Archive for 28 diciembre 2014

¿SERÁ MARCO ENRÍQUEZ-OMINAMI EL DELFÍN DE MICHELLE?

diciembre 28, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 28 de diciembre de 2014)

Cuentan las encuestas que las acciones de Marco Enríquez-Ominami van al alza. Al menos, revelan que su nombre concita más adhesiones que cualquier otro en el mundo de la centroizquierda a la hora de proyectar las presidenciales 2017. Incluso dobla a su más cercana perseguidora –la senadora PS Isabel Allende. Sin embargo, ME-O y su partido siguen fuera del paraguas coalicional de la Nueva Mayoría. Si las primarias fuesen hoy, ni siquiera estaría invitado a participar en ellas.

La Nueva Mayoría quiere darle tiempo al tiempo para que el delfín de Michelle Bachelet nazca de las entrañas de la propia coalición. Teniendo tantas figuras de la casa –la propia Allende, los dos Lagos, la alcaldesa Tohá, el intendente Orrego, algún ministro- ¿cómo va a ser posible que ninguno pueda disputarle a ME-O el liderazgo del sector? A fin de cuentas fue Marco el que se marchó, en teoría para no volver. Entregarle el poder en bandeja al enfant terrible que los basureó parece una claudicación gratuita.

Salvo que no les quede otra. Si ninguno de los liderazgos internos prende lo suficiente y los dirigentes de la Nueva Mayoría se persuaden que ME-O es la mejor herramienta para conservar el poder, es probable que asistamos a la escena del hijo pródigo volviendo a casa. Es un panorama posible: después de la aparición de Bachelet en el mapa -hace más de 10 años- la centroizquierda no ha sido exitosa en generar liderazgos presidenciales potentes. En 2009 tuvieron que reciclar viejos portaviones en lugar de potenciar a Andrés Velasco como heredero. En 2013 volvieron a confiar en el carisma místico de la ex presidenta, postergando el trabajo de renovación interna. Pero como dice la canción, después de ti (Michelle) ya no hay nada. Tampoco hay razones para el optimismo si miramos el rendimiento de su gabinete –de no mediar una catástrofe de esas que catapultaron a los ministros de Piñera al estrellato, claro.

Marco Enríquez, por su parte, se ve ansioso por cerrar un trato. Sin la estructura de la Nueva Mayoría no gana. Por eso ha moderado su posición frente al oficialismo, ofreciendo incluso jugársela por las reformas emblemáticas de la Presidenta. Así busca limar las asperezas acumuladas. Su punto débil está en el mundo DC, que presagia en la entronización de ME-O la izquierdización definitiva del pacto. Pero Marco no tiene mucho más que ofrecer que una expectativa: que su nombre valdrá más que el resto cuando llegue el momento. En otras palabras, su camino es bacheletizarse: seguir invirtiendo en su propia figura hasta hacerse irresistible para las ambiciones del bloque.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-12-28&NewsID=297793&BodyID=0&PaginaId=17

MONSIEUR PIKETTY CONTRA LA DESIGUALDAD

diciembre 27, 2014

Entrevista a Thomas Piketty, París, 18 de diciembre de 2014 (versión sin editar) 

por Cristóbal Bellolio

photo2

Andrés Velasco, ex ministro de Hacienda y ex pre-candidato presidencial chileno, ha señalado que algunas de las recomendaciones de tu libro no serían aplicables a Latinoamérica…

Debe ser porque es un continente muy igualitario (ríe)

Claro, pero fuera de bromas, él dice que la persistente y pronunciada desigualdad latinoamericana no se explica necesariamente porque los retornos del capital sean mayores al crecimiento del producto nacional sino principalmente por la diferencia de ingreso entre trabajadores capacitados y no capacitados…

Sí, en eso Latinoamérica no es única. En todos los países la desigualdad es una combinación de distintas fuerzas. Dos categorías son fundamentales: por una parte, desigualdad de habilidades y competencias laborales o capital humano, y por otra parte desigualdad de riqueza. La tesis r>g es importante para describir la segunda. Por supuesto que la desigualdad de ingreso laboral es relevante, y aquí la desigualdad en el acceso a la educación es fundamental, lo que es claro en el caso de Latinoamérica pero también en Estados Unidos. Si miras sus últimos treinta años, la desigualdad que se ha agudizado no se explica tanto con la fórmula r>g sino con desigualdad en las rentas del trabajo, lo que a su vez se relaciona con el desigual acceso a la educación en ese país. En Estados Unidos unos pocos van a las mejores universidades pero el resto se queda con lo que aprendió en un sistema escolar apenas regular.

Podríamos decir entonces que la recomendación más controvertida de tu libro –el impuesto global al capital- no es entonces la recomendación evidente para países donde el problema más agudo podría ser otro…

Sin duda. De hecho en el libro hablo bastante de los desafíos en educación y para eso hay otras recomendaciones. Lo que ocurre que a veces la gente –cuando está determinada a criticar- se queda con la parte que no les gusta. Esa es una de las razones por las cuales estamos hablando de un libro de 700 páginas. Si todo se tratara de r>g y del impuesto global al capital sería uno de 10 páginas (ríe). Pero en el libro hablo de todo esto y dejo claro que la principal fuerza para reducir la desigualdad es la difusión de competencias laborales y de conocimiento a través de la educación. No podría estar más de acuerdo con eso. Si tú además dices que entonces no necesitamos impuestos progresivos, entonces ya no lo estaríamos. Creo que necesitamos ambas políticas, que son complementarias y no sustitutas.

Probablemente estés familiarizado con la historia económica reciente de Chile, y particularmente de la influencia de figuras como Hayek y Friedman en ella. La dictadura de Pinochet impuso un modelo de mercado que incluyó privatización de áreas estratégicas de la economía, des-regulación, banco central autónomo, apertura comercial al mundo, etcétera. Estarás de acuerdo en que se hace muy difícil –sino imposible- separar el costo humano del autoritarismo de los beneficios económicos obtenidos, pero quería que como historiador económico reflexionaras acerca de lo que alguna vez se llamó “el milagro chileno”, con tasas de crecimiento altísimas y una consistente reducción de la pobreza, especialmente luego en democracia. ¿Fueron estas medidas las correctas desde el punto de vista de la eficiencia o tienes objeciones ideológicas fundamentales a este proceso?

