LA NUEVA MAYORÍA Y LA LIBERTAD DE ELECCIÓN

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital Online el 17 de abril de 2014)

Varias discusiones en las últimas semanas han girado en torno al problema de la libertad de elección: ¿pueden los apoderados chilenos elegir el colegio de sus hijos o es el Estado el encargado de decirles dónde deben estudiar? ¿Pueden los ciudadanos “elegir vivir sano” o son las instituciones públicas las que deben garantizar que todas y todos “vivan sano”? ¿Podemos escoger ser atendidos en una clínica privada en lugar de un hospital público si tenemos los recursos para hacerlo o debemos concurrir siempre a los segundos en nombre de la igualdad? Algunas de estas disyuntivas están presentadas en forma de caricatura, pero sirven para configurar la pregunta de fondo: ¿Cuán importante es para la Nueva Mayoría que los chilenos puedan elegir entre distintas prestaciones, bienes y servicios?

No es una pregunta tendenciosa. Hay sectores políticos de izquierda que genuinamente consideran que Chile ya ha tenido suficiente del discurso (neo)liberal que pone acento en la elección individual y es hora de virar hacia un enfoque más igualitarista. En este último los chilenos tendrían acceso universal y garantizado a prestaciones uniformes que no harían distinción entre la capacidad económica de los usuarios. Por tanto, una primera alternativa es reconocer que no existe una bala de plata capaz de conjugar todos los principios –libertad e igualdad, por ejemplo- y que a veces hay que optar por privilegiar uno de ellos a costa del otro.

En este contexto –comentando la limitación de bonos Fonasa para atenderse en el sistema privado- la ministra de Salud Helia Molina señaló que “cada vez que aumenta la libertad, disminuye la equidad”. Parlamentarios de la UDI sostuvieron que dichas declaraciones les parecían “incomprensibles”. Sin embargo la ministra Molina está en lo cierto. Como reconocía el filósofo libertario Robert Nozick, en esencia el ejercicio de la libertad subvierte todos los patrones. La libertad es la que permite la diferencia y desafía la homogeneización. Incluya usted a la libertad en cualquier ecuación originalmente igualitaria y al final del día tendrá un resultado desigual.

Por eso no tiene mucho sentido tapar el sol con un dedo y negar que la libertad de elección produzca segregación, por ejemplo, en el sistema educacional chileno. Los que más tienen envían a sus hijos a colegios particulares pagados. La clase media también se divide entre aquellos que pueden aportar con financiamiento compartido y aquellos que no. Finalmente quedan los que no tienen capacidad económica y recurren a la educación municipal gratuita. La segregación es un resultado casi natural del diferencial de ingreso de las familias, sobre todo cuando la premisa cultural implícita es que uno va mejorando su condición en la medida que va abandonando los servicios públicos gratuitos para pasarse a los privados pagados. Lo mismo ocurre en salud, transporte y otras áreas.

Este es un debate que presiona a sincerar posiciones ideológicas. La izquierda no debería tener problemas en reconocer, como lo hace la ministra Molina, que el “patrón equidad” prima como consideración normativa sobre el “derecho a elegir”. La consecuencia práctica es limitar la libertad. Puede ser una decisión paternalista y antiliberal, pero ese no es necesariamente un problema para el socialismo.

Hay, sin embargo, otra manera de interpretar la discusión. Desde el Ministerio de Desarrollo Social se habrían sostenido que el problema del programa “Elige Vivir Sano” es que no es la población la que debe/puede elegir si acaso llevar una vida más saludable sino el estado el que debe asegurar que eso ocurra. La versión paternalista dura dice así: como la gente no sabe tomar buenas decisiones, nosotros las tomaremos por ellos. En este ejemplo, se erradicaría la libertad de “elegir vivir sano” y se impondría la obligación de hacerlo. Sin duda, el resultado sería fuertemente igualitario. La versión garantista suave dice otra cosa: las personas con distinta capacidad económica gozan de distintos grados de libertad. Los más pobres nunca pueden “elegir vivir sano” porque esa es una opción cara. Es decir, no es que la población no deba elegir, sino que de hecho no puede porque no tiene alternativas. No digo que éste sea el caso –el programa incluía muchas medidas dirigidas a la población más vulnerable- sino que hago la distinción teórica.

Esta segunda versión del argumento es la que algunos integrantes de la Nueva Mayoría levantan para no aparecer reñidos con una idea tan potente como la libertad. Según ellos, la libertad de elección que aplaude la derecha no es tal porque sólo los ricos tienen opciones efectivas donde elegir. A fin de cuentas, ¿cuáles son las alternativas reales de los padres pobres a la hora de escoger la educación de sus hijos? Desde este punto de vista, la batalla por reducir la desigualdad podría también presentarse como un empeño por asegurar que los chilenos gocen de iguales libertades efectivas o reales para ejercer su poder de elección. Si ésta es la respuesta definitiva, entonces bien podría justificarse un sistema de provisión público – privada de bienes y servicios sin necesidad de que todo se uniforme bajo la forma de prestaciones estatales. Pero hasta ahora no está enteramente claro cómo responde la filosofía política de la coalición gobernante a la sensible cuestión de la libertad de elección.

Link: http://www.capital.cl/poder/la-nueva-mayoria-y-la-libertad-de-eleccion/

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