Archive for 27 marzo 2016

LA SOCIEDAD ESTÁ DE VUELTA

marzo 27, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 18 de marzo de 2016)

“De nuevo la sociedad” se llama el nuevo libro del sociólogo y académico de la Universidad de Chile, Carlos Ruiz Encina. La figura de Ruiz aparece poco en los medios tradicionales. Sin embargo, su influencia intelectual es notable en la formación de los nuevos cuadros de cierta parte de la izquierda chilena. En los noventa, Ruiz formó parte de la generación dorada de la Surda. Hoy se desempeña como presidente del directorio de la Fundación Nodo XXI, el Think Tank de los autonomistas como el diputado Gabriel Boric. Son los que están a la izquierda de la Nueva Mayoría. Leer a Ruiz es un ejercicio instructivo para saber qué están pensando las mejores mentes de esa tradición crítica.

“De nuevo la sociedad” es principalmente un alegato contra el modelo de relaciones políticas, económicas y sociales que se forjaron en Chile a partir de la dictadura pero que se profundizaron, según el autor, durante los decenios concertacionistas. Ruiz Encina no vacila en clasificar a la Concertación -y a su continuadora, la Nueva Mayoría- dentro de las fuerzas políticas neoliberales. Incluso los comunistas, indica Ruiz, han sucumbido a las tentaciones del poder sin exhibir voluntad real de hacer transformaciones sustantivas. Aunque estructuralmente motivado a mirar el vaso medio vacío, la reconstrucción histórica que hace Ruiz es verosímil. Los hechos son los hechos. Su interpretación es más controversial: los aparentes éxitos del modelo chileno serían totalmente espurios. Los mitos noventeros que alguna vez nos hicieron sentir orgullo –la reducción de la pobreza, la ampliación de la cobertura en educación, la expansión del consumo, la reconciliación, las formalidades democráticas, etcétera- fueron, de acuerdo a Ruiz, funcionales al objetivo de una elite que consolidaba su control gracias a la despolitización del tejido social. En esta elite se habrían terminado confundiendo empresarios de derecha con operadores concertacionistas. Lo que más lamenta el autor es que Chile se empezó a pensar en singular: la aplicación de lógicas de mercado a los distintos ámbitos de la convivencia habría terminado por desarticular lo poco que quedaba de sentido colectivo. Fue el triunfo del individuo por sobre la sociedad. Con intención de manifiesto militante más que como obra académica, Carlos Ruiz anuncia que la sociedad –orgánica y politizada- al fin está de vuelta.

Hay dos aspectos que, desde mi propia (de)formación filosófica e ideológica, quiero aprovechar de repasar. El primero es el ámbito de promesas frustradas por el modelo de desarrollo chileno. Ruiz Encina insiste en referirse a la idea de igualdad de oportunidad, por ejemplo, como una falacia. Sin embargo, no está enteramente claro si el autor considera que el principio normativo que está detrás de la igualdad de oportunidades –llamémosle justicia meritocrática- puede ser rescatado de sus defectos de aplicabilidad práctica. Un mínimo de honestidad intelectual nos obliga a coincidir con el diagnóstico de Ruiz: en Chile no existe real igualdad de oportunidades y la cuna sigue determinando generalmente el destino. Es una promesa fallida. Pero en su versión ideal, sus implicancias son radicales. La pregunta que queda en el aire es si acaso los vicios que impiden su materialización son suficientemente poderosos como para desechar el atractivo político-moral del principio. Algo parecido ocurre con la idea de libre competencia. Ruiz da en el clavo: parte importante del gran empresariado chileno ha hecho su fortuna en forma rentista en lugar de innovando en un ecosistema abierto y competitivo. No es raro que defiendan intereses corporativos y demanden protecciones especiales del mismo estado que dicen denostar. No juegan, concluye Ruiz, con las reglas que le confieren legitimidad al discurso liberal. La pregunta, nuevamente, es si acaso el problema está en el principio de la libre competencia, en la forma en que sus instituciones lo encarnan, o bien en los elencos que dicen ponerlo en práctica. Algunos dirán que estas preguntas no tienen mucho sentido. A fin de cuentas, no podemos compararnos con el ideal sino con las prácticas sociales habituales de nuestro entorno. Pero la filosofía política consiste precisamente en explayar la fascinación normativa que ejercen ciertos conceptos, independiente que ello vaya acompañado de un reconocimiento explícito de la distancia que existe entre la teoría y la realidad.

