Archive for 28 febrero 2016

QUÉ SIGNIFICA LA DERROTA DE EVO

febrero 28, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 28 de febrero de 2016)

A regañadientes aceptó Evo Morales el resultado del referéndum que consultaba a la ciudadanía boliviana si el presidente podía competir por un cuarto período en el poder. Morales lleva diez años en el Palacio Quemado de La Paz y su tercer mandato constitucional vence en 2020. Su intención era quedarse hasta 2025. Los bolivianos, por estrecho margen, dijeron que no.

Es importante no confundirse respecto al significado de este resultado. Evidentemente, el cómputo final sentencia una derrota personal para las ambiciones de Evo Morales –quien, previsiblemente y siguiendo la línea de sus aliados regionales, dijo que había una guerra sucia en su contra y amenazó con examinar de cerca lo que pasa en las redes sociales- pero no constituye necesariamente un fracaso para el proyecto político de su movimiento (MAS) ni menos un retroceso en el proceso democrático que encabeza. La coalición de fuerzas que promovió la opción “NO” fue variopinta. Por supuesto que en ella se encontraba la oposición de derecha, pero también varios dirigentes que estuvieron con el presidente Morales pero que estimaron que el exceso de caudillismo estaba dañando el sueño que algún día compartieron.

Morales, como Hugo Chávez en su momento, considera que las transformaciones necesarias en su país no pueden llevarse adelante sin su conducción. Es el virus del mesianismo que se aloja especialmente –aunque no exclusivamente- en la izquierda latinoamericana. La oportunidad para la democracia boliviana es que durante los próximos años el partido gobernante deberá fortalecer su densidad institucional y ofrecerle al país nuevas alternativas. Ahí se prueban los verdaderos liderazgos: en la capacidad de movilizar procesos adaptativos que no dependan del nombre de la autoridad. En cierto sentido, es un favor para Evo: entregando el poder pacífica y democráticamente en 2020, pasará a la historia como el presidente que le dio (inédita) estabilidad política a Bolivia, encarnó por primera vez los anhelos de una mayoría indígena que (al fin) pudo ver a uno de los suyos al mando del país, y realizó importantes transformaciones económico-sociales. No todo ha sido bueno, pero el saldo parece positivo. La eternización de Evo habría conspirado contra ese saldo, tomando en cuenta que sobre él pesan acusaciones de corrupción que ya empiezan a acumularse.

¿Tiene esto algún efecto para Chile? Poco probable. Quienes creen que Bolivia cambiará su política exterior a partir de este resultado se equivocan. El recurso retórico anti-chileno es moneda común en casi todo el espectro ideológico boliviano. Con o sin Evo, los capítulos de nuestra tensa relación se seguirán escribiendo.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-28&NewsID=339248&BodyID=0&PaginaId=20

ARAVENA Y LAS FRONTERAS IDEOLÓGICAS DEL URBANISMO

febrero 25, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 19 de febrero de 2016)

El premio que recibió el arquitecto chileno Alejandro Aravena fue saludado con entusiasmo por la mayoría de los comentaristas de la plaza. Sin embargo, en redes sociales y otras plataformas de discusión, algunos amigos arquitectos plantearon reparos de fondo a los méritos de Aravena. Según ellos, Aravena trabaja dentro de un paradigma neoliberal que valida el concepto de vivienda social como recurso habitacional para los pobres y marginados de la sociedad. No sería, bajo esta mirada, un transformador ni un vanguardista en términos estructurales. Aravena, en conclusión, sería de derecha.

Sin embargo, el propio Aravena ha articulado opiniones que aparentemente no caben en esa categoría política. Ha sostenido, entre otras cosas, que la segregación territorial es dañina para la ciudad y que asignar criterios de mercado –como subsidios a la demanda- para adjudicar viviendas sociales es un craso error. El modelo de participación comunitaria que utiliza en sus proyectos tampoco se asemeja a lo que uno entiende tradicionalmente por derecha. ¿Es entonces Alejandro Aravena un referente de izquierda?

No tengo una respuesta a mano. Probablemente la calificación política de una persona admita una serie de grados. Es decir, no pueda ser capturada en blanco y negro. Pero el blanco y el negro siguen siendo recursos útiles para leer los cambios en el escenario ideológico. El clivaje divisorio de aguas durante la transición fue el factor Pinochet. Sabemos que la Concertación administró, corrigió y perfeccionó un modelo político y económico que –en lo sustantivo- era compartido por la oposición de entonces. Derechas e izquierdas de entonces parecían estar de acuerdo en una cuestión central: la combinación de crecimiento económico y políticas públicas focalizadas eran –conjuntamente- la clave del progreso y la puerta del desarrollo. Como existía un amplio consenso al respecto, las identidades de izquierda y derecha debían buscarse en otra parte.

A cinco años de los movimientos telúricos del 2011, cualquier persona que invoca crecimiento económico, subsidiariedad económica y focalización del gasto social en los más pobres pasa por derechista. La izquierda ha colonizado un nuevo espacio y su bandera es la universalidad de los derechos sociales. El éxito político de los estudiantes e intelectuales afines fue correr el cerco ideológico interno en Chile. Recordemos que no hace mucho tiempo el historiador Gonzalo Rojas Sánchez abandonó su cargo en una prestigiosa universidad privada por la llegada de José Joaquín Brunner, por entonces distinguido miembro de la intelligentsia concertacionista. Rojas consideraba que su establecimiento estaba dando un inadmisible giro a la izquierda. Ante los ojos de la izquierda criolla contemporánea, Brunner representa la defensa de un modelo prototípico de derecha.

Desde ese punto de vista, entiendo –aunque no comparto- la percepción de mis amigos arquitectos de izquierda. Aravena es un innovador dentro de un campo de posibilidades que ellos consideran esencialmente de derecha. El rol de un arquitecto de izquierda, de acuerdo a esta perspectiva, es desafiar dicho campo mental, del mismo modo que los intelectuales del 2011 desafiaron el consenso político-económico predominante.

Pero también existe otra posibilidad. Consultado por la posición de los urbanistas de derecha frente a un determinado tema, un connotado arquitecto nacional respondió que sencillamente no había tal cosa como un “urbanismo de derecha”. ¿La razón? La derecha estaría incapacitada por su propia estructura doctrinaria para entender los problemas de la ciudad desde la perspectiva disciplinaria. Los urbanistas entienden la necesidad de planificar y regular la vida en la urbe. Entienden el valor central de los lugares públicos y los espacios comunes. Entienden la importancia de la coordinación central y los servicios que provee mejor la autoridad. La ortodoxia neoliberal, en cambio, tendría obstáculos cognitivos para aceptar la inevitabilidad de planificar centralmente así como de producir espacios de encuentro social. Si esto es correcto, todos los urbanistas juegan en una cancha estructuralmente de izquierda. En efecto, si nos ponemos a pensar, ¿cuántos intelectuales públicos o políticos de calibre existen en la derecha chilena que tengan un discurso contundente y sofisticado frente a las problemáticas de la ciudad? No es fácil encontrarlos.