Partamos de la base que Latinoamérica tiene una profunda desigualdad. Ésta es para mí una limitación estructural de cualquier política pro-crecimiento. No tengo reparos en aceptar que a veces las fuerzas del mercado son fundamentales en generar crecimiento. En este sentido, en algunos países latinoamericanos las experiencias han sido positivas en décadas recientes, lo que es positivo como parte del proceso global donde países menos desarrollados se ponen al día con los más desarrollados. Pero si apuntamos a una política sistemática de crecimiento de base amplia debemos hacernos cargo de la desigualdad en educación, bienes, riqueza, etcétera. Eso fue lo que faltó en el modelo Hayek-Pinochet, independiente de su déficit de libertades políticas. Aunque pienso que en cierto modo ambas cosas están relacionadas en una dimensión ideológica: si crees que las fuerzas del mercado deben funcionar libremente, y como resultado remanente tienes desigualdad, quizás sea porque la gente que se queda atrás no es productiva, o quizás sea mejor mantenerlos así porque son tus opositores políticos. Pensar que el mercado lo resuelve todo es ideológicamente extremista desde el punto de vista económico, lo que va muy bien con regímenes autoritarios que tienen por ideología política la represión de los perdedores en el juego del mercado.

Sin embargo para redistribuir necesitamos crecer. Lo reconoció incluso Lula da Silva en Brasil: no tiene sentido repartir pobreza. Algunos han planteado que dadas las necesidades urgentes de Latinoamérica en términos de pan, techo y abrigo, preocuparse por la desigualdad relativa es un lujo. Y que por tanto hay que apostar todo al crecimiento en una primera fase. Este es un dilema que no se presenta en las sociedades de Europa Occidental que ya pasaron la etapa de las carencias materiales duras. ¿Crees que este dilema existe y que a veces hay que elegir entre reducir pobreza o reducir desigualdad con medidas distintas?

En principio yo no tengo problemas con la desigualdad como tal. Creo que necesitamos ciertos niveles de desigualdad para crecer. El drama de países como Brasil es la excesiva desigualdad. Excesiva en el sentido que deja de ser funcional al crecimiento. Por el contrario, sobre ciertos niveles es negativa para el crecimiento. Latinoamérica está sobre ese nivel. Creo que es posible reducir estas brechas y al mismo tiempo gozar de crecimiento económico. Lula elevó los salarios mínimos en Brasil y eso ayudó en parte a reducir la pobreza, junto a otras transferencias. Pero por otro lado tienes un sistema impositivo que a veces es derechamente regresivo. En Brasil los impuestos indirectos al consumo se elevan al 30% -por ejemplo, sobre tu cuenta de electricidad- mientras que la persona que recibe millones por herencia familiar paga apenas un 4% de impuesto. Puedo entender por qué la elite quiere preservar este sistema. Pero creer que es un buen sistema para el crecimiento y para el país es un error. Preferiría lo contrario: impuestos más bajos al consumo y más altos a la riqueza. Hay que mirar la experiencia de países ricos, que organizan su capitalismo con impuestos progresivos. En países como Gran Bretaña y Alemania la tasa impositiva de las herencias millonarias está en torno al 40%. Nadie puede decir que David Cameron o Angela Merkel sean particularmente izquierdistas, pero no se les ocurriría copiar el modelo brasileño. A las elites les conviene decir que los niveles impositivos son los adecuados y que hay que esperar a que el crecimiento haya hecho su trabajo antes de lidiar con la desigualdad, pero la experiencia sugiere exactamente lo contrario. Si Latinoamérica quiere desarrollarse tiene que hacerse cargo del crecimiento y de la desigualdad. No olvidemos que parte de la inestabilidad política de la región tiene que ver con elites que se resisten a ver el problema. La legitimidad política va de la mano con grados aceptables de desigualdad. Hay que buscar maneras pacíficas para lidiar con la desigualdad.

Entonces que la desigualdad excesiva sea problemática se transforma en un argumento consecuencial: tenemos que mantenerla acotada para evitar un descalabro en nuestras instituciones democráticas y asegurar la paz social.

Sí, para mí evitar la inestabilidad política es la razón principal. Pero no es la única. Es mala en sí misma en la medida que afecta las perspectivas del crecimiento. También porque alta desigualdad es mala para la movilidad social. Eso perpetúa la desigualdad en el tiempo a través de las generaciones. Una de las conclusiones de mi investigación empírica es que Europa no necesita de los niveles de desigualdad que tuvo en el siglo XIX para crecer en el futuro. La desigualdad que tuvimos hasta antes de la Primera Guerra Mundial contribuyó a elevar la tensión política vía producción de nacionalismos. Aparte de eso tampoco fue tan buena para el crecimiento. La reducción de la desigualdad que vino a continuación tuvo que ver con guerras, revoluciones, shocks y otros factores de ajuste regulatorio que fueron aceptados por la elite. ¿Fue mala noticia para el crecimiento esta reducción de la desigualdad? Para nada. Es cierto que parte del crecimiento de postguerra se explica por la reconstrucción, pero también tuvo relación con la disminución de las brechas socioeconómicas a partir del aumento de la movilidad social. Nuevos grupos accedieron a posiciones directivas, tuvieron acceso a la educación, apareció una nueva elite que impactó positivamente en el crecimiento. Eso es lo necesitamos en el Siglo XXI: mayor inclusión para que más grupos accedan a estas posiciones. En conclusión, la excesiva desigualdad es mala en sí misma –independiente de sus implicancias políticas- cuando es mala para el crecimiento.

Mencionaste las dinámicas de movilidad social. En el caso hipotético que pudiésemos asegurar un esquema real y no puramente nominal de igualdad de oportunidades, de tal manera que las posiciones de partida no determinen las posiciones de llegada en la vida, ¿crees que aun así debiésemos preocuparnos de las eventuales desigualdades agudas que pudiesen producirse? ¿O el problema moral se desvanece?

