Archive for 25 enero 2015

LARGA VIDA AL INSTITUTO NACIONAL

enero 25, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 25 de enero de 2015)

El gobierno fue fiel al programa y embistió contra la selección escolar incluso respecto de los llamados liceos emblemáticos, donde destaca el Instituto Nacional. Aunque no totalmente: el buque insignia de la educación pública chilena podrá seleccionar hasta un 30% de sus alumnos. Los cupos del 70% restante se definirán por sorteo entre los postulantes. No sólo la derecha se ha opuesto vigorosamente a la medida, sino también los apoderados y estudiantes del Instituto Nacional, además de voces al interior de la propia Nueva Mayoría. ¿Es una buena idea seguir adelante con esta innovación?

Depende del punto de vista. El discurso oficialista es el siguiente: bajo el disfraz de estar premiando los mejores rendimientos, el mecanismo de selección favorece a quienes cuentan con recursos culturales superiores. Dichos recursos no obedecen necesariamente al mérito sino a la posición de origen. Por eso es injusto y debe ser eliminado en todo el sistema, o al menos donde haya platas públicas involucradas. En principio, no hay razón para excluir al Instituto Nacional. Por lo mismo la admisión de una pequeña cuota de selección resulta algo desconcertante, aunque el ministro Eyzaguirre la ha justificado en nombre del famoso “efecto par”: los alumnos seleccionados conformarán una elite académica que empujaría al resto a mejorar*.

Los detractores de la iniciativa sostienen que los liceos emblemáticos deben ser tratados en forma distinta. Gracias a su función de “caza talentos”, estos establecimientos potencian las perspectivas de niños y niñas de hogares de ingresos modestos que abrochan su ingreso a las mejores universidades. Así, estos liceos de excelencia serían claves en producir un acotado pero eficaz fenómeno de movilidad social en corto plazo. Por cierto, también están los argumentos que apuntan a preservar la tradición del Instituto Nacional como depositario de la tierna aristocracia intelectual de la república, liderazgo que perdería si no se le permite seleccionar a los mejores.

Pero la suerte ya está prácticamente echada. El desafío del Instituto Nacional tiene ribetes casi épicos: mantener su sitial trabajando con alumnos de un nivel académico eventualmente inferior al actual. Quizás sea el momento de probar que en sus aulas sí hay valor agregado. A fin de cuentas, hay más razones para enorgullecerse cuando las circunstancias del liderazgo no están mediadas por la ventaja de la selección. Y si aquello no ocurre, el gobierno tendrá que hacerse cargo de una medida cuyas implicancias pueden ser nefastas en algunos sentidos pero que finalmente es coherente con los principios de justicia que inspiran la reforma educacional.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-01-25&NewsID=299874&BodyID=0&PaginaId=13

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UN ENSAYO SOBRE RELIGIÓN Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

enero 23, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de enero de 2015)

A lo largo y ancho del mundo entero los medios de comunicación dieron testimonio de una categórica condena prácticamente unánime al asedio terrorista que padeció París entre el 7 y el 9 de enero. Este artículo, sin embargo, busca explorar dos fuentes de divergencia más sutiles que aparecieron reiteradamente en el análisis de los días posteriores.

¿Fundamentalismo o fundamentalismo religioso?

La primera es si acaso los ataques deben ser vinculados de alguna forma a la religión y al Islam en particular. Esto es distinto a preguntarse si los asesinos representaban al mundo musulmán. No conozco a nadie que se haya hecho seriamente esa pregunta. Tampoco conozco a nadie que un mínimo de criterio sostenga que los musulmanes son esencialmente violentos o que todo aquel que abraza el Corán se vuelve fundamentalista. El llamado a “no generalizar” me parece tan bobo como innecesario. La pregunta que me interesa es más precisa y acotada: ¿tuvo que ver, en alguna dimensión relevante y no meramente anecdótica, la religión de los pistoleros con el atentado?

Muchos analistas creen que no. Dicen que el fenómeno extremista debe ser abordado con independencia de cualquier ideología política y religiosa, como si fuese un mal que se explica por sí mismo. Otros apuntan al cliché: todo fundamentalismo es malo. El apellido “islámico” no sería entonces determinante para la intolerancia. Algunos buscan explicaciones sociológicas en la construcción identitaria de los victimarios: el problema estaría en la historia de injusticia colonial, o eventualmente en una cuestión de clase –como sugirió Pepe Mujica. Están, finalmente, los que ponen las manos al fuego por la religión como categoría –“todas las religiones predican la bondad y cualquiera que haga el mal en su nombre no es verdaderamente religioso”- o bien como especie –“el Islam es una religión de paz; los criminales de París son falsos musulmanes” (que fue la declaración de la familia del policía –musulmán- que cayó en la balacera).

Todas estas respuestas me parecen miopes o insuficientes. Partamos por lo básico: el móvil de los individuos que “ajusticiaron” a los dibujantes era reivindicar el honor de Mahoma. Así lo señalaron expresamente, y así ha quedado documentado en los videos que dejaron tras su inmolación. Charlie Hebdo fue el blanco de una operación que no buscaba derrocar a la oligarquía ni vengar las heridas del colonialismo francés en el Magreb. Por el contrario, fue el trágico capítulo final de una teleserie de amenazas de muerte contra publicaciones y comedias –desde Dinamarca a los estudios de South Park- por atreverse a representar gráficamente al profeta. Es la misma intolerancia que fundamentó la fatwa del Ayatola Jomeini contra el escritor Salman Rushdie en 1989 por “Los Versos Satánicos” o la que acabó con la vida del cineasta Theo Van Gogh en 2004 por el cortometraje “Sumisión”. Todos estos casos exhiben un patrón: la supuesta defensa de la dignidad de ciertos símbolos sacros para una confesión religiosa determinada. Porque Charlie Hebdo se reía por igual de la dinastía Le Pen, de Pinochet o del judaísmo ortodoxo, pero ninguno de ellos intentó volar el edificio. ¿Todo fundamentalismo es malo? Probablemente, pero el fundamentalismo por la filatelia o por Star Wars todavía no mata a nadie. Es el apellido del fundamentalismo el que importa.

El influyente Tariq Ramadan ha argumentado que los terroristas han “secuestrado” al Islam. Quizás ninguno de ellos entiende el verdadero sentido de las enseñanzas del Corán. Pero el Islam es una religión rica en diversas interpretaciones, y no parece intelectualmente honesto descartar justo aquellas que no calzan con lo que quisiéramos que fuera. Las religiones no sólo están compuestas por sus dogmas formales sino también por sus prácticas vivas. Por lo demás, los jihadistas nunca han tenido problemas para encontrar sustento textual para sus fechorías. Los militantes de Al Qaeda, Isis o Boko Haram viven persuadidos de estar cumpliendo una obligación religiosa. Por ello se creen poseedores de la habilitación moral para llevar adelante una empresa teocrática global. Que la mayoría de sus víctimas sean musulmanas no es contradictorio, pues para los fundamentalistas hay distintos grados de herejía: infiel era Malala Yousafzai a los ojos del talibán pakistaní que le disparó tres veces a quemarropa por escribir a favor de la educación de las mujeres.

Creo, en resumen, que la conexión entre los atentados y una lectura totalitaria de la fe islámica –que es tan “religiosa” como la moderada- es indesmentible. Temo que muchos analistas prefieren bypassear esta relación por corrección política, para no seguir hundiendo el dedo en la llaga de los musulmanes decentes que deben enfrentar reacciones injustamente hostiles, o bien para no alimentar el juego de políticos oportunistas –especialmente de la extrema derecha europea- que aprovechan la contingencia para posicionar su agenda antiinmigración.

¿Tenemos derecho a la blasfemia?

La segunda fuente de discrepancia es acerca de los límites de la libertad de expresión. Tampoco he leído a nadie medianamente sensato arguyendo que los actos que enlutaron a Francia estuviesen justificados por el perfil ofensivo de Charlie Hebdo. Se han ocupado, sin embargo, expresiones más temperadas que en cierto modo pretenden que los caricaturistas muertos carguen con una cuota de responsabilidad en lo sucedido, una especie de “algo habrán hecho” para hacerse acreedores de tamaña carnicería. Confieso que me parece un razonamiento repugnante, similar al que usan los apologistas del abuso sexual cuando culpan a la ropa de las mujeres. Me interesa, nuevamente, una pregunta más precisa (que según ha trascendido dividió al propio equipo editorial de Al-Jazeera): ¿deben tener los individuos un derecho a la blasfemia, o en general un derecho a expresarse en términos que puedan resultar ofensivos para terceras personas?

Algunos creen que no debiera existir tal derecho. En esta posición suelen concurrir los representantes de los tres grandes monoteísmos de nuestro tiempo. No es sorpresivo: están defendiendo el mismo negocio. Las barreras de inmunidad que se levantan para una, se levantan también para las otras. Fuera de las comunidades religiosas también se escuchó este argumento: del “Yo soy Charlie” pasamos al “Yo no soy Charlie”. Estos últimos quisieron separarse de la manada esgrimiendo que el tipo de periodismo que realizaba Charlie Hebdo era abusivo, degradante, opresivo, racista, imperialista, y una larga lista de etcéteras. Nada de lo cual enorgullecerse para enarbolar una bandera. Finalmente, aparecieron las “palomas” de la libertad de expresión, que como el ex ministro Rodrigo Hinzpeter, escribieron que ésta debe ejercerse “con delicadeza, sin derecho a burlarse majaderamente, con sentido de responsabilidad y con inteligencia”.

Una vez más, todas estas aproximaciones me parecen pobres o incorrectas. En primer lugar, el derecho a la blasfemia es fundamental en las sociedades seculares porque asume que la narrativa religiosa es igual de importante que cualquier otra narrativa política, social o cultural. Las ideas religiosas no están dotadas de una protección especial contra la crítica, la que muchas veces se articula en forma de sátira o parodia como vehículo de comunicación. Es justamente lo que hacía el Club de la Comedia con los sketches de Jesús, erróneamente sancionados por el CNTV. Así lo ha reconocido también el propio Jefe de Iglesia Católica en Francia, que ha defendido la libertad que le permitió a Charlie Hebdo ridiculizar –una y otra vez- los dogmas de su religión como síntoma de madurez.

Respecto de que quienes rechazan la etiqueta Je suis Charlie, tengo la impresión que no han entendido el sentido del eslogan. Éste no busca la identificación con los contenidos de la revista sino la defensa colectiva de un principio inspirado en la filosofía de Voltaire, otro francés: no estoy de acuerdo con lo que dices pero daría mi vida para que tuvieses el derecho a decirlo. Es un principio que se ennoblece ¡especialmente! cuando desaprobamos el contenido de lo que se dice. La virtud política de la tolerancia exige que reconozcamos el derecho de los demás a profesar ideas que nos parecen repugnantes. Por eso también yerra Hinzpeter al exigir “delicadeza” en el ámbito de la libertad de expresión: ésta se pone a prueba justamente cuando es tosca, grosera y maloliente. Las palabras que no disgustan, turban o enrabian no son estándar para medir la robustez de nuestras democracias. He ahí una diferencia entre la derecha chilena que se dice liberal pero en el fondo es conservadora, y el liberalismo anglosajón de Nick Clegg, que sin medias tintas ha enfatizado que en las sociedades libres las personas pueden ofender las creencias del resto. Y especialmente, ofender la sensibilidad de los gobernantes y los poderosos.

Probablemente nos ahorraríamos un par de enemigos si hacemos uso de nuestra libertad de expresión “con inteligencia”, pero hacerse de amigos no es el objetivo por el cual consagramos constitucionalmente la libertad de expresión. En síntesis, creo que la victoria moral de los terroristas pasa justamente por obligar a las democracias liberales a repensar los límites de lo que se puede y lo que no se puede decir por miedo a enojar a alguien. La sangre de los dibujantes de Charlie Hebdo clama que no sucumbamos a esa tentación.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/01/23/090117-un-ensayo-sobre-religion-y-libertad-de-expresion

HOUSE OF CARDS A LA ARGENTINA

enero 21, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 21 de enero de 2015)

Rara y peluda. Así está la cosa en Argentina después del presunto suicidio del fiscal Alberto Nisman, encontrado en su departamento con una bala en la sien. Primero, muy raro todo. Los suicidas suelen dar algún indicio o dejar un mensaje final. Nada de eso ocurrió en este caso. Todo lo contrario: Nisman no habría estado pasando por ningún estado mental delicado, había agendado un par de entrevistas para esta semana e incluso tenía una lista de compras de supermercado. La autopsia reveló que no tenía huellas de pólvora en las manos. La mañana que lo encontraron muerto debía refrendar públicamente sus recientes acusaciones contra el gobierno de Cristina Fernández, que según Nisman estaba encubriendo a los responsables del atentado terrorista que en 1994 afectó a un edificio de la comunidad judía en Buenos Aires. Como tuiteó sarcásticamente una joven argentina: “se pasó 11 años investigando una causa y se suicida el día que iba a exponer las pruebas. Todo muy normal, nada sospechoso”.

Pero además de rara, la situación es políticamente muy compleja. La mitad del país acusa sin pelos en la lengua al Kirchnerismo y especialmente a la Jefa de Estado. En las redes sociales se multiplica el #CFKAsesina. Los medios opositores deslizan una y otra vez la inverosimilitud de la tesis del suicidio. Recuerdan que Nisman dijo hace poco que la investigación podía “costarle la vida”. La prensa oficialista calla, muestra fútbol o farándula. Los partidarios de Cristina la defienden a brazo partido. Y tienen un buen argumento: nadie sale más perjudicado de esta pesadilla que el mismo gobierno. La propia presidenta publicó una carta en su Facebook transmitiendo su consternación, pero también sugiriendo que las conexiones del caso pueden ser más sórdidas de lo que parecen. Es decir, alguien pudo haber instigado a Nisman a quitarse la vida –pero no necesariamente por orden de la señora K.

Es reconocido que el sistema político trasandino tiene patologías endémicas de corrupción y clientelismo. Pero este caso configura un verdadero capítulo de House of Cards donde la realidad podría superar a la ficción. Nuestro Caso Penta es un juego de niños al lado del entramado de truculencias trasandino.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-01-21&NewsID=299583&BodyID=0&PaginaId=20

EL YATE DE LA DISCORDIA

enero 18, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de enero de 2015)

Partamos por lo básico: el problema grave sigue siendo el caso Penta y los principales afectados siguen estando en la esfera de la derecha, particularmente en la UDI. Lo anterior no significa que el resto de los actores de la política chilena estén exentos de escrutinio público. Lo ha dicho el propio ministro vocero: nadie está por encima de la ley. Si eso es correcto, entonces el gobierno y la Nueva Mayoría no pueden acusar una campaña sucia contra la presidenta Michelle Bachelet cuando surgen antecedentes que, a primera vista, parecen sospechosos.

La sospecha emana de las propias contradicciones de los protagonistas del comentado paseo en el yate neoyorquino, que tenía por objeto recaudar fondos para la campaña de la entonces candidata Bachelet. Primero fue el ministro de Relaciones Exteriores Heraldo Muñoz, que en su calidad de anfitrión y convocante de la actividad reconoció la presencia de contribuyentes extranjeros. Luego se desdijo: eran puros chilenos en la fiesta. A continuación habló el organizador del exclusivo recorrido náutico, quien confirmó que la asistencia incluía nacionales e internacionales (todos los cuales debían ponerse con un buen billete en dólares). Luego también se retractó y como robot repitió: eran puros chilenos en la fiesta. Raro: ¿para qué se emite una invitación en inglés si todos los destinatarios son compatriotas?

Hay dos niveles de reproche posible. El primero es el legal: nuestra normativa electoral no permite financiar campañas con platas foráneas. Pero los acusados tienen coartada: las lucas entraron al país con un cheque del recaudador chileno. La pregunta es si acaso el espíritu de la ley no se ve algo torcido con esta explicación. Pero es fácil de zafar. El segundo reproche es ético: ¿hasta cuándo las verdades a medias para salvar el pellejo? Una lástima por el Canciller Muñoz, que venía como avión y se ve envuelto en una polémica demasiado rasca para su investidura. Por si fuera poco, el actual secretario de estado era entonces funcionario de un organismo internacional que prohíbe explícitamente los actos proselitistas.

En la vereda del frente recibieron la noticia como el premio de la lotería y como era previsible buscaron empatar la situación. Aunque sin mucha clase: la imagen de los diputados UDI sosteniendo imágenes del yate fue risible. El presidente de RN también quiso ser gracioso y comentó “vemos un canciller que se pasea en un yate estilo Miami Vice”. Es decir, ni siquiera pudieron fraguar una puesta en escena mínimamente seria para capitalizar. Para la derecha el yate-gate es apenas un (auto) gol de descuento en un partido que van perdiendo por goleada.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-01-18&NewsID=299347&BodyID=0&PaginaId=16

HACIA UNA CULTURA CÍVICA MADURA

enero 16, 2015

por Daniel Brieba (publicada en T13 el 16 de enero de 2015)

En las últimas semanas, hemos sido testigos de una crisis en cámara lenta de nuestra política, relacionada con el financiamiento irregular de campañas políticas. Si bien la UDI ha sido por lejos la principal perjudicada hasta ahora, las esquirlas le han llegado a connotados políticos de otros sectores y ayer incluso salpicaron (en un caso no relacionado con Penta) la campaña presidencial de la actual Presidenta Bachelet.

A estas alturas, la verdad es que nadie sabe bien cuán intrincada es ni a dónde lleva la trama de esta historia que parece estar lejos de terminar, y que en el peor (pero no implausible) escenario puede llevarnos a una crisis más o menos generalizada de nuestra clase política, si se comprobara que las prácticas irregulares para financiar campañas se encuentran extendidas a lo largo y ancho del espectro partidario.

La situación es seria pues el colchón de legitimidad y buena voluntad sobre el cual descansan nuestras instituciones políticas ya es notoriamente delgado.

Es bien sabido por los estudiosos de las organizaciones que los momentos de crisis son también momentos que abren oportunidades, pues permiten cambios que difícilmente pueden hacerse en tiempos normales, donde la habitualidad ofrece pocas razones para arriesgar un cambio de rumbo.

Desde un punto de vista biográfico, la oportunidad asociada a las crisis suele ser una oportunidad de crecer y madurar: las crisis nos obligan a repensarnos de modo más realista, nos invitan a cambiar conductas dañinas pero enquistadas, y nos permiten modificar relaciones ya disfuncionales.

Desde este punto de vista, la actual crisis ha expuesto de manera muy vívida la inmadurez de nuestra cultura cívica democrática, tanto por parte de los políticos como de la ciudadanía. De cierto modo, podríamos decir que nuestra democracia se enfrenta a algo así como a una crisis de adolescencia, donde ciertas actitudes, conductas y modos de relacionarse entre políticos y ciudadanía se han terminado de revelar como intolerablemente infantiles para los requerimientos de una democracia madura.

En este sentido, subir los estándares de lo que significa una conducta pública aceptable debiera ser tan parte de la agenda de solución de crisis como los imprescindibles cambios legales a las actuales reglas de financiamiento de la política.

Sin duda, parte de lo que ha hecho crisis estos días es la rampante ausencia de responsabilidad política entre nuestros representantes (como bien lo explicó mi colega Javier Sajuria), donde los errores, faltas y hasta ilegalidades admitidas por estos implican – con suerte- alguna aguada disculpa pública, pero sin acarrear consecuencia práctica alguna sobre ellos o sus cargos.

Una cultura cívica madura sin duda es una en la que las responsabilidades políticas se asumen, es decir, donde los errores tienen costos políticos directos. Pero estos días también hemos visto explicaciones francamente infantiles por parte de políticos inteligentes, como atribuir inverosímilmente a malentendidos o “errores involuntarios” el haber mentido públicamente.

En dichos casos, la mentira original es agravada con el insulto a la inteligencia de los ciudadanos que excusas tan pueriles implican. Una cultura cívica madura requiere, por el contrario, no infantilizar a los y las votantes y un estándar distinto de lo que constituye una explicación moral y racionalmente aceptable. Por la misma razón, la tendencia constante de reducir los problemas a su arista legal -como si no hubiese exigencia alguna de ética pública sobre nuestros representantes- o de empatarlos moralmente- como si ello disminuyera la falta- no hace sino erosionar aún más las confianzas democráticas.

Pero no sólo los políticos están al debe. Como ciudadanos, con demasiada frecuencia nuestros estándares han sido demasiado cómodos. Comportándonos como consumidores a quienes no les gusta el producto ofrecido, vociferamos y exigimos mejoras en éste sin asumir que como ciudadanos somos en realidad co-productores y co-constructores de nuestra democracia.

Por una parte, ha habido bastante hipocresía en la escandalización pública de mucha gente informada y que conoce bien los vacíos legales y prácticas habituales de financiamiento de campañas en Chile desde hace muchos años. Es evidente que una persona que cumple escrupulosamente con todas las leyes electorales (incluyendo, por ejemplo, sólo hacer campaña desde 30 días antes de la elección) se encontraría en una posición competitiva muy desaventajada respecto al resto.

En este sentido, antes de demonizar políticos al menos cabe la pregunta sobre cuántos de los indignados ciudadanos habrían cumplido de mejor manera la legislación vigente, de haber estado en sus zapatos. Y en segundo lugar, muchos ciudadanos persisten en exigencias poco realistas -es decir, infantiles- sobre nuestra política, demandando simultáneamente políticos que no dependan del financiamiento de empresas o de los más ricos; una política democrática donde cualquiera pueda ser candidato; y ausencia de financiamiento público.

Sería bueno aceptar de una buena vez que podemos tener hasta dos, pero no las tres condiciones simultáneamente. Así las cosas, la madurez cívica requiere que aceptemos que los políticos no son mejores que nosotros y que la democracia no es gratis. Ello implica, como mínimo, que la nueva ley de financiamiento de la política le otorgue a los políticos medios razonables y realistas para financiar sus campañas, por una parte; y un mayor financiamiento público de la política (incluyendo a los partidos políticos), por otra.

Si queremos una democracia madura, con estándares exigentes pero realistas de conducta pública y de accountability democrático, como ciudadanos también debemos estar a la altura.

Link: http://www.t13.cl/blog/la-imaginacion-democratica/hacia-una-cultura-civica-madura

EL UNGIDO

enero 15, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador del 15 de enero de 2015)

Cuando todavía no se sabía si el sucesor de Patricio Melero en la UDI sería el senador Víctor Pérez o el diputado Ernesto Silva, señalé públicamente que la segunda me parecía mejor opción. Se trataba de una señal clara en favor de la renovación general que le hacía falta a la derecha después del desfonde político de los coroneles durante el annus horribilis de 2013. Que fuera el delfín de Jovino Novoa no me parecía problemático: mientras RN nos tiene acostumbrados a salpicar sangre por los diarios, los procesos de transición en el gremialismo suelen ser vaticanamente concertados. Silva resultaba una figura capaz de encarnar el cambio dentro de la continuidad. Pero su lista de atributos de Silva no se agotaba en su juventud –que en sí misma no es un atributo sino una variable que en este caso particular resultaba útil. Al representante del distrito 23 no le faltaría pureza doctrinaria, no dudaría en hacer una oposición feroz y mucho menos se quedaría corto de espaldas.

Porque en rigor Ernesto Silva es mucho más que un presidente de la UDI al que recordaremos por tratar de negar lo innegable. Ernesto Silva es la versión más pulida de la fábrica gremialista, el producto estrella de su mundo cultural, el prototipo alfa que fue programado para ostentar el poder y reinar sobre sus pares. No es el único, sin duda. Pero pocos han sumado tantos elementos a su favor para ser el elegido.

La que viene es una reflexión morbosamente endogámica. Ernesto Silva fue presidente del Centro de Alumnos del Verbo Divino en 1993, cuando yo estaba en octavo básico. Dos años después ocupó la misma posición el también diputado Felipe Kast. En 1997 me tocó a mí. Por entonces pensaba que la vida se reducía básicamente a eso: transitar por un derrotero más o menos establecido de logros para estar a la altura de las expectativas. Había que entrar a la Católica, ganar alguna elección universitaria y esperar que llegara la grúa para ser conducido a las ligas mayores. El mismísimo Ernesto Silva me dio la bienvenida cuando entré a Derecho en la PUC, ahora convertido nada menos que en el presidente del Centro de Alumnos de la Escuela (yo lo intenté cuatro años después y llegué tercero entre tres). No miento si digo que lo admiraba bastante. Sin embargo, algo se rompió en el camino. Quizás empezó aquella tarde cuando me reprendió paternalmente por haber anulado un voto en vez de habérselo dado al candidato que el Movimiento Gremial postulaba en la Facultad. Me llamó profundamente la atención su argumento: ellos o nosotros. Como yo no quería ser parte de un “nosotros” sin haberle dado un par de vueltas al asunto, su advertencia tuvo el efecto contrario: nunca más tuve nada que ver con los gremialistas. En ese curioso sentido, le estoy profundamente agradecido. Sus palabras fueron liberadoras. Tiempo después tuve la oportunidad de participar en la fundación de un proyecto político alternativo, que Ernesto Silva repudió pues “dividía a la derecha”. Los caminos de la vida son irónicos: en 2001 pusimos fin a décadas de dominio gremial en Derecho y a fines de 2005 nuestra humilde Opción Independiente le ganó la FEUC –por una docena de votos- a su hermano menor Felipe.

Kast tomó un camino ligeramente distinto. No hizo mucha política universitaria pero egresó de otro semillero del gremialismo: Ingeniería Comercial PUC. Habría sido recibido con los brazos abiertos en la UDI pues la figura de su padre es reverenciada entre los Chicago Boys. Sin embargo optó por la estrategia del camino propio –Evopoli- apostando al desgaste de los partidos tradicionales. Quizás, también, anticipando que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león.

Pero Silva no tenía elección: él nunca sería cola de león. Por eso no llamó la atención que en 2009 la UDI le diera a este novato aspirante a parlamentario el cupo soñado por Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea. Nada de irse a provincia –como Arturo Squella- ni a la periferia –como Jaime Bellolio, por nombrar otras figuras promisorias con similar currículum. Ernesto se quedaría donde ruge la elite. La aprendió a descifrar desde niño: involucrado en discusiones políticas de sobremesa, entre dirigentes partidarios, importantes empresarios e influyentes consejeros. Cuando pienso que mi propia infancia también fue políticamente estimulante, caigo en cuenta que en mi casa no se decidía nada: como en los hogares de millones de chilenos, mis tíos despotricaban contra el mundo sabiendo que sus ideas irían a morir en el fondo de la botella. No creo que haya sido el caso de Ernesto Silva, probablemente el dirigente UDI más sobre-educado para ejercer las tareas que hoy lo ocupan. Trato de pensar en un símil y lo mejor que se me ocurre es el clásico heredero de una dinastía real, que sabe que algún día su turno llegará.

El problema de los herederos –la historia es testigo- es que suelen mirar la película desde una sola perspectiva: la suya. Por eso no me extraña ni me perturba que Ernesto Silva crea ciegamente que todo lo que está ocurriendo es una asonada contra la UDI. En un partido que ha hecho del atrincheramiento político un arte mayor, no hay disonancia cognitiva alguna: siguen siendo ellos o nosotros. En eso Jaime Guzmán apretó la tecla psicológicamente correcta: los mandató a ser irreductibles.

Puedo equivocarme, pero dudo que Ernesto Silva vaya a renunciar voluntariamente. Aunque lo diga Ascanio, lo recomiende Navia o lo sugiera Navarrete. Sin la presencia de Longueira y con Jovino caído en desgracia, Ernesto Silva es la última reserva de la UDI antes de subastarse al piñerismo –que compra a la baja y tiene en Andrés Chadwick a su bróker. Por lo mismo se equivoca Carlos Peña al sostener que el gremialismo es un mero apéndice de un grupo económico. Es en la institución política llamada UDI –y no en Penta- donde confluyen las influencias empresariales, religiosas, castrenses y sociales de la derecha chilena. A la Frank Underwood, Silva entiende la diferencia entre el poder económico –la mansión del barrio alto que puede caer en cualquier minuto- y el poder político –el viejo edificio de calle Suecia que puede durar cien años. Que el dinero de Penta haya contribuido a ponerlo donde está no significa mucho: no es algo que Ernesto Silva adeude sino algo que le pertenece por derecho patricio. El derecho de los ungidos, elegidos desde la cuna para gobernar.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2015/01/15/ernesto-silva-el-ungido/

¿TÚ TAMBIÉN LE PEDISTE PLATA A PENTA?

enero 12, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 12 de enero de 2015)

No se acaba la noche de la UDI. No bastaron las tímidas disculpas que ofreció en su declaración pública, las que sonaron algo forzadas. Ofrecieron, además, asumir las responsabilidades políticas del caso Penta. Pero hasta ahora ninguna de ellas se ha hecho efectiva. La conducción de Ernesto Silva ha sido cuestionada por su cercanía familiar y afectiva con los controladores del holding, lo que a su vez implica un retroceso en la estrategia de renovación generacional del partido. Por si fuera poco, se siguen conociendo correos electrónicos donde militantes gremialistas aparecen en todo su esplendor pidiéndole a “Choclo” Délano o Carlos Eugenio Lavín apoyo financiero para diversos proyectos.

Sin embargo, no todos estos correos son merecedores de reproche. Es sabio distinguir entre caso y caso. Un importante diario satírico publicó “Desde chicos pidiendo plata: Presidente de la Juventud UDI también solicitó lucas a Délano”. En efecto, Felipe Cuevas –más recordado como el mártir de Caracas- estaba pidiendo ayuda para financiar unos trabajos de invierno en Lonquimay. Es decir, una figura clásica en la que empresas privadas ponen plata para solventar actividades de voluntariado. Nada irregular, pero como la UDI es el puchinbol del momento, las redes sociales se dieron un festín dándole como caja.

El segundo caso es más delicado, pues compromete al recientemente designado miembro del Tribunal Constitucional, Cristián Letelier. En un correo personal, el entonces diputado Letelier solicita a Délano un aporte para la campaña de Pablo Longueira en su distrito. No se habla de mecanismos –tipo boletas truchas- ni tampoco sabemos si acaso dicho aporte se concretó. La mera asociación bastó para incendiar la pradera: ¿puede un integrante de tan prestigioso organismo haber actuado como recaudador de fondos de un partido? Por cierto que puede. Bajo el sistema de impenitente cuoteo que funcionan las designaciones al TC en Chile, todos los premiados tienen vínculos políticos más o menos explícitos: Hernán Vodanovic fue senador por el PS, Jorge Correa Sutil y Mario Fernández connotados dirigentes de la DC, María Luisa Brahm era la mano derecha del presidente Piñera. Como en todos estos casos, de Letelier también se espera que separe su rol de militante de su rol de juez constitucional (aunque en la práctica casi siempre sabemos cómo votará cada uno). Una crítica útil debería estar centrada en la ausencia de debate público en torno a los nombramientos: Letelier ha hecho declaraciones que rozan la homofobia; el otro ungido, Nelson Pozo, es acusado de plagiar un texto de derecho procesal. Ambos hechos pasaron más colados que el mail a Penta. Porque esta última es la palabra que tiene olor a caca.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-01-12&NewsID=298856&BodyID=0&PaginaId=31

EL PERDÓN DE MOREIRA

enero 11, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de enero de 2014)

Iván Moreira se desmarcó de la defensa corporativa que hasta entonces hacía su partido y jugando por la libre reconoció que su campaña senatorial se había beneficiado de dineros irregulares. Al aceptar el uso de las famosas boletas a honorarios, Moreira abre un nuevo capítulo del tortuoso caso Penta, que abre un flanco al interior de la UDI e inaugura una etapa de inevitables preguntas: ¿qué hacer cuando un parlamentario en ejercicio confiesa un ilícito que de alguna manera está vinculado con su propia elección?