Como sea, la irrupción de personalidades versadas en urbanismo, transporte y territorio que vuelcan su saber en la conversación pública es una estupenda noticia para el debate político chileno. Lo que aparenta ser un conocimiento técnico tiene –como casi todo- una dimensión ideológica interesantísima de escudriñar y articular.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/02/18/100210-las-fronteras-ideologicas-del-urbanismo

MI FAMILIA NO ME FALLÓ, ¿Y LA TUYA?

febrero 22, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de febrero de 2016)

“Mi familia no me falló”, sostuvo Sebastián Piñera en una reciente entrevista. La frase causó polémica, pues el ex presidente se estaba refiriendo a las reglas de conducta que debe observar el círculo íntimo de un jefe de estado e, indirectamente, deslizando una crítica al comportamiento del núcleo familiar de la presidenta Bachelet a propósito del caso Caval. Desde La Moneda le respondieron inmediatamente: “nos parece inapropiado referirse a la familia de otras personas” declaró la vocera subrogante Claudia Pascual.

En una primera dimensión, puramente normativa, Piñera tiene toda la razón: cuando se ocupan posiciones tan importantes, a los familiares hay que pedirles que sean cuidadosos con su conducta pública y privada. En el campo de las odiosas comparaciones, también tiene razón: durante su gobierno, su familia no fue fuente de dolores de cabeza. Los dolores de cabeza fueron múltiples, pero vinieron de otro lado. Mientras tanto, no es desproporcionado decir que entre primogénito y nuera le propinaron una herida mortal al segundo mandato de Bachelet. Piñera reconoce que tenía una bomba de tiempo entre manos con las célebres andanzas de su “hermano bohemio”, pero que a pesar de todos los pronósticos en contrario, supo mantenerse dentro de los márgenes aceptables de la corrección política –nunca hubo claridad, por ejemplo, respecto de incidentes que habrían ocurrido en Cerro Castillo. Que hoy aparezcan algunos de sus familiares en la interminable lista de boleteos de SQM no derriba el punto: no fueron actuaciones que afectaran su ejercicio del cargo del mismo modo que las actuaciones de Dávalos y Compagnon han golpeado a la Presidenta en funciones. Por el contrario, se dice que una de las hijas de Piñera trabajó a su lado en La Moneda sin cobrar sueldo. Es probable que la principal amenaza política de su gobierno haya sido el propio Sebastián Piñera antes que sus familiares.

El problema es que Piñera hurga en una herida abierta y demasiado sensible. Aunque no haya sido dirigida con intencionalidad política, “mi familia no me falló” le enrostra a Michelle Bachelet que la suya sí. La Jefa no quiere más guerra con el asunto. Su entorno sabe lo mucho que le duele -y la descompone. Además, comete un error de tacto porque el libro de modales republicanos sugiere que entre ex mandatarios el trato debe ser de guante blanco. Eso es lo que trata de recordarle la ministra Pascual. Pero pedirle eso a Piñera es como pedirle a un elefante que no rompa nada dentro de una cristalería. Especialmente cuando parece cada vez más candidato y menos ex presidente.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-22&NewsID=338643&BodyID=0&PaginaId=28

FEBRERO, MES MALDITO

febrero 18, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de febrero de 2016)

“Cada día que pasa, el daño se profundiza” acertó el diputado Jorge Tarud (PPD). Otra vez, el gobierno se tomó más tiempo del necesario para resolver un conflicto en el frente interno. Hace exactamente un año, fue la porfiada resistencia de Sebastián Dávalos, que se hizo el desentendido de las acusaciones del caso Caval mientras vacacionaba junto a la Presidenta en Caburga. Esta vez fue el turno del administrador de La Moneda, Cristián Riquelme, a quien se le imputan una serie de contratos millonarios con el estado y otras tantas actuaciones irregulares en el marco del mismísimo caso Caval. Su desvinculación del gobierno se caía de madura, pero con la Presidenta veraneando en Caburga -¿qué diablos ocurre con las telecomunicaciones allá?- el chicle se estiró más de lo necesario. Tuvo que regresar el ministro del Interior Jorge Burgos a cortar el queque y terminar una teleserie insostenible.

Hace exactamente un año, el oficialismo celebraba un súper enero legislativo donde, entre otras cosas, se echó abajo el sistema binominal. Todo se fue al carajo en febrero. Ahora, después de un año durísimo, el gobierno lamía sus heridas con un tímido repunte gracias al gol de la gratuidad universitaria. Pero a este gobierno no se le aparece marzo –como decía el comercial que protagonizaba Fernando Larraín- sino febrero, el mes maldito de la segunda administración de Bachelet. Lo de Riquelme pudo cortarse antes. Hasta su propio partido –el PPD- había decidido quitarle el piso. La derecha, en cambio, goza como chancho en el barro cada vez que la Nueva Mayoría comete estas torpezas.

Es de esperar que esta vez no se borren por arte de magia los computadores ni desaparezcan los antecedentes que permitan saber si Riquelme abusó o no de sus atribuciones. Es de esperar también que con esto se cierre temporalmente el capítulo de los Peñailillo Boys: la famosa G-90 tuvo su oportunidad y sencillamente no estuvo a la altura. Por mientras, en ese búnker aislado del espacio y del tiempo que debe ser su cabaña en la novena región, la presidenta Bachelet cuenta los días para que llegue rápido marzo.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-18&NewsID=338291&BodyID=0&PaginaId=20

COMPLICACIONES DE DOS HOMBRES DE ESTADO

febrero 17, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 17 de febrero de 2016)

Hablar de Pablo Longueira (UDI) y de José Miguel Insulza (PS) es hablar de dos políticos de fuste que han sido importantísimos en la historia reciente del país. Ambos han prestado servicios desde distintas posiciones de relevancia y prestigio. Entre ellos existe, además, una relación de mutua admiración y respeto. A principios del gobierno de Lagos, Longueira adoptó el rol que en los noventa tuvo Allamand y se transformó en el articulador de los acuerdos entre el oficialismo y la oposición. Desde La Moneda, su contraparte fue el Pánzer Insulza. La leyenda –algo exagerada- cuenta que entre ambos salvaron la democracia cuando los escándalos del MOP-Gate tuvieron al sistema político entre las cuerdas.

