que miran a Mandela como ejemplo e inspiración deben tener en cuenta que ambos aspectos son inseparables en su legado.

Esa es la principal diferencia que existe entre Mandela y otros gobernantes que usualmente son percibidos como igualmente justicieros. En Latinoamérica los casos más notables son los de Fidel Castro y Hugo Chávez. Ambos están a kilómetros del madiba sudafricano porque solamente siguen la primera parte de su ejemplo. Sin embargo una vez que acceden al poder son excluyentes, autoritarios y desprecian continuamente al adversario. Mandela –que pasó muchísimo más tiempo en la cárcel que el cubano y el venezolano- hizo algo muy distinto. Utilizó su privilegiada posición de influencia sobre la comunidad negra y los convenció que el camino no era la revancha sino la magnanimidad. Por ejemplo, cuando intercede por los blancos para que el equipo sudafricano de rugby pueda continuar usando los emblemas y colores históricamente asociados al apartheid. En la expresión más clara del ejercicio de liderazgo político, Mandela tuvo la valentía de exigir –en lugar de meramente complacer- a sus partidarios. De esa manera se validó frente a sus opositores afrikáners y los persuadió de hacer otras tantas concesiones por su lado. En resumen, movilizó a propios y rivales hacia un punto de encuentro. ¿Se nota la diferencia con el lenguaje de descalificación y guerra permanente que hasta el día de hoy utilizan los líderes de Cuba o Venezuela?  

Probablemente la próxima comparación sea desproporcionada, pero en Chile vivimos algo parecido a lo que podría llamarse un instante mandeliano. Era la noche del 12 de marzo de 1990 y el recién investido presidente de la república Patricio Aylwin se dirigía a los chilenos desde el estadio nacional. Pausadamente leía su discurso hasta que llega la parte en la cual resalta la importancia de restablecer un clima de respeto y de confianza entre todos los sectores, incluyendo civiles y militares. Cuando dijo esta última palabra se le vino encima una pifiadera del demonio, a la que Aylwin reaccionó enérgico y vehemente: “¡sí compatriotas: civiles o militares, Chile es uno sólo!”, con lo que transformó las pifias en aplausos. Era fácil dejarla pasar para no frustrar a los propios. Sin embargo Aylwin prefirió enfrentar incluso a sus partidarios para dejarles claro cómo se construye un país de todos. Más todavía, Mandela y Aylwin a diferencia de Fidel y Chávez, no se engolosinaron con el poder y entendieron que el sentido de sus gobiernos se proyectaba mejor dando paso a nuevas generaciones para evitar el virus de la dependencia personalista. 

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2013-12-08&NewsID=247595&BodyID=0&PaginaId=19

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: