Archive for 22 junio 2014

EL ADIOS DE DON CARLOS DE LAS CONDES

junio 22, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de junio de 2014)

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En España dicen que el (ex) Rey Juan Carlos fue de más a menos. La misma apreciación podría hacerse del largo reinado de Carlos Larraín en RN. Este fin de semana entregó la conducción del partido tras ocho años en los cuales su mano nunca pasó desapercibida.

Al igual que sucedió con Juan Carlos el Borbón, al principio nadie le tenía mucha fe a don Carlos de Las Condes. En aquellos días RN venía saliendo de tiempos turbulentos. La marea lavinista fue un desastre para un partido que veía crecer a su socio, perdía elecciones claves, menguaba en influencia y se desdibujaba en identidad. Larraín se echó al hombro la tarea de ordenar la casa. Y lo hizo. A poco andar recompuso relaciones cordiales con la UDI (la dupla con Hernán Larraín funcionó como relojito) y se dio el lujo histórico de acompañar a uno de sus militantes a la puerta de La Moneda. Hasta ahí, la performance de Carlos el Oportuno era meritoria. Entonces empezó la de Carlos el Obstinado.

De pronto, su viveza criolla y repertorio verbal dejaron de ser graciosos. De simpático caballero aristocrático pasó a simbolizar el Chile que la mayoría quiere dejar atrás. Se hacía cada vez más difícil verle el lado lúdico a sus expresiones, a veces simplemente prejuiciosas o descalificatorias. Entonces se hizo evidente que debió haber abdicado mucho antes. Sobre todo, que no era el hombre ideal para acompañar a Piñera desde la testera de RN. Como oficialista, Carlos Larraín fue un digno opositor. En jerga futbolística, el timonel de RN se creyó figura y no captó la filosofía colectiva del nuevo juego. Se llenó de amagues efectistas -como el famoso acuerdo con la DC- y a la larga terminó dañando a su gobierno y a su partido, el que a los ojos de la ciudadanía fue cualquier cosa menos el partido moderno, moderado y liberal que le faltaba a la derecha para consolidar su crecimiento hacia el centro. De hecho, en los últimos meses el feudo larrainista se ha achicado por la escisión de algunas repúblicas que han reclamado su independencia, como el grupo de parlamentarios que conforman el movimiento Amplitud.

Pero mejor abdicar tarde que nunca. Atormentado por problemas personales donde su figuración pública sólo empeora las cosas, don Carlos da un paso al costado. El Felipe VI de esta operación es el diputado Cristián Monckeberg. Como Felipe, Monckeberg sabe que debe reclamar su autonomía política para dar la sensación que se vienen nuevos tiempos. Larraín advirtió que no quiere ver cambios en la declaración de principios del partido, a propósito de la explícita adhesión al Golpe de 1973, notificando a Monckeberg que si quiere hacer la diferencia debe partir justamente por ahí. Es el turno de la generación post-pinochetista en la derecha chilena. Que se note.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-06-22&NewsID=280221&BodyID=0&PaginaId=23

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THE NE-UKIP ON THE BLOCK

junio 19, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de junio de 2013)

El partido Conservador y el partido Laborista han dominado la escena política británica desde que tenemos memoria. La hegemonía ha sido tan persistente que se nos hace natural pensar en Westminster como un sistema tan bipartidista como el estadounidense. Sin embargo, algo de eso cambió en las últimas semanas. El relativamente nuevo Partido por la Independencia de Reino Unido –conocido por sus siglas en inglés como UKIP- se acaba de quedar con el primer lugar en unas elecciones, rompiendo con más de un siglo de historia electoral en la isla. Este artículo tiene por objeto explicar el fenómeno que tiene atento a todos los observadores políticos de Europa.

LA CUESTIÓN EUROPEA

El UKIP fue fundado en 1993 con un objetivo primario: abogar por la retirada del Reino Unido de la Unión Europea. Desde entonces ha ido sumando voluntades a cuentagotas, especialmente mordisqueando el ala euroescéptica de los Conservadores post-Thatcherianos. La modernización de los tories bajo los auspicios del actual Primer Ministro David Cameron ha sido ideal para capitalizar el descontento de la derecha dura británica con el partido que supuestamente debe representarlos. Según el votante UKIP, los conservadores son demasiado entreguistas cuando se trata de lidiar con la institucionalidad de Bruselas.