No debería sorprender, por tanto, que el repatriado Insulza –que presta nuevos servicios a como agente chileno ante La Haya- salga a defender a Longueira frente a los ataques que últimamente ha recibido el prócer gremialista por sus confusas actuaciones en la bifurcación entre dinero y poder. Según Insulza, nos estamos olvidando que Longueira es un estadista que actúa por el bien superior de la nación. Curiosamente, hace pocas semanas se lanzó un elogioso libro biográfico sobre el propio Insulza, que lleva por título “Hombre de Estado”.

¿Qué le pasa entonces a la malagradecida ciudadanía que se atreve a levantar sospechas sobre la nobleza y la visión de estos hombres de estado? ¿Qué le pasa a esa gente descreída que, como señalara Daniel Mansuy, no está ni siquiera dispuesta a “honrar los servicios rendidos”? No cabe duda que tanto Longueira como Insulza añoran tiempos que fueron mejores para su reputación. No entienden tanta insolencia, no comprenden esta caza de brujas. A fin de cuentas, ellos recuperaron la democracia y condujeron la transición más exitosa de América Latina, ¿no?

El problema de los hombres de estado es que se consideran a sí mismos lo que Bertold Brecht llamaba “imprescindibles”. Pero esa virtud impide darse cuenta que a veces llega el momento de decir adiós. Si la generación de la transición hubiese comenzado a soltar el poder hace unos años, el tránsito habría sido menos traumático. Se les dijo en todos los tonos que había llegado la hora de darle tiraje a la chimenea. No se dieron por aludidos. La mayoría todavía no lo hace. Porque el poder es adictivo. Eso explica por qué una persona como Longueira, que tuvo que abandonar una carrera presidencial en condiciones dramáticas –apelando a su salud física y mental- no se pudo aguantar doce meses y volvió por sus fueros a cocinar la reforma tributaria como una especie de bróker político. Eso explica por qué Insulza todavía no cierra la cortina de sus propias aspiraciones presidenciales. Porque son hombres de estado, más allá de los egoísmos partisanos, pero también más allá del implacable avance del tiempo y sus circunstancias.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-17&NewsID=338158&BodyID=0&PaginaId=19

LOS ROLLING STONES DE LA POLÍTICA

febrero 8, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de febrero de 2016)

La semana pasada tuvo lugar la primera patita de la primaria presidencial de Estados Unidos. Bernie Sanders, precandidato demócrata, le pisa los talones a Hillary Clinton. Lo interesante es que la abrumadora mayoría del voto joven se inclinó por Sanders, un viejo lobo de 74 años. Entre los 17 y los 24 años, consiguió el 86% de las preferencias. Entre los 24 y los 29, un 81%. Entre los 30 y los 39, llegó al 65%. En todos los segmentos etarios superiores ganó Clinton. Sanders, además, está en la frontera del izquierdismo permisible en Norteamérica. Las nuevas generaciones lo apoyan porque lo interpretan como un desafiante, una amenaza al establishment, un testimonio de consecuencia tanto biográfica como ideológica.

En Reino Unido pasó algo similar hace poco. Los laboristas eligieron a Jeremy Corbyn (66) como líder del partido. Corbyn se había acostumbrado a representar las voces marginales a la izquierda del New Labour de Tony Blair. Lobo viejo, pero solitario. Sin embargo, se transformó en la alternativa más sexy a la hora de buscar reemplazante para Ed Milliband. Miles de jóvenes se inscribieron para votar por Corbyn, sin importarles la falta de carisma del candidato. A fin de cuentas, estaban premiando su discurso.

Saltan a la vista los patrones comunes del fenómeno Sanders y del fenómeno Corbyn. Ambos están terminando su trayectoria política y se transforman súbitamente en esperanzas de cambio. Lo común es que sean cartas jóvenes las capaces de encarnar esa esperanza; acá opera lo contrario. Sobre ambos también recae una duda: puede que ganen la nominación dentro de su partido, pero la teoría del votante medio suele aconsejar alejarse de los extremos para ganar la elección final. Sanders y Corbyn están en la frontera izquierda de los partidos de izquierda en sus respectivos sistemas políticos. Aun así, las encuestas indican que son altamente competitivos contra sus adversarios de derecha.

¿Podría ocurrir algo semejante en Chile? Difícil. Ricardo Lagos Escobar también arrastra una carretilla de años, pero no rockea como Sanders o Corbyn entre los jóvenes. Más bien, parece ser el candidato del establishment, de los que quieren orden en la casa. Pudo serlo Jorge Arrate en 2009, pero tuvo a un energético y subversivo Marco Enríquez corriendo a su lado. Los votos jóvenes ligeramente anti-sistémicos optaron por la coincidencia generacional y Arrate obtuvo una tajada mínima.

Como los Rolling Stones, Sanders y Corbyn viven un momento de gloria en el crepúsculo de sus respectivas carreras. No sería descabellado pronosticar al primero a la cabeza de la nación más poderosa del planeta y al segundo como primer ministro del viejo imperio británico.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-08&NewsID=337499&BodyID=0&PaginaId=39

RESPUESTA A LOS LIBERTARIOS

febrero 4, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal del 03 de febrero de 2016)

Hace algunos días revista Capital publicó una columna de mi autoría titulada “Mucho Hayek y poco Rawls”. Resumiendo, dicha columna planteaba dos cosas. Primero, que la disputa semántica por el concepto de liberalismo difícilmente tendría un bando victorioso entre liberales clásicos y liberales igualitarios, ya que –siguiendo la célebre expresión de W.B. Gallie- se trata de un concepto “esencialmente controvertido”. Por lo anterior, la columna sugería un enfoque genealógico del problema. Luego, sin embargo, añadí que cualquier discusión sobre las características del liberalismo contemporáneo –incluso en Chile y para fines normativos- estaría incompleta sin tomar en cuenta el estado el arte en la literatura filosófica especializada. En ese sentido, planteé que tanto la idea de justicia como imparcialidad a partir de una posición original hipotética como la idea de un consenso traslapado entre doctrinas comprehensivas para fundar los esenciales constitucionales –dos aportes metodológicos distintivos de John Rawls- debían considerarse parte integrante de la herencia liberal.

Cuatro respuestas se publicaron en diversos medios de comunicación. Como se trata de un debate interno (“familiar”, según mi propia caracterización del liberalismo extendido), he optado por responder a ellas en esta plataforma. El orden de las réplicas no es aleatorio. Comienzo con la más pobre y termino con la que, a mi juicio, es la más interesante.

