Archive for 29 noviembre 2015

EL OTOÑO DEL PATRIARCA

noviembre 29, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de noviembre de 2015)

Condenado por delitos tributarios en el marco del caso Penta. Así terminó Enrique Manuel Jovino Novoa, tótem de la UDI, padrino de generaciones gremialistas, ex senador por Santiago, uno de los hombres más poderosos de Chile. Con toda seguridad, el tribunal le dará presidio remitido. Esto significa que cumplirá su pena en libertad. Se salvó jabonado de la pena aflictiva y sus consecuencias. Dicen que sus abogados llegaron a un acuerdo con la Fiscalía para despachar el asunto rapidito en juicio abreviado y de paso evitarle al atribulado Jovino un castigo mayor. Pero no es necesario verlo tras las rejas para leer el episodio como una derrota durísima en lo personal y en lo colectivo.

En lo personal, porque Jovino no pasará a la historia como habría querido. No hace mucho que nos juró que no había cometido ilícito alguno. No hace mucho que sus seguidores dijeron que era un perseguido político. No hace mucho que, canchereando con los cargos que se le imputaban, calificó la investigación en su contra como “ideológicamente falsa”. En la audiencia del viernes, sin embargo, confesó su culpabilidad. Es decir, antes nos mintió. Es cierto que a veces confesar es una buena movida estratégica: se accede a ciertos beneficios procesales y se ahorra el desangramiento público de un juicio largo y televisado. Pero la mancha de la condena no sale fácil. Jovino puede insistir hasta caer rendido que su caso no es el único y que muchos otros hacían exactamente lo mismo. Es probable que tenga razón. Pero esa línea de defensa reputacional no ha probado ser efectiva.

En lo colectivo, la UDI también queda golpeada. No sólo por la enorme ascendencia histórica del patriarca, sino porque el partido vuelve al ojo del huracán noticioso por las peores razones. A estas alturas ya no extraña que las encuestas digan que la UDI es el partido peor evaluado de Chile. Si fuera un problema puramente político, quizás no sería tan grave. Pero tiene una dimensión ética difícil de arreglar con caras sonrientes y deditos para arriba en los afiches de la próxima campaña. Duro como suena, el partido más grande de Chile pasó a ser, en la retina ciudadana, el partido asociado a las malas prácticas.

Por si fuera poco, la UDI queda atrapada en su propia trampa retórica. Aunque gusta de aparecer como el partido más duro contra la delincuencia, aquí vemos a sus dirigentes haciendo malabares para evitar referirse a los actos delictivos cometidos por su militante más encumbrado. La señal para la opinión pública es que esa dureza debe ser socialmente selectiva.  Es el mismo partido que a ratos despotrica contra el excesivo garantismo de los jueces y la generosidad de la presunción de inocencia. Pues Jovino debe estar agradecido de esas garantías. De lo contrario, el patriarca estaría enfrentando un otoño mucho más duro todavía.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-29&NewsID=331949&BodyID=0&PaginaId=52

¿ES BUENO O MALO QUE HAYA MUCHOS PARTIDOS?

noviembre 23, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de noviembre de 2015)

A fines de los ochenta, el PPD surgió como un partido joven, audaz, moderno y con el propósito de convocar a aquella porción de la centroizquierda que no se sentía identificada por la tradición clásica del socialismo ni la democratacristiana. Casi treinta años después, poco queda de esa audacia. Esta semana, sus dirigentes se plegaron al acuerdo del resto de los partidos en torno a dificultar la existencia legal de aquellas agrupaciones que no sean capaces de asegurar cuatro parlamentarios o sacar más de un 5% de los votos en el territorio nacional. Claro, ya no son los jóvenes de entonces. Están cómodos administrando el poder. No les parece buena idea flexibilizar las barreras de entrada para permitir mayor competencia. La competencia siempre es un riesgo.

Los partidos tradicionales dicen que lo hacen por el bien de la democracia. El argumento central es que los sistemas políticos sanos tienen pocos partidos pero buenos. Partidos estables y suficientemente representativos. Eso es cierto: ningún cientista político apuesta con entusiasmo a la indiscriminada proliferación de partidos políticos. Una excesiva fragmentación puede complicar la gobernabilidad.