La historia de discrepancia táctica entre Moreira y la UDI no empezó ayer. El eterno cacique de La Cisterna pertenece al ala idealista-popular del gremialismo, la misma que veía en Pablo Longueira a su líder natural (recordemos que fue justamente Moreira el que puso en duda su continuidad en el partido al enterarse de la retirada por orden médica del prócer). Al frente se ubica la facción fáctica-empresarial que solía conducir Jovino Novoa. Esta última, a los ojos de un sufrido Moreira, representa un mundo social elitista y ajeno. Aquí, hasta su militancia evangélica constituye una simpática curiosidad; la dirigencia de la UDI es hegemónicamente católica, apostólica y romana.

Esta misma dirigencia es la que decretó que Iván el incansable no competiría por la apetecida circunscripción de Santiago Poniente sino por la remota Región de los Lagos. “Me mandaron a morir al sur” espetó un humillado Moreira. Pero no murió. Ganó un difícil sillón para los suyos. Y se envalentonó: hace algunos meses se dio el lujo de anunciar su propia precandidatura presidencial.

Por todo lo anterior las disculpas públicas de Moreira tienen una doble lectura. Por una parte, la intención de marcar diferencias entre su perfil de esforzado “self-made man” y el de los “poderosos” que cuando piden plata no se arrastran por mail. Por la otra, apostar a que la opinión pública valore su confesión y se muestre más abierta a perdonar a los arrepentidos que a los obstinados, que como el Presidente gremialista Ernesto Silva, la senadora Von Baer y el mismísimo Jovino Novoa, se niegan a reconocer irregularidad alguna. Es una estrategia no exenta de riesgos. Que el “bíblico” Moreira ande ofreciendo la otra mejilla no debe causar mucha gracia en calle Suecia, que confiaba aguantar el chaparrón apretando los dientes. El acto de contrición, por noble que sea, tampoco aplaca el fuego de quienes quieren ver renuncias que paguen por las violaciones a la normas que regulan la relación entre dinero y política.

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EL DILEMA 2015 DE BACHELET: MODERAR LOS CAMBIOS O TIRAR TODA LA CARNE A LA PARRILLA

enero 11, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias el 4 de enero de 2015)

El 2014 fue año político complejo. Comprensiblemente, el oficialismo partió agrandado. Michelle Bachelet ganó caminando su segunda elección presidencial y todo indicaba que el “diagnóstico de la calle” que torturó a Sebastián Piñera se alineaba armónicamente con el programa transformador de la Nueva Mayoría. Sin embargo, el año terminó con un escenario menos optimista para el gobierno. Su aprobación cotiza a la baja y desde la oposición exigen un cambio de actitud. En términos generales, el dilema de la presidenta se resume en moderar la ansiedad reformista o tirar toda la carne a la parrilla antes de las municipales del próximo año. Las siguientes son las claves que ilustrarán esa encrucijada.

1. La crisis del diagnóstico. ¿Quieren realmente los chilenos cambiar el modelo de desarrollo? ¿Están las capas medias de la población ávidas por renunciar a las lógicas de mercado en educación, salud o previsión? ¿O han incorporado esas prácticas a su repertorio cultural, traduciéndolas en expresiones de orgulloso ascenso social? Doce meses atrás, en el mundo de la izquierda no habían dos lecturas: había llegado la hora de demoler el paradigma neoliberal heredado de la dictadura y legitimado en tiempos de la Concertación. Hoy, la cuestión es disputada. Una cosa es querer cambiar el estado de las cosas porque se consideran injustas. Otra cosa es creer que el resto quiere lo mismo. La resistencia que ha provocado la reforma educacional en grupos de apoderados de establecimientos particular subvencionados ha servido de alarma. Pocas veces ha quedado más claro que hay miles de familias en Chile que están felizmente dispuestas a pagar más para no mezclarse con aquellos que socioeconómicamente han dejado atrás. Para sorpresa de la elite gobernante, son más de las que parecían cuando las calles estaban inundadas de jóvenes idealistas demandando dinamitar el modelo. El escepticismo ya se coló en la elite ex concertacionista. La DC encontró una manera de hacerse útil -y problemática a la vez- tratando de interpretar ese mundo. El 2015 veremos si su estrategia funciona y sus visiones más moderadas se imponen.

2. La tentación refundacional. Bajar las revoluciones transformadoras tiene un costo: cuando nos cubrimos la cabeza nos destapamos los pies. En este caso, destapar los pies simboliza frustrar las expectativas de aquellos que sinceramente quieren cambiar las reglas del juego cueste lo que cueste. Para todos ellos, la madre de las batallas es la constitucional. Recordemos que la candidata Bachelet hizo 3 promesas centrales: reforma tributaria, educacional y nueva constitución. De las dos primeras se habló bastante en 2014. Ahora es el turno de la más controversial y ambiciosa. Aquilatando la magnitud de la tarea, La Moneda no se ha casado con la idea de realizar una gran Asamblea Constituyente. Quizás hace bien: le queda grande la empresa y el horno todavía no está listo. Eso no significa que no vaya a hacer nada. Dirigentes de la Nueva Mayoría han confesado que lo importante es tener un nuevo texto, aunque sea por vía parlamentaria. Todo para que alcance a llevar la firma de  Ximena Michelle y decir “cumplimos”. La otra es meterle un poco más de cabeza durante el 2015 y trazar líneas para un proceso de largo aliento.

