UN ENSAYO SOBRE RELIGIÓN Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de enero de 2015)

A lo largo y ancho del mundo entero los medios de comunicación dieron testimonio de una categórica condena prácticamente unánime al asedio terrorista que padeció París entre el 7 y el 9 de enero. Este artículo, sin embargo, busca explorar dos fuentes de divergencia más sutiles que aparecieron reiteradamente en el análisis de los días posteriores.

¿Fundamentalismo o fundamentalismo religioso?

La primera es si acaso los ataques deben ser vinculados de alguna forma a la religión y al Islam en particular. Esto es distinto a preguntarse si los asesinos representaban al mundo musulmán. No conozco a nadie que se haya hecho seriamente esa pregunta. Tampoco conozco a nadie que un mínimo de criterio sostenga que los musulmanes son esencialmente violentos o que todo aquel que abraza el Corán se vuelve fundamentalista. El llamado a “no generalizar” me parece tan bobo como innecesario. La pregunta que me interesa es más precisa y acotada: ¿tuvo que ver, en alguna dimensión relevante y no meramente anecdótica, la religión de los pistoleros con el atentado?

Muchos analistas creen que no. Dicen que el fenómeno extremista debe ser abordado con independencia de cualquier ideología política y religiosa, como si fuese un mal que se explica por sí mismo. Otros apuntan al cliché: todo fundamentalismo es malo. El apellido “islámico” no sería entonces determinante para la intolerancia. Algunos buscan explicaciones sociológicas en la construcción identitaria de los victimarios: el problema estaría en la historia de injusticia colonial, o eventualmente en una cuestión de clase –como sugirió Pepe Mujica. Están, finalmente, los que ponen las manos al fuego por la religión como categoría –“todas las religiones predican la bondad y cualquiera que haga el mal en su nombre no es verdaderamente religioso”- o bien como especie –“el Islam es una religión de paz; los criminales de París son falsos musulmanes” (que fue la declaración de la familia del policía –musulmán- que cayó en la balacera).

Todas estas respuestas me parecen miopes o insuficientes. Partamos por lo básico: el móvil de los individuos que “ajusticiaron” a los dibujantes era reivindicar el honor de Mahoma. Así lo señalaron expresamente, y así ha quedado documentado en los videos que dejaron tras su inmolación. Charlie Hebdo fue el blanco de una operación que no buscaba derrocar a la oligarquía ni vengar las heridas del colonialismo francés en el Magreb. Por el contrario, fue el trágico capítulo final de una teleserie de amenazas de muerte contra publicaciones y comedias –desde Dinamarca a los estudios de South Park- por atreverse a representar gráficamente al profeta. Es la misma intolerancia que fundamentó la fatwa del Ayatola Jomeini contra el escritor Salman Rushdie en 1989 por “Los Versos Satánicos” o la que acabó con la vida del cineasta Theo Van Gogh en 2004 por el cortometraje “Sumisión”. Todos estos casos exhiben un patrón: la supuesta defensa de la dignidad de ciertos símbolos sacros para una confesión religiosa determinada. Porque Charlie Hebdo se reía por igual de la dinastía Le Pen, de Pinochet o del judaísmo ortodoxo, pero ninguno de ellos intentó volar el edificio. ¿Todo fundamentalismo es malo? Probablemente, pero el fundamentalismo por la filatelia o por Star Wars todavía no mata a nadie. Es el apellido del fundamentalismo el que importa.

El influyente Tariq Ramadan ha argumentado que los terroristas han “secuestrado” al Islam. Quizás ninguno de ellos entiende el verdadero sentido de las enseñanzas del Corán. Pero el Islam es una religión rica en diversas interpretaciones, y no parece intelectualmente honesto descartar justo aquellas que no calzan con lo que quisiéramos que fuera. Las religiones no sólo están compuestas por sus dogmas formales sino también por sus prácticas vivas. Por lo demás, los jihadistas nunca han tenido problemas para encontrar sustento textual para sus fechorías. Los militantes de Al Qaeda, Isis o Boko Haram viven persuadidos de estar cumpliendo una obligación religiosa. Por ello se creen poseedores de la habilitación moral para llevar adelante una empresa teocrática global. Que la mayoría de sus víctimas sean musulmanas no es contradictorio, pues para los fundamentalistas hay distintos grados de herejía: infiel era Malala Yousafzai a los ojos del talibán pakistaní que le disparó tres veces a quemarropa por escribir a favor de la educación de las mujeres.

Creo, en resumen, que la conexión entre los atentados y una lectura totalitaria de la fe islámica –que es tan “religiosa” como la moderada- es indesmentible. Temo que muchos analistas prefieren bypassear esta relación por corrección política, para no seguir hundiendo el dedo en la llaga de los musulmanes decentes que deben enfrentar reacciones injustamente hostiles, o bien para no alimentar el juego de políticos oportunistas –especialmente de la extrema derecha europea- que aprovechan la contingencia para posicionar su agenda antiinmigración.

