MARX, DARWIN Y LOS LÍMITES DE LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de agosto de 2015)

Cuenta la leyenda que Karl Marx se fascinó con las conclusiones de las investigaciones de Charles Darwin. Al menos, en la dimensión en la cual se sugería que la historia de la biodiversidad no requería de intervenciones divinas y podía explicarse enteramente a partir de fenómenos materiales. Tanto fue el entusiasmo que Marx envió a Darwin una copia de sus propios escritos, los cuales –al parecer- no habrían sido digeridos con el mismo entusiasmo por el naturalista inglés. En el entierro de Marx, su amigo Friedrich Engel fue más allá: comparó el descubrimiento marxiano de las leyes del desarrollo humano con el descubrimiento darwinista de las leyes del desarrollo orgánico de las especies. Sin embargo, este entusiasmo tenía un límite. El propio Marx siempre desconfió de aquella parte en la cual Darwin –siguiendo a Malthus- enfatizaba la lucha por la sobrevivencia a partir de la fatal combinación entre sobrepoblación y escasez de recursos. La inclinación “natural” de los seres humanos por diferenciarse, competir y superar a sus pares representaba un problema tanto para la teoría normativa del socialismo utópico como del científico.

Cien años después, la izquierda marxista reaccionó con igual incomodidad ante los hallazgos de la naciente sociobiología. Según controversiales investigadores como el entomólogo E.O. Wilson, la cultura humana estaba prácticamente determinada por su herencia genética. En consecuencia, el espacio para modificar su conducta social a través de instituciones políticas o económicas era reducido… un balde de agua fría para el anhelo socialista de modelar un hombre nuevo. El marxismo quiso entender la teoría de la evolución como un proceso biológico que terminaba en el amanecer de la cultura, cuando la especie humana emancipada de la tiranía de sus genes podría elevarse en la construcción de un mundo diferente. Pues la sociobiología portaba una ingrata noticia: tan diferente no podría ser. A los seres humanos les costaría demasiado vivir bajo sofocantes reglas igualitaristas. De ahí la célebre sentencia de Wilson acerca del comunismo: “Gran idea, pero en la especie equivocada… funcionaría si fuésemos hormigas”.

Desde entonces, la izquierda post-marxista se ha visto obligada por las circunstancias de la realidad a replantear algunos de los presupuestos de su proyecto político. No porque haya que vivir de acuerdo a las descripciones de una teoría científica –sabemos desde Hume que los hechos no constituyen enunciados de valor- sino porque esas descripciones actúan como restricciones de lo posible. Filósofos de izquierda como Peter Singer se han abocado a la elaboración de una propuesta ideológica que tome en consideración que -en el fondo- no somos más que mamíferos que aspiran a replicar su material genético. Esto explicaría  una serie de tendencias que nos parecen enteramente naturales. Como la de favorecer a nuestra prole por sobre la prole del vecino. O como la de acceder a dinámicas de cooperación social siempre y cuando exista “altruismo biológico” o reciprocidad. En efecto, Singer propone abandonar la premisa de una naturaleza humana completamente modificable a través del influjo de la cultura. También recomienda desechar la idea de que toda desigualdad debe interpretarse como resultado de una relación necesariamente opresiva (pues la persecución de estatus diferenciador está en nuestra herencia adaptativa: a nuestros antepasados les fue muy útil para incrementar su aptitud reproductiva). Esto no significa abdicar del sueño de una sociedad más igualitaria. Significa elaborar un plan que incorpore estos conocimientos para no seguir estrellándose contra la pared. Podría significar extraer lo mejor del fenómeno de la competencia para ponerla al servicio de lo público. O intensificar las estrategias de cooperación bajo reglas darwinianas. E, inexorablemente, cambiar de perspectiva respecto de la posición de los animales no-humanos que comparten con nosotros el planeta. En otras palabras, reconocer que si bien la cultura sobrepasa largamente el ámbito de la biología, sus raíces están en ella.

