LA CHIVA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 30 de abril de 2015)

Si los dioses de la democracia lo hubiesen dispuesto de otra forma, obsequiándome un centenar de votos adicionales en la primaria que perdí en mayo de 2012, habría tenido que enfrentar al entonces alcalde Labbé en las elecciones generales que se realizaron en octubre del mismo año. Haciendo política ficción, una de mis primeras tareas habría sido conformar un comando menos amateur y más profesional, a la altura del desafío electoral. La campaña habría necesitado de cuantiosos recursos económicos que obviamente yo no estaba en condiciones de proveer (tomando en cuenta que todavía debo plata por los pocos pesos que costó la precandidatura). En alguna reunión crucial para abordar el incómodo tema del financiamiento, me habrían presentado a un recaudador experimentado. Éste me habría explicado con peras y manzanas el recorrido necesario para juntar los doscientos millones de pesos que costaría el abordaje de una comuna como Providencia. Probablemente me habría pedido una lista de personas de confianza que pudieran emitir boletas para empezar a tramitar esos recursos. Me habría transmitido, con tono seguro y despreocupado, que ése era el procedimiento estándar. En una de esas, yo le habría dado luz verde. No puedo poner las manos al fuego por mí. Aunque al puritanismo le moleste, es comprensible que la certeza de que “todos lo hacen” disminuye sustantivamente la sensación de ilicitud o culpa en estos casos.

Puede que al lector le resulte raro que alguien busque ponerse en una posición culpable por un delito hipotético, en circunstancias que la enorme mayoría de los políticos acusados se sacan los balazos por faltas que sí cometieron. Pero lo hago para subrayar que lo más hediondo de la situación actual no es la extendida violación de la ley electoral, sino la sistemática propensión a negarlo. Es la mentira la que corroe la confianza pública. Es la repetición de chivas consuetudinarias con rostros impertérritos. Es la obsesión por el ocultamiento de lo que ya es público y notorio. Es la arrogante premisa de que a la ciudadanía siempre se le puede pasar gato por liebre. Es la tendencia a querer vernos la cara.

Todos metemos la pata. Los políticos no son la excepción. El deber moral es asumir las responsabilidades del condoro. Dicen que a los estadounidenses no les molestó tanto saber que Bill Clinton se enredó con una becaria de la Casa Blanca, sino que mintiera al respecto. Tuvo que pedir perdón para salvar el cargo. Hasta el senador Iván Moreira rescató algo de su dignidad cuando se anticipó a su partido y se disculpó por haber recurrido a un modelo de financiamiento trucho. La desconfianza ciudadana se erosiona parcialmente con los expedientes de Penta, SQM o Caval, pero se termina de ir al carajo cuando los protagonistas se hacen olímpicamente los lesos.

En ese deporte, lamentablemente, ambas coaliciones son competitivas. Las chivas de unos han sido equiparadas por las chivas de los otros. El problema es que ahora la chiva se fue a instalar a La Moneda y, como dice la canción, no quiere salir de ahí. ¿Cuál es la probabilidad real de que el ministro del Interior Rodrigo Peñailillo haya efectivamente elaborado un informe millonario sobre la crisis económica europea en calidad de consultor profesional y no como fachada para trasladar platas políticas? No es inexistente, pero a la luz de los antecedentes conocidos –el mandante es un viejo operador concertacionista con una empresa de papel cuya principal función era servir de caja receptora y pagadora de fondos para campañas- es muy pero muy baja. Casi todos los “prestadores de servicios” de Giorgio Martelli estaban vinculados al bacheletismo; hay que ser demasiado inocente para creer que eran sus credenciales académicas las requeridas. La tesis más plausible es que Peñailillo, como los centenares de nombres que han salido al baile, haya emitido boletas ideológicamente falsas.

Insisto que eso no me parece particularmente grave. Quizás peque de cínico pero así se hacían las cosas. Lo que genera genuina rabia es que la clase política permitió que escalara el reproche ético con una hipocresía inaudita. En todos los partidos había figuras con las manos manchadas, pero todos operaron con la misma teoría: seguimos adelante hasta que nos pillen. Y si nos pillan, inventamos un cuento. Me recuerdan a un tío que decía que las infidelidades había que negarlas aunque uno fuera sorprendido enredado entre las sábanas. Total, siempre podía ejercer su poder persuasivo para convencer a su mujer de que todo era fruto de su loca imaginación.

Si La Moneda se hubiese anticipado a reconocer que el boleteo irregular se trataba de una práctica extendida incluso entre los suyos, quizás podría haber controlado mejor los daños. Quizás habríamos llegado a entenderlo. Al menos yo lo habría entendido: he confesado que en la difícil circunstancia de financiar una campaña, quizás habría hecho lo mismo. Pero el gobierno prefirió apostar a la riesgosa estrategia de cruzar los dedos y esperar que la bomba explote en el jardín del vecino. Naturalmente, hoy la confesión de culpabilidad es mucho más cara. Y por eso no les queda más remedio que la chiva.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/04/30/000411-la-chiva

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Una respuesta to “LA CHIVA”

  1. Raul Lecaros Says:

    cristobal, yo tb creo algo parecido. La política operaba de una forma..,la mejor, claramente no, pero no es para quemar gente. Otra cosa ha sido el circo posterior, gente pontificando, gente tratando de tapar el sol con un dedo, eso termina por dar ganas de vomitar. Un poco de valentía, aunque no me cae bien, algo tiene Moreira, q al menos dijo la verdad al verse pillado. Eso merece algo respecto de quienes exhiben contratos postdatados e informes mulas

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