El segundo argumento interesante es el de la “naturalización” del modelo. Frente al relato neoliberal que sostiene que las personas buscan su interés individual y es perfectamente normal que intenten diferenciarse de sus vecinos a través de la competencia –lo que básicamente se traduce en desigualdad material y segregación de estatus- la izquierda de Ruiz se rebela. Nada hay de natural, sugieren, en vivir como consumidores que se alienan de la comunidad. Tampoco habría libertad, como lo vende la derecha, al abandonarse al veredicto del mercado pues se pierde soberanía sobre la propia existencia. De ahí la acusación: el modelo es expresión de un orden socio-económico y cultural impuesto desde arriba. Sin embargo, la tesis opuesta es igualmente discutible. La visión de ciudadanos solidarios y cooperadores en camino a la emancipación tampoco emerge en forma natural. Las instituciones políticas, las dinámicas productivas y las relaciones sociales que se requieren para ello también deben ser impuestas, ya sea por la vía democrática o por otra. La idea de libertad que parece promover Ruiz es tan controversial como su adversaria. En efecto, el modelo chileno no tiene nada de natural. Pero tampoco lo son las alternativas.

El libro de Ruiz no es para todos los públicos. A ratos es árido y repetitivo. Pero es posible que esta lectura tenga que ver con nuestras diferencias disciplinarias y metodológicas. En cualquier caso, yo disfruté su densidad teórica, su revisionismo crítico y su riqueza lingüística. Del mismo modo lo disfrutarán todos aquellos que gustan de masticar y digerir los procesos sociales.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/03/17/130357-la-sociedad-esta-de-vuelta

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¿ES NEOLIBERAL APOYAR EL ABORTO?

marzo 25, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el 22 de marzo de 2016)

Circula la idea –expuesta en este medio por la pluma siempre generosa de Daniel Mansuy, así como en otros circuitos neofalangistas de la derecha– de que los sectores políticos que votaron a favor del aborto en tres causales específicas estarían vendiendo su alma al individualismo más radical. La Nueva Mayoría y parlamentarios como Gabriel Boric habrían abdicado del corazón normativo de su discurso: la aspiración a una sociedad que incentive los vínculos de solidaridad por sobre un esquema de aislamiento donde cada uno hace lo quiere. Marx estaría avergonzado, intuye. El aborto, sostiene Mansuy, fue defendido ocupando principalmente esa herramienta: la apelación a la autonomía de la mujer sobre su cuerpo, sin tomar en cuenta la importancia de la familia como fábrica primaria del tejido social. La crítica se hace especialmente dura cuando se trata de la Democracia Cristiana, partido que dice defender –o al menos históricamente nació para ello- valores comunitarios expresados en instituciones políticas. Soledad Alvear habría sido, después de todo, consistente con su credo partidario, lejos de la derecha. Los otros, en cambio, se habrían convertido al liberal-contractualismo.

Vamos por parte. El caso a favor de autorizar legalmente la interrupción del embarazo en ciertas situaciones se funda, ideológicamente hablando, tanto en el argumento de la autonomía de la mujer (la justificación liberal) como en el argumento de la igualdad en la distribución de las cargas sociales (la justificación igualitaria). Es difícil, cuando se trata del aborto, separarlas. La mujer reclama el derecho de disponer libremente de su cuerpo en casos en los cuales el deber estatal que se le impone no guarda ninguna proporcionalidad con lo que exige regularmente a los hombres. Lo que se reclama es igualdad de autonomía, no puramente autonomía. De ahí que Boric tenga razón al conectar su voto con el esfuerzo histórico del feminismo, que a fin de cuentas no es otra cosa que una exigencia de igualdad.

