LOS LIBERALES FRENTE AL ABORTO

por Cristóbal Bellolio (publicada en Matasanos el 31 de enero de 2015)

Advertencia: la siguiente columna no constituye necesariamente un argumento a favor del aborto. Su propósito es distinto: examinar qué posición deberían tomar los llamados grupos liberales en este espinudo debate. ¿Por qué interesan los liberales? Porque tanto en la derecha conservadora como en la izquierda dura las posturas parecen estar más definidas: en contra los primeros, a favor los segundos. Los liberales podrían ayudar a desempatar.

Lo primero que hay que considerar es que los liberales adscriben a una regla procedimental que en cierta medida condiciona los argumentos admisibles en la deliberación democrática. Esta regla puede definirse así: los actores políticos defenderán sus ideas haciendo uso de razones públicas, es decir, razones que sean accesibles a sus conciudadanos. Las razones religiosas, por ejemplos, son razones no públicas: le pertenecen a una determinada visión de mundo que muchas personas sencillamente no pueden aceptar. Esto no significa que los liberales no puedan tener razones religiosas para oponerse al aborto; significa que a la hora de legislar para todos los chilenos deben abstenerse de emplearlas. Es lo que Rawls llamaba un deber de civilidad y Habermas una ética de ciudadanía: manifestamos respeto cuando buscamos la persuasión racional de los pares en un terreno epistemológicamente común. Sería entonces impermisible argumentar como lo hacía el ex presidente Piñera: “estoy a favor de la vida desde la concepción hasta la muerte natural porque sólo Dios da la vida y sólo Él la quita”. En consecuencia, este liberalismo minimalista estará de acuerdo en que las fronteras de la protección del nonato deben ser definidas a través de la deliberación democrática siguiendo ciertas reglas discursivas.

Lo anterior no define la posición liberal frente al aborto. Conviene entonces introducir una segunda consideración: la evaluación moral que un liberal hace sobre la interrupción de un embarazo no necesariamente compromete su opinión respecto de la necesidad de la maquinaria coercitiva del estado. Es perfectamente posible repudiar que algunas mujeres quieran hacerse un aborto y al mismo tiempo oponerse a su sanción penal. Sobre éstas los liberales suelen ser cautos.

Pero inmediatamente viene una tercera consideración: si hay derechos de terceros en juego, el estado tiene el deber de proteger a la víctima y castigar al victimario. En este punto nos encontramos con una problemática colisión de derechos y libertades. La verdad es que no existe un criterio en la filosofía liberal que nos entregue una respuesta automática respecto del aborto en general. Por eso la discrepancia es intelectualmente razonable al interior de estos grupos.

No es correcto sostener que los liberales, por definición, deben estar siempre a favor del derecho a la vida del embrión por sobre la autonomía reproductiva de la madre. Sostener que el huevo fecundado ya dispone de código genético único e irrepetible es constatar una realidad biológica, pero no es una razón que en sí misma active la protección jurídica de ese ser humano en etapa de formación. Bien podría sostenerse que el criterio determinante para activar dicha protección es la aparición de ciertas cualidades emergentes del feto. Pero tampoco encontraremos una fecha exacta en un manual de teoría política. Por lo tanto, al menos en lo que respecta a la permisibilidad del llamado aborto libre o sin expresión de causa, no veo que la filosofía liberal otorgue un mandato normativo invencible en un sentido u otro.

Dejo para el final el asunto de las excepciones que se discuten actualmente en Chile: aborto terapéutico, aborto embriopático y aborto por violación.

Para el pensamiento liberal, la vida en sociedad es un complejo entramado que reparte el riesgo del ejercicio de nuestras respectivas autonomías. Lo que le interesa es que dicha distribución sea justa. Por ende rechaza que ciertas personas sean obligadas a soportar ciertas cargas que van más allá de lo políticamente exigible. Un buen ejemplo de ello es forzar a una mujer a continuar un embarazo que pone en grave peligro su salud física o mental. Que la gran mayoría de estos casos se resuelva pacíficamente según la praxis médica no es suficiente desde el punto de vista de la seguridad jurídica que deben tener los involucrados en un escenario límite como el descrito. Algo similar ocurre con los casos de inviabilidad fetal: no parece consistente con la sensibilidad liberal obligar a una mujer a un embarazo destinado al fracaso. Las religiones tienen el derecho de exigir sacrificios a sus fieles; la comunidad política no puede abusar de su poder para ello. En consecuencia sólo le corresponde exigir a la madre que cargue con las responsabilidades que ocasiona un embarazo normal. El mismo principio se aplica en los casos que la mujer es violentada en su autodeterminación sexual. Aunque a todos nos pueda parecer una enorme lección de generosidad que la víctima decida seguir adelante con un embarazo producto de una violación, el estado no está en condiciones morales de exigir esa entrega. Por todo lo anterior pienso que los liberales deberían estar a favor de abolir una institución penal que perjudica tan desproporcionadamente la autonomía de personas que sí están en pleno ejercicio de sus derechos. En la vereda contraria está el pensamiento de Jaime Guzmán, que estimaba que embarazos producto de una violación o aquellos que pusieran en peligro la vida de la madre representaban la cruz que ella debía cargar. Pero en las sociedades regidas por principios liberales no existen los deberes de sublimación.

Link: http://matasanos.org/2015/01/31/liberales-y-aborto/

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