Si la desigualdad se debe a la suerte o mala suerte de las personas en su toma de decisiones personales, no veo problema. Las personas tienen diferentes objetivos en la vida. Es distinto si las desigualdades se producen a partir de ventajas o desventajas que no son responsabilidad o mérito directo de sus portadores. En este caso creo que procede redistribución. Pero vivimos en el mundo real: aquí no hay igualdad de oportunidades. El promedio de lo que ganan los padres de los estudiantes de universidades top en Estados Unidos corresponde al promedio de lo que gana el 2% más rico de ese país. O sea, los hijos de la élite reproducen sus ventajas accediendo a mejor educación… Hay una enorme diferencia entre el discurso oficial de la meritocracia –muy típico en Estados Unidos, el cuento de hadas de la movilidad social- y la realidad. Tenemos que poner esta narrativa de la movilidad social bajo escrutinio público. Pero en las universidades de la llamada Ivy League no quieren que miremos esa información. Nadie accede a ella y nadie trabaja en ella. La sospecha es que en varios casos las admisiones dependen de la capacidad de los padres de hacer regalos a la universidad. Es lo opuesto a la meritocracia que nos gustaría ver. Necesitamos más transparencia en estos procesos de admisión. Pero estas instituciones se oponen, aunque después salgan con el discurso de la igualdad de oportunidades.

Entonces funciona en ambos sentidos: no basta con tratar de asegurar igualdad de oportunidades y esperar sociedades más igualitarias; también habría que crear sociedades más igualitarias para disfrutar de mayor igualdad de oportunidades efectiva.

Hoy en día el discurso de la igualdad de oportunidades se suele usar para justificar enormes desigualdades de resultado pero también de oportunidades. No podemos aceptar ese discurso sin una mirada crítica y una cuidadosa revisión de los datos.

Suenas bastante Rawlsiano en tus planteamientos…

Sí, en cierto sentido. Tu puedes tener toda la desigualdad que quieras en la medida que como aumentes la utilidad de todos.

John Rawls estuvo expuesto a la misma crítica que algunos te hacen a ti desde la izquierda: que su principio de la diferencia –las desigualdades son aceptables en la medida que redunden en el beneficio de los menos aventajados- era teóricamente compatible con altos niveles de desigualdad. ¿Cuánta desigualdad es permisible? No podemos dar un número…

Efectivamente no podemos. Estas son preguntas que la sociedad tendrá que ir contestando. No hay una fórmula matemática para ello. Se lo dejo a la deliberación democrática. Todos tenemos responsabilidad en ello y no hay manera de escapar de la pregunta.

Exploremos otro argumento pro-igualdad. Hace unos años se publicó un libro –The Spirit Level de Richard Wilkinson and Kate Pickett- cuya tesis central planteaba que los países menos desiguales rendían mejor en una serie de indicadores sociales como salud mental, tasas de criminalidad, niveles de confianza interpersonal, aprendizaje escolar, etcétera. El ex presidente Ricardo Lagos promovió en Chile este argumento, que también es de tipo consecuencialista. ¿Es parte de tu repertorio?

En general, sí. Pero creo que a veces la causalidad opera en ambos sentidos. La mala educación no sólo es resultado de una sociedad desigual sino también su causa. Estoy de acuerdo que es importante atender a las consecuencias de la desigualdad, por ejemplo en materia de seguridad pública. Es un argumento adicional.

La escuela suficientarista dice que lo importante no es la igualdad sino que todas las personas tengan lo suficiente para vivir en forma digna. La obligación política sería asegurar ese estándar básico.

En la medida que podamos ir mejorando esas condiciones básicas, deberíamos hacerlo. ¿Por qué deberíamos contentarnos con el estándar básico?

El filósofo Michael Walzer sostenía que el verdadero problema se producía cuando desigualdades que nos parecen legítimas en una determinada esfera de la vida –la económica, por ejemplo- se trasladan a otras esferas en las cuales ya no nos parecen legítimas –como la política…

Tiene razón. En Europa y Estados Unidos la extrema desigualdad de recursos económicos se ha traducido en desigualdad de voz y en una forma de captura del proceso político. Lo que ocurrió recientemente en Estados Unidos –donde la Corte Suprema dictaminó la inconstitucionalidad de las leyes que limitan el gasto electoral- es verdaderamente espantoso…

Esa es una discusión que estamos teniendo actualmente en Chile: cómo regular la relación entre dinero y política y si acaso debemos fiscalizar de mejor manera quien y cuanto aportan las personales naturales y jurídicas a las campañas políticas.

¿Acaso no hay límite al gasto electoral en Chile?

Nominalmente, sí. En la práctica, no. Es fácil burlarlo. El espíritu libertario se resiste a que le digan qué puede y qué no puede hacer con su dinero.

Bueno, por supuesto que debemos limitar la influencia del dinero en la política, de la misma manera que queremos prohibir la compra de votos. Si se tomas el credo libertario en serio, así como a ciertos grupos que creen ciegamente en la teoría de la elección racional, y llevas sus ideas hasta las últimas consecuencias, entonces deberíamos tener un mercado de compra y venta de sufragios. Mientras sea un intercambio mutuamente beneficioso –el encuentro entre una persona dispuesta a pagar lo que otra está dispuesta a cobrar- ¿por qué no permitirlo? Mal.

Otra de las discusiones interesantes que estamos teniendo en Chile es la reforma educacional. Como podrás anticipar, nuestro sistema educacional está altamente segregado pues la capacidad de pago de las familias determina el tipo de establecimiento al cual los niños asisten. Michelle Bachelet promueve un cambio en la reglas del juego: los padres quedarán deshabilitados para pagar un suplemento por encima de la subvención estatal, la que se incrementará gradualmente. En la práctica, esto implica que pierden la libertad para diferenciarse social y culturalmente a partir de su capacidad económica. ¿Se puede combatir la segregación forzando la inclusión?

Chile parte con un nivel de financiamiento a la educación que es insuficiente. Y eso está relacionado con su baja carga tributaria. Hay que invertir en educación, y ojalá en educación inclusiva. De esa manera evitas que sólo una élite tenga las competencias adecuadas. La solución es educación pública bien financiada

De acuerdo, pero en Francia los colegios públicos son mejores que los privados. Nosotros estamos acostumbrados al mantra inverso: hay que abandonar lo público para acceder a los servicios privados. La élite chilena no asiste a la educación pública. Ni los hijos de los dirigentes socialistas lo hacen. ¿Hay que limitar la provisión privada de servicios básicos como salud o educación?

Una fórmula puede ser invertir más y mejor en colegios públicos. No tengo los detalles de la reformas pero lo poco que conozco me sugiere que van en la dirección correcta.