Pero hay dos elementos que permiten sospechar de esta versión. En efecto, muchos países establecen umbrales mínimos, pero lo hacen para acceder a representación parlamentaria y no como requisitos de existencia legal. Esto significa que el castigo cuando no se alcanza el mínimo de votos exigidos a nivel nacional es quedarse afuera del Congreso pero no la disolución. Chile debe ser una de las pocas naciones –si no la única- que aplica esta insólita sanción. Exigirle a un partido chico que se re-inscriba cada vez que no llega al 5% de los sufragios es además condenarlo a un oscuro endeudamiento permanente.

En segundo lugar, esta versión olvida que los sistemas políticos viven períodos de mayor fragmentación que luego dan paso a períodos de aglutinamiento. Es parte de la normalidad democrática. La propia Concertación partió con catorce partidos, que luego fueron decantando en un puñado. La explosión de nuevos referentes del último tiempo tiene que ver con una fase similar de fragmentación. En parte, ello se ha gatillado precisamente porque los partidos tradicionales no han sido capaces de absorber la demanda de representación post-transición, especialmente de las nuevas generaciones. Este es el momento de abrir las ventanas para que entre aire fresco, aunque eso implique que los incumbentes corran el riesgo de compartir el poder.

Es realmente notable que en las circunstancias actuales haya personas pensando en constituir partidos políticos. Es un reconocimiento a que la institución “partido político” sigue siendo percibida como fundamental para organizar las preferencias ideológicas en democracia. Los partidos actuales no tienen patente de corso para monopolizar dicha institución.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-23&NewsID=331357&BodyID=0&PaginaId=32

LA ESTRUCTURA DE UNA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

noviembre 18, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de noviembre de 2015)

A comienzos de los sesenta, Thomas Kuhn publicó “The Structure of Scientific Revolutions”, una de las obras más influyentes del siglo XX en el campo de la historia y la filosofía de la ciencia. La tesis central de Kuhn es conocida: los científicos realizan su labor cotidiana asumiendo una serie de premisas básicas que constituyen un paradigma. Dicho paradigma es capaz de proveer de recursos explicativos suficientes para interpretar los fenómenos del universo. Sin embargo, cada cierto tiempo se producen anomalías. Son situaciones en las cuales el paradigma imperante es insuficiente en su ambición explicativa. Cuando estas anomalías se acumulan, el paradigma se triza y comienza a emerger un enfoque sustituto. Eso es lo que Kuhn llama una revolución científica, tal como la que ocurrió cuando Copérnico desplazó la teoría heliocéntrica o cuando Einstein introdujo la idea de relatividad en desmedro de la física newtoniana.

En la vida democrática, las sociedades atraviesan por fases similares. En el caso de Chile, la transición operó como paradigma para una o dos generaciones políticas. Se trató de un paradigma fundado en una serie de premisas sobre lo que era deseable -y posible- hacer. En la construcción de ese paradigma se conjugaron varios elementos: el recuerdo fresco de la dictadura y el trauma de la violencia ideológica, la necesidad de generar acuerdos transversales y la contención del conflicto, la importancia de los equilibrios macroeconómicos y la consolidación de una esquema de oferta política estable, entre otras. Los administradores del paradigma fueron los partidos tradicionales, organizados en dos grandes coaliciones que compartieron el ejercicio del poder. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el paradigma de la transición exhibe sus grietas.

Algunas de las anomalías están encriptadas en los debates en torno al modelo de desarrollo. Otras son producto de los cambios culturales que ha experimentado la sociedad chilena en un contexto globalizado y fuertemente influido por el avance tecnológico. Finalmente, están los problemas de legitimidad que afectan al elenco administrador del paradigma de la transición, es decir, a la clase política tradicional. Me interesa especialmente presionar en este último punto, pues pareciera que la narrativa de la renovación de los actores políticos en Chile ha carecido de un tratamiento sistemático por parte de la ciencia política criolla.