I. La primera respuesta a mi columna la escribió Dusan Vilicic Held y se tituló “Mucho Bellolio y demasiada retórica barata”. Parto por rescatar lo (único) sensato de su breve exposición: efectivamente nunca explico por qué hay mucho Hayek, o en qué sentido Hayek sería problemático para la articulación criolla de un liberalismo moderno. Lo cierto es que Hayek es un pensador sutil. Hacia el final de su vida incluso reconoció cercanía ideológica con Rawls. No creo, bajo ninguna circunstancia, que deba ser exiliado del panteón liberal. El título de mi columna llama a ecualizar las influencias, no a desterrar al pensamiento hayekiano.

Lamentablemente, Vilicic cae luego en un juego que me parece francamente infantil. Cualquier persona medianamente inteligente es capaz de entender que la referencia al “viejo Hayek” y al “bueno de Rawls” es un recurso narrativo y no un contraste evaluativo entre ambos. Vilicic parece creer que si Rawls es “bueno”, irremediablemente Hayek es el malo –porque además es “viejo”. Cree incluso que dicha estrategia sería “artera” de mi parte. Tragicómico. Lo que viene después es preocupante respecto de la comprensión que los propios libertarios tienen de su filosofía. Sostener que el liberalismo libertario “no acepta el ejercicio del poder político” es confundirlo con el anarquismo o el anarco-capitalismo. Incluso la idea de Estado Mínimo promovida por Robert Nozick –probablemente el libertario más influyente en la teoría política analítica de los últimos cuarenta años- incorpora un ámbito de justificación del poder político para proteger a las personas contra el robo, el fraude y la violación de los contratos. Finalmente, Vilicic sostiene que, dado nuestro socialismo galopante, “Bellolio y su tipo son un virus a eliminar”. Espero sinceramente que se refiera a eliminación en la batalla de las ideas y no en la dimensión literal del lenguaje.

II. La respuesta de Lucas Blaset se titula “Mucho Rawls y poco Hayek”, y fue publicada en la plataforma online de revista Capital. Blaset tiene un punto válido al criticar mi distinción entre “liberales de derecha” y “liberales de izquierda” según su adhesión a la escuela clásica o igualitaria, respectivamente. Se trata de una simplificación que no captura todos los matices de la discusión. Para remediarlo, mi contradictor establece una categorización más amplia, identificando cuatro proyectos políticos chilenos que hacen distintas interpretaciones del credo liberal. Al hacerlo, sin embargo, Blaset también reduce la conversación a etiquetas controvertidas: “liberal-conservadores”, “liberales de centro”, “liberales progresistas”, “liberales químicamente puros”. La simplificación, a fin de cuentas, parece inevitable. Ello no deslegitima el esfuerzo por distinguir e identificar las diversas ramas de la familia.

Mis problemas con su respuesta aparecen después. Lo primero que captura mi atención es que Blaset se define orgullosamente como un militante “libertario” del proto-partido Amplitud. Tengo dudas que aquello pueda ser teóricamente posible. La naciente alternativa de “centro-liberal” –a través de la coalición Sentido Futuro- tiene entre sus principios el combate a las desigualdades que nos parecen injustas. Tengo entendido que alcanzar un estado de igualdad de oportunidades efectivas también es norte de su acción política. Esos empeños van asociados a una cierta teoría de justicia que justifica el proceder redistributivo del estado. Los libertarios, en cambio, consideran que el cobro de impuestos es un robo institucionalizado, o como decía Nozick, equivalen a trabajos forzados. Si Blaset realmente quiere participar en una empresa electoral que abrace los valores libertarios a-la-Nozick, quizás está equivocado de domicilio político. Mi consejo amistoso sería instarlo a que sus pares “químicamente puros” levantaran una alternativa política real y competitiva. Recursos no escasearán.

Blaset también pretende disputar la idea de justicia como imparcialidad, observando que la vida en comunidad es dinámica y no estática. Es una observación curiosa: la posición original Rawlsiana es un experimento mental hipotético que puede llevarse a cabo en cualquier momento para descubrir cuáles serían los principios fundamentales de justicia que abrazaríamos sin saber nuestra posición actual. No tiene como presupuesto la vida en sociedades estáticas. Luego, a propósito del proceso constituyente, el joven autor presenta algunas observaciones sobre la importancia de limitar el poder en la tradición liberal. Evidentemente, liberales participando en una convención constituyente deberían promover acuerdos sustantivos que apunten a la protección de los derechos y libertades individuales. Pero la tradición liberal está igualmente interesada en la cuestión del origen y la legitimidad del ejercicio del poder. Aquella es justamente la tesis de Jeremy Waldron en su seminal Theoretical Foundations of Liberalism: un orden social y político será ilegítimo a menos que se base en el consentimiento de todos los que tienen que vivir bajo sus reglas. Ningún liberal puede negarse a la conversación constituyente arguyendo que el marco constitucional actual –independiente de sus condiciones de justificación- protege suficientemente sus derechos individuales. Ésa es solo la mitad del problema.

III. La tercera réplica vino por parte del investigador de la Fundación para el Progreso (FPP), Jean Masoliver. En cierto sentido, me hizo recordar aquello que señalara Pablo Ortúzar hace un tiempo: más que un Think Tank, la FPP actúa como un Fight Tank. Ése espíritu pugilístico parece impregnar la columna “Demasiado Rawls”, publicada en la plataforma online de Capital. Para comenzar, Masoliver parte descalificando la contribución Rawlsiana al pensamiento liberal por considerarla una “moda”. Entiendo que los liberales autodenominados clásicos o libertarios tengan problemas para aceptar que, cuando la filosofía política contemporánea se refiere al liberalismo, usualmente lo haga para referirse al cuerpo teórico elaborado en torno a Rawls y sus sucesores. Eso no quiere decir que la única forma de concebir al liberalismo sea a partir de la escuela igualitaria. La humilde recomendación que hice en mi columna -que parece irritar a Masoliver- es que las articulaciones criollas del concepto no pierdan de vista el estado del arte en la materia. Las discusiones más relevantes de los últimos cuarenta años -sobre individuo y comunidad, sobre universalidad y multiculturalismo, sobre los tipos de igualdad, sobre neutralidad y perfeccionismo, sobre razón pública y democracia, sobre justicia global y transgeneracional, sobre género, religión y cultura, entre otros- han sido abordadas por la literatura liberal desde un marco más o menos Rawlsiano, ya sea en forma de interpretaciones, reformulaciones o críticas. Es cosa de revisar los programas de los cursos de teoría política en las mejores universidades del planeta (el programa de los cursos de verano de la propia FPP no cuenta). La pregunta por la legitimidad de la redistribución, lamentablemente para el libertarianismo, parece estar en los márgenes. Como se trata de ideas que en Chile gozan de buena salud en importantes circuitos culturales, a los escuderos del libertarianismo de derecha les molesta que alguien proceda a revelar que dichas ideas son consideradas poco más que una curiosidad en el debate académico. Esto no significa que Masoliver y sus aliados ideológicos tengan que someterse a este marco de análisis. No hay ningún problema en que la FPP continúe disputando los presupuestos metodológicos y las conclusiones normativas del liberalismo-igualitario. Pero pretender que se trata de una “moda académica” digna de ser ignorada es actuar con poco rigor intelectual y menos amor por la disciplina. Es como hacer física sin tomar en cuenta las contribuciones de la teoría cuántica o seguir promoviendo el argumento del diseño de William Paley sin tomar en serio los avances que ha hecho la biología evolutiva en cien años. Por supuesto, Masoliver tiene razón: en el futuro, el paradigma puede ser distinto.