Mansuy tiene sin duda razón cuando reconoce que la fibra doctrinaria de parte importante de las razones que se entregaron en el hemiciclo es de naturaleza individualista y ésta es justamente una de las coordenadas centrales de lo que John Gray llamó el “síndrome liberal”. También podría ser cierto que la DC terminó inclinándose ante la fuerza de un argumento que no necesariamente le pertenece ni la identifica. O no debiera. Pero eso habla bien de la capacidad expansiva del argumento. Mansuy parece reprender a sus diputados por escudarse en la falacia de la neutralidad en lugar de darse cuenta que los aparentemente ecuménicos requerimientos de la razón pública liberal son tan sectarios como sus creencias cristianas. Pero la noción de liberalismo político a la que indirectamente aluden los parlamentarios que evitan “legislar sobre sus creencias” no tiene la densidad comprehensiva que está suponiendo el columnista. Es un recurso a los mínimos comunes de la convivencia política, no una filosofía acerca de lo que debemos valorar en la vida. Es acerca de los límites del poder coercitivo legítimo. En ese sentido, todos los sectores políticos han sucumbido parcialmente a las premisas básicas del individualismo por su evidente atractivo normativo. Eso no nos pone, como caricaturiza Mansuy, en una pendiente resbaladiza donde el próximo paso es legalizar la venta de órganos como si fuesen libros viejos. El principio del individualismo normativo no es todo o nada. La peor parte de la tradición conservadora es aquella que está avizorando tempestades y catástrofes sobre el edificio social. La mejor –que comparte con el liberalismo de los escépticos- es la que entiende que los procesos políticos son graduales y hay cierta sabiduría en las prácticas sociales.

Curiosamente –extrañamente, pues suele ser tan observador como sutil- Mansuy no advierte la dimensión emancipadora que tienen ciertas formas de autonomía individual respecto del control colectivo. No es la emancipación prometida por el marxismo, como bien recuerda. Pero no todo el impulso progresista –ese que consiste en dibujar artificialmente un mejor porvenir en el planeta- está determinado por categorías marxistas. Cualquier izquierda que se sienta más o menos vinculada al proyecto ilustrado exhibirá una sensibilidad especial por la idea de libertad como autonomía, por mucho de Marx haya escrito contra la idea de derechos humanos en su formulación subjetiva. En ciertas tradiciones libertarias de izquierda, de eso se trata justamente la crítica al mercado: se rechaza porque genera relaciones tan asimétricas de poder que afectan la capacidad de ser tu propio dueño.

En resumen, por una parte, no parece correcto disociar el relato de autodeterminación del relato de igualdad democrática cuando se trata de reconstruir el caso de los partidarios del aborto. Por otra, es importante explicar de qué se trata esa fortaleza normativa que el mismo Mansuy reconoce en la idea de autonomía liberal. Sirve para entender que la izquierda, en lugar de traicionar principios, quizás posee un repertorio más espeso, uno que en ciertos escenarios asigna valor prioritario a la autonomía porque eso es lo que parece justo. Pero claro, todas las fuerzas políticas tienen entramados ideológicos complejos. Lo mismo la derecha, en cuyo seno coexisten socialcristianos comunitaristas con Chicago Boys. Es aborto no es, en síntesis, una salida “neoliberal” del problema. Su fundamentación se construye con varias piezas. Algunas están vinculadas a tradiciones liberales y otras a argumentos igualitaristas. Y dentro de las liberales, son de aquellas que han ganado aceptación amplia como artefacto procedimental y epistemológico de resolución racional de conflictos. Evidentemente, los democratacristianos están bienvenidos a usarlo.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2016/03/22/es-neoliberal-apoyar-el-aborto/

REFLEXIONES SOBRE EL #ELECTORALDEATHMATCH

marzo 24, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Demócrata el 21 de marzo de 2016)

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La segunda versión del #ElectoralDeathMatch ha llegado a su fin. Comenzó con 16 duelos de primera fase el domingo 13 de marzo y concluyó el sábado 19 con la gran final entre la senadora Lily Pérez y el senador Alejandro Guillier. La victoria fue para este último. En la primera edición de noviembre 2015 contabilizamos 46 mil votos emitidos. Esta vez llegamos a 88 mil, lo que significa un crecimiento notable. El duelo que registró mayor participación fue la semifinal entre Lily Pérez y Sebastián Piñera, seguido del ajustadísimo enfrentamiento entre Felipe Kast y Leonardo Farkas en primera fase. La final fue el tercer duelo más votado.