¿Tenemos derecho a la blasfemia?

La segunda fuente de discrepancia es acerca de los límites de la libertad de expresión. Tampoco he leído a nadie medianamente sensato arguyendo que los actos que enlutaron a Francia estuviesen justificados por el perfil ofensivo de Charlie Hebdo. Se han ocupado, sin embargo, expresiones más temperadas que en cierto modo pretenden que los caricaturistas muertos carguen con una cuota de responsabilidad en lo sucedido, una especie de “algo habrán hecho” para hacerse acreedores de tamaña carnicería. Confieso que me parece un razonamiento repugnante, similar al que usan los apologistas del abuso sexual cuando culpan a la ropa de las mujeres. Me interesa, nuevamente, una pregunta más precisa (que según ha trascendido dividió al propio equipo editorial de Al-Jazeera): ¿deben tener los individuos un derecho a la blasfemia, o en general un derecho a expresarse en términos que puedan resultar ofensivos para terceras personas?

Algunos creen que no debiera existir tal derecho. En esta posición suelen concurrir los representantes de los tres grandes monoteísmos de nuestro tiempo. No es sorpresivo: están defendiendo el mismo negocio. Las barreras de inmunidad que se levantan para una, se levantan también para las otras. Fuera de las comunidades religiosas también se escuchó este argumento: del “Yo soy Charlie” pasamos al “Yo no soy Charlie”. Estos últimos quisieron separarse de la manada esgrimiendo que el tipo de periodismo que realizaba Charlie Hebdo era abusivo, degradante, opresivo, racista, imperialista, y una larga lista de etcéteras. Nada de lo cual enorgullecerse para enarbolar una bandera. Finalmente, aparecieron las “palomas” de la libertad de expresión, que como el ex ministro Rodrigo Hinzpeter, escribieron que ésta debe ejercerse “con delicadeza, sin derecho a burlarse majaderamente, con sentido de responsabilidad y con inteligencia”.

Una vez más, todas estas aproximaciones me parecen pobres o incorrectas. En primer lugar, el derecho a la blasfemia es fundamental en las sociedades seculares porque asume que la narrativa religiosa es igual de importante que cualquier otra narrativa política, social o cultural. Las ideas religiosas no están dotadas de una protección especial contra la crítica, la que muchas veces se articula en forma de sátira o parodia como vehículo de comunicación. Es justamente lo que hacía el Club de la Comedia con los sketches de Jesús, erróneamente sancionados por el CNTV. Así lo ha reconocido también el propio Jefe de Iglesia Católica en Francia, que ha defendido la libertad que le permitió a Charlie Hebdo ridiculizar –una y otra vez- los dogmas de su religión como síntoma de madurez.

Respecto de que quienes rechazan la etiqueta Je suis Charlie, tengo la impresión que no han entendido el sentido del eslogan. Éste no busca la identificación con los contenidos de la revista sino la defensa colectiva de un principio inspirado en la filosofía de Voltaire, otro francés: no estoy de acuerdo con lo que dices pero daría mi vida para que tuvieses el derecho a decirlo. Es un principio que se ennoblece ¡especialmente! cuando desaprobamos el contenido de lo que se dice. La virtud política de la tolerancia exige que reconozcamos el derecho de los demás a profesar ideas que nos parecen repugnantes. Por eso también yerra Hinzpeter al exigir “delicadeza” en el ámbito de la libertad de expresión: ésta se pone a prueba justamente cuando es tosca, grosera y maloliente. Las palabras que no disgustan, turban o enrabian no son estándar para medir la robustez de nuestras democracias. He ahí una diferencia entre la derecha chilena que se dice liberal pero en el fondo es conservadora, y el liberalismo anglosajón de Nick Clegg, que sin medias tintas ha enfatizado que en las sociedades libres las personas pueden ofender las creencias del resto. Y especialmente, ofender la sensibilidad de los gobernantes y los poderosos.

Probablemente nos ahorraríamos un par de enemigos si hacemos uso de nuestra libertad de expresión “con inteligencia”, pero hacerse de amigos no es el objetivo por el cual consagramos constitucionalmente la libertad de expresión. En síntesis, creo que la victoria moral de los terroristas pasa justamente por obligar a las democracias liberales a repensar los límites de lo que se puede y lo que no se puede decir por miedo a enojar a alguien. La sangre de los dibujantes de Charlie Hebdo clama que no sucumbamos a esa tentación.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/01/23/090117-un-ensayo-sobre-religion-y-libertad-de-expresion

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2 comentarios to “UN ENSAYO SOBRE RELIGIÓN Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN”

  1. cbellolio Says:

