EL OCASO DE LOS PARTIDOS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 16 de mayo de 2014) 

El manual de Ciencia Política dice que los partidos son fundamentales para el buen funcionamiento de la democracia: articulan grandes intereses, encarnan proyectos ideológicos, facilitan la lectura del mapa político, reclutan potenciales dirigentes y ofrecen a la ciudadanía distintas alternativas de representación. Chile, en el contexto latinoamericano, siempre ha sido un ejemplo en este sentido. Ha gozado de un sistema de partidos relativamente estable, con baja volatilidad, que suele servir como dique de contención al personalismo populista endémico de la región. O al menos eso dice la versión rosa de la historia.  

Los primeros tres gobiernos de la Concertación se mantuvieron fieles a esa tradición. Los partidos fueron determinantes en la selección del líder y en el diseño de la estrategia política. La notable irrupción de Michelle Bachelet hacia 2005 cambió ligeramente el panorama. Si bien Bachelet era una antigua militante socialista, su nombre no estaba en los planes de la elite concertacionista. Al comienzo fue resistida y varios pensaron que podían bajarla a tierra. No pudieron y tuvieron que adaptarse a ella. La primera Michelle se ganó su nominación punteando en las encuestas y debutó con la promesa de un “gobierno ciudadano”… como si se tratase justamente de hacer el contraste entre la época del predominio partidista y la suya. Más adelante los partidos recobraron el control: en 2009 impusieron al candidato del establishment concertacionista y les fue peor que nunca.

En paralelo, los partidos de la derecha tuvieron que someterse al imparable ascenso de Sebastián Piñera. Éste también tenía una historia partidaria (fue presidente de RN) pero su nominación igualmente respondió a la evidencia de los sondeos populares y no al acuerdo político-ideológico de la Alianza. Andrés Allamand y Marcela Cubillos escribieron que Piñera había llegado a La Moneda gracias al infatigable trabajo de los partidos de su coalición. Me permito dudar. Es más probable que haya llegado a pesar de ellos. Quizás sabiendo lo anterior, Piñera hizo un gobierno que tanto en RN como en la UDI resintieron como “personalista”.

En la vereda del frente las cosas no mejoraron en el cuatrienio de la derecha. La verdadera oposición al Presidente Piñera la hizo la calle, el movimiento social o como quiera llamársele. Las figuras de Camila Vallejo o Iván Fuentes fueron diez veces más efectivas -en cuanto voces capaces de marcar la agenda y propinarle derrotas políticas al Ejecutivo- que la suma de los cuatro presidentes de la moribunda Concertación. A ratos, el papel de esta última cayó en la más penosa irrelevancia. Bachelet lo intuyó correctamente –también se lo dijo al teléfono Josefa Errázuriz la noche en que derrotó a Cristián Labbé- y abrochó su regreso a través de un pacto tácito con la “ciudadanía empoderada”. Lo que hemos visto en estos primeros meses de 2014 –como ceder en ciertas designaciones controversiales- ratifica la importancia que el actual gobierno asigna a los actores políticos no tradicionales.

Pero hay más. No fue la UDI la que logró rayarle la pintura al proyecto de reforma tributaria que hoy se discute. Sus panfletos estaban cayendo mal en el ambiente. Hasta que llegó la Asociación de Emprendedores con su video explicativo y comenzó el verdadero debate político. Lo que se puede observar a través de medios de comunicación masivos y redes sociales es que la vocería de las Pymes no ha quedado radicada en ningún partido opositor sino, nuevamente, en actores sociales no-tradicionales.

Demos un salto al 2017. Nadie se pregunta realmente qué harán los partidos al respecto. Lo único que parece importar es qué figura –con nombre y apellido- está mejor posicionada para competir por la primera magistratura. La incógnita es cuán impermeable será Piñera en la centroderecha –las primeras mediciones confirman que es la mejor carta de su sector- y quién puede heredar la popularidad de Bachelet en la centroizquierda: si acaso Eyzaguirre le dará el palo al gato en Educación, si acaso Rincón se proyecta como delfín, si acaso ME-O tiene finalmente su chance, si acaso Velasco es el hombre. Es decir, en ninguna fiesta la música la ponen los partidos.  

Hay algunos que piensan que este escenario es negativo. Si finalmente todo depende de la marcha que mete más ruido o del político más popular del momento, los partidos como instrumentos reguladores de la democracia representativa se debilitan. Otros anticipan que el ciclo será Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, lamentándose porque esto indicaría que finalmente somos tan caudillistas como nuestros vecinos. A lo mejor la versión que ensalza las virtudes de nuestro sistema de partidos no es más que un mito. Como sea, es un hecho que los partidos chilenos han perdido protagonismo en su capacidad de fijar los grandes debates del país, conducir una agenda a puerto y controlar el proceso de selección de sus liderazgos nacionales. Si esto es bueno o malo para la democracia es otro cuento que está por verse. Probablemente la respuesta tiene que ver más con la adaptación que con la negación.

Link: http://www.capital.cl/opinion/el-ocaso-de-los-partidos/

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