La primera anomalía, en este particular sentido, fue la candidatura presidencial de Marco Enríquez-Ominami en 2009. En aquel entonces, un reputado columnista lo llamó “el candidato inesperado”, revelando que la demanda de renovación tomaba al establishment por sorpresa. Dos años después, el movimiento estudiantil se encargó de asestarle un golpe mortal al paradigma de la transición. Desde 2010 a la fecha, se han creados decenas de nuevos movimientos políticos que aspiran a darle identidad organizacional a su propia experiencia histórica. En la mayoría de los casos, se trata de agrupaciones más o menos generacionales cuyos fundadores no cargan con historiales de militancia partidaria. Piense en Izquierda Autónoma, Revolución Democrática, Red Liberal, Ciudadanos, Todos, Evópoli, Republicanos, Construye Sociedad, etcétera. La proliferación de estos referentes da cuenta de la relativa incapacidad de los partidos tradicionales para representar a un segmento creciente de la población que no determina su pertenencia política a partir del clivaje transicional.

Guardando las proporciones, la interpretación Kuhniana de este fenómeno es la siguiente: la oferta política de los últimos 25 años está estrechamente ligada a la hegemonía del paradigma de la transición. Es natural, entonces, que la trizadura de dicho paradigma genere problemas de legitimidad en la oferta política tradicional. De ahí la importancia de registrar correctamente la acumulación de anomalías. Una respuesta instintiva es negarse al cambio. Es la que sugieren Walker, Andrade, Monckeberg, y seguramente la misma respuesta instintiva de aquellos científicos que fueron arrasados por la llegada del nuevo paradigma. La otra alternativa es saludar el proceso y generar las condiciones institucionales para que la revolución democrática –no necesariamente la del movimiento particular con ese nombre sino la de toda la corriente- se asiente definitivamente. La segunda parece ser mejor si se trata de evitar la completa erosión de la credibilidad del sistema político.

Nada de esto es dramático. Es una revolución meramente conceptual. No es muy diferente de lo que vivimos a fines de los ochenta. Períodos de proliferación partidaria dan paso a períodos de convergencia por razones ideológicas o electorales, culturales o institucionales. Los partidos tradicionales seguirán siendo relevantes de la misma manera que la mecánica newtoniana sigue dominando nuestras percepciones cotidianas sobre la realidad. Pero se verán forzados a entender su existencia en un nuevo marco. Los nuevos movimientos tampoco son portadores de la luz divina ni representan el fin de la historia; también llegará el momento en que sean reemplazados por otros. En ambos casos, sobrevivirán los que mejor se adapten.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/11/12/101103-la-estructura-de-una-revolucion-democratica

LA REBELIÓN DE LA CIENCIA

noviembre 16, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 16 de noviembre de 2015)

La pequeña comunidad científica chilena está en pie de guerra. No es un actor social que acostumbre a movilizarse. Pero se les acabó la paciencia. No sólo es una cuestión de plata. Su motivación central es que la sociedad entienda la importancia de la ciencia en el desarrollo del país y, en consecuencia, se pliegue a la demanda por una política de estado acorde a esa relevancia.

Invertir en ciencia y tecnología en un país de ingresos medios puede sonar a lujo. Es como invertir en el teatro y la ópera. No son actividades masivas, por lo que no siempre resulta sencillo justificar un desembolso sustantivo de recursos en ellas. Tampoco tienen mucha capacidad de presión para exigirlo. Sin embargo, se trata de un área crucial en al menos dos sentidos.

El primero es eminentemente práctico. Los avances de la ciencia han modificado nuestro estilo de vida. No todos esos avances han sido bien utilizados, pero la mayoría ha significado progreso y bienestar material. Una sociedad que mantiene ejercitado el músculo de la investigación científica tendrá siempre a mano un abanico de oportunidades para resolver problemas que afectan directamente la calidad de vida de la gente. Cuando pensamos en esto, usualmente se nos viene a la mente el conocimiento médico. Pero no es lo único. Chile tiene una economía principalmente extractiva y le urge dar un salto en su oferta productiva. Ese salto pasa por incorporar decididamente a la comunidad científica y tecnológica en procesos estratégicos de largo plazo desde la perspectiva pública y privada.