Es importante subrayar que la elección que acaba de ganar el UKIP –con el 27,5% de los votos contra el 25,4% de los Labour y el 23,9% de los Conservatives- tenía por objeto dirimir los 73 asientos que le corresponden al Reino Unido en el Parlamento Europeo. No era, por tanto, una elección parlamentaria nacional. Los analistas son casi unánimes en señalar que los partidos “europatemáticos” suelen rendir mejor en elecciones que versan precisamente sobre ese asunto. En efecto, el UKIP ya había tenido una votación respetable en las elecciones europeas de 2009 –donde llegaron segundos con un 16,5%- pero apenas obtuvieron un 3% en las generales del año siguiente. Obviamente no obtuvieron ningún representante. Recordemos que en esa ocasión la vedette fue el partido Liberal Demócrata liderado por Nick Clegg, que obtuvo un 23% de las preferencias y abrochó su entrada al gobierno en una inédita coalición con los Conservadores. Por lo anterior, el extraordinario resultado del UKIP en el frente europeo no necesariamente anticipa una votación igual de contundente en las generales que tocan el próximo año.

Aun así, Cameron tiene razones para estar preocupado. Sus aliados –los LibDems y en especial Clegg- están debilitados. Mientras tanto, el UKIP tiene su mirada puesta en Westminster y esta vez puede que consiga los escaños claves para negociar un giro a la derecha. ¿Su estandarte de lucha? Adelantar el referéndum que supuestamente tendría lugar en 2017 para decidir si se quedan o abandonan la Unión Europea.

A LA DERECHA DE LA DERECHA

El ascenso del UKIP en Reino Unido ha sido comparado con el progreso electoral del Frente Nacional de la dinastía Le Pen en Francia. Ambas son identificadas como fuerzas nacionalistas y de tintes xenófobos, que algunos califican derechamente de racistas. En el caso del UKIP, el rechazo a la flexibilización de las políticas de inmigración ha sido central en la elaboración de un discurso orientado a los sectores populares. La ecuación que transmiten es sencilla: por cada búlgaro y rumano que ingresa a territorio británico, un compatriota se queda sin trabajo porque los primeros están dispuestos a trabajar por menos. De esa manera han construido una base de apoyo que por un lado apunta a trabajadores menos calificados y por el otro se fortalece en los sectores de ingresos más altos que rechazan la inmigración por razones culturales. Un partido de orientación popular, dicen ellos. Un partido populista, dicen sus críticos.

Su líder, Nigel Farage, ha sabido explotar correctamente esa veta populistoide. Su retórica usual es un ataque al establishment político tradicional conformado por conservadores y laboristas. Él, en cambio, se vende como un tipo ordinario que al final de la jornada laboral va por su pint al pub de la esquina. La estrategia ha sido grito y plata. Farage es tan político como cualquiera, pero aumenta sus bonos cada vez que despotrica contra la política.

En otras materias, el programa UKIP también sigue un libreto clásico de derecha: se opone a un gobierno expansivo y propone reducir impuestos; no cuestiona la monarquía ni el establecimiento de una religión oficial; se opone al matrimonio homosexual (aunque no a las uniones civiles); propone abiertamente incrementar el gasto en defensa, etc.

DOS PAÍSES

El éxito del UKIP en las pasadas elecciones europeas no fue uniforme en todo el territorio británico. En Londres obtuvieron apenas un 6% de los votos. En las demás provincias, sobrepasaron el 30%. Los medios hablaron de dos países distintos. Varias hipótesis se han puesto sobre la mesa para explicar tamaña diferencia. La más recurrente es de naturaleza socio-cultural. La capital ingresa es esencialmente globalizada y cosmopolita. Es por lejos la zona que más inmigración recibe –uno de cada tres londinenses no es autóctono- pero paradójicamente el resultado no es el rechazo a lo foráneo sino su aceptación. Boris Johnson, el carismático alcalde mayor de Londres, es un militante conservador que alienta con entusiasmo la idea de una metrópoli de vibrante multiculturalidad. Boris bien sabe lo que significa eso para la economía. En consecuencia, los electores capitalinos no caen tan fáciles con la historia de terror que cuenta el UKIP sobre la invasión extranjera. A fin de cuentas, viven la diversidad en su cotidianeidad. Y se aprovechan de lo que ella ofrece.

Otros agregan que el votante promedio de Londres tendría un nivel educacional superior al del resto del país. La tesis implícita es que personas más sofisticadas desde el punto de vista cultural serían menos propensas a la xenofobia y al nacionalismo. Por eso, dicen, los eslóganes del UKIP caerían aquí en terreno infértil.

