UN MANUAL PARA SALIR DEL POZO, O LA DERECHA SEGÚN HUGO HERRERA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de marzo de 2015)

La-derecha-en-la-crisis-del-Bicentenario

Que la derecha chilena está en crisis no es una tesis nueva. No sólo no pudo extender su inquilinaje en La Moneda sino que perdió por goleada las últimas elecciones presidenciales y sufrió una significativa merma parlamentaria. Los escándalos estivales no han ayudado: el caso Penta ha sumergido a la UDI a niveles insospechados de impopularidad. Pero detrás de todo esto, dicen algunos, hay una crisis intelectual que tiene al sector en un estado de parálisis ideológico. Ese es el planteamiento que hace el filósofo Hugo Herrera -director del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales- en su reciente libro “La derecha en la Crisis del Bicentenario” (2014), que a continuación paso a reseñar.

La contribución de Herrera es interesante en al menos tres sentidos. En primer término, en la dimensión del diagnóstico. En segundo lugar, en la exploración de una posible salida del atolladero. Finalmente, en el análisis crítico de otras obras que autores vinculados al pensamiento de derecha han publicado en los últimos años.

El diagnóstico que hace Hugo Herrera es lapidario: la derecha estaría en una suerte de bancarrota intelectual producto de lo que denomina un “cambio de ciclo”. ¿Cómo sabemos que estamos frente a un cambio de ciclo? Constatando que el discurso político hegemónico de los últimos veinticinco años se trizó y dio espacio a fuertes cuestionamientos sociales. Mientras la izquierda fue relativamente capaz de adaptarse a las modificaciones culturales de la sociedad chilena y recomponerse en torno a un relato crítico del modelo de desarrollo, la derecha se quedó pasmada en la vereda del camino sin capacidad de articular una respuesta al nuevo escenario. Es decir, el problema fundamental estaría en la obsolescencia de su narrativa sumado a su sistemática superficialidad a la hora de reflexionar en torno a dicho desajuste. Hubo un tiempo, reconoce Herrera, en el cual bastaba con recitar el credo libremercadista, cantar las bondades del principio subsidiario y confiar en que el miedo hiciera el resto para mantener el orden. Pero esos tiempos se acabaron porque la situación se complejizó. Por eso, señala el autor, el aporte doctrinario de Jaime Guzmán debe ser entendido en su contexto;  cualquier intento de calcarlo estará destinado al fracaso. Herrera incluso cree que Guzmán no era un dogmático y se habría adaptado mejor a las circunstancias que varios de sus devotos discípulos que parecen haber quedado congelados en la década de los noventa. Puede que tenga razón: a fin de cuentas, las mejores mentes suelen ser flexibles. Pero después de Guzmán, piensa Herrera, poco se ha hecho para actualizar y vigorizar los principios de una derecha democrática y conectada con la realidad nacional. Por lo anterior no es sorpresivo que su lectura del gobierno de Sebastián Piñera sea crítica. En lugar de aprovechar la oportunidad para refundar ideológicamente al sector, la administración 2010-2014 habría profundizado sus carencias discursivas. Hoy la centroderecha chilena estaría dedicada básicamente a lo que el autor llama la “micropolítica” de la escaramuza, la consigna y una inoportuna combinación entre mutismo y ruido. Para peor, socialmente se ha parapetado en dos o tres comunas del sector Oriente, perdiendo su dirigencia contacto real con el drama cotidiano. Desde la perspectiva intelectual, remata Herrera, la derecha prácticamente dejó de participar seriamente en aquellas estructuras y tribunas donde se disputa el poder y la influencia social, desde las universidades a los sindicatos.

Todo esto es grave, según entiendo, no solo para la derecha. Chile entero pierde si la izquierda monopoliza los términos del debate, pues se esfuma la posibilidad de un progreso dialéctico y sustentable en el largo plazo. Es indesmentible que valores que históricamente ha defendido la derecha –como la idea de orden, de esfuerzo personal, de nación y de libertad- tienen eco en vastos grupos de la población. Pero esos valores no se promueven solos. Requieren de un “aparato conceptual suficientemente denso y sofisticado” para pasar a la ofensiva. La derecha contemporánea, piensa Herrera, no está en condiciones de organizar ni siquiera sus propios principios en forma robusta. Mucho menos de tener un discurso político de vanguardia, como alguna vez lo tuvo.

He aquí una primera pista, sugiere el autor, para salir del pozo. La derecha no siempre fue igual de autista en el ámbito de las humanidades. Tuvo mentes lúcidas que desde distintas tradiciones articularon algo parecido a un pensamiento de derecha, apto para competir en los foros más exigentes del debate público nacional. Hugo Herrera destaca muy especialmente los nombres de Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards y Mario Góngora, quienes acompañan a Jaime Guzmán en el panteón de notables de la derecha chilena del siglo XX. Aquí habría que buscar para empezar la reconstrucción del tejido ideológico perdido. La idea de Herrera no es replicar planteamientos de otra época, sino desenterrar la diversidad de tradiciones intelectuales de la derecha criolla.