Pero, ¿debiera la élite utilizar los servicios públicos para entender y conectarse con su importancia?  Tú has dicho que es fundamental que la gente perciba que los pesos recaudados vía tributación se usan correctamente. Si los tomadores de decisiones no se involucran cotidianamente con los establecimientos públicos, ¿cómo pueden saberlo?

Sí, me parece que es importante que lo hagan. Es un caso curioso lo que pasa en algunos países. Las familias pudientes escapan del sistema educacional público en sus etapas escolares pero luego sus hijos van a las universidades públicas, donde se benefician del dinero público. Es lo que ves en México o Brasil.

En el caso de México, la UNAM es una gran universidad pública y es prácticamente gratuita. En Chile tú debes pagar el arancel universitario independiente de si es pública o privada. Una de las promesas de Bachelet es avanzar hacia la gratuidad en educación superior, no a través de becas sino como derecho social. Se ha dicho que el inconveniente es que los hijos de la elite serían los principales beneficiarios de esa medida pues son los que llegan fácilmente a las mejores universidades. ¿Te suena como una política progresiva? 

Diría que la prioridad es financiar la educación primaria y secundaria, de tal manera de que todos puedan acceder a la educación terciaria en condiciones igualitarias, pero luego como paso siguiente creo que universidad gratis es la mejor alternativa. Es lo que veo en Alemania y los países escandinavos. Incluso en Bavaria –tampoco un lugar muy izquierdista- se acaba de discutir si cobrar un arancel menor y finalmente se decidió dejarlo en cero. ¿Es esto malo para el desarrollo económico? Por lo visto a los alemanes no les está yendo nada de mal (ríe). El caso de ustedes lo veo más como una cuestión de gradualidad. No se van a transformar en Suecia de la noche a la mañana.

Has sido citado en algunas discusiones en Chile en torno a la reforma. Dicen que has ejercido influencia en los círculos oficialistas. Tú mismo confesaste en otra entrevista que uno de los ministros de Bachelet te vino a ver a tu oficina. ¿Qué importancia le asignas a que los académicos se involucren en el debate público? Al menos es algo es común que tienes con Friedman: ambos se involucran.

Es muy importante. Parte del éxito de mi libro tiene que ver con la demanda de democratización del conocimiento económico. La gente está cansada que le digan que ciertas áreas son muy complicadas o sofisticadas, como si la economía fuera tan compleja que el resto no pudiera entender. Ese es un gran chiste. Muchos economistas desarrollan modelos matemáticos muy complejos sólo para impresionar a sus pares. La mayoría de las veces no son muy útiles. Quizás en astrofísica o mecánica cuántica necesitamos esos modelos matemáticos complejos, pero no en economía. En mi libro uso modelos bastante simples que todos puedan entender, y lo hago porque realmente creo que eso es todo lo que necesitamos. Por eso me veo a mí mismo más bien como un cientista social, donde las fronteras entre la economía, la historia y la sociología no están definidas. Creo que nuestras investigaciones se enriquecen con ese enfoque. El mérito de mi libro es una recolección de datos que no se había hecho antes porque era considerado un trabajo demasiado historiográfico para los economistas y demasiado economista para los historiadores. Y a propósito… (se da vuelta y saca uno de los libros más cercanos que tiene en el estante, A Monetary History of the United States de Milton Friedman y Anna Schwartz) acá tengo un gran libro. Creo que sus conclusiones son exageradas. Básicamente dice que todo lo que necesitamos son buenos bancos centrales. Yo creo que necesitamos más que eso, como impuestos progresivos, política fiscal, Estado de Bienestar, pero…

…la metodología es similar

En cierto sentido, sí. El uso de la historia económica puede ser útil para formarnos una visión sobre el capitalismo.

¿Eres de aquellos que, como el título del libro de Rajan & Zingales, quieren “salvar al capitalismo de los capitalistas”, o al menos salvarlo de la versión tóxica de capitalismo patrimonial que describes en tu libro?

Probablemente estoy un poco más a favor del Estado de Bienestar y tributación progresiva que Zingales y Rajan, pero en general, sí: yo creo en el capitalismo y en la propiedad privada. Pertenezco a la primera generación post guerra fría. Nací en 1971. Tenía 18 cuando cayó el Muro. Nunca caí en la tentación del comunismo ni en las soluciones autoritarias…

En las pasadas elecciones presidenciales una de las candidatas –Roxana Miranda- propuso como medida para reducir la inequidad poner en un bote al 1% más rico de Chile y embarcarlo a China. Espero que haya sido una broma…

(Se ríe) Bueno, los franceses los mandaron a Gran Bretaña durante la revolución. Volvieron tiempo después. Creo que es mejor encontrar soluciones pacíficas, como por ejemplo a través del sistema tributario.

Última pregunta. Puedo imaginar la importancia que le asignas a la transparencia en la información pública para recolectar, organizar e interpretar los datos. En Latinoamérica no somos muy confiables a la hora de producir esa información. Los gobernantes prefieren entregar las cifras que les conviene y ocultar las otras. Incluso en Chile, que teóricamente era líder en transparencia, sufrió un traspié en su reputación internacional al respecto.

De todas maneras necesitamos más transparencia y sobre todo en Latinoamérica. Los datos deben ser publicados, usados y debatidos. Lo triste es que en algunos lugares los gobiernos no lo hacen. En China es peor. No tenemos buenos datos de ingresos. Sabríamos si efectivamente los sistemas tributarios están funcionando. Además genera presión pública, combate la corrupción y genera confianza en los gobiernos. Incluso aunque los números no sean buenos, su publicación mete presión al sistema político para actuar al respecto. Mi intuición es que la desigualdad es peor en Latinoamérica que lo que se piensa a partir de ciertas encuestas. En mi libro tengo información fiscal de México y Brasil, y he confirmado esa intuición.