Aunque hemos dicho en todos los tonos que el #ElectoralDeathMatch no tiene aspiraciones representativas de la sociedad chilena ni pretende ser una medición científica –por lo tanto esa objeción “metodológica”  es completamente superflua- quizás sí sea importante precisar cuáles son los objetivos del ejercicio. Son básicamente tres. En primer lugar, se trata principalmente de un juego político. El modelo de playoffs funciona de la misma forma que en muchos torneos deportivos. Ese es parte de su atractivo: nos provoca curiosidad saber quiénes avanzan y quienes quedan eliminados, y en este caso podemos contribuir al desenlace del cuadro. Que la política –usualmente árida y poco sexy- pueda ser presentada en un esquema lúdico genera oportunidades de masificación. En lugar de alienar a las nuevas generaciones, el #ElectoralDeathMatch busca incorporarlas a la conversación política. En ese sentido, es un juego con espíritu cívico.

Lo segundo que le pedimos al experimento es que sea capaz de detectar señales que a veces no se leen en las secciones de política de los medios tradicionales ni se recogen en las encuestas habituales. Sabemos que existe un hastío generalizado con la clase política chilena. Pero seguimos insistiendo en los mismos nombres –al menos cuando se trata de la presidencial- como si fuésemos incapaces de parir nuevas alternativas. El #ElectoralDeathMatch nos invita a pensar “fuera de la caja”. Es lo que ocurrió en la versión recién finalizada: fueron tantas las sorpresas respecto de la primera edición, que uno se ve tentado a articular algunas hipótesis y acotadas conclusiones. Hace 5 meses, la final fue Piñera versus Lagos. Muchos tuiteros estaban decepcionados porque creían que las redes sociales serían capaces de promover caras frescas. Por el contrario, se comportaban de forma bastante convencional. Sin embargo, algo cambió. Figuras como Allamand, los dos Kast, Andrés Velasco e Isabel Allende habían llegado todas a segunda fase en la edición anterior. Esta vez no superaron la primera. ME-O fue pulverizado en octavos de final, lo mismo que Lagos. Piñera no alcanzó la final. En cambio, fueron exitosos los nombres de Jaime Bellolio, Felipe Bulnes, Eduardo Engel, Francisco Huenchumilla, Nicolás Eyzaguirre y Daniel Jadue, por nombrar algunos. Que la final haya sido entre Lily Pérez y Alejandro Guillier tiene cierta lógica. Si bien son parte del elenco de la política, no parecen estar manchados por el tipo de acusaciones que pesan sobre muchos de sus pares. Como el sistema funciona forzando la elección binaria –por eso no está la opción “nulo/blanco” como porfiadamente algunos solicitan- finalmente avanzan a etapas posteriores quienes tienen menos anticuerpos, no necesariamente quienes tienen más adhesión nominal. Como señaló una tuitera ocurrente refiriéndose al inédito emparejamiento de la final, “con esos candidatos es como si hubiéramos tomado armonil”. Evidentemente, no todas las señales que envía el juego son susceptibles de ser procesadas, pero en la medida que tengamos más información para comparar, mejor será el trabajo de detección. Finalmente, que nos parezca interesante medir figuras menos establecidas como presidenciables no implica que desconozcamos que en democracia el rol de ofrecer candidatos a la ciudadanía recae principalmente en los partidos y las coaliciones. El problema es que a veces, por una serie de razones, estas instituciones tienen problemas para conectar con la sensibilidad de la opinión pública.  El #ElectoralDeathMatch suma con su humilde y particular mirada desde abajo, abriendo la cancha a las propuestas y preferencias de la ciudadanía virtual.

En tercer lugar, la herramienta ha sido útil para observar el nivel de desarrollo de activismo digital de los actores políticos chilenos. Colectivos como Evopoli y Amplitud, por ejemplo, entienden que las redes sociales son y serán importantes en la promoción de sus ideas y representantes. Puede ser una cuestión generacional, pero los partidos tradicionales han sido más lentos en enganchar con la dinámica del ejercicio. Aun así, hasta los radicales celebraron en su cuenta oficial la victoria de Guillier. En resumen, nos parece estupendo que los distintos movimientos y partidos se involucren haciendo llamados a participar. Eso mantiene caliente el músculo de la militancia virtual y crea lazos de identidad política entre los usuarios de redes sociales.