Hay un segundo sentido menos tangible pero igualmente importante. Chile es un país de supersticiones, caldo de cultivo para charlatanes y vendehúmos. Aquí abundan los creacionistas y los muros de Facebook denunciando que las vacunas causan autismo. Nuestros matinales dedican largos segmentos al horóscopo y porciones significativas de la población creen en la homeopatía. La ciencia no es perfecta. Pero tiene un récord insuperable en su capacidad de revisar y refinar sus hallazgos. No tenemos un filtro epistemológico mejor si se trata de describir y explicar el mundo real tal como funciona. Es un campo complejo pero cuyas intuiciones básicas responden al indomable espíritu inquisitivo del ser humano.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-16&NewsID=330813&BodyID=0&PaginaId=45

LLOREMOS POR PARÍS

noviembre 15, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de noviembre de 2015)

Es probablemente cierto que nuestra sensibilidad respecto de la violencia y el horror es selectiva. Lo que ocurre todos los días en medio oriente, en las profundidades del continente africano o incluso en los dominios de Arauco parece importarnos menos que las imágenes de un atentado en Paris. Pero esa sensibilidad selectiva no es irracional. Esta tejida sobre una serie de premisas y asociaciones simbólicas. Un ataque al corazón de la civilización occidental nos duele de especial manera porque nos sentimos portadores de esa herencia y tributarios de esa cultura. En mayor o menor medida, las naciones latinoamericanas estamos bajo esa esfera de influencia. Para bien o para mal, somos parte de ese circuito de comunicaciones.

Por lo tanto no tiene mucho sentido apuntar con el dedo a quienes se encuentran legítimamente choqueados por la carnicería que padecieron los franceses, en circunstancias que no muestran similar indignación en otros episodios que son, por decir lo menos, moralmente problemáticos. Francia se ha ganado, además, un estatus especial en el mundo. Los principios de libertad, igualdad y fraternidad paridos en su convulsionada experiencia revolucionaria son imperfectamente aplicados pero conservan su atracción normativa y resuenan con singular fuerza en el mundo democrático. Por eso hay algo especialmente alarmante en el blanco de los terroristas: un partido de futbol, un concierto de rock, la animada terraza de un restorán. Uno pensaría que los jihadistas están mandando un amargo mensaje contra el modo de vida de los “infieles”*.

Porque ISIS, guardando las proporciones, también nos odia a nosotros. Cuando digo nosotros, estoy pensando en cristianos y ateos por igual. Evidentemente, la conquista de Sudamérica no es un tema que le quite el sueño al radicalismo islámico. Nuestras naciones no están envueltas en ejercicios militares en territorio sirio, por ejemplo. Sin embargo, que no haya razón para temer represalias en suelo chileno no excluye nuestro deber de empatía con el pueblo francés. El fundamentalismo religioso y teocrático desconoce libertades y valores básicos que nuestra forma de vida da por descontado.

Aquí viene la incómoda pregunta que sale a flote cada vez que grupos como Al Qaeda, Hamas o ISIS se atribuyen un evento terrorista: ¿Cuan relevante es la militancia religiosa de estos grupos en su determinación violentista? Puntualmente, ¿Cuán importante es el credo musulmán en la justificación de una política cobarde y literalmente criminal como la exhibida? ¿Es la fe coránica el elemento indispensable de la pulsión de muerte y la narrativa escatológica que exhiben los mártires de la Jihad? No hay respuestas fáciles y por cada ejemplo hay un contraejemplo. Nuestros prejuicios forman parte del análisis. Los creyentes querrán separar el fenómeno de la religiosidad de sus potenciales efectos negativos. Los ateos serán menos benevolentes al respecto. Pero a estas alturas parece indesmentible que cierta lectura del Islam, en conjunto a otros factores geopolíticos, identitarios y materiales, da origen a un delirio tóxico y letal para quienes estamos del lado occidental de la historia.

