EL REY DAVID

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de mayo de 2015)

Cinco años más en el poder se aseguraron los conservadores británicos. En una elección que fue etiquetada como trascendental por los analistas, el resultado tuvo bastante de sorpresivo y hasta de dramático. A continuación las claves de la victoria de los tories.

La graduación de un líder

El establishment conservador siempre abrigó dudas acerca de la competencia política del joven David Cameron –que con solo 38 años tomó el control de su partido y lo condujo hacia una etapa de modernización. En 2010 lo criticaron porque, en estricto rigor, no fue capaz de ganar la elección: los escaños obtenidos no le bastaron para formar una mayoría parlamentaria. Cameron tuvo que recurrir a los Liberal Demócratas y formar una inédita coalición. Esta vez, sin embargo, no hicieron falta fuerzas auxiliares: los conservadores superaron su votación y aseguraron 331 asientos de un total de 650. El mérito le pertenece, en gran parte, a Cameron. Este es un tapabocas para sus críticos. El propio primer ministro la calificó como “la más dulce de todas las victorias” de su carrera.

La narrativa de los tories fue sencilla: recibieron un país en recesión y hoy exhiben una economía en buen estado, que crece más que el resto de Europa y ha alejado definitivamente el fantasma del desempleo. Reducir el déficit fiscal sigue pendiente. Las políticas de austeridad siguen siendo tremendamente resistidas. Pero sumando y restando, la percepción es que  Cameron logró pasar la prueba crucial de la recuperación económica. Eso lo fortaleció frente al recuerdo fresco de una gestión laborista considerada irresponsable con las platas públicas así como errática para enfrentar la crisis. No fue una sorpresa que el mundo financiero –la City- le diera la bienvenida a su reelección con una jornada de alzas en la bolsa.

Eso no fue todo. Los conservadores pusieron en práctica una exitosa campaña del terror. Convencieron al electorado moderado que un triunfo de Milliband era sinónimo de cogobierno con los nacionalistas escoceses del SNP. Varios analistas estiman que la victoria de Cameron empezó a fraguarse la noche del referéndum que decidió la no-independencia de Escocia, cuando advirtió que no era mala idea que sólo los ingleses votaran acerca de leyes inglesas. Un tufillo a nacionalismo se tomó la campaña, lo que eventualmente también sirvió para mantener a raya el crecimiento de la extrema derecha representada por el Ukip.

Un reino dividido

La estrategia pudo ser exitosa desde el punto de vista electoral, pero quedan dudas si acaso no se transformará en una victoria pírrica para el Reino Unido. La epopeya electoral del SNP da cuenta de un fenómeno de proyecciones históricas insospechadas. De los 57 asientos de Westminster que se eligen en territorio escocés, en 2010 obtuvieron 6. Hoy tienen 56. Los principales damnificados fueron los laboristas, que fueron barridos del mapa al norte de la isla.

Este resultado puede sonar contraintuitivo. A fin de cuentas, fue justamente la opción separatista del SNP la que perdió en el referéndum del año pasado. Pero parece que los escoceses, por ahora, no quieren necesariamente irse del Reino Unido, sino contar con un cuerpo de orgullosos representantes que entiendan realmente los problemas de su pueblo. El referéndum, lejos de apagar la llama nacionalista, la potenció. “El león escocés rugió a lo largo del país” señaló el carismático Alex Salmond. Vaya que lo hizo. De pasada, dejó a Gran Bretaña partida ideológicamente en dos: a un lado, la Inglaterra conservadora de derecha; al otro, la Escocia progresista de izquierda.

La energética líder del SNP Nicola Sturgeon –probablemente la figura política más destacada de la campaña- ha dicho que estos extraordinarios resultados no activan automáticamente la demanda de independencia. Hasta ahora, nadie ha pedido un nuevo referéndum. La principal misión del SNP será amargarle la vida a Cameron en el parlamento, especialmente cuando éste busque profundizar las políticas de austeridad. Tienen 56 buscapleitos para ello.

Un valle de lágrimas

A diferencia de lo que ocurre habitualmente en Chile, en Reino Unido los políticos asumen su responsabilidad después de perder una elección. La primera cabeza que rodó fue la del líder laborista Ed Milliband. Aunque esta fue recién su primera elección –asumió como cabeza del partido en 2011- el estruendo de la derrota hizo imposible que continuara. Hasta la mañana del jueves 7 de mayo, muchos observadores pensaban que los laboristas podían quedarse con el gobierno (aunque negociando con facciones menores). El contraste entre la expectativa y la realidad fue cruel. Milliband está lejos de ser un político portentoso. Aunque en la recta final de la campaña mejoró sustancialmente su capacidad de comunicarse, la opinión pública nunca lo vio realmente en el traje de primer ministro.

