LA REINVENCIÓN DE LA DERECHA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de diciembre de 2013)

Los siguientes sucesos ocurrieron prácticamente en 24 horas. El presidente Piñera advirtió que en su coalición se están afilando los cuchillos para pasar cuentas después de la previsible derrota de Evelyn Matthei. El mitológico Pablo Longueira anuncia que -esta vez para siempre- se retira de la política. Desde su tribuna mercurial, el columnista Gonzalo Rojas llama a convocar una gran convención para deshacer los partidos actuales de la derecha y formar una nueva organización apta para la tarea de oponerse al inminente socialismo en Chile. El nuevo senador Iván Moreira llora la partida de Longueira y se pregunta en cámara si acaso subsisten razones para seguir en la UDI. El joven diputado Arturo Squella notifica al Pánzer Andrés Chadwick que su liderazgo en el partido de calle Suecia está en entredicho porque hace rato que se comporta más como piñerista que como gremialista. Chadwick no se hace problema y reconoce una obviedad del porte de una catedral: para su generación ha llegado la hora de dar un paso al costado y la renuncia de Longueira es un símbolo de aquello. Viviendo una realidad paralela, el senador Alberto Espina se autoproclama precandidato para el 2017. Dice que tiene todo el derecho. A fin de cuentas es el único integrante de la legendaria patrulla juvenil de los noventa que nunca fue promovido a presidenciable. Las redes sociales no saben si reír o llorar.

Los astros se posicionaron para decir cambio y fuera a la actual conducción de la derecha chilena. Lo presagiaron Jovino Novoa y Carlos Larraín al no postularse a un nuevo período senatorial. Lo avizoró la propia candidata Matthei al rodearse de rostros considerablemente más jóvenes para su comando de segunda vuelta. La pregunta es si acaso los dueños del poder entienden que la sobrevivencia política pasa por una transformación más profunda que excede los afanes cosméticos de una campaña. A la derecha hay que reconstruirla entera y no hay mejor momento para comenzar que después de una paliza electoral. No se trata de un castigo por este fracaso en particular. Es la campana de retirada para un elenco que en 25 años ganó apenas una sola elección. ¿Tienen acaso las nuevas generaciones la receta del éxito? Ni idea, pero la peor estrategia sería dejar que sus ímpetus se sigan atrofiando bajo la pesada frustración de las vacas sagradas.

Parten con una ventaja: no tienen deuda política ni moral por la dictadura. Hasta el día de hoy la pregunta que cae de cajón para cualquier candidato de derecha es si votó por la continuidad de Pinochet en 1988. Piñera fue la anomalía. El resto nunca se pudo sacudir el bulto. Quedaron etiquetados como cómplices pasivos. La historia emitió su veredicto y en este juicio no hay apelaciones. Cuando ganó Nicolás Sarkozy, la prensa francesa subrayó que se trataba del primer presidente nacido después de la segunda guerra mundial. Todo un símbolo de recambio después de los 26 años sumados que cumplieron en el poder los veteranos Mitterrand y Chirac. Para la derecha será igualmente simbólico cuando su primera línea no haya tenido siquiera la edad para votar en el plebiscito.

Asociado a lo anterior, uno esperaría que se tratase de una derecha de antecedentes limpios, irrestricto respeto a los derechos humanos y compromiso de fuego con la democracia. Nunca faltarán los clones ni los mini-me que repetirán el discurso pinochetista nostálgico de los abuelos. No es relevante. Lo que importa es que esos grupos sean marginalizados y reducidos a la irrelevancia política absoluta, como lo hicieron los españoles que fundaron el Partido Popular con los escombros franquistas que heredaron.

Uno esperaría, también, que se tratase de una generación con menos miedo. No vamos a volver a la UP ni Chile se va a convertir al chavismo por acceder a conversar una o dos reformas que se caen de maduras. De hecho, despachar de una buena vez el binominal sería la venganza perfecta de los hijos contra los padres: operando como un seguro contra la derrota, nuestro sistema electoral es responsable que los costos políticos por mala conducción los pague moya. La derecha partidaria de la libre competencia debería acogerse a un régimen dónde los buenos sean premiados y los malos se vayan para la casa. La asamblea constituyente puede ser un tema más complejo, pero sería extraordinariamente interesante que los nuevos liderazgos del sector se animaran a deliberar sus posibilidades antes de poner cara de amurrado. Quién sabe… en una de esas la mejor manera de superar el trauma de los políticos de ayer es construir entre todos las reglas de mañana. 

En la dimensión económico-social, la derecha que se viene tendrá que salir a dar una batalla eminentemente ideológica. Quizás haya que tomarse un par de años antes de tener una idea clara y consensuada del proyecto país que se quiere ofrecer. La pasadita por el poder sirvió para testear el sabor del servicio público pero no alcanzó para modelar una narrativa ideológica. Menos bajo la dispersión mental de su Excelencia. Lo peor que podría hacer la derecha en los próximos años es involucionar al lavinismo o al eslogan básico de los problemas de los políticos versus los problemas de la gente. El Chile joven que amanece ha reclamado el espacio público para discutir sobre principios: cuánta libertad y cuánta igualdad. La derecha requiere politizarse para estar a la altura. Es la hora de los ideólogos, no de los gerentes. Hay que pensar muy bien por qué se quiere hacer lo que se quiere hacer. La tarea no es fácil: la derecha tiene que re-convencer al país que la meritocracia es más justa que la inclusión, que la focalización del gasto es más justa que la universalización de los derechos, que el esfuerzo individual es más justo que la dependencia estatal como indicador de las recompensas sociales. Si la derecha no entrega argumentos de justicia al respecto estará condenada a la caricatura de actuar por interés antes que por ideales. En estos cuatros años, reconozcámoslo, la izquierda se dio un festín con la pobreza intelectual del oficialismo. Llegó la hora de contratacar y nada mejor que ser oposición para hacerlo.

Queda el espinudo tronco de los temas valóricos, morales y culturales. En esto, me temo, la próxima derecha se verá irremediablemente dividida. Lo más probable es que Chile progrese hacia un escenario de más libertades individuales y ese avance será legítimamente resentido por los grupos más conservadores. No hay muchas vueltas que darle. Los únicos que tienen una oportunidad política aquí son los llamados liberales de la “nueva derecha”. Por un lado, para probar que realmente lo son y no seguir mancillando el calificativo. Hasta ahora han sido mucho ruido y pocas nueces. Por otro, para ampliar el arco de convocatoria del sector, antes que sea demasiado tarde y sus potenciales adeptos terminen todos en brazos de Andrés Velasco escapando de la beatería.

La tarea que le espera a la derecha es triple. En lo inmediato, organizarse para ser una oposición decente a Bachelet. Luego, entregar galvanos de reconocimiento y premios a la trayectoria para darle tiraje a la chimenea. Finalmente, densificar el discurso en busca de un relato doctrinario coherente y compartido. Puede que no lleguen al poder de la noche a la mañana. Pero no hay apuro: sus predecesores se tomaron su tiempo.

Link: http://www.capital.cl/opinion/la-reinvencion-de-la-derecha/

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