MICHELLE BACHELET Y LA VIRTUD DE LA AMBIGÜEDAD

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 16 de agosto de 2015)

Al finalizar su primer mandato, Michelle Bachelet rondaba la friolera de ochenta puntos de aprobación. Una de sus principales virtudes carismáticas, se dijo entonces, era su capacidad de transmitir que todos –o casi todos- podían verse representados en ella. Para obrar esa magia hay que jugar con definiciones lo más gruesas posibles. O derechamente, con la indefinición. Así, Bachelet perfeccionó el arte de la ambigüedad y lo convirtió en un arma retórica infalible. La Presidenta decía poco pero los políticos de diversa procedencia interpretaban sus palabras en su favor. Había una Michelle para todos: socialistas, progresistas, comunitaristas, liberales y hasta el Bacheletismo-Aliancista de Joaquín Lavín.

¿Cambió Bachelet en su segundo mandato? La verdad es que no. Sigue apostando a la indefinición. La diferencia es que no es lo mismo ser ambigua con ochenta puntos que con veinte. Con veinte puntos se activa la reacción inversa: todos encuentran en sus palabras un motivo de crítica, especialmente cuando el objetivo es desmarcarse. El esfuerzo que antes se hacía por identificar las coincidencias discursivas con el fenómeno de los ochenta puntos, nadie lo hace por salir en la foto con la decepción de los veinte.

Fue lo que ocurrió con la comentada entrevista que dio en un medio nacional el pasado domingo. Sus detractores la leyeron como una declaración de guerra, una retirada al extremismo, una abdicación del realismo. Pero Bachelet no hizo nada de eso. Si bien es cierto que señaló que quienes creían que Burgos y Valdés llegaban para cambiarle rumbo a su presidencia “hicieron una lectura equivocada” (no sé quién esperaba sinceramente que dijera lo contrario sin debilitarse gratuitamente como autoridad), un poco antes afirmó: “yo comparto plenamente el escenario que los ministros Rodrigo Valdés y Jorge Burgos tienen, en el sentido de que tenemos que actuar de manera realista”. Es decir, la primera mandataria sigue fiel a su registro: dice una cosa y luego dice otra. ¿Confuso? Probablemente ¿Contradictorio? Quizás. Pero de ahí a señalar que Bachelet prefirió a los comunistas por sobre los democratacristianos, o le quito el piso a sus nuevos ministros, hay mucho trecho.

No, Bachelet sigue igual que antes. Lo que ocurre es que antes se le perdonaba todo, como se hace con los ídolos. Tenía un campo de fuerza que evitaba que le entraran balas. Ese campo de fuerza lo extinguió su primogénito Sebastián Dávalos. Ahora la ciudadanía la mira como una política más: no tiene propiedades místicas, no sana a los enfermos, no camina sobre las aguas. Sin mediar el caso Caval, la economía podría andar igual de mal y algunas reformas ser igual de impopulares, pero ella no andaría a patadas con el veinte-por-ciento. Seguiría apelando a la virtud de la ambigüedad que tantos frutos dio en su carrera política. Con más éxito que ahora, seguramente.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-08-16&NewsID=322193&BodyID=0&PaginaId=14

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