ARENAS EN EL PAÍS DE LOS EMPRESARIOS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 30 de octubre de 2014)

Se le veía algo incómodo al ministro. No estaba en su salsa, como se dice. El ChileDay suele ser el paseo de curso de los empresarios. Y Alberto Arenas no es muy querido en ese lote. Pero le hizo empeño. Su alocución final fue enternecedora: les pidió mantener en Santiago el clima de cordialidad y diálogo respetuoso que habían logrado cultivar en Londres. En otras palabras, les pidió que siguieran siendo amigos y que no volvieran a hacerle bullying una vez pisado territorio nacional.

Arenas apenas cambió el libreto gubernamental para no desafinar en un evento que tiene por objeto atraer inversión extranjera –además de solazar a los visitantes, por cierto. En su intervención central se refirió especialmente a la importancia de las alianzas público-privadas, lo que no suele ser tema en la agenda de transformaciones del gobierno. Al mismo tiempo, insistió en la capacidad de las instituciones chilenas de combinar crecimiento económico con una progresiva reducción de la desigualdad. El ministro trató de transmitirle a la audiencia local que a nuestro país le había llegado a la hora de adoptar un capitalismo inclusivo y sustentable. Es decir, que ya no éramos un paraíso tributario ni un conejillo de Indias para experimentos neoliberales. En eso fue keynesianamente honesto: subrayó la necesidad de ajustar la carga tributaria a niveles OECD, de inyectar recursos públicos en ritmos contracíclicos, de fortalecer las regulaciones financieras y darle músculo a las superintendencias.

Pero la luna de miel duró menos de lo que dura el verano británico. El prestigioso medio The Financial Times no le compró al ministro Arenas y señaló que nuestra economía encarnaba la típica mediocridad del escenario global, básicamente porque nuestras expectativas de crecimiento eran bajitas en comparación a lo que hicimos en otros lustros. Los empresarios –y la derecha política, por cierto- aprovecharon la oportunidad para volver a columpiar al gobierno de Michelle Bachelet y particularmente al encargado de las finanzas públicas.

Mi impresión es que ha llegado el momento de reconocer que esta administración no posee una bala de plata para conseguir todos los objetivos a la vez y tiene que transparentar por cuál de ellos va a optar. Digamos las cosas como son: el crecimiento económico no es meta prioritaria en el relato político de la Nueva Mayoría; este gobierno tiene como norte reducir la desigualdad. Lo segundo es más relevante que lo primero. No es un juicio de valor, sino una descripción de su configuración ideológica. Evidentemente, si se puede reducir la desigualdad y al mismo tiempo generar las condiciones para que todos seamos más ricos, genial. Pero si eso no resulta y a consecuencia del bajo crecimiento todos nos volvemos un poco más pobres pero más iguales, bienvenida sea esa segunda opción. Si esto es correcto, ésta es la primera administración auténticamente socialista en décadas.

El ministro Arenas se desgasta explicando que la culpa de tener una economía a media máquina la tienen los factores externos. Puede que tenga razón, pero ése no es el meollo del asunto. El corazón de la discusión –y Arenas bien lo sabe- está en otra parte: podemos ser mediocres a la hora de crecer, pero por mandato político debemos ser exitosos en construir una sociedad más igualitaria.

La derecha y la vieja Concertación apostaron a una combinación de crecimiento y políticas públicas focalizadas. Fue un consenso que le dio a Chile años de prosperidad envidiable en el barrio. Los ricos se hicieron más ricos. Pero no era un problema, moralmente hablando, porque al mismo tiempo reducíamos sistemáticamente el número de compatriotas viviendo bajo la línea de la pobreza. En términos grueso, la mano invisible funcionó.

Ese consenso se perdió. El océano insondable de la clase media exigió que los de arriba no siguieran subiendo. Se instaló la narrativa de los derechos universales. De los pobres e indigentes –que todavía quedan- ya no se acuerda casi nadie. Ninguna de las grandes demandas sociales del último tiempo los tiene a ellos por protagonistas. La reforma educacional contribuirá sin duda a detener el venenoso proceso de segregación de la sociedad chilena, pero es poco probable que ayude a los que menos tienen. La selección, el lucro y el copago son la marca del modelo particular-subvencionado, no del municipal.

En conclusión, no tiene mucho sentido que Arenas siga esforzándose en el malabarismo retórico. A los gobiernos de derecha se les pide alto crecimiento, bajo desempleo y mano dura contra la delincuencia. A los de izquierda se les pide que al finalizar entreguen un país menos desigual que el que encontraron. El bullying de los empresarios debería resbalarle al ministro. No está en su puesto para caerles bien, sino eventualmente para evitar que se sigan haciendo más ricos. Es duro reconocerlo, pero es una tesis enteramente plausible.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2014/10/30/101020-arenas-en-el-pais-de-los-empresarios

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