LLOREMOS POR PARÍS

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de noviembre de 2015)

Es probablemente cierto que nuestra sensibilidad respecto de la violencia y el horror es selectiva. Lo que ocurre todos los días en medio oriente, en las profundidades del continente africano o incluso en los dominios de Arauco parece importarnos menos que las imágenes de un atentado en Paris. Pero esa sensibilidad selectiva no es irracional. Esta tejida sobre una serie de premisas y asociaciones simbólicas. Un ataque al corazón de la civilización occidental nos duele de especial manera porque nos sentimos portadores de esa herencia y tributarios de esa cultura. En mayor o menor medida, las naciones latinoamericanas estamos bajo esa esfera de influencia. Para bien o para mal, somos parte de ese circuito de comunicaciones.

Por lo tanto no tiene mucho sentido apuntar con el dedo a quienes se encuentran legítimamente choqueados por la carnicería que padecieron los franceses, en circunstancias que no muestran similar indignación en otros episodios que son, por decir lo menos, moralmente problemáticos. Francia se ha ganado, además, un estatus especial en el mundo. Los principios de libertad, igualdad y fraternidad paridos en su convulsionada experiencia revolucionaria son imperfectamente aplicados pero conservan su atracción normativa y resuenan con singular fuerza en el mundo democrático. Por eso hay algo especialmente alarmante en el blanco de los terroristas: un partido de futbol, un concierto de rock, la animada terraza de un restorán. Uno pensaría que los jihadistas están mandando un amargo mensaje contra el modo de vida de los “infieles”*.

Porque ISIS, guardando las proporciones, también nos odia a nosotros. Cuando digo nosotros, estoy pensando en cristianos y ateos por igual. Evidentemente, la conquista de Sudamérica no es un tema que le quite el sueño al radicalismo islámico. Nuestras naciones no están envueltas en ejercicios militares en territorio sirio, por ejemplo. Sin embargo, que no haya razón para temer represalias en suelo chileno no excluye nuestro deber de empatía con el pueblo francés. El fundamentalismo religioso y teocrático desconoce libertades y valores básicos que nuestra forma de vida da por descontado.

Aquí viene la incómoda pregunta que sale a flote cada vez que grupos como Al Qaeda, Hamas o ISIS se atribuyen un evento terrorista: ¿Cuan relevante es la militancia religiosa de estos grupos en su determinación violentista? Puntualmente, ¿Cuán importante es el credo musulmán en la justificación de una política cobarde y literalmente criminal como la exhibida? ¿Es la fe coránica el elemento indispensable de la pulsión de muerte y la narrativa escatológica que exhiben los mártires de la Jihad? No hay respuestas fáciles y por cada ejemplo hay un contraejemplo. Nuestros prejuicios forman parte del análisis. Los creyentes querrán separar el fenómeno de la religiosidad de sus potenciales efectos negativos. Los ateos serán menos benevolentes al respecto. Pero a estas alturas parece indesmentible que cierta lectura del Islam, en conjunto a otros factores geopolíticos, identitarios y materiales, da origen a un delirio tóxico y letal para quienes estamos del lado occidental de la historia.

*Esta intuición fue confirmada después de leer el comunicado de ISIS justificando los ataques. 

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-11-15&NewsID=330742&BodyID=0&PaginaId=4

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