EL PESEBRE Y LOS CONSERVADORES

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal el 15 de enero de 2014)

En una reflexión publicada hace un par de semanas, el bueno de Pablo Ortúzar arremete contra mi pretensión de tener en Chile un Estado auténticamente laico, a propósito del pesebre navideño instalado en La Moneda. Según Ortúzar, mi argumento es básicamente racionalista-socialista antes que liberal. Creo que se equivoca. Por el contrario, sostengo que mis premisas son prototípicamente liberales –lo que no significa que necesariamente sean las correctas- y que en cambio las suyas evocan una posición más bien anti-liberal y ciertamente conservadora.

Parto por sintetizar la mía: el poder político no sólo tiene que garantizar la libertad religiosa de sus ciudadanos sino que además tiene la obligación de tratar a las distintas confesiones religiosas con igualdad. Más aún, no debe discriminar –normativa o simbólicamente- entre creyentes y no creyentes. Si el gobierno de turno es proselitista respecto de una determinada posición de fe, sencillamente se aleja del principio de igual respeto. En esto la literatura liberal es mayoritaria: no corresponde que el poder político utilice su desequilibrante tribuna para promover una visión religiosa o metafísica por sobre otra. Lo que corresponde es la neutralidad.

Ortúzar parece estar de acuerdo en ello. Al menos dice que “es razonable exigir al Estado que no promueva activamente una religión”. Aquí tenemos un primer punto de acuerdo. El desacuerdo se circunscribe a si acaso la representación del nacimiento del “niño Dios” en el palacio de Gobierno califica o no como promoción religiosa. Yo creo que sí mientras Ortúzar cree que no.

Mi interpretación del pesebre como despliegue figurativo esencialmente religioso no es arbitraria. En Estados Unidos esta discusión es pan de cada día y generalmente se entiende que el pesebre constituye un endorsement religioso. Los académicos Cristopher Eisgruber y Laurence Sager sostienen que “cuando un gobierno instala un pesebre, dicho acto tendrá el significado social de celebrar el nacimiento de Jesucristo y por tanto afirma las creencias que abrazan a Jesucristo como personaje de relevancia central… el significado social del pesebre incluye el menosprecio de aquellos que no abrazan el Cristianismo como creencia religiosa”. La filósofa Martha Nussbaum señala que los símbolos que instala el gobierno siempre traen consigo un mensaje del tipo “Esto es lo que nos gusta y consideramos importante. Esto lo hemos puesto para que tú lo veas con nuestro patrocinio”. Nussbaum agrega que existen lugares altamente sensibles “donde el gobierno hace afirmaciones que afectan la igualdad de los ciudadanos en la comunidad política”. Específicamente sobre el caso de un pesebre que llegó hasta tribunales, Nussbaum dice que “la escena de la Natividad es claramente un símbolo religioso sectario, de hecho uno muy central y sagrado… cuando no va acompañado de ningún mensaje secular, inevitablemente crea una clara y fuerte impresión acerca del gobierno apoyando al Cristianismo”. A mayor abundamiento, en su libro póstumo sobre religión el gran teórico político y legal Ronald Dworkin afirma que el derecho de todas las personas a la independencia ética “condena exhibiciones oficiales de emblemas religiosos en las cortes de justicia así como en los espacios públicos salvo que hayan sido drenados de contenido religioso y tengan significancia ecuménica y cultural (como en el caso de Santa Claus)… de lo contrario esas exhibiciones utilizan fondos y propiedad estatal para celebrar un tipo de religión sobre otra, o la preferencia de la religión sobre la no-religión”.

Tal como Pablo Ortúzar me ilustra generosamente acerca de la posición de ciertos sociólogos al respecto, yo le ofrezco estos antecedentes para que entienda que la posición que usualmente asume la teoría política liberal contemporánea es precisamente la mía. El pesebre tiene una significancia social a partir del contexto donde se despliega y la percepción doble de emisores y receptores. En el caso en comento, el contexto es delicado porque se trata nada menos que de la casa de gobierno. El emisor – el Presidente Piñera- ha declarado explícitamente que su gobierno no es neutral respecto de la religiosidad de los chilenos y que el pesebre es su manera de reafirmarlo. Por otra parte aumentan las voces que se sienten profundamente ofendidas en tanto receptores del mensaje oficial. En síntesis, el caso es redondo.

