LOS ESPÍRITUS DEL CAPITALISMO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de abril de 2015)

Chile y Argentina, países hermanos, han transitado derroteros históricos similares. En las últimas décadas ambos han experimentado dictaduras militares y procesos de modernización democrática. Paralelamente, en el campo económico, tanto Chile como Argentina han sido laboratorios de las recetas del llamado Consenso de Washington (al que sus críticos se refieren sencillamente como el modelo neoliberal). El resultado de la aplicación del neoliberalismo ha sido, sin embargo, disímil: mientras en Chile los principios de la economía libre profetizada desde las aulas de Chicago se arraigaron con bastante éxito, en Argentina nunca echaron suficientes raíces. Por el contrario, fueron impugnados recurrentemente. Este fenómeno es el que Tomás Undurraga, Doctor en Sociología de la Universidad de Cambridge, aborda e intenta explicar en su reciente publicación “Divergencias: Trayectorias del Neoliberalismo en Argentina y Chile” (UDP, 2014). La obra de Undurraga ilustra con claridad cuáles fueron –y siguen siendo- las diferencias entre ambos procesos de instalación del capitalismo de mercado. En esta reseña me propongo analizar tres de sus aristas.

Distintos tipos de suelo

El autor contrasta las condiciones políticas y culturales en las cuales se produce la importación de un modelo teóricamente ajeno a la práctica latinoamericana. El régimen militar chileno contó con el tiempo y distancia propicios para la aplicación unilateral y vertical de sus reformas. Nunca se vio en la necesidad de transigir o compensar a los eventuales perdedores del nuevo orden. Los gobernantes argentinos tuvieron que enfrentar una serie de contratiempos que dificultaron la instalación efectiva de una economía de mercado. Sus idas y vueltas fueron minando la legitimidad de un modelo que ni siquiera en sus mejores momentos –con Menem a comienzos de los noventa- tuvo aceptación hegemónica. La ciudadanía argentina, acostumbrada a negociar cuotas de poder en condiciones de relativa horizontalidad, no fue hueso fácil de roer. En contraste, los chilenos abrazaron el credo libremercadista con menos reticencias. La desintegración del tejido social y la ausencia de una cultura democrática robusta crearon las condiciones idóneas para la subrogación de los espacios propiamente políticos por la jurisdicción de lo económico: el ciudadano se reconvirtió en cliente y consumidor. Los chilenos aceptaron que la clave del éxito estaba en el esfuerzo individual y no en la captura de estructuras colectivas, corporativas o estatales. Ese habría sido el triunfo cultural más resonante del neoliberalismo en Chile. Por cierto, reconoce Undurraga, los éxitos de la economía chilena contribuyeron a legitimar el modelo. La democratización del acceso a bienes materiales y posicionales, el crecimiento económico sostenido que permitió a millones de chilenos salir de la pobreza dura y las perspectivas de un país en el umbral del desarrollo animaron –especialmente a la Concertación- a continuar por la misma senda. Sin resultados positivos, quizás otro gallo habría cantado también en Chile.

Sin embargo no fueron sólo los éxitos del capitalismo los que le permitieron al neoliberalismo chileno campear sin adversarios durante veinticinco años. Undurraga sugiere observar ciertos rasgos idiosincráticos para entender la disparidad de experiencias de capitalismo en Chile y Argentina. Nuestro país ya contaba con una tradición legalista que proporcionaba un marco general para la aplicación de una economía con reglas liberales, la que fue profundizada a partir de la ejecución capitalista. Chile adquirió chapa de sistema institucional maduro y estable, garante de seguridad jurídica, fiero defensor del derecho de propiedad, promotor de la libre competencia, creando de paso un ambiente óptimo para invertir y hacer negocios. Un cuento distinto se contó de los argentinos, poseedores de un sistema político tomador de decisiones económicas a partir de la presión política. Esta volatilidad en sus compromisos no hacía de Argentina el lugar adecuado para fundar una economía con reglas liberales. La tesis subyacente es que la condición de éxito del neoliberalismo a la chilena fue que el orden económico subordinó al orden político. El fracaso de su símil trasandino se caracterizaría por la relación inversa. Aunque el autor no lo menciona expresamente, cuesta no pensar en el célebre telefonazo del entonces Presidente Piñera a los dueños de Barrancones como la expresión más típica de la versión argentina. Lo que para nosotros fue una erosión grosera de la institucionalidad, en el país vecino habría sido una demostración corriente de flexibilidad y gobierno manos a las obra. En efecto, señala Undurraga, nuestra clase política –sedienta de acuerdos- se refugió en la supuesta neutralidad política del mercado como un espacio de no-conflictividad. Los argentinos, más acostumbrados a la discrepancia frontal, nunca aceptaron las credenciales de imparcialidad universalista del neoliberalismo. Según su visión, el campo de la economía -como cualquier otro- debe estar disponible para ser litigado, negociado, asignado, cuoteado y distribuido según criterios políticos. De ahí que produjeran su propia variante del capitalismo, una versión “nacional-popular” que se ha incorporado como herramienta prevalente de proselitismo político en la retórica de los Kirchner.

