FIESTAS PATRIAS EN ESCOCIA

texto y fotos por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 3 de octubre de 2014)

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Fue un 18 de septiembre especial. No comí empanadas ni brindé con chicha de Curacaví, pero tuve la oportunidad de saborear las tradicionales Haggis –la prieta escocesa a base de interiores de oveja- y accedí a una respetable cuota de single malt whisky. De fondo, una postal fantasmagórica de Edimburgo sumida en la niebla bajo la despreocupada mirada de piedra de Adam Smith y David Hume. Por cierto, no fui a Escocia a celebrar la chilenidad. Todavía no entiendo bien cómo, pero conseguí acreditación como observador internacional del referéndum que le preguntó a los residentes en territorio escocés si acaso querían separarse del Reino Unido. El desenlace es conocido: un 55% de los electores le dio la victoria a la opción NO. A continuación ofrezco algunas reflexiones del inédito proceso y de lo que pude palpar en terreno dentro y fuera de los locales de votación.

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Energizando la democracia

Los chilenos que participaron en el plebiscito de 1988 suelen rememorar esos tiempos por su efervescencia. Prácticamente todos los mayores de 18 años se inscribieron en los registros electorales y votaron ese 5 de octubre. Sabían que se jugaban algo importante para ellos y las generaciones posteriores. El ejercicio escocés fue parecido: con sistema de inscripción previa,  sufragio voluntario y votación en día hábil, nada menos que un 85% del padrón se hizo presente. Nunca participa tanta gente en las elecciones ordinarias. Durante los meses previos, el debate llegó a todas las esquinas. Los argumentos a favor y en contra de la independencia estuvieron disponibles a través de todas las plataformas imaginables. La ciudadanía escocesa vivió una verdadera inmersión política en la cual ningún tema estuvo vedado. Adolescentes con uniforme colegial se volcaron a las calles y a las urnas en un episodio cívico-pedagógico que difícilmente olvidarán. La democracia se volvió una fiesta, literalmente.

Y a la luz de la escuálida participación que tuvimos en las últimas presidenciales, sentí algo de sana envidia. ¿Qué ocurriría en Chile si la fantasía de los fumadores de opio se hiciera realidad y pudiéramos llevar adelante un civilizado procedimiento constituyente que recogiera la mayor cantidad de voces y le permitiera a los chilenos conversar, discutir y deliberar públicamente sobre las vigas del sistema político? ¿Podría funcionar como energizante de la democracia?

Sin embargo, no todo es color de rosa. La intensidad de estos episodios deja marcas en la piel de la memoria. Hoy, Escocia es una nación políticamente dividida en dos mitades. Se dijeron muchas cosas en la recta final. Probablemente la más hiriente fue la acusación que recibieron –velada o abiertamente- los simpatizantes unionistas. Fueron tildados de traidores, por preferir el control foráneo antes que la emancipación nacional. Fueron tachados de cobardes, por no atreverse a cruzar el río de la incertidumbre institucional. “Be Brave Scotland, Vote Yes” leí en uno de los muros aledaños al castillo de Edimburgo. La narrativa William Wallace elevó la adrenalina de los separatistas y dolió profundamente a sus adversarios. Guardando las diferencias, nada que nosotros no hayamos vivido.

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La calle miente

Se ha vuelto un lugar común sostener que las redes sociales no son representativas de la realidad. Lo curioso es que prácticamente nadie sostiene lo contrario. Usualmente, también, se dice que el verdadero termómetro de la opinión pública está en las calles, allá afuera, lejos de los teclados y los Smartphone. En el caso escocés, esta segunda tesis naufragó estrepitosamente. Si fuera por lo visto en la calle, la opción YES debió haber barrido con su contrincante. Gran parte de mis entrevistados a boca de urna reconocía que a nivel nacional las perspectivas de NO eran mejores, pero que al menos Edimburgo se manifestaría a favor de la independencia. Un recorrido por la ciudad permitía hacerse la misma idea: de cada diez personas con chapitas o distintivos, nueve estaban a favor y apenas uno en contra de la separación. Sin embargo, al final de la jornada nos enteramos que la realidad era otra: incluso en la capital política de la nación la opción NO se quedaba con la victoria, aun con mayor holgura que en el promedio del territorio.