Nos encantaría saber, por ejemplo, si la experiencia chavista en Venezuela ha sido capaz finalmente de reducir la desigualdad…

Nos encantaría saber. En China, por ejemplo, tienen un impuesto a la renta pero no hay buena estadística al respecto. Es imposible saber qué contribuyentes corresponden a qué grupo de ingresos. El gobierno dice que quiere combatir la corrupción, pero lo único que hace es poner uno o dos oligarcas en la cárcel cada cierto tiempo. Sería más eficiente publicar los datos.

photo1

Link: http://www.capital.cl/negocios/2014/12/26/071208-monsieur-piketty-contra-la-desigualdad

LOS FERIADOS DE ANDRADE

diciembre 21, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 21 de diciembre de 2014)

El diputado PS Osvaldo Andrade no suele hacer noticia por sus propuestas sino porque usualmente anda metido en escaramuzas verbales que la ciudadanía castiga en las mediciones de popularidad. Pero esta semana, en conjunto con el diputado Tucapel Jiménez, presentó una idea interesante de discutir: la eliminación de cuatro feriados del calendario a cambio de la adición de cinco días de vacaciones legales. Lamentablemente, por la sed de morbo de algunos medios, el foco de la propuesta se perdió ante una desafortunada cuña de Andrade (“los diputados no tenemos vacaciones”). Como estamos acostumbrados a leer los puros titulares, muchos se deshicieron en críticas: un parlamentario –que en el injusto imaginario colectivo es un flojo- osaba atentar contra los feriados que nos alegran el año.

Pero démosle una vuelta a la idea. Chile tiene 15 feriados legales. No es poco. Es muy probable que a veces disfrutemos días de asueto que no sabemos por qué tenemos. Nadie se confunde con el 1° de enero, el 18 de septiembre o el 25 de diciembre. Pero entremedio hay algunos feriados religiosos que bien pueden ser cuestionados. La moción de Andrade y Jiménez elimina el del 29 de junio (San Pedro y San Pablo), el 15 de agosto (Asunción de la Virgen) y el 8 de diciembre (Inmaculada Concepción), además del llamado “Día de la Raza” que supuestamente conmemoramos del 12 de Octubre. En estricto rigor, todos prescindibles.

El problema de la propuesta es que trasladar feriados a las vacaciones no es necesariamente la mejor fórmula. Los feriados tienen una función descompresora de la presión laboral o académica. Regalan un respiro cada cierto tiempo. Incentivan el turismo y la vida familiar en fechas diversas. ¿Por qué no dejar que cada uno decida cuando tomarse esos días? Porque confiar en el poder de negociación de cada trabajador con su empleador es iluso. Los feriados legales coordinan los tiempos para todos, de capitán a paje.

¿Qué hacer entonces? Una mejor idea pareciera ser conservar algunos de estos feriados en sus fechas originales pero despojarlos de su contenido religioso. No sé cuanta gente realmente creerá –y celebrará- que María se elevó corporalmente a los cielos, pero resulta bastante sensato abrirse a su secularización. Así se ha hecho en muchos países, que al igual que el nuestro son supuestamente laicos. Por supuesto que a la Iglesia no le gustó la idea. A nadie le agrada perder influencia. Se defendieron diciendo que los feriados los acordamos vía concordato con el Vaticano. Pero ellos pueden seguir celebrando que María fue inseminada por el Espíritu Santo a comienzos de diciembre. El resto tendrá una razón menos esotérica pero finalmente igualmente válida para hacer una pausa.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-12-21&NewsID=296701&BodyID=0&PaginaId=13

¿DEBE EXTENDERSE LA REFORMA EDUCACIONAL A LOS COLEGIOS PRIVADOS?

diciembre 19, 2014

por Daniel Brieba (publicada en T13 el 19 de diciembre de 2014)

En el último tiempo, se ha vuelto habitual asumir que las únicas explicaciones de por qué la prohibición del lucro, la selección y el copago no se extiende a los colegios particulares pagados son de economía política (echarse encima a otro grupo de interés dificultaría aún más la aprobación de la reforma) y/o de hipocresía moral (los parlamentarios y la élite tecnocrática que diseñó la reforma no quieren que los principios de ésta se le apliquen a “sus” hijos).

Si bien la primera de estas razones puede ser aceptada por algunos como una concesión que los ideales deben hacerle a la realidad, se asume- incluso por opositores a la reforma- que, al menos en principio, lo realmente justo sería aplicar la reforma o bien a todos los colegios particulares (subvencionados o pagados), o bien a ninguno. Pero, ¿es esto correcto?

Para contestar es fundamental recordar qué es un colegio particular pagado: un establecimiento donde los padres han renunciado voluntariamente a recibir la subvención estatal educacional que les corresponde (como a cualquier ciudadano), financiando ellos mismos la totalidad del costo del colegio respectivo.

La renuncia a usar la educación financiada estatalmente se hace, evidentemente, a cambio de una mayor autonomía en las reglas y funcionamiento de estos centros financiados privadamente. Dicho de otro modo, de estar sometidos exactamente a las mismas reglas de admisión de alumnos, de aranceles y de proyecto educativo que colegios particulares subvencionados, ¿qué sentido tendría no recibir la subvención?

Por ende, la idea de colegios particulares está intrínseca y necesariamente atada a la idea de mayor (si bien no absoluta) autonomía educativa respecto a la que tiene la educación financiada públicamente.

La existencia de colegios privados, pues, pone en marcha una lógica dual: por una parte, un sistema financiado por el Estado y bajo su control directo (educación pública) o indirecto (educación particular subvencionada); y por otra, un sistema autofinanciado y donde el Estado sólo pone reglas mínimas de carácter general.

La diferencia entre ambos es crucial. En el primer sistema, es deber del Estado promover activamente el interés de los niños que ahí se educan y de la sociedad toda, pues se está formando con los recursos que colectivamente hemos puesto para ese fin. Dicha educación debe reflejar y ser fruto de una deliberación pública y colectiva sobre el tipo (o los tipos) de educación que, como sociedad, queremos darnos.

En cambio, en el segundo sistema el Estado le reconoce importantes grados de autonomía a los colegios en virtud de que, como parte plena de la sociedad civil, no son ni agentes ni concesionarios del Estado.

Así las cosas, no hay ninguna línea lógica directa e inquebrantable entre las reformas que se estimen convenientes para la educación particular subvencionada, y aquellas que se debiesen aplicar a la educación particular pagada. Pues una cosa es lo que la sociedad busca promover activamente en el sector educacional bajo su control democrático, y otra es lo que esté justificada en imponerle a colegios financiados autónomamente y por ende parcialmente sustraídos de dicho control.