Por cierto, no toda la responsabilidad la tiene el intérprete. En el corazón del laborismo la pregunta es si acaso el discurso ofrecido a los electores no era demasiado izquierdista para el paladar británico. Red Ed –como le bautizó la prensa conservadora- hizo carrera criticando duramente el New Labour de Tony Blair y su propio hermano David Milliband. Su estrepitosa caída le permite a los Blairistas recuperar la voz y recordar las enseñanzas del maestro: para ganar elecciones, siempre hay que apuntar al centro. No es casualidad que Cameron y compañía también se refieran a Blair como el “maestro”.

Las lágrimas también fueron abundantes entre los LibDems. De ser la sensación eleccionaria de 2010 –cuando obtuvieron 57 escaños y casi un tercio de la votación general- pasaron al fiasco monumental de 2015 –con apenas 8 representantes electos y un magro 8% a nivel nacional. Su líder, Nick Clegg, también dio un paso al costado. Sabían que la ciudadanía les pasaría la cuenta por su controvertida performance al interior de la coalición gobernante. Pero no se esperaban esta debacle. Clegg cerró su discurso de despedida con una predicción fúnebre: los valores del liberalismo europeo están en peligro ante la emergencia de certezas que en el contexto global se encarnan en la política de la identidad, del nacionalismo, del “nosotros contra ellos”.

Otro sistema electoral que no da más

A propósito de discursos nacionalistas, el tercer líder que renunció –al menos momentáneamente- es Nigel Farage del Ukip, pues no pudo ganar en el distrito en el cual se presentó. De hecho, su partido sólo fue capaz de ganar un mísero escaño. Pero ese dato es engañoso. El Ukip bordeó el 13% de la votación general. Llegaron en apretado segundo lugar en decenas de distritos electorales, pero como el sistema británico es uninominal (“First Past The Post”), se quedaron con las manos prácticamente vacías. En 2010 las víctimas fueron los LibDems, que incluso empujaron un referéndum para cambiar el sistema electoral. Lo perdieron. Esta vez los perjudicados fueron los candidatos del Ukip. Con casi 4 millones de votos, tienen apenas una voz en Westminster. Usando la misma matemática, los conservadores obtuvieron un asiento cada 34 mil sufragios. Es una desproporción que violenta el sentido común y por eso es probable que el tema reflote prontamente. Especialmente ahora que sabemos que terceras, cuartas y quintas fuerzas políticas pueden pararse de igual a igual con los partidos tradicionales. Reino Unido está dejando de ser un clásico modelo bipartidista.

Otro aspecto destacado de la elección fue su significativa participación, especialmente tomando en cuenta que se trata de un sistema con registro electoral voluntario, voto voluntario, día eleccionario hábil y prohibición de convertir la ciudad en un chiquero de palomas, rayados y gigantografías. Así y todo, un 66% de los ciudadanos del Reino Unido ejerció su derecho constitucional. El número más alto desde la irrupción de Blair en 1997. Otra interesante diferencia con el debate chileno: los británicos entienden perfectamente bien que las contiendas más reñidas funcionan como incentivos a la participación, y a nadie se le ocurre proponer la obligatoriedad porque en una determinada elección vota poca gente (como ocurrió en la última presidencial que ganó Michelle Bachelet). Lo que más destacan los medios es el incremento del sufragio juvenil: seis de cada diez personas entre 18 y 24 años concurrió a las urnas. Los más entusiastas fueron los escoceses.

La batalla por Europa

La mayoría que obtuvo Cameron le basta para gobernar solo, pero sigue siendo una mayoría estrecha. Sus adversarios no le concederán tiempo para una segunda luna de miel. El temor de las fuerzas progresistas es que los conservadores quieran aprovechar de desplegar una agenda ideológica neo-Thatcheriana que, en teoría, era contenida por los LibDems con los cuales compartían gobierno. Ahora nada frena sus instintos. Se anticipan recortes en ciertos beneficios sociales, así como un leve endurecimiento del discurso anti-inmigración. Pero principalmente, se espera que el asunto europeo tome el centro del escenario.

David Cameron prometió un referéndum para decidir si Reino Unido se queda o se va de la Unión Europea, que debería tener lugar en 2017. Muchos actores políticos consideran que abrir la puerta a esta discusión es un error estratégico. Milliband, por ejemplo, no lo habría llevado a cabo. Pero Cameron ya está casado con su anuncio. Tiene dos años para renegociar su relación con Bruselas y presentarle a su partido una vía razonable para seguir en la UE, cuidándose de no regalarle a la extrema derecha el voluminoso electorado euroescéptico.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/05/15/000545-el-rey-david

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