En lo sustantivo, hay varias pifias en su exposición. Primero, su asimilación del liberalismo Rawlsiano con el utilitarismo es aberrante: el objeto de A Theory of Justice es explícitamente la elaboración de una alternativa al utilitarismo filosófico. Son modelos rivales. No creo que la FPP tenga problemas de caja chica para invertir en algunas copias de la obra de Rawls: mi contradictor podría reparar en que la formulación del primer principio de justicia es justamente la protección de libertades individuales básicas que no pueden violarse ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Como señala más tarde su colega Jorge Gómez, el proyecto Rawlsiano es de matriz kantiana.

En segundo lugar, concuerdo con Masoliver en el sentido de interpretar al liberalismo como una doctrina de corte meliorista o progresista. Sin embargo, no entiendo por qué “darle la categoría de «injusto» a lo que heredamos a nuestros hijos deshumaniza el progreso”. No hay relación lógica entre la idea de construir un mundo mejor a partir de nuestras capacidades racionales -una premisa profundamente ilustrada- y el reconocimiento que las ventajas que se transmiten de una generación a otra puedan ser inmerecidas a nivel individual. Nada impide que una comprensión más acabada de la noción de progreso moral esté asociada a una teoría de justicia más igualitaria o que ponga énfasis en la dimensión efectiva y no puramente formal de la libertad.

En tercer lugar, Masoliver expresa la misma inquietud de Blaset en torno a un proyecto de un acuerdo constitucional que, por acción de la democracia, pueda violar derechos individuales. Fue mi error no especificar la importante diferencia entre el “primer Rawls” y el “segundo Rawls” en este respecto. La idea de un consenso traslapado que exprese los acuerdos básicos de una sociedad plural se enmarca en la defensa de un liberalismo puramente político y no sustantivo (no metafísico, diría Rawls). Es un tipo de liberalismo tan minimalista -en cuanto no compromete las doctrinas comprehensivas- que conservadores y socialistas razonables también podrían declararse tributarios de sus instituciones. Es un liberalismo que aspira a funcionar como marco general en el cual las diversas nociones de la vida buena puedan desplegarse, cuidando de preservar un núcleo de convicciones compartidas en torno a la idea de lo justo. Como ciudadano, me interesa avanzar hacia la articulación colectiva de ese liberalismo político. Como liberal, quisiera que mis ideas respecto de la vida buena sean respetadas y mis intuiciones fundamentales sobre lo justo estén recogidas en ese consenso traslapado.

Finalmente, Masoliver parece confundir garrafalmente los planos de la discusión. Los presupuestos de la justicia como imparcialidad están formulados a modo de teoría ideal y se aplican sobre las instituciones de lo que Rawls llama la estructura básica de la sociedad. Las condiciones del diálogo democrático actual, especialmente en Chile, son obviamente distintas. Por supuesto que los actores concretos poseen intereses contrapuestos. Teóricos y prácticos deben conciliar sus aspiraciones normativas con las realidades factuales de los procesos políticos. Mi percepción es que muchas personas en el mundo libertario sencillamente no quieren correr el riesgo de rebarajar el naipe del poder. Lo entiendo desde la humana tendencia a conservar el statu quo que nos beneficia. Lo entiendo desde la posición sustantivamente liberal que busca proteger la libertad económica. Pero negarse por estas razones al proceso constituyente es incoherente con las demandas del liberalismo político. El final de Masoliver es una colección de eslóganes. Menciona una serie de principios liberales históricos, pero olvida todos los que dicen relación con la igualdad -el principio fundamentalmente liberal, según Ronald Dworkin-, con la idea de tolerancia -que para otros pensadores como William Galston es la idea fundacional del proyecto liberal europeo a partir de la Reforma- o bien con la derivación kantiana de autonomía -que para otros constituye el verdadero núcleo ilustrado del liberalismo. El liberalismo no se juega en la mera libertad contractual ni en la autonomía de la billetera. El remate de Masoliver es de un entusiasmo conmovedor: “lo que más hay es redistribución, lo que más hay es la violación del individuo, lo que más hay es Rawls”. Es irónico que las ideas de libre mercado en Chile hayan sido introducidas por una dictadura que violó los derechos de los individuos en múltiples otras dimensiones. Los modelos de países desarrollados que se asemejan al ideal Rawlsiano, en cambio, no parecen sufrir de violaciones dramáticas a la libertad de los individuos por contar con acuerdos redistributivos.