*Esta intuición fue confirmada después de leer el comunicado de ISIS justificando los ataques. 

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-15&NewsID=330742&BodyID=0&PaginaId=4

ENEMIGO ÍNTIMO

noviembre 13, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Edición Aniversario de Las Últimas Noticias del 12 noviembre de 2015)

El 2015 comenzó bien para la Presidenta Bachelet. El gobierno tuvo un súper-enero legislativo. Hasta el binominal había sido (¡finalmente!) vencido. El entonces ministro Peñailillo se paseaba por La Moneda con el pecho inflado. El primer año de gobierno había sido duro, pero el segundo no podía empezar mejor. En la otra vereda, la derecha seguía empantanada en el caso Penta.

En eso, explotó el caso Caval. Sebastián Dávalos Bachelet, primogénito de la primera mandataria, se veía envuelto en un episodio que levantaba sospechas de tráfico de influencia, enriquecimiento ilícito y abuso de autoridad. El oficialismo reaccionó con torpeza, la Presidenta no se dio por aludida en su refugio vacacional y la indignación de la opinión pública creció en forma exponencial. En cuestión de semanas, el juicio ciudadano se hizo lapidario: el hijo de Bachelet no sólo habría obrado en forma reprochable, sino que además su madre le estaría cubriendo las espaldas. En esas condiciones, Dávalos tuvo que renunciar a sus funciones palaciegas y Bachelet tuvo que ensayar caras de perdón.

El daño, en cualquier caso, estaba hecho. Algo delicado se rompió en el caso Caval. Bachelet nunca fue la preferida de los sectores más acomodados del país. Pero era grito y plata en los sectores populares. Estos últimos sintieron que su Presidenta les había roto el corazón. Ella siempre fue la excepción en un mundo de políticos malolientes. Como despertando de un embrujo, cayeron en cuenta que en todas partes se cuecen habas. Incluso en el seno íntimo de Michelle. A la traición testimonial –que ha dinamitado los atributos históricamente más valorados de Bachelet- se sumó una traición ideológica: ¿no eran los socialistas los que iban a combatir los abusos y la desigualdad?

Así las cosas, el 2015 de Bachelet se echó a perder en la partida. Caval tuvo el efecto de empatar mediáticamente a Penta, en la antesala de la apertura de otros casos de financiamiento irregular que salpicaron a varios estrechos colaboradores de la Jefa. Sus protegidos políticos –Peñailillo y Arenas- pagaron con sus altos cargos. Bachelet se quedó sola, masticando teorías de “realismo sin renuncia”. Es difícil saber qué habría ocurrido sin Caval. Pero cuesta minimizar su impacto. Menos mal que las madres están genéticamente programadas para amar a sus hijos, pase lo que pase.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-12&NewsID=37964&BodyID=0&PaginaId=30&SupplementId=46

MEJOR MORIR DE VIEJO QUE DE SAPO

noviembre 11, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 11 de noviembre de 2015)

El sempiterno diputado Guillermo Ceroni (PPD) fue sorprendido enviando mensajes de alto calibre erótico vía WhatsApp. Gracias a un medio de comunicación online, que publicó las fotos y se dio el trabajo de transcribir el dialogo, casi todo Chile se enteró del contenido de la conversación íntima que el congresista mantenía con –supuestamente- amantes virtuales. Ceroni ha recibido dos tipos de crítica. La primera es, por supuesto, abandono de sus deberes laborales: los chilenos le pagamos un generoso salario para legislar y no para sacar la vuelta jugando a los mensajitos de texto. El segundo reproche viene cargado de moralina: algunas personas han emitido juicios condenatorios sobre su orientación sexual, su fidelidad e incluso sus prácticas amatorias.