A mi amable contradictor le quedan dos estrategias para responder. La primera es aceptar las premisas de la teoría liberal –el gobierno no debe promocionar la religión– pero sostener que el pesebre no es religioso sino ecuménico y cultural. La segunda es aceptar que el pesebre es evidentemente religioso en su significancia y desde ahí defender la promoción del Cristianismo utilizando los recursos del poder político. A fin de cuentas, Chile es un país mayoritariamente cristiano y su Presidente fue elegido sabiendo que no se comportaría neutralmente al respecto. Por alguna razón Ortúzar no defiende esta segunda posición sino la primera. Creo que habría sido más consistente y habría obtenido los mismos “me gusta” en Facebook de su fanaticada católica si hubiera aceptado que no tiene nada de malo que Piñera celebre al Cristianismo como verdad religiosa.

Pero no hace eso. Si bien reconoce que el pesebre tiene “orígenes” religiosos sostiene que a estas alturas del partido es básicamente un artefacto cultural, un elemento identitario de la nación chilena y sus raíces históricas hispano-cristianas. Y que por ende no constituye promoción religiosa.

Quizás yo tengo la mala costumbre de tomar la religión muy en serio. No dudo que el catolicismo marca a fuego este rincón del planeta así como innumerables tradiciones latinoamericanas. Mucho de lo que hoy tenemos es herencia cultural de “origen” religioso y en eso Habermas –para deleite de Ortúzar- tiene razón. Pero a mi entender el nacimiento de Jesús de Nazareth supera con creces esta dimensión folclórica local. Jesús de Nazareth es el Hijo de Dios encarnado, nacido de una mujer virgen por procreación divina, mesías y redentor de los pecados de la humanidad, que con su muerte y resurrección estructura los pilares centrales del discurso teológico cristiano. En otras palabras, en Jesús está la clave.

Comparto con Pablo que trazar la línea entre lo cultural y lo religioso es difícil, pero no intentarlo es resignarse a la pereza intelectual de decretar que “todo es cultural”. Ortúzar se mofa del criterio que yo habría ocupado para diferenciar ambas esferas. Lo religioso, yo habría dicho, sería necesariamente sobrenatural. Según Ortúzar mi teoría estaría en problemas porque el Viejo Pascuero, los dragones de La Tirana y la Pequeña Gigante son en cierto modo entidades sobrenaturales. El problema, a primera vista, es que Ortúzar no diferencia entre divinidades celestiales que proveen un cierto entendimiento metafísico del cosmos y del sentido de la vida humana y criaturas fantásticas que aderezan nuestra imaginación. Como ateo, yo creo que ambas son ficciones, pero soy capaz de apreciar la diferencia. No sostengo que definir religión sea sencillo. El filósofo Daniel Dennett la define provisionalmente como “un sistema social cuyos participantes confiesan creer en una o varias instancias sobrenaturales cuya aprobación debe ser buscada”. Es una conceptualización con problemas pero perfectamente operacional para estos efectos. Al menos yo no conozco ningún adulto que eleve sus plegarias a la Pequeña Gigante. Los creyentes, en cambio, le rezan a Jesucristo o la Virgen pensando que éstos pueden intervenir en sus vidas cambiando el curso de los acontecimientos. Es el tenor de las aseveraciones de la religión lo que causa que algunas personas se indignen por el pesebre pero no les parezca ofensivo observar un grupo de entusiastas bailarines haciendo una Diablada. Ahora bien, el día que millares de chilenos se reúnan en el centro de Santiago no sólo para admirar la proeza artística del montaje de la Pequeña Gigante sino a ofrecerle sacrificios para obtener su favor, no me quedaría más remedio que considerarlo un culto de tipo religioso. En cualquier caso no pretendo –ni puedo- agotar aquí la discusión sobre los componentes esenciales que determinan qué cuenta como religión y qué cuenta como cultura. Distinciones entre trascendencia e inmanencia seguramente entran el juego. Los epistemólogos quizás dirán que la línea divisoria está entre descansar en la fe como fuente de aseveraciones de conocimiento y descansar en la evidencia para el mismo propósito. Como fuere, no es imposible trazar una distinción. Basta con consignar que lo inherentemente religioso puede distinguirse para efectos políticos de aquellas manifestaciones culturales que si bien tuvieron un origen religioso se celebran socialmente en versiones completamente secularizadas. Piense sin ir más lejos en el Año Nuevo, reminiscencia del calendario instaurado por del Papa Gregorio XIII hace casi cinco siglos. O dese el trabajo de preguntar entre sus conocidos quiénes instalaron pesebre + árbol de pascua o bien sólo árbol de pascua. No sería raro que el resultado sea similar al que llegué en mi propia encuesta: los creyentes instalaron ambos; los no-creyentes sólo pusieron el árbol. ¿Por qué? Porque estos últimos ven en el árbol el símbolo de una festividad social que sirve para unir la familia sin necesidad de dotarla de sentido religioso. Los primeros en cambio no conciben la Navidad sin la representación del nacimiento del “niño Dios”.