¿Tiene esta reflexión algún vaso comunicante con lo que estamos viviendo en Chile? Podría tenerlo. En la narrativa histórica de la izquierda, la dictadura “implantó” un modelo neoliberal que –a la larga- dio a luz a una sociedad individualista y competitiva. Eso explicaría, entre otras cosas, por qué las familias insisten en segregarse socialmente, haciendo lo posible por aventajar a sus propios hijos en la carrera de la vida. O por qué la acumulación material de riquezas se ha convertido en el criterio para asignar posición y estatus. O por qué muchas personas evalúan que sin incentivos al bienestar particular no hay razón para esforzarse más de la cuenta. O por qué tanta gente prefiere jugar al polizonte (free-rider) cuando perciben que no hay ganancia en la cooperación. Pero quizás –subrayo el quizás- estas conductas no fueron culturalmente injertados –menos por obra y gracia de un texto constitucional- sino que resisten interpretaciones naturalistas.

Nada de lo anterior sugiere que estas inclinaciones sean moralmente buenas o políticamente justas. Sin embargo, una izquierda reflexiva debiera estar abierta a la posibilidad que detrás de cada uno de estos fenómenos puede haber algo más potente que un eslogan de derecha o la protección de un interés de un grupo fáctico. Si esta hipótesis es correcta, el verdadero “realismo sin renuncia” consiste básicamente en reconocer que la ingeniería social tiene límites y que la política consiste en una larga y paciente lucha por modificar la realidad en sus márgenes. No es poco lo que se puede lograr.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/08/20/080813-marx-darwin-y-la-transformacion-social

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3 comentarios to “MARX, DARWIN Y LOS LÍMITES DE LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL”

  1. cbellolio Says:

    He recibido una serie de interesantes observaciones a esta columna que me gustaría comentar brevemente:
    1. No se debe confundir el proyecto científico-humanista de la sociobiología (la exploración de los fundamentos evolutivos del comportamiento humano) con el Darwinismo social a-la-Spencer, como se le llamó a fines del siglo XIX y comienzos del XX a una propuesta ideológica que intentó justificar la desigualdad en distintos ámbitos a partir de la narrativa de la “supervivencia de los más aptos”. En la sociobiología no está presente ese relato de justificación del capitalismo salvaje ni nada por el estilo.
    2. La columna NO plantea que los seres humanos estemos genéticamente determinados y no haya espacio para la transformación social. Señala explícitamente que ese espacio existe, pero antes de acometer los cambios hay que tomar en cuenta que llevamos unos 10 mil años de cultura vs un par de millones de Homo Sapiens. Lo que ocurrió en todo ese tiempo está inscrito en nuestra herencia y es un factor a considerar.
    3. Evidentemente la bajada a la realidad chilena tiende a ser forzada. La vieja dicotomía “nurture vs nature” es demasiado rica para ser reducida a la contingencia nacional. Pero he aquí mi intuición: más que una reprimenda al anhelo transformador ilimitado de la izquierda -tampoco creo que sea ilimitado- lo que trato de hacer es preguntar si acaso a la derecha no le serviría un marco conceptual y filosófico como el que ofrece el Darwinismo para generar un relato de fondo que se oponga al igualitarismo de izquierda. En lugar, entonces, de buscar en Jesse Norman y su Big Society, habría que buscar en Larry Arnhart y su Darwinian Conservatism (que pone acento en la imperfectibilidad humana, los gobiernos limitados, la propiedad privada, la vida familiar y la prudencia en el ejercicio del poder, entre otras cosas). Es sólo una idea, pero puede ser interesante y productivo (si se quiere escapar de los eslóganes necios del piñerismo y construir algo más denso, obviamente).
    4. Pero no solo la derecha puede ganar introduciendo la perspectiva darwiniana a su discurso. La izquierda también. Por un lado, hay evidencia de sociedades cazadoras-recolectoras fuertemente igualitarias, lo que pondría en duda la premisa de jerarquías naturales. Por otro, en los últimos años se ha rehabilitado la idea de la selección grupal (y no solo individual) como factor relevante en la dinámica evolutiva de las especies, incluida la humana. Ahí también hay mucho paño que cortar.
    5. Evidentemente, hay quienes piensan que la biología no tiene nada que decir sobre cómo y por qué los seres humanos vivimos como vivimos (hay algunas disciplinas que cuidan sus fuentes de trabajo), y en una de esas tienen razón. Yo discrepo. Creo que la ciencia entrega luces sobre lo que somos y que el conocimiento integra diversas disciplinas. Mientras más perspectivas y más integradas, mejor.