Sin embargo, tengo la impresión –basada en mi escasamente representativa muestra en redes sociales- que el sentido común de la mayoría solidarizó con Ceroni y en cambio fustigó al medio que hizo las veces de sapo. Pegarle a un político sale gratis. Pero hay un límite. Violar la correspondencia privada de cualquier persona roza en lo delictual. El hecho que Ceroni haya estado sentado en el hemiciclo en plena sesión no parece justificación suficiente. Incluso en el ejercicio de sus tareas, los congresistas tienen derecho a un espacio razonable de vida privada. Dichas vidas estarán siempre más expuestas que las vidas del resto de los mortales. Los políticos lo saben y deben ser cuidadosos al respecto. Pero ello no implica que todo es cancha. El periodismo chileno, históricamente, ha entendido que jugar a escarbar en la dimensión familiar o sexual de los políticos rompe los códigos no escritos de la ética profesional. Este episodio rompe esa tradición de respeto. Especialmente porque cuesta imaginar cuál puede ser el interés público comprometido en la nota.

Estos casos también sirven para sacar a flote lo mejor de nuestra hipocresía. Sacar la vuelta es un deporte olímpico en Chile. Rasgar vestiduras porque un diputado se tomó un par de minutos para mantener la llama de una relación encendida revela un doble estándar abismante, sobre todo cuando la crítica se hace tuiteando desde el propio lugar de trabajo. Pontificar sobre la moral de Ceroni tampoco corresponde. Lo importante es que nuestros representantes sean probos y hagan la pega. Para ejemplos de virtud monástica hay que buscar en otra parte. Nos vendieron durante mucho tiempo que nuestra clase política era ejemplar en todas sus facetas. Ya sabemos que eso no es verdad. No vengamos a escandalizarnos por un poquito de sexting.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-11&NewsID=330350&BodyID=0&PaginaId=37

CARTER Y LA UDI: DEL TEST THATCHER AL EFECTO JADUE

noviembre 8, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias el 8 de noviembre de 2015)

El alcalde de la UDI Rodolfo Carter renunció, después de varios amagues, a la UDI, su partido de toda la vida. Siguiendo la hebra de la discusión epistolar que por estos días ocupa a la derecha, Carter dijo que ni Margaret Thatcher estaría en el gremialismo. Que Margaret Thatcher sea la elegida para hacer el test tiene algo de jocoso. La dama de hierro no se ganó su apodo en una rifa. Campeona de la ortodoxia hayekiana y modelo de virtud autoritaria conservadora, que Thatcher pueda quedar hipotéticamente afuera de “ChileVamos” –o peor aún, de su partido más duro-  es harto decir. Es ubicar mentalmente a la derecha chilena bien a la derecha.

Según Carter, en la decisión coincidieron elementos de forma y fondo. En cuanto a la forma, Carter sugiere que la vieja táctica “de qué se discute que yo me opongo” no le hace bien al debate porque enturbia la posibilidad de diálogos fructíferos. En cuanto al fondo, a Carter le complica que la UDI sea tan pero tan pechoña. Porque Carter no gobierna en el bastión del barrio alto. Gobierna en una comuna más parecida a Chile, donde algunas realidades sociales se enfrentan mejor de frente que de lado.

Seguramente, Carter también entiende que su proyección como edil de La Florida depende de su capacidad de desmarcarse de una organización que pasa por un período reputacional especialmente difícil. Bachelet cargará con la cruz de Caval, pero la UDI carga con el cementerio entero. En términos electorales, además, el partido de Jaime Guzmán se malacostumbró a arrinconarse en los veintitantos puntos de la esquina derecha. Bajo el binominal, con eso basta y sobra. Carter necesita mayoría relativa y no le sirven esos veintitantos para reelegirse. Tiene que soltar amarras.

No creo que los vaya a echar de menos. La UDI sigue siendo el partido político más votado de Chile, pero es poco probable que mantengan la categoría en el futuro. A contracorriente de las tendencias culturales y sociales que atraviesan el país –tanto en el discurso moral como en el económico- y con un número importante de involucrados en cahuines poco respetables, a la UDI se le viene complicado el próximo ciclo electoral. Su voluntarismo en la cuestión presidencial es conmovedor.