Por cierto, el fin al lucro y algunas formas de limitación a la selección de alumnos en el proceso de admisión podrían ser consideradas normas básicas y universales, aplicables también a la educación particular. Pero de ser así, el argumento no puede asumirse sino que debe hacerse: ¿por qué, por ejemplo, no sería suficiente prohibir el lucro en educación con platas públicas, sino que debiera hacerse también con platas que no pertenecen al Estado? ¿Por qué los colegios particulares pagados no podrían seleccionar por razones académicas, si dichos colegios no pertenecen al Estado ni son financiados por éste, y si además los padres tienen la opción del sistema público y particular subvencionado (que ya no seleccionaría)?

Deben darse respuestas satisfactorias a estas preguntas si se quiere aplicar estos principios al sector particular pagado. Pues el punto no es que el sector educacional particular pagado esté más allá del brazo de la ley, sino que la distinción entre lo privado y lo público, entre lo financiado colectivamente y lo financiado por particulares es una distinción moral relevante. Por ello, el estándar de prueba que se requiere para usar el poder coercitivo del Estado en este último caso es necesariamente más alto.

En suma, y sin pronunciarme aquí sobre la conveniencia intrínseca del proyecto que pone fin al copago, el lucro y la selección, me parece que es perfectamente posible sostener fundamentadamente -y no por mero realismo político o cinismo moral- una posición favorable a dicha reforma en la educación particular subvencionada, y negativa en su eventual extensión a la particular pagada.

La distinción entre lo público y lo privado, entre lo que es de todos y lo que es de alguien, traza reglas distintivas de acción estatal y no deja de sorprender que algunos en la derecha parecieran estar olvidándolo.

Por cierto, nada de esto obsta para reconocer que algo está profundamente mal en una sociedad donde la clase alta hace reformas para la clase media, sin ver a sus propios hijos afectados por dichas decisiones.

Pero a no confundirse: ello no es culpa de la educación, sino de nuestra política, de su elitismo, de su clausura social y de su profunda falta de integración social, que la vuelve tuerta en su capacidad de reconocer y de servir eficazmente los intereses y perspectivas de los menos aventajados.

Link: http://www.t13.cl/blog/la-imaginacion-democratica/debe-extenderse-la-reforma-educacional-a-los-colegios-privados

ME LLAMO CRISTÓBAL Y SOY SEXISTA

diciembre 16, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de diciembre de 2014)

La cultura del piropo callejero está bajo asedio. Y por buenas razones: en muchos contextos se representa como una expresión de acoso sexual que violenta la dignidad de las mujeres. Es un resabio de dominación patriarcal que nos retrata de cuerpo entero. En la mayoría de los países desarrollados casi no existe, pero es un fenómeno persistente en la periferia global. Latinoamérica no es la excepción. Por el contrario, los latinos tendemos a pensar que el arte de adular la belleza física de una fémina en el espacio público –incluyendo a veces una pormenorizada descripción de lo que haríamos con ellas en la intimidad- es parte de nuestra identidad: extrovertida, juguetona, caliente. Por eso es notable que simultáneamente en Santiago, Lima y Buenos Aires se levanten voces para enjuiciar esta tradición dudosamente honrosa.

Que conste que no estoy pontificando desde la sofisticación cultural europea. Estoy reflexionando sobre mi propio sexismo y el de casi todos los que me rodean. Como los alcohólicos, el primer paso para solucionar el problema es reconocerlo: me llamo Cristóbal y soy sexista.

No quería reconocerlo hasta que hace unos meses asistí con un colega teórico político –escocés y marxista- a una conferencia académica al norte de Londres. Le comenté que la expositora me parecía estupenda, agregando uno que otro colorido adjetivo. Me cayeron encima sus ojos castigadores. “No puedes decir eso”, me advirtió respetuosamente. El problema no era la frivolidad de mi comentario, sino que había reducido a una notable investigadora con decenas de pergaminos a la categoría de objeto de apreciación estética o derechamente sexual. Por supuesto, no lo hice con mala intención. Me defendí argumentando que su exposición también me había parecido muy interesante. Añadí finalmente que se trataba de un comentario entre amigos, lejos de constituir una agresión. No aceptó ni la una ni la otra. Replicó que las mujeres trabajaban durísimo en el mundo académico para granjearse el respeto intelectual de sus pares y ahí estaba yo divagando sobre sus curvas; agregó que las tallas entre compadres sólo contribuían a validar la espiral del sexismo pues nos auto-engañábamos creyendo que el tema pasaba por evitar la incorrección política en público.

En efecto, el lenguaje construye realidades. Cuando estamos en confianza decimos lo que pensamos, probablemente cosas que no diríamos frente a gente que no conocemos. Pero el problema no está sólo en lo que decimos sino en lo que pensamos. Nuestra intuición sexista revela una tendencia moralmente cuestionable porque descansa sobre la cosificación de la mujer. Estamos tan acostumbrados que nos cuesta reparar en ello.

El manual del liderazgo adaptativo enseña a cambiar mentalidades para luego cambiar comportamientos. Creo que en este caso el proceso debe funcionar a la inversa: para dejar de pensarlo hay que dejar de decirlo. Aristóteles decía que la virtud es cuestión de hábito. En corto, hay que aprender a morderse la lengua incluso en ambientes sociales seguros. Alguien podrá decir que se trata de una estrategia insincera, pero al menos estaríamos evitando llevar más agua al molino del sexismo.

Desde hace un tiempo en Chile ocurre algo similar con las típicas bromas sobre homosexuales: aunque han sido progresivamente erradicadas de los medios de comunicación masivos, siguen presentes en la sobremesa de los machos. El ejercicio adaptativo pasa por aprender a no sumarse a esa carcajada. Y ojala, a riesgo de ser considerado grave o aguafiestas, a llamar la atención del resto sobre la nocividad de reiterar rutinas humorísticas prejuiciosas y neuronalmente básicas.

