THE NE-UKIP ON THE BLOCK

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de junio de 2013)

El partido Conservador y el partido Laborista han dominado la escena política británica desde que tenemos memoria. La hegemonía ha sido tan persistente que se nos hace natural pensar en Westminster como un sistema tan bipartidista como el estadounidense. Sin embargo, algo de eso cambió en las últimas semanas. El relativamente nuevo Partido por la Independencia de Reino Unido –conocido por sus siglas en inglés como UKIP- se acaba de quedar con el primer lugar en unas elecciones, rompiendo con más de un siglo de historia electoral en la isla. Este artículo tiene por objeto explicar el fenómeno que tiene atento a todos los observadores políticos de Europa.

LA CUESTIÓN EUROPEA

El UKIP fue fundado en 1993 con un objetivo primario: abogar por la retirada del Reino Unido de la Unión Europea. Desde entonces ha ido sumando voluntades a cuentagotas, especialmente mordisqueando el ala euroescéptica de los Conservadores post-Thatcherianos. La modernización de los tories bajo los auspicios del actual Primer Ministro David Cameron ha sido ideal para capitalizar el descontento de la derecha dura británica con el partido que supuestamente debe representarlos. Según el votante UKIP, los conservadores son demasiado entreguistas cuando se trata de lidiar con la institucionalidad de Bruselas.

Es importante subrayar que la elección que acaba de ganar el UKIP –con el 27,5% de los votos contra el 25,4% de los Labour y el 23,9% de los Conservatives- tenía por objeto dirimir los 73 asientos que le corresponden al Reino Unido en el Parlamento Europeo. No era, por tanto, una elección parlamentaria nacional. Los analistas son casi unánimes en señalar que los partidos “europatemáticos” suelen rendir mejor en elecciones que versan precisamente sobre ese asunto. En efecto, el UKIP ya había tenido una votación respetable en las elecciones europeas de 2009 –donde llegaron segundos con un 16,5%- pero apenas obtuvieron un 3% en las generales del año siguiente. Obviamente no obtuvieron ningún representante. Recordemos que en esa ocasión la vedette fue el partido Liberal Demócrata liderado por Nick Clegg, que obtuvo un 23% de las preferencias y abrochó su entrada al gobierno en una inédita coalición con los Conservadores. Por lo anterior, el extraordinario resultado del UKIP en el frente europeo no necesariamente anticipa una votación igual de contundente en las generales que tocan el próximo año.

Aun así, Cameron tiene razones para estar preocupado. Sus aliados –los LibDems y en especial Clegg- están debilitados. Mientras tanto, el UKIP tiene su mirada puesta en Westminster y esta vez puede que consiga los escaños claves para negociar un giro a la derecha. ¿Su estandarte de lucha? Adelantar el referéndum que supuestamente tendría lugar en 2017 para decidir si se quedan o abandonan la Unión Europea.

A LA DERECHA DE LA DERECHA

El ascenso del UKIP en Reino Unido ha sido comparado con el progreso electoral del Frente Nacional de la dinastía Le Pen en Francia. Ambas son identificadas como fuerzas nacionalistas y de tintes xenófobos, que algunos califican derechamente de racistas. En el caso del UKIP, el rechazo a la flexibilización de las políticas de inmigración ha sido central en la elaboración de un discurso orientado a los sectores populares. La ecuación que transmiten es sencilla: por cada búlgaro y rumano que ingresa a territorio británico, un compatriota se queda sin trabajo porque los primeros están dispuestos a trabajar por menos. De esa manera han construido una base de apoyo que por un lado apunta a trabajadores menos calificados y por el otro se fortalece en los sectores de ingresos más altos que rechazan la inmigración por razones culturales. Un partido de orientación popular, dicen ellos. Un partido populista, dicen sus críticos.

Su líder, Nigel Farage, ha sabido explotar correctamente esa veta populistoide. Su retórica usual es un ataque al establishment político tradicional conformado por conservadores y laboristas. Él, en cambio, se vende como un tipo ordinario que al final de la jornada laboral va por su pint al pub de la esquina. La estrategia ha sido grito y plata. Farage es tan político como cualquiera, pero aumenta sus bonos cada vez que despotrica contra la política.

En otras materias, el programa UKIP también sigue un libreto clásico de derecha: se opone a un gobierno expansivo y propone reducir impuestos; no cuestiona la monarquía ni el establecimiento de una religión oficial; se opone al matrimonio homosexual (aunque no a las uniones civiles); propone abiertamente incrementar el gasto en defensa, etc.

DOS PAÍSES

El éxito del UKIP en las pasadas elecciones europeas no fue uniforme en todo el territorio británico. En Londres obtuvieron apenas un 6% de los votos. En las demás provincias, sobrepasaron el 30%. Los medios hablaron de dos países distintos. Varias hipótesis se han puesto sobre la mesa para explicar tamaña diferencia. La más recurrente es de naturaleza socio-cultural. La capital ingresa es esencialmente globalizada y cosmopolita. Es por lejos la zona que más inmigración recibe –uno de cada tres londinenses no es autóctono- pero paradójicamente el resultado no es el rechazo a lo foráneo sino su aceptación. Boris Johnson, el carismático alcalde mayor de Londres, es un militante conservador que alienta con entusiasmo la idea de una metrópoli de vibrante multiculturalidad. Boris bien sabe lo que significa eso para la economía. En consecuencia, los electores capitalinos no caen tan fáciles con la historia de terror que cuenta el UKIP sobre la invasión extranjera. A fin de cuentas, viven la diversidad en su cotidianeidad. Y se aprovechan de lo que ella ofrece.

Otros agregan que el votante promedio de Londres tendría un nivel educacional superior al del resto del país. La tesis implícita es que personas más sofisticadas desde el punto de vista cultural serían menos propensas a la xenofobia y al nacionalismo. Por eso, dicen, los eslóganes del UKIP caerían aquí en terreno infértil.

A CUATRO BANDAS

Ante este inédito panorama se hace difícil seguir hablando de bipartidismo. Hace cuatro años se dijo que el sistema había mutado a un juego de tres actores gracias a la extraordinaria votación de los Liberal-Demócratas. Los tories no pudieron “armar gobierno” por sí solos y se vieron en la necesidad de pedir ayuda al partido de Clegg para apuntalar una mayoría efectiva y duradera. Hoy es el UKIP el que amenaza con desestabilizar los cálculos de los partidos tradicionales. La prensa ya no puede contentarse con las cuñas de David Cameron y Ed Milliband, el líder laborista. Debe incluir ahora al propio Clegg y al exultante Nigel Farage. La batalla por el poder tiene ahora tiene cuatro contendores. Los efectos de este nuevo escenario ya se sienten en los municipios. Los británicos hicieron coincidir las recientes elecciones europeas con elecciones locales, lo que proyectó el buen resultado del UKIP de las primeras a las segundas.

Por todo lo anterior, lo que viene para la política británica es un misterio. Si los dos partidos hegemónicos pueden ser superados por agrupaciones que se suponían marginales, no es descabellado pensar que el tiempo de los gobiernos unipartidistas pasó. En un sistema más fraccionado, las coaliciones se transforman en instrumentos indispensables. Los británicos gustan de las tradiciones. Pero nunca es tarde para aprender un juego nuevo.

Link: http://www.capital.cl/opinion/the-ne-ukip-on-the-block/

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