A CUATRO BANDAS

Ante este inédito panorama se hace difícil seguir hablando de bipartidismo. Hace cuatro años se dijo que el sistema había mutado a un juego de tres actores gracias a la extraordinaria votación de los Liberal-Demócratas. Los tories no pudieron “armar gobierno” por sí solos y se vieron en la necesidad de pedir ayuda al partido de Clegg para apuntalar una mayoría efectiva y duradera. Hoy es el UKIP el que amenaza con desestabilizar los cálculos de los partidos tradicionales. La prensa ya no puede contentarse con las cuñas de David Cameron y Ed Milliband, el líder laborista. Debe incluir ahora al propio Clegg y al exultante Nigel Farage. La batalla por el poder tiene ahora tiene cuatro contendores. Los efectos de este nuevo escenario ya se sienten en los municipios. Los británicos hicieron coincidir las recientes elecciones europeas con elecciones locales, lo que proyectó el buen resultado del UKIP de las primeras a las segundas.

Por todo lo anterior, lo que viene para la política británica es un misterio. Si los dos partidos hegemónicos pueden ser superados por agrupaciones que se suponían marginales, no es descabellado pensar que el tiempo de los gobiernos unipartidistas pasó. En un sistema más fraccionado, las coaliciones se transforman en instrumentos indispensables. Los británicos gustan de las tradiciones. Pero nunca es tarde para aprender un juego nuevo.

Link: http://www.capital.cl/opinion/the-ne-ukip-on-the-block/

EL VIAJE DE MICHELLE A BRASIL

junio 15, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de junio de 2014)

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Michelle Bachelet viajó a Brasil en visita oficial de Estado que coincidió con el primer partido de Chile en el mundial, al cual aprovechó de asistir a partir de una invitación de Dilma Rousseff. Como siempre, sin embargo, hubo críticas de la oposición y de cierta parte de la ciudadanía. ¿Son fundados estos cuestionamientos? La verdad es que no mucho. La Presidenta no estaba de juerga en tierras mundialistas. Firmó un acuerdo sobre derechos humanos, discutió temas bilaterales y regionales, y permitió que su comitiva de empresarios estrechara lazos con sus pares brasileños.

El argumento más recurrente de las voces críticas apunta a que Bachelet tenía asuntos importantes que atender en Chile a raíz de las inundaciones que han sufrido algunos territorios. Sin duda, siempre habrá algo importante que atender y en esa lógica los mandatarios no debieran salir jamás del país. Por lo demás, sería institucionalmente triste que la gestión de este tipo de desastres naturales o artificiales dependiera de la primera magistratura. Por supuesto que hay excepciones. La prudencia es buena consejera. Por ejemplo, Sebastián Piñera hizo bien conteniendo su ansiedad de asistir a Sudáfrica 2010 en plena etapa de reconstrucción después del terremoto.

Como varios parlamentarios también organizaron viajes al mundial, la crítica se hizo extensiva a toda la clase política. Esta también es una queja conocida: ir a Brasil a ver los partidos de Chile es un lujo y nuestros representantes deberían estar trabajando en lugar de darse ese tipo de lujos. En efecto, algunos honorables se toman vacaciones con una soltura de cuerpo que casi ningún ciudadano ordinario tiene en su trabajo. Pero los seguimos eligiendo y algunos incluso obtienen aplastantes mayorías.

El cualquier caso, Bachelet respondió los ataques con un lucido contragolpe. Una vez en el estadio dio entrevistas con la roja de la selección, fue al camarín de los victoriosos jugadores y hasta Mauricio Pinilla la bautizó como #PresidentaCábala (algo con lo cual Piñera habría sido el hombre más feliz del planeta). Michelle neutralizó los embates rivales con su encanto y sencillez, una arma que nunca le falla frente al arco contrario.

JURO QUE ESTO YA LO HABÍA VIVIDO

junio 8, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de junio de 2014)

Es una constante en la vida política: muchos temas que a veces se caen de maduros para ciertos sectores de la población, están todavía demasiado verdes para otros. En Chile, hay varias discusiones que vienen dando vuelta desde –a lo menos- un par de décadas. El debate sobre el aborto terapéutico es un botón de muestra. Los primeros proyectos al respecto que se ingresaron al Congreso deben tener telarañas. Pero no es el único tema en el cual estamos pegados. Después de cada marcha por la despenalización del consumo de marihuana, las editoriales de los medios conservadores es más o menos la misma desde que tengo memoria. Los argumentos, la retórica y los adjetivos no han cambiado. Lo único distinto es el calendario.