¿Significa lo anterior que hay que prohibir legalmente todas las opiniones políticamente incorrectas? No necesariamente. Los liberales somos muy escépticos de entregarle al poder político atribuciones coercitivas ilimitadas para que nos diga cómo debemos vivir la vida. Los individuos tienen todo el derecho del mundo a ser descriteriados, brutos o sencillamente malas personas. En muchos casos basta con la sanción social. Pero el análisis debe hacerse caso a caso. Si los piropos son ofensivos al punto que constituyen una agresión, quizás no sea tan mala idea pensar en su tipificación penal. Muchos dirán que hay que distinguir entre acoso sexual callejero y el cumplido simpático que ayuda incluso a elevar el autoestima. Sin duda es una delgada línea por trazar. Lo que no podemos perder de vista es que la cultura del piropo –aun del inofensivo- alimenta en muchas mujeres una sensación de inseguridad. Porque no son los hombres los que tienen que pensar dos veces qué ropa ponerse para no ser tomadas por asalto verbal en la calle, como si sus cuerpo pertenecieran a la multitud de desconocidos que miran, chiflan, siguen y murmuran obscenidades que hipócritamente jamás aceptarían que fuesen proferidas sobre sus parejas, madres e hijas.

Hemos sido educados en una cultura sexista. Pero también crecimos en una sociedad homofóbica que cada vez lo es menos. Llegará también el día de superar nuestras trancas racistas y clasistas. En todos estos casos el primer paso es reconocer la enfermedad: me llamo Chile y soy sexista.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2014/12/12/091227-me-llamo-cristobal-y-soy-sexista

LA UDI EN SU HORA MÁS ACIAGA

diciembre 14, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 14 de diciembre de 2014)

Semana negra para el gremialismo: la filtración de una conversación telefónica entre ejecutivos del grupo Penta reveló que varios de sus candidatos habrían recibido platas de manera irregular para financiar sus campañas. La investigación judicial continúa y todos son inocentes mientras tanto, pero el tribunal de la opinión pública ya emitió su veredicto con tamaña prueba. Días después vino el minuto de silencio que algunos de sus parlamentarios pidieron al cumplirse ocho años del fallecimiento de Augusto Pinochet. Las redes sociales hirvieron y la indignación de muchos se hizo sentir. Lo más suave que se dijo es que la UDI estaba provocando al homenajear a un dictador que tanto sufrimiento había causado a los chilenos. La crítica vino incluso desde adentro, marcando una trizadura inédita en un partido usualmente monolítico.

Pero en calle Suecia la están viendo negra hace rato. En 2012 perdieron alcaldías claves como Santiago y Providencia. En 2013 sufrieron una importante sangría parlamentaria. RN les arrebató las dos senadurías capitalinas. Y en el ámbito presidencial todo fue una gran comedia de errores que terminó con la contundente derrota de Evelyn Matthei. Durante el 2014 han intentado reconectarse con la ciudadanía a partir de la resistencia a ciertas reformas emblemáticas de Bachelet, pero cada cierto tiempo les revienta una bomba comunicacional en las manos.

El mundo UDI goza de importantes cuotas de poder y su historia de crecimiento como organización es digna de elogio, pero en el último tiempo algo ha cambiado. Hoy se ve culturalmente amenazado por todos los frentes. Sus financistas estrella están bajo sospecha por eventuales delitos tributarios e infracciones a la ley electoral. Del olimpo empresarial han descendido a los infiernos de la inquisición pública. Las conexiones emotivas del caso Penta han complicado especialmente a su nuevo timonel Ernesto Silva. En paralelo, uno de sus militantes que mejor encarna el vínculo del gremialismo con la familia militar –el ex alcalde Cristián Labbé- es procesado en el marco de investigaciones por tortura en tiempos de la dictadura. La directiva se ve entonces en la incómoda obligación de peregrinar a un centro de detención. Para peor, uno de los asesores espirituales predilectos de la elite de la derecha chilena -el cura John O’Reilly- es sentenciado por la justicia chilena por abuso sexual de menores.

Estas situaciones son independientes entre sí y algunas sólo tienen relación indirecta con la tienda que fundara Jaime Guzmán, pero transmiten una sensación común: la pérdida de poder de la UDI en las distintas dimensiones de la vida social, así como el declive de la influencia de ciertas instituciones –el empresariado, los militares, la Iglesia- usualmente asociadas a la derecha cultural chilena. “Nos odian porque nos temen, nos temen porque nos saben irreductibles” solía decir Guzmán. Es probable que la época de la irreductibilidad haya quedado en el pasado.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-12-14&NewsID=296176&BodyID=0&PaginaId=15

VIENTOS DE CAMBIO DE GABINETE

diciembre 7, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 7 de diciembre de 2014)

Los resultados de la CEP y la Adimark confirmaron que el gobierno está perdiendo popularidad a un ritmo preocupante y la figura de la propia Presidenta está pagando los costos. Lo que era una especulación ahora parece una necesidad. Lo que era un rumor toma ritmo de noticia en desarrollo. Se vendría un cambio de gabinete para enmendar el rumbo.

En su anterior administración, Michelle Bachelet hizo cambios tempraneros. Los pingüinos le botaron un par de ministros a pocos meses de haberse instalado su primer gobierno. Esta vez el equipo titular aguantó. No podía ser de otra forma. Si rodaba una cabeza antes de tiempo, la señal podía confundirse con la capitulación del ánimo refundacional de la Nueva Mayoría. Pero ya estamos a diciembre y se viene el verano. Los que están jugando mal pueden ser sustituidos sin pasar vergüenza.

El caso más caliente es del Alberto Arenas. El ministro de Hacienda atraviesa un momento difícil. La reforma tributaria ha sido un parto. Le echan la culpa de la desaceleración y la caída en la inversión. El influyente empresariado no quiere saber nada con él. Si de reactivar la máquina se trata, con Arenas parece que no baila el monito. Pero la Jefa no puede despacharlo como si nada. El mandamás de las finanzas públicas redactó el programa de Bachelet y está alineadísimo con los objetivos políticos de la Nueva Mayoría. Un enroque ministerial sería una salida honrosa. Su par de Economía y reconocido velasquista, Luis Felipe Céspedes, también la está viendo verde desde que Andrés Velasco se mudó fuera de las fronteras del oficialismo.

El otro caso complicado es el de Nicolás Eyzaguirre. Sin embargo es poco probable que la Presidenta le entregue en bandeja a la oposición la cabeza del ministro que conduce su reforma más emblemática, por resistida que ésta sea. Menos dramática, dicen, sería la salida de Ximena Rincón del equipo político de La Moneda. La ex senadora DC habría naufragado en las turbulentas aguas de la ambiciosa agenda legislativa del gobierno. Ni Rodrigo Peñailillo ni Álvaro Elizalde deberían salir. El ministro de Interior es el Toy Boy político de la Presidenta y su permanencia confirma la confianza en el diseño original del gabinete. El vocero, por su parte, ha sido bien evaluado y no puede ser responsabilizado por la incapacidad estructural del gobierno de comunicar la conveniencia de sus reformas.