Hacia el final de su columna, Pablo Ortúzar sugiere que los genuinos liberales no aspiran a la neutralidad a secas sino a un tipo de neutralidad “situada” en el contexto cultural. El Estado chileno, de acuerdo a esta tesis, no violaría la neutralidad promoviendo símbolos propios de la cultura. Como según el antropólogo Ortúzar el pesebre ya está asimilado al acervo cultural patrio, no habría problema en su orgullosa exhibición en edificios públicos. El pesebre sería como la chicha de uva o manzana: muy chileno, pero para sacarlo de la bodega sólo una vez al año. No discrepo con Ortúzar en cuanto a que la neutralidad aséptica es absurda si constriñe al gobierno incluso para promover sus propios emblemas. Pero el pesebre no es la bandera, por mucho que el corazón de mi sensible amigo salte de alegría cuando lo contempla bucólicamente desplegado en las afueras de la municipalidad de Futrono. Su significado no es religiosa ni culturalmente neutral. Expresa una visión crecientemente controvertida. Como argumenta Charles Taylor en su monumental A Secular Age, entramos a un período donde por primera vez en la historia de la humanidad creer y no creer en algún dios son actitudes equiprobables. Chile es un satélite del mundo pero no está del todo ajeno a esa corriente secularizadora.  Si aceptamos el argumento de Ortúzar deberíamos aceptar que un determinado entendimiento monoteísta tenga asegurado su puesto de privilegio en el mercado de las ideas, por la única razón que lleva mucho tiempo siendo mayoritario en Chile. Pretender que la promoción de sus símbolos es inocua es querer perpetuar la ideología cristiana por la puerta trasera. Escudarse en la teoría de la neutralidad “situada” es jugar (casi siempre) a favor del statu quo y eso es lo que yo entiendo por una teoría esencialmente conservadora. Es seguir dándole ventaja a una denominación religiosa por sobre las otras en honor a la tradición. Es una suerte de aporte fiscal directo al cristianismo por razones históricas que a estas alturas demanda una revisión en nombre de la justicia. Es asegurar un monopolio con altas barreras de entrada a perspectivas disidentes. Es un descarado subsidio a la oferta. Yo soy ateo y no pido que el gobierno le haga barra a mis convicciones metafísicas. Pablo Ortúzar es devoto católico y aprovecha convenientemente un escenario en el cual el gobierno promociona sus dogmas religiosos. Así que lo invito cordial y amistosamente a pensar de nuevo: ¿quiénes son los supuestos liberales?

Link: http://www.ciudadliberal.cl/el-pesebre-y-los-conservadores/

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