Como Moreira, Carter es de los viudos de Longueira. Siempre se vio a sí mismo en ese lote, esos de la UDI de verdad popular. No la de Jovino, no la de los empresarios. Fue justamente la gota de la “farmacia popular” la que rebasó el vaso. Quizás sin quererlo, el alcalde de Recoleta Daniel Jadue le fabricó un problemazo a la derecha. Son varios los ediles gremialistas que le echaron el ojo a la idea, para disgusto de los guardianes de la doctrina. Carter no tiene un pelo de tonto y anticipa que los floridanos pueden querer exactamente lo mismo. No es nada es esotérico: quieren una farmacia que no se arranque con sus billeteras.  Y así, entre el test Thatcher y el efecto Jadue, finaliza la larga teleserie Carter-UDI.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-08&NewsID=330075&BodyID=0&PaginaId=21

EL DERRUMBE DE LA ELITE

noviembre 1, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 1 de noviembre de 2015)

La resistencia a las reformas de la Presidenta Bachelet ha llevado a muchos intelectuales y actores políticos a preguntarse cuán correcto era el diagnóstico que inspiró el programa de la Nueva Mayoría. En el mundo de la izquierda, al menos, la premisa compartida era que los chilenos querían tirarle la cadena al neoliberalismo político, económico y social instaurado en dictadura y “humanizado” (léase corregido, perfeccionado o simplemente administrado) en tiempos de la Concertación. Fue la tesis del derrumbe del modelo.

Sin embargo, a muchas familias no les causó gracia el fin del copago y la selección en la educación escolar. Los emprendedores pusieron el grito en el cielo con la reforma tributaria. La desaceleración económica nos recordó que sin crecimiento no hay redistribución significativa. Mencionar el cambio constitucional basta para invocar todos los fantasmas. Así, surgió un relato paralelo en torno a la idea de libertad y contra el credo igualitarista del gobierno. El modelo no estaría en crisis, se contestó desde la derecha, sino vivito y coleando.

Es difícil determinar con certeza quién tiene la razón en este debate. Cada bando seguirá acumulando evidencia a su favor, pero hasta el momento ninguna parece concluyente. La discusión sigue abierta. Pero hay una tesis un poco más modesta que parece, a estas alturas, incontestable. Es la teoría del derrumbe de la elite que conduce las riendas del país. Aunque la clase política venía volando bajo desde antes, los casos de financiamiento irregular que explotaron a partir de Penta – y el posterior rechazo de los legisladores a someterse a estándares exigentes de transparencia y competencia- han terminado por ponerle la lápida reputacional a partidos y figuras políticas en forma transversal. Lo mismo ha ocurrido con la elite empresarial. La colusión en el mercado del tissue -el “cartel del confort”- es sólo el último episodio de una serie de prácticas reñidas con la ley, la ética y el espíritu mismo de un capitalismo sano.

No hay que olvidar que durante mucho tiempo estuvimos orgullosos de nuestros políticos y nuestros empresarios. Ése fue el mito noventero: a diferencia del resto de Latinoamérica, los políticos chilenos eran probos y ejemplares; los creadores de empleo y riqueza, por su parte, fueron verdaderos héroes en la narrativa del jaguar. Ese mito se ha derruido penosamente. Los adictos al poder se comportan como tales y hacen lo posible por retenerlo. Los que adoran el dinero buscarán siempre la manera de amasar un poco más. Quizás, en algún momento, fueron modelos de virtud. Hoy, ante los ojos de la mayoría, están donde están para aprovechar su posición. Tristísimo, pero cierto.

El derrumbe reputacional de la elite que administra el modelo no es sinónimo del derrumbe del modelo. En teoría, pueden ser tratados en forma independiente. El derrumbe de la elite política y empresarial no implica un problema ideológico insalvable sino más bien una falla de capital humano. Sobre las nuevas generaciones –en la política y los negocios- recae el peso de devolverle a la democracia representativa y a la economía de mercado su buen nombre. Mientras tanto, la tarea es seguir afinando las piezas institucionales que nos protejan de los abusos de aquella elite que no era tan virtuosa como la pintaban.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-01&NewsID=329448&BodyID=0&PaginaId=19