Por eso las declaraciones que esta semana vertió el diputado UDI Ignacio Urrutia son un Déjà vu de aquellas que en 1990 pronunció el entonces Comandante en Jefe del Ejército Augusto Pinochet sobre la integración de homosexuales a las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden. En aquella ocasión Pinochet dijo que los alemanes habían hipotecado su defensa nacional al relajar sus requisitos de admisión, dejando entrar “marihuaneros, drogadictos, melenudos, homosexuales y sindicalistas”. Haciendo eco del razonamiento del maestro, Urrutia comentó en 2012: “El día que se llenen de homosexuales las FFAA, nos van a invadir de cualquier país”. Esta vez, en el marco de los avances que planifica el Ministerio de Defensa en materia de respeto a la diversidad y la no-discriminación, Urrutia agregó: “Prefiero que se disuelvan las Fuerzas Armadas, antes de que ingresen homosexuales. Esto es la cueca en pelotas”.

Los comentarios del honorable no admiten mucha reflexión, por cierto. Es evidente que nacen del prejuicio, la ignorancia y el miedo. Como tales no son acreedores de mi respeto –no reconozco nada positivo en ellos- sino apenas de mi tolerancia –no pretendo que las instituciones políticas sancionen o censuren las burradas que se multiplican en la vida social. Me parece más interesante advertir las dificultades que a veces tenemos como país para ir cerrando conversaciones.

Sin embargo, como se dice en el campo, no llueve pero gotea. La promesa del voto de los chilenos en el exterior también es más vieja que el hilo negro y parece que ¡al fin! será realidad en las próximas elecciones presidenciales. La reforma del ministro Eyzaguirre está lidiando con otra conversación recurrente desde principios de los noventa: la desmunicipalización de la educación pública. Otras como el aborto y el cambio de enfoque en la política de drogas seguirán en el congelador por un rato. Porque así funciona la democracia: con tiras y aflojas, por el camino pedregoso de la negociación y los acuerdos, adaptándose con lentitud a los cambios socioculturales que suelen anticiparse a la política. Las retroexcavadoras sólo están disponibles en dictaduras, donde las conversaciones se zanjan a punta de pistola. A nosotros nos queda ejercitar la paciencia y exclamar para nuestros adentros, como el gran Franco de Vita, juro que esto ya lo había vivido.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-06-08&NewsID=275900&BodyID=0&PaginaId=20

STUART MILL, LAS COMPLETADAS Y LA TELETÓN

junio 5, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 30 de mayo de 2014)

Me habría gustado que Michelle Bachelet dijera algo sobre la importancia de la ciencia y su promoción en Chile. Me habría gustado que se comprometiera a promover una institucionalidad acorde con el desafío. También me habría gustado que dijera una palabra o dos sobre la posición de su gobierno frente a los proyectos orientados a asegurar igualdad de derechos entre parejas heterosexuales y homosexuales. Empatizo con las organizaciones de científicos chilenos como con las agrupaciones de la diversidad sexual que se quedaron con los crespos hechos.

Sin embargo sería inconsistente de mi parte compadecerlos demasiado. Echamos de menos esas alusiones particulares porque el mensaje presidencial tuvo de todo: números, metas, localidades, programas y promesas casi infinitas. Algunos de los temas tratados fueron tan específicos que las redes sociales aprovecharon la oportunidad para el sarcasmo: “Ninguna mención al final de Breaking Bad. Mal”, “Bachelet tuvo tiempo de hablar de las mascotas y no dijo nada sobre el tema de los locales que te cobran la mayo aparte”, “faltó una mención a la política nacional de prevención de liendres y a los nuevos paraderos del centro de Calama”. Curiosamente, en el otro extremo, varios se indignaban por la falta de detalle: ¿Cómo pretende hacer funcionar las nuevas salas cunas sin el capital humano necesario? ¿De qué manera serán construidas las ciclovías prometidas? ¿Cómo vamos a fiscalizar las cuotas de pesca de la Merluza Austral?

Aunque entiendo que todos los diversos grupos y actores de la sociedad quieren escuchar hablar de su tema para sentirse tomados en cuenta, tiendo a pensar que sería mucho mejor un tipo de discurso presidencial menos micro y más macro. Es decir, pasar de la casuística del repaso ministerial para concentrarse en fijar los grandes objetivos políticos de la respectiva administración. La cuenta en detalle puede quedar inmediatamente disponible a través de las distintas plataformas comunicacionales del gobierno. De esa manera nos ahorraríamos el problema de identificar qué fue lo que faltó en una intervención que, hasta ahora, tiene incentivos para ser eterna.  