Un asunto de reputación

Una de las secciones más interesantes del recuento de Undurraga es el contraste en torno a la figura del empresario. Mientras en Chile se ensalzaron sus virtudes profesionales, patrióticas y morales -una suerte de héroe moderno, protagonista del país ganador, sostenedor del progreso para todos- en Argentina pasó a convertirse en sinónimo de ganancia mal habida y cohabitación impropia con el poder. En jerga del caso Penta, mientras los empresarios chilenos fueron considerados “máquinas de crear empleo”, sus pares argentinos son hasta ahora vistos como “máquinas de defraudación”.

La posición de privilegio reputacional del empresario chileno tiene implicancias políticas. Undurraga describe una importante asimetría en los niveles de organización del empresariado en ambos países. La fragmentación y rivalidad de los empresarios argentinos –con defensa sectorial de intereses- contrasta con la afinidad ideológica y el sentido “de cuerpo y clase” de los empresarios chilenos. Las conexiones políticas de estos últimos son evidentes. Su influencia es resonante en cada una de las discusiones públicas relevantes. En Argentina, comenta Undurraga, sería impensable que los candidatos a la presidencia tuvieran que rendir examen ante una organización pro-empresarial, como ocurre regularmente en Chile. Por lo mismo, los empresarios del país vecino no vocean su oficio con orgullo ni se sienten socialmente autorizados a dictar cátedra sobre la marcha de la nación en sendas entrevistas a página completa. Nada más distinto en Chile, donde los empresarios son actores ampliamente legitimados en el debate de cara al país. Sólo recientemente han comenzado a ver su capital simbólico cuestionado. El héroe noventero ha caído en parcial desgracia, anota Undurraga.

Junto a una prensa económica singularmente nutrida –Undurraga está pensando especialmente en El Mercurio pero menciona otros proyectos como esta misma revista-, un importante grupo de escuelas de negocios –donde destaca por su rol histórico la escuela de Economía y Administración de la PUC-, influyentes Think Tanks de corte liberal –como el CEP o Libertad y Desarrollo- y un robusto sector de consultorías de negocios, los empresarios organizados en foros como ICARE han contribuido a la generación de auténticos circuitos culturales con la misión de revitalizar la justificación moral del capitalismo, “instalando nociones virtuales acerca de las supuestas formas en que funciona el mundo”. La observación del autor es interesante porque subraya que el modelo económico no es natural sino que ha sido naturalizado como resultado de un proceso largo, coordinado e intelectualmente bien trabajado. El capitalismo, indica Undurraga, necesita de un aparato reflexivo que esté invirtiendo continuamente en la promoción de sus virtudes. Así por ejemplo, banderas como el emprendimiento, la innovación y la responsabilidad social se habrían enarbolado justamente como respuesta a las críticas que recibió el capitalismo europeo aparentemente estático de los años sesenta. Se desprende que los circuitos culturales chilenos tendrían la misión política de reverdecer los laureles del modelo ante la asonada de descontento que se ha registrado en el último tiempo.

El resorte de la máquina

“Divergencias” abre con una mención a las grandes narrativas de justificación del capitalismo. Parte con Adam Smith y la idea de la propensión humana al intercambio comercial, que en el camino será capaz de impactar positivamente en el comportamiento de los individuos a través de la promoción de una serie de virtudes como honestidad, confianza mutua y prudencia en el vivir. Sigue con Max Weber y su idea de la vocación por el trabajo y la riqueza como componente de una determinada ética religiosa y cultural. Continúa con Schumpeter, la noción de espíritu emprendedor y la dinámica de destrucción creativa que sería propia de los modelos de libremercado. Menciona a Karl Polanyi y su crítica a la potencialidad eminentemente destructiva del capitalismo para las sociedades. Llega finalmente a las recientes contribuciones de Boltanski y Chiapello, que justamente apuntan a la necesidad frecuente de renovar estas narrativas de justificación en orden a renovar su legitimidad social. “Divergencias” cierra preguntándose si acaso alguno de estos “espíritus del capitalismo” empalma con la narrativa y la realidad de los modelos chilenos y argentinos. Undurraga es escéptico. La tierra prometida por Smith no se ha hecho carne en la región. Contra el relato triunfalista noventero, el resorte de la máquina -como le llamaba Diego Portales a la virtud ciudadana que sostendría a la república- aparece más bien dañado: no es precisamente honestidad y confianza lo que está transmitiendo la elite económica. Reconoce que los sectores conservadores del empresariado chileno han adoptado un discurso pseudo-religioso para justificar su proceder –la mortificación del trabajo del Opus Dei es nuestro correlato al protestantismo de Weber- pero que no ha bastado como elemento legitimador masivo. Identifica a Schumpeter en la retórica del emprendimiento y la innovación, pero aclara que los empresarios chilenos son generalmente aversos al riesgo, mientras los procesos de creación de valor y la producción de nuevos conocimientos se concentran en la cima de la jerarquía y no se suelen traspasar a los trabajadores. Se pregunta si acaso las tesis de Boltanski y Chiapello son aplicables a un contexto tan específico como el nuestro. En síntesis, Undurraga deja abierta la pregunta sobre los futuros espíritus del capitalismo en Chile y Argentina, bajo la premisa de que las viejas narrativas requieren ser renovadas por los aparatos reflexivos que sostienen el modelo económico.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/04/17/000419-los-espiritus-del-capitalismo

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