  2. Víctor Says:

    Si de los hechos no se siguen enunciados de valor, entonces el hecho de los genes sólo tiene una relevancia en el ámbito de la táctica. Pues de que ahora nuestros genes nos impulsen a ciertas conductas no se sigue que esto deba ser así, y que los genes no puedan ser modificados. O sea, de este hecho no se sigue que un proyecto que busque instaurar un régimen comunista de hombres-hormiga sea imposible o indeseable, sólo que quizá tarde unos cuantos millones de años en instaurarse.
    Entonces, al parecer (quizá me equivoque), el hecho de la evolución sí abre la posibilidad del proyecto comunista, por cuanto muestra que la especie humana se puede modificar. ¿Cómo enfrenta el liberalismo la existencia de esta posibilidad (la de que sea posible transformar a los hombres en hormigas)? ¿O no es posible?
    Si la ciencia no permite fundamentar juicios de valor, entonces quizá nos diga lo que somos, pero no lo que seremos ni lo que debamos ser. Pero entonces, ¿qué fundamenta los juicios de valor, si no es la ciencia? ¿Son los juicios de valor, entonces, a-científicos? Si decir que la ciencia es buena es un juicio de valor, ¿en qué se fundamenta? ¿En un acto de la voluntad?

  3. cbellolio Says:

    Gracias Víctor por tu comentario. En efecto es una observación sutil y con la cual no puedo teóricamente discrepar. Un proyecto igualitario podría tomar en cuenta las restricciones biológicas, por así decirlo, pero proponerse a sí mismo la derrota de los genes como aspiración politica. Más aun, podría en el futuro intervenir dichos genes para conseguir objetivos normativamente deseados. Que la naturaleza diga una cosa, sobre todo en términos darwinistas, no implica que siempre vaya a decir lo mismo. Lo que el artículo sostiene es que hay que tomar en cuenta esas restricciones, nada más. Por ejemplo, desde Platón hasta Engels ha habido pensadores que han propuesto la abolición de la familia y la cría común de los hijos. El darwinista te dice que antes de abalanzarse a la utopía (aunque sea fundada en los más nobles ideales igualitarios) hay que entender por qué razón los seres humanos tienen esa tendencia al “parental care” tan arraigada. La respuesta es evolucionaria y nos conecta con nuestra herencia animal. Pero no dice que sea “imposible” hacer algo al respecto en el futuro.
    Sobre el segundo punto, es un debate profundo y complejo. El darwinismo no tiene una ética normativa pero sí tiene una teoría respecto de los fundamentos de la moral. Reconoce, por ejemplo, que la violación es una estrategia de reproducción donde el macho subvierte la estrategia de la hembra de escoger pareja. Pero ningún darwinista te dirá que por eso hay que aprobar moralmente la violación. La dimensión normativa se ha independizado de la biología aunque aun la necesita -creo yo- para poder descifrar el origen de algunas tendencias humanas (buenas o malas, según el lenguaje normativo). En ese sentido específico se dice que la ciencia no hace juicios de valor. Pero cuestión distinta es si acaso la epistemología cientifica es neutral, si su proyecto metafísico es imperialista, si está asociada a una idea de progreso que consideramos deseable, etc. Finalmente, hay autores como Sam Harris (revisa The Moral Landscape, 2010) que sostienen que la ciencia ya cuenta con los elementos necesarios para determinar lo moralmente bueno y malo de acuerdo a la medición de estados de consciencia: aquello que nos proporciona felicidad a nivel neurológico es bueno, aquello que nos provoca sufrimiento es malo. Una teoría controvertida porque trata de fijar una noción objetiva-científica de la moralidad sin recurrir al teísmo. Saludos!

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