En los ministerios sectoriales, cuentan que corre riesgos Andrés Gómez-Lobo en Transporte, Helia Molina en Salud y Alberto Undurraga en el MOP. El primero estaría pagando los platos rotos del trauma capitalino con el Transantiago, la segunda no habría dado el ancho ante los problemas que arrastra su sector, y el tercero –caso Penta mediante- no estaría luciendo lo que debería lucir un ministro que corta cintas. Ninguna de estas tres carteras está vinculada a las transformaciones ideológicamente sustantivas que prometió Bachelet, pero las tres afectan directamente la calidad de vida de los chilenos, justamente donde hay que entrar a picar.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-12-07&NewsID=295623&BodyID=0&PaginaId=23

EL “AUGE” DE LA EDUCACIÓN

diciembre 5, 2014

por Daniel Brieba (publicada en T13 el 5 de diciembre de 2014)

Hace algunas semanas, y tratando de revertir el lento pero continuo deterioro de la percepción pública respecto a la reforma educacional, el ministro Álvaro Elizalde aseguró: “con toda claridad la Reforma Educacional es el AUGE de la educación chilena”. Más allá de lo irónico de ver arrimándose al AUGE al gobierno de la ministra de Salud que más se opuso a él, la expresión no dejó de ser ingeniosa: mal que mal, dicho programa es la reforma social más valorada de los años de la Concertación, habiendo mejorado de manera significativa la calidad de vida de millones de chilenos. Pero, ¿es esta reforma realmente algo así como “el AUGE de la educación”?

Para contestarlo es necesario recordar que AUGE significa Acceso Universal a Garantías Explícitas en salud. Ello implica que, cuando un paciente padece ciertas condiciones o enfermedades, se activan automáticamente garantías de tratamiento por parte del sistema de salud. Estas garantías son explícitas pues especifican concretamente las prestaciones que se realizarán, y el período máximo dentro del cual éstas deben hacerse, existiendo un mecanismo específico para que las personas puedan exigir estas garantías. Ellas también son de acceso universal pues cubren a todos, incluyendo a los afiliados a ISAPRES. Se podría decir, pues, que el corazón del AUGE es su apuesta por materializar el derecho a la salud de las personas; de pasar, en otras palabras, de derechos sociales formales a derechos sociales reales.

Lamentablemente, sabemos tan poco del diseño global de la reforma educacional que difícilmente podemos decir si ésta se parecerá en algo al AUGE. Pero igualmente podemos afirmar que, a juzgar por el primer proyecto presentado, el espíritu de otorgar garantías exigibles a la población no parece estar en el centro de las preocupaciones del gobierno. Más bien, el proyecto actual se centra en imponer ciertas prohibiciones a un actor del sistema -los colegios subvencionados-, sin dar luces respecto a nuevos compromisos educacionales que vayan a ser asumidos por parte del Estado. Las prohibiciones propuestas pueden ser más o menos sensatas -personalmente, el fin gradual del copago y al menos ciertas restricciones a la selección me parecen muy oportunas-, pero de ahí a decir que esta reforma es en algún sentido un AUGE de la educación no hay más que licencia poética (o política). Sin embargo, y quizás a pesar de la intencionalidad meramente comunicacional del ministro, me parece que la idea de un AUGE de la educación es interesante y merece al menos explorarse.

Me permito pues, la licencia de fantasear con un verdadero “AUGE de la educación”, que diese garantías explícitas y universales a toda la ciudadanía respecto al proceso de aprendizaje de sus niños. A rasgos muy generales, me imagino que su estructura básica tendría que ser algo así: independientemente del colegio al que asista (municipal, particular subvencionado o particular pagado), el sistema educacional -ojalá desde la educación inicial- debiese garantizar individualmente, a cada niño y niña del país, el logro de ciertos mínimos en términos de su desarrollo de habilidades cognitivas y no cognitivas, y a lo largo de las distintas etapas de su proceso educativo. Así, por ejemplo, cualquier niño que a la edad estipulada no haya desarrollado suficiente vocabulario, o que no comprenda mínimamente bien lo que lea, o que no sea capaz de aplicar razonamiento numérico en la resolución de problemas, tendría derecho (efectivo y oportuno) a acceder a una atención personalizada, especializada y (eventualmente) interdisciplinaria para desarrollar dichas habilidades al nivel requerido, con las metodologías (psico)pedagógicas que la experiencia internacional recomiende. El apoyo se prestaría así directamente a los niños, más allá del apoyo pedagógico que se dé (o no) a las escuelas según su desempeño y necesidades.

Desde luego, el nivel de estos mínimos garantizados probablemente sea modesto inicialmente, pero su cantidad y exigencia debiesen subir progresivamente a medida que entren más recursos al sistema y a medida que la calidad general de la educación siga subiendo. Por ello, sería una medida sólo complementaria (y en ningún caso un sustituto) a reformas que apunten a mejorar la calidad general del sistema, entre las cuales el fortalecimiento de la educación pública y una carrera docente atractiva probablemente sean centrales.

No obstante, un Estado que se comprometiera con ciertos mínimos exigibles se auto impondría una mucha mayor presión política para mejorar el sistema educacional, lo cual debiera favorecer justamente poner al centro dichas reformas de mayor impacto, dándoles así mayor piso político.

Por último, dichas garantías explícitas también podrían jugar un profundo rol democrático: ayudarían a crear -tal como ocurrió en salud, con sus más de 20 millones de atenciones AUGE en menos de una década- una verdadera cultura de derechos en las familias, con exigencias concretas sobre el Estado y las escuelas, profundizando su accountability y creando a la vez una cultura de apoyo permanente a los alumnos que, por la razón que sea, se vayan rezagando.

¿No sería una reforma educacional de esta índole una manera directa de volver efectivo y tangible el derecho social a la educación de cada niño y niña de nuestro país, más allá del formalismo de los 12 años garantizados detrás de un pupitre? Al menos a mí, algo de esta índole me parecería más cercano a un “AUGE de la educación” que todo lo que hemos visto hasta ahora.

Link: http://www.t13.cl/blog/la-imaginacion-democratica/el-auge-de-la-educacion