IV. La respuesta más interesante vino de la mano de otro investigador de la FPP, Jorge Gómez Arismendi. Fue publicada en El Mostrador y lleva por título “Liberales modernos y postmodernos”. Ya señalé que la distinción entre liberales de derecha y liberales de izquierda es una simplificación excesiva de una familia más compleja. Pero Gómez añade que la distinción entre liberalismo moderno y clásico a partir de la adhesión a políticas redistributivas a secas es “un simple juego retórico”. No desconozco que se trata de otra simplificación, pero al tenor de las tres respuestas examinadas, el lector se dará cuenta que algo hay de cierto en ella. Si se trata de buscar las coincidencias al interior de esta tradición de pensamiento, no sería raro que liberales igualitarios y libertarios estuvieran de acuerdo en rechazar aquellas legislaciones que buscan proteger a las personas del daño que puedan hacerse a sí mismas, como en el clásico caso del cinturón de seguridad. Es ese sentido, ambas escuelas suelen ser anti-paternalistas. También es muy probable que se opongan al despliegue coercitivo del poder político para promover una idea determinada de la virtud o la vida buena. Un liberal podría tener objeciones religiosas con la homosexualidad, pero no piensa en movilizar los recursos del estado para obstaculizar los derechos de la población gay. Las coincidencias parecen extinguirse cuando se trata de la redistribución de la renta o del patrimonio de los ciudadanos. En este ámbito, los liberales igualitarios suelen considerar que la justicia es el valor central de la convivencia social. Luego, construyen una teoría de justicia que a partir de una serie de presupuestos metodológicos y premisas sobre los bienes primarios de la vida humana establece una serie de arreglos institucionales. Las libertades básicas de la teoría liberal forman parte de este arreglo. Pero los liberales igualitarios no se detienen ante la (importante) protección de la libertad negativa. Avanzan en la formulación de principios de igualdad democrática y problematizan la legitimidad de la desigualdad socioeconómica. Los libertarios, en cambio, suelen echar mano de una teoría de justicia distinta, en el cual las distribuciones desiguales quedan enteramente justificadas por un proceso histórico de intercambios voluntarios. Algunos autores creen que las teorías de laissez faire no debieran calificar como auténticamente liberales a estas alturas del partido (es la robusta tesis de Samuel Freeman en Illiberal Libertarians: Why Libertarianism Is Not a Liberal View), pero yo ni siquiera he argumentado algo semejante.

Aquí viene la sugerencia interesante de Gómez: indica que dar luz verde para que el estado recaude impuestos se asemeja mucho a darle luz verde como agente moralizante. Al permitirle al poder político que decida sobre el mejor uso de nuestros recursos, le estamos permitiendo que decida (aunque sea parcialmente) sobre el rumbo de nuestras vidas. Es decir, no sería enteramente cierto que tenemos coincidencias en dos ámbitos y discrepamos en el tercero. El argumento de Gómez es que no podemos hablar de coincidencia en el plano anti-perfeccionista si admitimos la legitimidad de la función redistributiva. Concluye Gómez que “esta diferencia radical no divide las aguas entre liberales de derecha e izquierda, como plantea Bellolio, sino entre liberales modernos y liberales postmodernos”. En resumen, los liberales igualitarios seríamos modernos porque aceptamos la injerencia (moral) del poder político en nuestra soberanía individual, mientras los liberales reunidos al alero de la FPP serían postmodernos porque rechazan todo tipo de intervención coercitiva sobre nuestra suprema subjetividad. He dicho que me parece una objeción interesante porque, si Gómez tiene razón, los liberales igualitarios enfrentamos un problema de consistencia interna del discurso. Tiendo a pensar que no la tiene. Me parece que Gómez recrea el trauma hayekiano de postguerra: la idea de vivir bajo un estado centralmente planificador donde la economía y los otros ámbitos de la vida son igualmente controlados por la autoridad. Lo primero, pensaba Hayek en The Road to Serfdom, es la puerta de entrada a lo segundo. Pero la estructura institucional del liberalismo Rawlsiano está lejos de ese escenario distópico. Quizás lo primero que haya que decir es que los liberales modernos no buscan sustituir el modelo de mercado. Incluso Dworkin reconocía que una persona dispuesta a abandonar el sistema capitalista no merece el apellido liberal. Según Dworkin, en el mercado se juega otra dimensión de la igualdad de las personas, pues el poder político no debiese presumir qué es lo que los ciudadanos quieren y prefieren en sus vidas. El mercado encarna un espacio donde la libertad creativa de los individuos también se despliega. Sin embargo, los liberales modernos han promovido regulaciones al libre mercado justamente para que viva a la altura de los principios que dice encarnar. El mismo Hayek defendía las regulaciones que introdujeran competencia. La mayoría de estos liberales también cree en la importancia de disminuir los niveles de desigualdad, de generar redes de protección social y de proveer servicios públicos en áreas estratégicas. Creen en ello pues reconocen que la estructura distributiva obedece -casi siempre- a nuestras posiciones de partida y no al merecimiento de acuerdo a nuestra contribución social, sin mencionar que parte importante de los frutos del trabajo son colectivos. Algunos consideramos que una estructura distributiva que no reconoca aquello es profundamente injusta (recomiendo al respecto un artículo en coautoría con Daniel Brieba: Por qué la desigualdad importa). Por lo mismo, estos liberales promueven un esquema de igualdad de oportunidades lo más extenso posible, equilibrando esas exigencias con otras libertades individuales igualmente atesoradas. Desde la perspectiva conceptual, el liberalismo igualitario no tiene por qué negar que los esfuerzos redistributivos implican sacrificios a la libertad individual. La pregunta normativa es si aquellos sacrificios se justifican en el marco ideológico general. La respuesta es afirmativa. Si los libertarios insisten en denominar dicho resultado como “socialista”, que así sea. Pero esto no compromete la subjetividad individual, como vagamente la describe Gómez. Si por subjetividad individual se refiere a lo que ocurre dentro del radio de la libertad negativa, la vida en sociedad está plagada de circunstancias en las cuales dicha libertad no será absoluta por una serie de consideraciones. Como bien reconocía Isaiah Berlin, la extensión de dicho radio siempre será controvertida. Lo relevante es que se trate de un dominio lo suficientemente amplio para que las personas puedan llevar adelante sus proyectos de vida. El liberalismo busca proteger ese dominio a través de una serie de garantías y así limita la eventual voracidad del poder político al respecto. Del escepticismo sobre cómo se ejerce dicho poder -que podemos compartir- no se sigue la imposibilidad justificatoria de dicho poder en términos auténticamente liberales.

Valga la pena una aclaración histórica: el liberalismo igualitario de Rawls ha sido precisamente criticado por autores comunitaristas por asumir un individualismo normativo en el corazón de su teoría de justicia. Fueron ésas críticas las que generaron debate en la literatura especializada (MacIntyre, Taylor, Sandel), al menos durante los ochenta. Blaset y Gómez tienen la errónea impresión que Nozick “refutó” a Rawls. La triste verdad es que casi nadie cree eso en la teoría política contemporánea. Salvo G.A. Cohen -quien vio en Nozick un interesante desafío al marxismo- nadie tomó demasiado en serio al libertarianismo de los setenta. Si estuviese vivo, Nozick sería un hombre feliz contemplando el éxito de sus ideas en este lejano y excéntrico país andino.

