¿ES JUSTA LA SELECCIÓN ESCOLAR?

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de junio de 2014)

Hace algunas semanas, siete centros de pensamiento de la derecha chilena suscribieron una columna criticando los pilares centrales de la reforma educacional que propone Michelle Bachelet. Me quiero concentrar en sólo uno de ellos: la posibilidad que los establecimientos seleccionen a sus alumnos. Como expresan los firmantes, la selección por criterios académicos está permitida en Chile a partir de séptimo básico. Ello les parece una buena idea, pues sería “una forma de dar mejores alternativas de educación a alumnos especialmente esforzados o con talentos específicos (música, ciencia, deportes, etcétera)”. El artículo no profundiza en otros criterios a través de los cuales también –en la práctica- se selecciona. Por un lado, la capacidad de pago de los padres funciona como filtro en los colegios particular-pagados y subvencionados con financiamiento compartido. Por otro lado, como ha sugerido la jerarquía eclesiástica, los proyectos educativos deberían reservarse el derecho de admitir a quienes comparten su línea editorial. Aquí operaría un tipo de selección por motivos religiosos. ¿Es justa la selección por alguna de estas razones?

La intuición meritocrática nos lleva a contestar afirmativamente: la selección por rendimiento permite identificar buenos prospectos que en teoría podrán desplegar mejor sus capacidades en entornos más competitivos. Es, sin ir más lejos, la historia que la UDI trató de contar acerca de Laurence Golborne: un niño que destacó en su liceo maipucino y accedió –como premio a su esfuerzo- a un establecimiento capitalino emblemático. Allí compartiría aula con otros igualmente talentosos. Para la filosofía del mérito, el cielo es el límite: privar a los Golbornes de Chile de la posibilidad de abandonar la mediocridad del origen en busca de mayores desafíos es sinónimo de cortarles las piernas.

Es una teoría atractiva para todos quienes tenemos respeto por la libertad de las personas y creemos que una sana competencia es capaz de pulir nuestras capacidades. Pero presenta dos problemas que sería deshonesto soslayar. Primero, uno de justicia. Los niños que obtienen buen rendimiento académico no se lo deben todo a su esfuerzo. Parte importante se la deben al contexto en el cual nacieron y se criaron. Llamémosle capital cultural heredado. Un niño que crece en una habitación con libros ya tiene un acercamiento distinto al conocimiento que uno que jamás tuvo acceso a esos recursos familiares. Por lo tanto, lo que hace un establecimiento al seleccionar por rendimiento académico no es necesariamente premiar al niño talentoso o esforzado. La realidad es que aprovecha otra información que no tiene mucho ver con el mérito sino con las favorables condiciones del seleccionado. La segunda consideración es más bien utilitaria. El spot de Golborne no decía nada sobre sus compañeros de liceo que se quedaron en Maipú. Según entiendo, hay argumentos que sobre base empírica sostienen que lo mejor en términos educativos es que los mateos no abandonen su lugar de origen. El resto del curso ganaría mucho teniéndolos cerca. El dilema ético es cuánto sacrificio le estamos pidiendo a los pocos mateos de Chile en beneficio de la mayoría que no lo es. El caso de los colegios que identifican talentos especiales es un buen ejemplo: Billy Elliot jamás habría llegado a ser el gran bailarín en el que –suponemos- se convirtió, si se hubiera quedado en una pequeña ciudad minera de Durham en lugar de embarcarse a Londres a codearse con los mejores. Por todo lo anterior, no debería sorprendernos que en este punto la derecha y la dirigencia del Instituto Nacional tengan un margen de acuerdo.

La selección por capacidad de pago presenta otros tantos problemas. Es una obviedad mastodóntica que segrega socialmente. La pregunta es si acaso los niños de Chile deben atenerse a la suerte financiera de sus padres a la hora de construir su propio futuro. El objetivo del gobierno al eliminar el copago es justamente erradicar una fuente de selección que parece injusta: seleccionar por plata suena peor que seleccionar por notas. Por cierto, sabemos que los padres están dispuestos a todo por favorecer las condiciones de partida de sus hijos. Haciéndose cargo de ese impulso perpetuador de la herencia, la derecha defiende la libertad de los padres de poner más dinero sobre la mesa para mejorar la educación de sus hijos. Pero como dice Fernando Atria, “proteger el derecho de los padres a aportar es (proteger la libertad) de los establecimientos de excluir al que no puede aportar”. Estaremos de acuerdo que defender lo segundo es defender una selección que no tiene ninguna relación con el mérito. El zapato chino para el gobierno es que, si quiere ser coherente con su teoría, su reforma debiera incluir a los colegios particular-pagados. Así se lo ha exigido la izquierda extra-Nueva Mayoría. Pero es extremadamente poco probable que alguien se atreva a meterse en el gallinero de la elite chilena, donde por cierto estudian los hijos de casi toda la clase política incluidos los gestores de la reforma.

Finalmente, está la selección que promueve la Iglesia. Ésta insiste en la importancia que los padres escojan entre una diversidad de alternativas que honre el carácter pluralista de la sociedad. El problema, una vez más, es que los sujetos aceptados o rechazados –los niños- no tienen nada que ver con el criterio utilizado. Como insiste hasta el cansancio Richard Dawkins, no existen los niños católicos, los niños evangélicos o los niños ateos. Hasta que tengan edad suficiente para pensar por sí mismos, son sólo niños de padres católicos, evangélicos o ateos. Por tanto es una selección que tampoco apela a sus méritos, preferencias, talentos o esfuerzos. Por si fuera poco, seleccionar sobre base religiosa en una estructura educativa que se financiará enteramente con recursos públicos (una vez terminado el copago) en un país nominalmente laico es otra dificultad evidente. Esto no significa, como ha señalado el ministro Eyzaguirre, que no puedan seguir funcionando colegios de orientación religiosa con fondos del estado. Sólo significa que si reciben dichos fondos no podrán dejar afuera a los niños que no pueden acreditar bautismo ni matrimonio religioso de los papás.

En resumen, la selección es un tipo de discriminación –uso el término en sentido neutro- que presenta muchas complejidades normativas. Nuestras intuiciones meritocráticas son importantes: percibimos que es justo garantizar oportunidades a quienes destacan cualquiera sea su origen y aceptamos tener una elite intelectual que se haya ganado ese lugar a punta de esfuerzo. Lo que debiéramos hacer es mirar con más cuidado si acaso es realmente el mérito individual es que opera cada vez que se discrimina en nombre de las notas, la plata o la fe.

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