En este punto me quiero concentrar. Mientras el senador Andrés Allamand promueve la idea de un partido político único de centroderecha, Herrera propone echar a andar en la dirección opuesta. En lugar de intentar homogeneizar las distintas corrientes existentes en una sola plataforma, el autor sostiene que ésta es la hora de olvidarse de la ingeniería electoral para dejar que las fuerzas centrífugas se expresen. En otras palabras, que teniendo a la vista la necesidad imperiosa de madurar un discurso versátil, denso y complejo, es preferible la fragmentación pluralista antes que la unidad monoparlante. Herrera identifica cuatro grandes tradiciones discursivas de la derecha chilena que resultan de la combinación de dos ejes: uno, liberal / no-liberal; el otro, cristiano / laico. Así, la primera opción es friedmaniana en lo económico y conservadora en materias morales. O sea, algo parecido a lo que abunda en el gremialismo y en parte de RN. La segunda alternativa no es liberal sino socialcristiana y eventualmente comunitarista, la que Herrera identifica históricamente en la Falange y actualmente en grupos nuevos como como Solidaridad en la UC. La tercera tradición es liberal y laica, que según el autor está representada desde hace poco por Amplitud pero encuentra sus raíces en el Partido Liberal y alguna vez también estuvo presente en RN. Finalmente encontramos la doctrina laica y nacional-popular que comienza en el Ibañismo, se extiende al agrario-laborismo, se funde en el Partido Nacional y tiene sus huellas digitales en la fundación de RN.

En concreto, la propuesta de Hugo Herrera es reactivar estas tradiciones para iniciar a continuación un ejercicio intelectual donde los extremos se vayan atenuando por el efecto del diálogo. Así, por ejemplo, los grupos socialcristianos tendrían que aceptar la imposibilidad de imponer criterios morales en un contexto de pluralismo religioso, del mismo modo que los amantes del laissez faire se verían en la obligación política de aceptar la ampliación del ámbito de atribuciones económicas y regulatorias del estado. Según el autor, es especialmente la tradición liberal –tanto en su versión cristiana como laica- la que podría verse beneficiada si absorbe influencias del discurso socialcristiano y nacional-popular. Se desprende del texto un cuestionamiento a los discursos excesivamente individualistas que pierden de vista la dimensión social y colectiva de los procesos políticos. Sería una exageración presentar a Hugo Herrera como un capitalista autoflagelante, pero es evidente que comparte una idea que ya ha sido expuesta por Daniel Mansuy y otros académicos en la órbita de la derecha: la política debe gobernar al mercado, poniéndole las riendas que sean necesarias para alcanzar los objetivos democráticos trazados. En su visión, la narrativa Chicago Boys auspiciada por la dictadura se excedió –consciente o inconscientemente- al confundir el éxito material atomizador con la realización plena del espíritu humano. Quizás por lo mismo Herrera le pide a la derecha volver a mirar a Góngora y su idea aromáticamente aristotélica de la sociedad política como cuerpo orgánico. También por lo anterior, Herrera rechaza de plano la sugerencia que la derecha es una mera asociación oligárquica de intereses económicos –como llegó a sugerir Carlos Peña a propósito de los vínculos entre la UDI y el grupo Penta. Históricamente, insiste Herrera, la derecha ha tenido un relato eminentemente político, que si bien ha sido neutralizado circunstancialmente en las últimas décadas, está latente en el resto de las tradiciones discursivas mencionadas.

La paradoja es que, para que la propuesta de Herrera vea la luz, es menester no hacer nada por un tiempo. Literalmente, el filósofo presenta la táctica de no-actividad como alternativa a la premura irreflexiva de los políticos profesionales. La razón es sencilla: estas cuatro tradiciones necesitan de aire para volver a crecer autónomamente antes de ser forzadas por las circunstancias a difuminarse y transigir. Sólo entonces, sostiene Herrera, tendrá la derecha una caja de herramientas discursivas lo suficientemente plural y compleja para estar a la altura del desafío del futuro. La intelectual no es la única tarea a acometer, por cierto. El autor también demanda un esfuerzo paralelo por reconectarse con la experiencia diaria de la realidad nacional.

“La derecha en la Crisis del Bicentenario” cierra con un nutrido apéndice donde Herrera pasa revista a “La fatal ignorancia” (2009) de Axel Káiser, “Gobernar con principios” (2012) de Francisco Javier Urbina y Pablo Ortúzar, “El malestar de Chile” (2012) de Marcel Oppliger y Eugenio Guzmán, “Chile camino al desarrollo” (2012) del ex ministro Cristián Larroulet, “El regreso del modelo” de Luis Larraín, “Con la fuerza de la libertad” (2013) de Jovino Novoa, y “Virar derecha” (2014) del ex diputado Gonzalo Arenas. Herrera concluye que la vertiente liberal (ya sea laica o cristiana) está sobrerrepresentada, dándole soporte a su intuición: se echa de menos tanto la rama socialcristiana como la nacional-popular, que ninguna de las obras precedentes parece encarnar.

En síntesis, el libro de Hugo Herrera constituye una lectura instructiva y estimulante para los estudiosos de la política chilena y especialmente provocativa para quienes, desde la derecha, están dispuestos a reflexionar sobre las carencias de su sector en lugar de lanzarse al cuadrilátero de los eslóganes baratos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/03/20/000315-un-manual-para-salir-del-pozo

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