Valga también la pena una aclaración semántica. Gómez hace tres movimientos curiosos. Uno, dice que llamamos libertarios a los libertarios porque en realidad los consideramos “libertinos”. No sé de dónde sale esa inferencia. No creo que el fenómeno del libertinaje -lo que sea que eso signifique- necesite una categoría política. Luego, se refiere reiteradamente a los “mal llamados liberales igualitarios”. No me queda claro en qué sentido “mal llamados”. ¿Insinúa Gómez que los liberales igualitarios no debiesen considerarse liberales bajo ningún respecto por el hecho de justificar cierta función redistributiva? Si aquella es su insinuación, entonces toda la literatura contemporánea está equivocada y los futuros filósofos políticos del mundo entero debiesen correr a registrarse en los cursos de la FPP para ser iluminados al respecto. Finalmente, no deja de ser paradójico que Gómez reclame para la resurrección de las ideas del liberalismo clásico el mote de “liberalismo postmoderno”. Locke fue el precursor de la idea de un estado cuyas funciones se limitan proteger la vida, la libertad y los bienes de las personas. Nozick fue su actualización. Pero entre uno y otro, la humanidad presenció la explosiva expansión del sufragio universal. El liberalismo, notaba Norberto Bobbio, no pudo volver a ser lo mismo. Cuando la propiedad estaba concentrada en pocas manos, las limitadísimas funciones del estado tenían sentido como mecanismo de autoprotección de las elites. Pretender rehabilitar el liberalismo clásico en las condiciones actuales no tiene nada de postmoderno; más bien debiese ser llamado “retroliberalismo”.

Sin duda, estas conversaciones continuarán. Si el objetivo de estos intercambios es enriquecer el debate sobre el liberalismo chileno, me parecería interesante profundizar en la idea de “la inviolabilidad de la subjetividad humana” que presenta Gómez. Quizás haya que refinar la respuesta de por qué admitir la injerencia coercitiva del estado en el área socioeconómica no es igual a aceptar su pretensión moralizante. Agradezco las otras respuestas -no tanto la que me considera un virus a eliminar- pero no veo en ellas mucho material para continuar. Desde la perspectiva puramente práctica, me encantaría saber cómo encaja el libertarianismo de Blaset en una coalición de centro liberal. Finalmente, me gustaría llamar la atención sobre el importante trabajo que lleva adelante la FPP. Masoliver y Gómez se unen a Axel Káiser y Francisco Belmar en una auténtica armada libertaria (o liberal clásica, si prefieren) que parece ser consistente en su defensa de un liberalismo radical de sensibilidad ácrata. Tengo entendido que se oponen a iniciativa legales que afectan la libertad individual no solo en materia económica sino también en materia de derechos civiles (como en el caso del control de identidad preventivo). Se espera que sean más activos en debates sobre derechos reproductivos o políticas de drogas, donde podemos actuar en conjunto. En las materias donde subsiste la discrepancia, bienvenida sea.

Link: http://www.ciudadliberal.cl/?p=16361

LA CRUZADA CIVILIZATORIA DE JAIME BELLOLIO

febrero 2, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el 26 de enero de 2016)

El diputado UDI Jaime Bellolio es mi primo hermano. Tenemos prácticamente la misma edad y compartimos todos los veranos de nuestra infancia. No teníamos más de diez años cuando nos disputamos el amor de una mujer. Cada uno preparó su mejor ramo de flores y caminamos juntos a pedirle a la muchacha que decidiera entre los dos. La fortuna estuvo conmigo esa vez, aunque a esa tierna edad un pololeo no involucra beneficio físico alguno. Años después, mi primo se desquitó. A fines del 2002 competimos por la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica. Jaime encabezaba la tradicional lista del Movimiento Gremial y el suscrito corría como primer vicepresidente de la Opción Independiente, liderada por el actual subsecretario de Transportes Cristián Bowen. Algunos se referían al Bellolio Bueno y al Bellolio Malo, siendo Jaime en casi todos los casos el primero. Cuento corto: la victoria fue del gremialismo y en la sede de calle Suecia tomaron nota de la aparición de un joven talento. Desde entonces yo me he acostumbrado a perder elecciones. El resto es historia: El Bellolio Bueno estudió en Chicago, trabajó en la Fundación Jaime Guzmán y se desempeñó como prosecretario de la UDI. José Antonio Kast le abonó el terreno para que se transformara luego en diputado por San Bernardo y Buin. Hoy, con 35 años, está cerca de transformarse en el nuevo presidente del partido.

Originalmente no era Jaime el elegido para renovar la dirigencia del gremialismo, pero la caída de Ernesto Silva aceleró las cosas. El show debe continuar y la nueva generación de la UDI –al menos la mayoría de los diputados jóvenes- no está dispuesta a devolver el control total a los coroneles. Se han juramentado a batallar, aunque en la vereda contraria se agrupen verdaderos emblemas partidarios como Joaquín Lavín, Juan Antonio Coloma o Víctor Pérez. Corresponde entonces preguntarse de qué se trata la operación que trama Jaime Bellolio y compañía.

El diagnóstico compartido es que la UDI pasa por un momento reputacional complejo y atrás quedaron los días dorados del partido más grande de Chile. “Es un avión que va con la nariz abajo”, ha dicho el diputado Bellolio. Sin un cambio de dirección, piensan, el descenso es inevitable. En lo inmediato, el temor es que el electorado castigue con dureza a los candidatos de la UDI en las próximas municipales y parlamentarias. Es el único control de daños fidedigno después del terremoto Penta. Tótems como Jovino Novoa y Jaime Orpis están en la vitrina popular de políticos corruptos y es razonable pensar que la gente cobrará esa cuenta en la organización que los ampara. En ese escenario se entiende el estratégico desmarque que Jaime Bellolio intentó realizar respecto de la nula condena que la dirigencia de la UDI emitió sobre el caso de Novoa. A diferencia de Silva –cuyos vínculos familiares y profesionales le hacían imposible levantar la voz- el diputado Bellolio tiene más espacio para establecer estándares de mínimo sentido común. Desde el punto de vista normativo, su discurso debe ser capaz de distinguir la defensa del libre mercado de la defensa de intereses empresariales particulares. No es fácil: la derecha chilena tiende a confundir las fronteras del pro-business con el pro-market. ¿Se puede salvar al capitalismo de los propios capitalistas? Quizás, pero para eso hay que quemar bastantes naves. En el caso de la UDI, ello implica tensar relaciones con una tribu que históricamente los ha financiado y avalado. El desafío táctico es encontrar nuevos interlocutores en el mundo empresarial, voces autocríticas que sean capaces de asumir los errores cometidos sin echarle la culpa de todo al gobierno o a las reformas.