La mayoría silenciosa, le llaman. Los partidarios unionistas no hicieron escándalo. Pero se manifestaron calladitos con un lápiz y un papel. Hay varias tesis que explicarían este comportamiento algo retraído. Se dice que las campañas que defienden el statu-quo carecen de la épica movilizadora que inflama los corazones de quienes aspiran al cambio. En efecto, se vio pocazo romanticismo en el discurso del “Better Together”. La apelación de los unionistas fue descarnada -y británicamente- pragmática. Como rezaba en una pancarta de los laboristas escoceses invitando a votar NO, “it´s not worth the risk”. La alocución de David Cameron días antes del referéndum ilustra bien el punto: en lugar de mencionar las razones por las cuales Reino Unido sigue siendo un matrimonio feliz, el primer ministro conservador se concentró en las devastadoras consecuencias que tendría un “divorcio doloroso”. Para volver al paralelo con Chile y el plebiscito del ‘88, esta vez la campaña por el NO fue incapaz de convertir un adverbio negativo en una señal positiva. Otros son menos sofisticados en el análisis y especulan que el votante unionista sencillamente no metió ruido para evitarse el bullying político. Otro factor que pudo haber influido fue el etario: la población mayor se inclinó sustantivamente por la opción NO. Los más jóvenes del padrón, comúnmente más expresivos, votaron por el YES.

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La épica nacionalista

Hubo un momento emocionante en el cierre de campaña, la noche anterior al referéndum. Mientras brindábamos con Glenlivet sobre una bandera chilena en los Meadows de Edimburgo, pudimos testimoniar lo que significaba el ejercicio escocés para las otras comunidades del mundo con aspiraciones independentistas. De todos los confines llegaron a presentar sus respetos: Cataluña, País Vasco, Taiwán, Córcega, Cerdeña, Bavaria, Véneto, Galicia, entre las tantas banderas que pudimos reconocer. Todos querían hacerse parte del carnaval, de la historia, de la oportunidad que a muchos de ellos se les ha negado. Llegó a ponerse un tanto incómodo, diría, cuando los catalanes se adueñaron durante horas de la plaza principal de Edimburgo con sus bailes, cánticos y velatones. Todo bien con el entusiasmo, pero a veces hay que saber quién es el dueño de la fiesta.

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Cada cuento independentista tiene sus particularidades. No son todos los casos iguales. Aunque hay un par de variables que se repiten hasta formar un patrón. En primer lugar, resentimiento histórico. Los nacionalistas que reclaman autonomía sienten que han sido  -de alguna manera- forzados a participar de estructuras políticas ajenas, o en las cuales la relación de poder es asimétrica, injusta o derechamente abusiva. En segundo lugar, todas estas comunidades son más o menos pudientes, económicamente hablando. Irse de la casa de los papás es más fácil con la billetera llena. Cuando no se poseen recursos propios, la dependencia centralista es mayor. De hecho, los separatistas escoceses le sacaron el jugo a esta línea de razonamiento: con un estado soberano y dueño de sus riquezas, Escocia pasaría a contarse entre los diez países más ricos del mundo en términos de producto per cápita. De esta manera, seguía la promesa, podrían invertir en la extensión y mejora de un modelo de bienestar a la escandinava en lugar de estar contribuyendo a engordar las arcas de Westminster.

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En cualquier caso, no creo que haya sido el arsenal de razones económicas el que haya determinado el resultado de la contienda. El notable crecimiento de los partidarios del YES en las encuestas –que tuvo genuinamente asustado al establishment de Londres- se debió a su capacidad de transformar la campaña en un asunto de identidad nacional y orgullo patrio. No les alcanzó, pero dejaron una interesante semilla plantada. En términos políticos, mejoraron su posición para la negociación de poderes semi-autónomos que se viene (a la cual también están invitados Gales e Irlanda del Norte). El partido nacionalista escocés (SNP) está experimentando un crecimiento exponencial de afiliaciones tras el referéndum. Cameron, por su parte, lo apostó todo y salvó el pellejo. Corrió un riesgo democrático que sus pares en Madrid no están dispuestos a correr en Barcelona o Bilbao. Con ello, durmió legítimamente la ansiedad separatista por un buen tiempo. Difícil saber por cuánto.


Link: http://www.capital.cl/opinion/2014/10/03/071008-fiestas-patrias-en-escocia

 

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2 comentarios to “FIESTAS PATRIAS EN ESCOCIA”

  1. www.fachadas-rehabilitacion.net Says:

    Correcto! has aportado una aclaración muy coherente.
    Muchas gracias! y Felicidades

  2. click aqui Says:

    Creo que has aportado una información realmente valiosa.
    Muchas gracias! y Felicidades

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