    Escribí esta columna antes de las palabras del papa Francisco en torno al asunto. A mi juicio, las opiniones del líder de la Iglesia Católica se acercan bastante al tipo de razonamiento que describo como “repugnante” al comenzar el tema de la blasfemia. Aunque entiendo que Bergoglio intentó hacer una analogía simpática al decir que quienes insultaran a su madre podían esperar un puñetazo, creo que no pensó seriamente el alcance de sus palabras. En primer lugar, normalizan la agresión física como respuesta proporcional a una ofensa verbal. Luego, transforma en sinónimos la injuria y la crítica en forma de parodia. En tercer lugar, trata de hacernos creer que la ofensa a personas reales con las cuales tenemos un nexo afectivo natural es igual a la ofensa a personas ficticias que hemos elegido entronizar (aunque Colo Colo sea muy importante para muchos chilenos, sacarle la madre a alguien no es igual que hablar mal de Colo Colo). Finalmente, me parece que se comporta como mal cristiano quien se echa al bolsillo aquello de poner la otra mejilla.
    Por el contrario, bastante acertada me pareció la respuesta de Carlos Peña al respecto.

  2. Luis Says:

    Cristobal, no solo comparto plenamente el ensayo y el comentario en relacion a la moralmente equivocada justificación de la violencia que hace el Papa seguramente por rectitud politica.
    Tambien entrega una sensacion de alivio.. De que si hay cordura… De que hay voces que desmenuzando “cientificamente” el problema mundial que representa el fundamentalismo islamico pueden dejar de lado la rectitud politica…. Que es justamente lo que ha alimentado el desarrollo de esta particularmente intolerante y letal doctrina en el mundo… Y no es de sorprenderse… Tambien en Europa, y desde hace años.
    Obviamente el problema no es la inmigracion (como quiere convencer la derecha europea). Fue el politicamente correcto y temeroso silencio de las masas y otros lideres politicos que en su momento pudieron haber hecho frente a este fenómeno de extrema y letal intolerancia en Pakistan, Iran, Nigeria etc etc y desde hace buenos años Europa ( nada mas gráfico que leer los libros/denuncia de Oriana Falacci)… El terror y muertes de inocentes que se se ve en diversas ciudades mundiales es basicamente fundamentalismo musulman. Que ellos se aprovecharon y aun lo hacen, de la cobarde rectitud politica europea y su garantizada libertad de expresion es cierto y asi, sin cimitarras, en pleno siglo XXI adoctrinan a ciudadanos europeos para cometer actos de muerte contra sus conciudadanos por un movil supuestamente religioso. Los atentados de atocha, de londres, de toulousse, de belgica… Todos ciudadanos europeos…
    Se ha probado verdad, si no se combate y denuncia la intolerancia religiosa o racial ( que SIEMPRE llevara a agresion fisica y asesinatos) a nivel mundial y en forma unanime por parte de toda comunidad… ( por conveniencia, comodidad, por lejanía, por complicidad, etc ) Tarde o temprano esta intolerancia y cultura de la muerte tocara tu puerta. ( desarrollo del nazismo en europa, atentados Iranies en Argentina y su repugnante encubrimiento por el gobierno argentino por conveniencia politica)
    Lo que no comparto en tu articulo es que lo de Charlie Hebdo sea un evento “final”…. Tristemente veo que es un horrible evento mas de una tendencia de fudamentalismo islamico que ya lleva como 70 años patrocinada y auspiciada en concreto por paises como Iran o Quatar… El dia que el liderazgo mundial unanimemente pueda aislar, sancionar y denunciar a paises que amparen este tipo de actos fuera de sus fronteras (peor aun los que sufren dentro de estos paises) y el dia que gobiernos regionales de cada pais tengan duras politicas y sanciones contra la intolerancia e indoctrinacion para el odio ( aunque se camuflen en una religion) entonces habrá un punto de inflexion en este fenomeno.
    Por ultimo, los abusadores sexuales justifican sus actos en la minifalda de la victima, los de Charlie en las caricaturas… Cual es el fundamento del atacante del supermercado judio? De los iranies en el atentado judio en Buenos Aires hace 20 años? Del atacante en el museo judio en bruselas? …. Sinceramente para mi es doble estandar mundial en esto de la lucha contra el terror y la intolerancia… 3 millones a las calles por charlie y nadie por el supermercado, ni Toulousse ni AMIA en argentina… Pero para el mundo no judio, el antisemitismo no sancionado y prohibido en una nacion es y tristemente ha sido un fiel barómetro de actos de violencia racial y religiosa del cual creo en Chile estamos aun a salvo… ( aunque a medias ya que los actos terroristas mapuches no han sido ni sancionados ni catalogados como debieran) Y debemos asegurar que esta paz entre razas, credos y visiones politicas se mantenga y asegure con leyes y con una cultura de tolerancia y respeto a la diversidad.

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