3. De pan también vive el hombre. Así reza el mantra lavinista, los políticos gobiernan con las prioridades cambiadas: se preocupan de reformas institucionales grandilocuentes y no de las urgencias sociales que realmente le importan a la gente. Hay varios dentro del gobierno que están pensando seriamente en una inyección de lavinismo. Durante el 2014 se les vino la noche con la desaceleración económica, la seguridad pública y las pesadillas del transporte público. Ninguno de los 3 temas fue prioritario en el discurso de campaña. Sin embargo, la cotidianidad se ha encargado de demostrarles cuan relevante es atender un par de cuestiones básicas. A fin de cuentas, variables como tener empleo, vivir en paz y trasladarse con dignidad pueden afectar más profundamente la calidad de vida de los chilenos que otros asuntos igualmente importantes pero menos urgentes. El 2015 deberíamos ver un gobierno más atento a estas mundanidades.

4. Después del lucro. Las manifestaciones de 2011 tuvieron muchas banderas, pero la narrativa que más fuertemente quedó impresa en la retina fue la demanda de gratuidad universitaria. El 2014, por decisión política, el gobierno partió su esperada reforma educacional atacando el lucro, la selección y el copago. Es una contienda inconclusa, pero que no debería extenderse mucho más. En cambio, es probable que en 2015 reaparezcan otras aristas del cambio integral de paradigma que promueven los intelectuales de la Nueva Mayoría. Principalmente el tema de la gratuidad universitaria, con sus ríos de tinta a favor y en contra. Una nueva oportunidad de protagonismo para la bancada estudiantil, pero un eventual foco de conflicto en una Confech que pierde ascendencia y por primera vez se presenta tan dividida.

5. Palabras más palabras menos. La Presidenta ya pasó el aviso: no quiere más desplantes de lenguaje odioso o innecesariamente beligerante. Tiene un punto. El 2014 fue pletórico en frases desafortunadas y en excesos verbales. Fue el año de la retroexcavadora, de los idiotas y sus patines, de videos oficiales denunciando a los “poderosos de siempre” y recientemente hasta de las “clínicas cuicas”. Viejos estandartes de izquierda y derecha llegaron al extremo de comparar el actual clima político con la época de la UP. Aunque sea una exageración, el punto no debe ser obviado: la cosa se puso amarga y el debate a veces se vuelve tóxico. No hay amistad cívica que florezca en estas condiciones. Bachelet lo intuye y sabe que el 2015 no puede ser igual: de lo contrario todos salen trasquilados ante los ojos de la opinión pública y siempre pierde más el que quiere conservar el poder.

6. Con plata baila el monito. Los empresarios le perdieron la fe al ministro de Hacienda y en general al manejo económico del gobierno. Eso es problemático en un país como el nuestro, donde los primeros ostentan tanta influencia. Dicen que el gobierno no previó el impacto de sus reformas en la economía. Pero a estas alturas no puede echarle la culpa de todo a factores externos. Este es un terreno sensible donde las señales importan. Pero justo cuando la presidenta activaba un paquete extraordinario de medidas para revivir la inversión y las alianzas público-privadas, la introducción de la reforma laboral en la agenda regresó la relación a fojas cero. La oposición se frota las manos sabiendo que en la cancha del crecimiento y el empleo tienen buenos resultados para contrastar. Por lo tanto Bachelet no puede dar esta pelea por perdida. El 2015 será fundamental para cimentar una espiral de recuperación o bien para seguir en el fango de la mediocridad.

7. La otra reconstrucción pendiente. La derecha se jactó de haber llevado a cabo una estupenda labor de reconstrucción después del terremoto. No ha sido igual de exitosa después de su estrepitosa derrota electoral. El 2014 fue un año prácticamente perdido al respecto. Aunque han tratado de mimetizarse con la llamada “nueva calle” o nueva oposición social, lo cierto es que el resultado ha sido malo en casi todos los frentes: ni por casualidad capitalizan los puntos que baja el gobierno, sus partidos hacen noticia por escándalos o salidas de madre de sus parlamentarios, sus modos de combate no son unitarios, sus liderazgos se renuevan con extrema dificultad y la sombra de Piñera lo inunda todo. El año que empieza debiera ser distinto si tienen aspiraciones sensatas de volver a La Moneda con un proyecto robusto que refleje una reflexión y no un mero instinto.

Por supuesto, en cada uno de estos criterios -que bajo ningún respecto son exhaustivos- no existe sólo el blanco y el negro. En todos hay una amplia gama de grises. La dicotomía no es refundar o dejar las cosas como están. La gradualidad es una consejera pragmática. Agotar las instancias de diálogo y negociación de cara al país es mejor que pasar máquina para la sustentabilidad de los cambios. No siempre es malo decepcionar a la fanaticada buscando puntos de encuentro en terreno neutral. Así suelen construirse los países a largo plazo. Pero también están los chispazos y las necesidades imperiosas. Sabemos que el 2015 trae Copa América -ojo con la presidenta que aquí puede cosechar- y más escaramuzas con Bolivia -las que también rentan en el interior- pero es imposible escanear las contingencias del destino.

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