Pero el problema no es sólo inmediato. Más allá de lo que ocurra en las próximas elecciones, las generaciones de recambio de cualquier partido tienen el deber de custodiar el futuro. La UDI goza de una extensa red de presencia territorial, pero en los últimos años ha perdido el atractivo que tenía para los jóvenes de derecha que buscan un espacio en la política. Para un estudiante veinteañero de pulsiones liberal-conservadoras, es más interesante probar suerte en un grupo emergente como Evopoli que en una organización todavía marcada por la sombra de Pinochet. En términos de encorvamiento generacional del padrón de militancia, la UDI corre el riesgo de transformarse en la DC. Así como la competencia de los partidos de la Nueva Mayoría en las universidades chilenas es Revolución Democrática o la Izquierda Autónoma, la competencia de los partidos tradicionales de derecha es Evopoli. Dicho de otra manera, el problema de la UDI no es de caja sino de flujo. Es difícil que eso cambie si su próximo presidente es Lavín o Coloma. Jaime Bellolio, en cambio, saldría directamente a contener el crecimiento del protopartido de Felipe Kast. Por todo lo anterior, el desafío de Jaime es sacrificar a Pinochet. ¿Puede abjurar del dictador una colectividad que nace a su alero con el fin explícito de proteger su obra? Nada fácil, pero vale la pena el esfuerzo. RN ya hizo modificaciones a su declaración de principios en ese sentido. Los conocidos arrebatos de diputados pinochetistas como Ignacio Urrutia o Jorge Ulloa debiesen ser motivo de reproche al interior de la nueva UDI versión Jaime Bellolio. Asimismo, la condena a las violaciones a los DDHH cometidas en dictadura debe ser irrestricta y sin bemoles. Ése es el piso moral básico de la convivencia política del siglo XXI y la UDI debe decidir si está a la altura. Evidentemente, esto también generará tensiones con otro mundo que se relaciona estrechamente con el gremialismo. No importa: cada columna de Hermógenes o Gonzalo Rojas fustigando esta estrategia es una victoria para Jaime.

Desde mi perspectiva, también es un avance para Chile. Aunque me siento tan cerca de la UDI como del Partido Comunista –es decir, equidistante pero a mucha distancia- y mis diferencias doctrinarias con el diputado Bellolio son sustantivas, creo que su esfuerzo le hace bien a su partido pero también al país. Tenemos una derecha muy a la derecha del espectro. Eso tiende a generar conversaciones polarizadas con escasa posibilidad de diálogo productivo. En los últimos días incluso ha circulado el hashtag #NoMásUDI. Jaime Guzmán solía decir “nos odian porque nos temen, y nos temen porque nos saben irreductibles”. La política no es el lugar idóneo para caerle bien a todo el mundo, pero en los tiempos que corren me parece igualmente absurdo aspirar al odio del resto de la ciudadanía. Si la cruzada civilizatoria de Jaime Bellolio y sus aliados logra redefinir algunos aspectos centrales de su partido –conectándolo con criterios cívico morales ampliamente aceptados en la población- entonces el sistema de partidos chilenos estará ganando un aporte en lugar de un permanente dolor de cabeza, aunque sigamos discrepando de sus posiciones. No ignoro que el propio Jaime ha sido blanco de duros ataques por su actuación en el debate educacional, especialmente respecto del fallo del Tribunal Constitucional que modificó el plan de gratuidad universitaria anunciado por el gobierno. Esas actuaciones, al mismo tiempo, lo han hecho acreedor de respeto político entre sus pares. Su figura ha crecido al interior de la propia derecha -lo que contribuye a atenuar el argumento de la inexperiencia- e incluso sus detractores le reconocen méritos intelectuales y personales que a otros no. Algunos creen que la UDI necesita una figura de unidad de cara a los próximos desafíos electorales. Pero eso es pan para hoy -con suerte- y hambre segura para mañana. Lo que dicho partido parece necesitar es una dosis de tensión productiva que asuma las pérdidas y se reformule políticamente pensando en el futuro. De lo contrario, tiene poco futuro.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/01/26/la-cruzada-civilizatoria-de-jaime-bellolio/

EL ARTE DE GOBERNAR

febrero 1, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 01 de Febrero de 2016)

Uno de los comentarios más recurrentes de políticos y analistas es que el actual gobierno ha obrado con excesiva desprolijidad en una serie de episodios que pudieron manejarse mejor. Episodios como el vilipendiado viaje de Bachelet a la Araucanía –que pudo hacerse de forma distinta- o como el anuncio de restricciones a los periodistas que se sumen a las giras presidenciales –que pudo explicarse forma distinta- son ejemplos de esta desprolijidad. Es decir, no se trata de una crítica a la dirección ideológica de las reformas ni al contenido sustantivo del programa sino a la manera en que los equipos de gobierno han realizado su tarea. Independiente del juicio que oficialistas y opositores tengan del fondo, ambos parecen coincidir en un cuestionamiento general a la forma. En síntesis, el segundo mandato de Michelle Bachelet estaría marcado por una administración políticamente torpe.

Lo mismo se dijo, al menos al comienzo, del gobierno de Sebastián Piñera. Se hablaba de los “errores no forzados” de La Moneda: aquellos problemas que se creaban por desaguisados internos antes que por aciertos del adversario. Piñera tuvo que recurrir a los viejos cracks de la derecha (Longueira, Chadwick, Allamand, Matthei) para subsanar el déficit político de su conducción. Aun así, quedó la sensación que los resultados en materia de políticas públicas fueron comparativamente mejores a los resultados en materia de percepción puramente política.

Los gobiernos anteriores, en cambio, gozaron de la reputación contraria. De Ricardo Lagos se dijo que su talón de Aquiles fueron las políticas públicas, pero no la política. Su equipo de navegación –que incluía a José Miguel Insulza y Francisco Vidal- no cometía errores infantiles y salía jugando cuando se presentaban dificultades. El primer mandato de Bachelet partió cojeando pero terminó percibiendo los beneficios de un manejo político aceitado.

¿Qué hace que un gobierno sea mejor que otro en términos de destreza política? ¿La calidad de los asesores del segundo piso? ¿La experiencia de los ministros? ¿La muñeca del presidente? ¿La coordinación táctica? Quizás un poco de todas las anteriores. Lo claro es que gobernar se parece más a un arte que a una ciencia. No existe una metodología infalible ni una receta a prueba de incendios. No basta con leer a Maquiavelo o a Sun Tzu. Gobernar es navegar en aguas turbulentas y  muchas veces se requieren cambios de estrategia sobre la marcha. Al gobierno le quedan dos años: ¿podrán sus artistas mejorar la actuación?

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-01&NewsID=336980&BodyID=0&PaginaId=29