Pero ésa es sólo una idea y no es el punto de este artículo. Quisiera llamar la atención sobre el fenómeno del ámbito expansivo de preocupaciones del Estado (lo que obviamente se refleja en este tipo de cuentas públicas). Pocos quehaceres quedan fuera de su órbita. No siempre fue así: en los albores de la república, teníamos apenas tres o cuatro ministerios. Luego se fueron añadiendo más labores estatales en una progresión incesante que hoy nos tiene con más de veinte ministerios (y sumando). Norberto Bobbio explicaba que el fenómeno de la ampliación del radio de funciones del Estado contemporáneo estaba directamente vinculado con la ampliación del derecho a sufragio y la inclusión democrática de sectores hasta entonces irrelevantes. El Estado liberal clásico sólo tenía, de acuerdo a Locke, las estrictas funciones de proteger la vida, la libertad y la propiedad de sus integrantes. Dicho esquema era apropiado para una democracia de propietarios que -por sobre todo- necesitaban un guardián para custodiar sus intereses. Dicha intuición prosiguió hasta los días victorianos de John Stuart Mill, quien escribió “hay quienes, en cuanto ven un bien por hacer o un mal que remediar, desearían que el gobierno se hiciese cargo de la empresa, mientras que otros preferirían soportar toda clase de abusos sociales antes de añadir cosa alguna a las atribuciones del gobierno”. Me quiero concentrar en este contraste, que después de casi doscientos años no ha perdido vigencia.

Según algunos, la Nueva Mayoría es el mejor ejemplo de la primera actitud de las descritas por Mill. “Pídanle al Estado y se os dará”, editorializaba Héctor Soto al día siguiente del 21 de Mayo. Según Soto, “el mensaje fue una apuesta contundente, convencida, sistemática, recurrente y compulsiva por más Estado (que) corregirá, subsidiará, proveerá, vigilará. El Estado va a arreglarlo todo”. Yo me quedé con la misma idea. Una pregunta distinta es si acaso eso nos parece positivo o negativo, desde un punto de vista normativo.

Este es un punto en el cual libertarios de izquierda y de derecha –los doctrinarios de verdad, no los violentistas de panfleto- suelen encontrar una posibilidad de acuerdo. La idea compartida es que el verdadero mérito moral se ejerce en circunstancias de autonomía y no de heteronomía. Dicho de otra manera, se nos hace difícil mejorar como personas si somos coaccionados a comportarnos de una manera u otra. O como lo resumió brillantemente el anarquista Mijaíl Bakunin, “todo mandato lastima el rostro de la libertad”. Aunque lo que se ordene sea bueno.

Por eso no fue extraño leer a varios libertarios (de derecha, en este caso) celebrando con inusual entusiasmo el despliegue de voluntarios para hacer frente a las urgencias de Valparaíso tras el incendio: era la sociedad civil –en forma de Un Techo para Chile u otras similares- la que se organizaba en forma autónoma para enfrentar el problema sin depender de las órdenes de la autoridad. Sin ir más lejos, es una discusión que reaparece (aunque como un cierto tabú) cada vez que se realiza la fiesta de la Teletón. Los críticos de esta institución no-gubernamental sostienen que la labor de rehabilitación de los discapacitados debe recaer en el Estado porque se trataría de un asunto de justicia política que no puede depender de la solidaridad contingente de los chilenos, como sugirió el entonces dirigente estudiantil Giorgio Jackson. Es, usando la terminología de Mill, un caso prototípico donde hay un bien por hacer o un mal que remediar y en consecuencia el Estado debe ponerse manos a la obra. En la vereda del frente están los que estiman que darle más atribuciones al gobierno es (casi) siempre una pésima idea. Algunos –como el propio Soto- utilizan argumentos empíricos y apuntan a que el Estado suele hacer las cosas de regular a mal. Pero otros tienen razones de fondo: sólo en relaciones voluntarias se ejercitaría el músculo social de la solidaridad, que enriquece nuestra experiencia colectiva y permite testear el mérito ético individual. A fin de cuentas, nadie se siente mejor persona por pagar los impuestos que le corresponden. Donar plata a la Teletón es distinto: como nadie nos obliga, sentimos que hay un valor adicional en ese acto.

No pretendo adjudicar cuál de los bandos caricaturizados por Mill tiene razón. Por lo demás, entre estas dos posiciones hay una enorme gama de grises. Me interesa destacar la vigencia del contraste, que volvió a aparecer -casi literalmente- en el reciente mensaje de Bachelet. Comentando sobre la llamada “Ley Ricarte Soto”, la Presidenta señaló que “un país que se siente orgulloso de tantas cosas que tenemos no puede estar haciendo completadas para juntar la plata para los medicamentos”. El ejemplo de las completadas se refiere justamente al tipo de acciones que la sociedad civil lleva a cabo para resolver sus problemas en ausencia del Estado. Lo interesante es que el mismo argumento puede ser utilizado para el caso de la Teletón. Cambie la palabra completadas por shows televisivos y sustituya para los medicamentos por para la rehabilitación de las personas con capacidades diferentes.  El criterio es idéntico: si consideramos que hay asuntos de justicia que no pueden quedar entregadas a la solidaridad voluntaria, entonces el Estado debe hacerse cargo de una vez por todas. Y la crítica siempre será la misma: al quitarle a la sociedad civil esos espacios y poner todos esos menesteres sobre los hombros del gobierno, se fomenta un tipo de individuo que no asume en plenitud sus responsabilidades morales –las que se activan en condiciones de voluntariedad y no a punta de sanciones- porque siempre las va a descargar impersonalmente en el Estado.  

Link: http://www.capital.cl/opinion/stuart-mill-las-completadas-y-la-teleton/

¿DISCRIMINADOS POR PELOLAIS?

junio 2, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 1 de Junio de 2014)

Siguen los coletazos del anuncio bacheletista de auspiciar la despenalización del aborto terapéutico y otras situaciones excepcionales de interrupción del embarazo no deseado. Esta semana varios cientos de personas se manifestaron contra la idea frente a La Moneda. Se autodenominan “pro-vida” porque consideran que el embrión o feto es un ser humano que no puede ser desechado bajo ninguna circunstancia. Lo que llamó la atención de muchos es que el contingente de entusiastas manifestantes provenía –indudablemente- del sector alto de la capital. Santiago es una ciudad tan segregada socialmente que no fue difícil identificarlos. Por lo demás, la mayoría eran colegiales que usaban los emblemas de colegios particulares de orientación religiosa. Un funcionario de gobierno escribió en las redes sociales: “niños rubios de hoy en la Plaza de la Constitución me recordaron a los niños de Villa Baviera, sin experiencia, ciegos… autómatas utilizados por otros con discursos y banderas”. Aunque luego se disculpó, el comentario bastó para encender la polémica. La UDI llegó a amenazar con acciones legales.

Es pertinente hacer una distinción entre dos asuntos. El primero es el derecho a la libertad de expresión que las sociedades civilizadas le aseguran a todas las personas sin importar el barrio o el color del pelo. En efecto, los colegiales en comento pueden pensar como estimen conveniente frente al espinudo tema del aborto y también pueden usar pacíficamente el espacio público para tratar de convencer a otros –y a la autoridad- de la fortaleza de sus argumentos.

El segundo asunto tiene aristas más complejas: ¿fueron los niños y adolescentes “utilizados” como denunció el tweet de la discordia? Al menos podemos acordar que muchos de ellos fueron “acarreados” en el sentido común del término. Esto no quiere decir que fueron obligados. Sencillamente quiere decir que su participación fue facilitada a través de una serie de procedimientos e incentivos que sus propios establecimientos organizaron (permiso de los padres, suspensión de clases, buses de ida y vuelta, etcétera).

Lo anterior no deslegitima la sinceridad de sus convicciones. Pero abre una discusión más profunda: ¿tiene un adolescente de 12, 13 o 14 años el criterio suficiente para ejercer su ciudadanía en temas que afectan dramáticamente los derechos de terceros? No es un misterio que los niños tienden a pensar igual que sus padres hasta que adquieren plena consciencia de su autonomía moral. El problema, por tanto, no está en el color de pelo de los manifestantes ni en las insignias de sus colegios. El único problema parece estar en que las opiniones de los niños deben ser tomadas con prudencia desde donde provienen. Y si se trata de la las opiniones de los adultos a su cargo, entonces que hagan explícito que están valiéndose de los niños para amplificarlas.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-06-01&NewsID=275146&BodyID=0&PaginaId=21