Para terminar, me gustaría hacerme cargo de algunas críticas u observaciones al proceso. Parto por la más ridícula. Un tuitero comentó que el emparejamiento entre el alcalde de Recoleta –comunista- Daniel Jadue y la líder la CUT –comunista- Bárbara Figueroa habría sido una manipulación, una jugarreta para descalificar la reforma laboral (?). Otra usuaria, cuyos candidatos no estaban avanzando como ella quería, señaló que las llaves estaban “arregladas” para llegar a un determinado resultado. Usted ya sabe, las clásicas teorías conspiracionistas. Parece innecesario decirlo, pero el #ElectoralDeathMatch no tiene ningún tipo de agenda ideológica. Es un proyecto completamente independiente al cual le resulta indiferente el resultado. Si lo que queremos es detectar señales, no tiene ningún sentido hacernos trampa en el solitario. Por supuesto que algunos emparejamientos pueden ser controvertidos (¿por qué Felipe Kast tuvo que enfrentar a Farkas en primera ronda?) pero todos pueden ser justificados bajo el criterio central de ordenamiento en un eje derecha-izquierda. Siempre habrá segundas opiniones al respecto (¿debería ir ME-O a la derecha o a la izquierda de los comunistas? ¿El candidato de RD debe ir a la derecha o a la izquierda de los nombres del PS? ¿Es correcto hacer correr a Engel o Velasco en el lado derecho del cuadro?), pero no hay intencionalidad política alguna en el diseño de las llaves. Es nuestro compromiso mantenerlo así.

También se nos ha preguntado por la ausencia de figuras como Giorgio Jackson o Camila Vallejo. La respuesta es clara: como se trata de un simulacro de elección presidencial, sólo participan quienes tienen la edad constitucional para postular a esa posición. Es decir, 35 años cumplidos al año 2017. Lo anterior no implica que no podamos realizar –más adelante- un torneo con jóvenes promesas como fue propuesto por un tuitero. También tenemos la idea de realizar un ejercicio parecido que en lugar de interrogar por preferencia presidencial lo haga por preferencia edilicia, a propósito de las elecciones municipales de octubre, al menos en las capitales regionales y las comunas más emblemáticas.

Una crítica más compleja apela a la escasa representación femenina del cuadro: fueron sólo 6 de un total de 32 (Evelyn Matthei, Lily Pérez, Ximena Rincón, Carola Tohá, Isabel Allende, Bárbara Figueroa). En la pasada edición fueron 7 (salió Roxana Miranda por bajo rendimiento). La situación en la clasificatoria de enero fue aun peor: 3 de 32. Una manera de explicar esa asimetría es sencillamente apuntando a que la nómina obedece a propuestas de los mismos tuiteros. Así fue como se construyó la lista de las clasificatorias, en efecto. No implica ningún juicio de valor reconocer que el ámbito de los presidenciables está más poblado de hombres que de mujeres. ¿Corresponde aplicar una cuota? Quizás. Aunque el fundamento de la cuota tiene más sentido cuando se trata de cuerpos colegiados. Por eso no hay ley de cuotas en una elección donde solamente se elige 1 cargo. Aun así, es una situación que no nos tiene cómodos e intentaremos remediar. Es probable que la próxima etapa clasificatoria –que tiene por objeto elegir 8 nuevos nombres que reemplacen a los 8 menos votados de la última versión- sea prácticamente paritaria. Todas las propuestas son bienvenidas. Nos volvemos a encontrar en abril.

Link: http://www.eldemocrata.cl/opinion/reflexiones-sobre-el-electoraldeathmatch/?utm_content=bufferfade4&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

BRUSELAS

marzo 23, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de marzo de 2016)

ISIS –o Daesh, o Estado Islámico, como quiera usted llamarlo- lo hizo de nuevo: había prometido sembrar el terror en otras capitales europeas y el gobierno belga sabía que Bruselas estaba en la lista. Aun así, no hay cómo prevenir estos ataques. Cuando una persona toma la decisión de morir por una causa –noble o perversa- es poco lo que se puede hacer. Es la observación que –en El Padrino II- hace Michael Corleone cuando visita Cuba a fines de los cincuenta: ¿qué detiene a un fanático político o religioso que aspira al martirio?

Esa es la sensación que parece recorrer al viejo continente: hagan lo que hagan, el horror encontrará la manera de colarse. Un horror cobarde que golpea por la espalda. Aumentar los controles y las medidas de seguridad, a la larga, solo implica restricciones a la libertad de la ciudadanía inocente. Es un pensamiento amargo; sugiere que hay que resignarse a vivir con miedo. Pocas veces las alarmas habían estado tan prendidas (hace pocos días fue capturado en suelo belga uno de los responsables de la masacre de Paris; se temía una reacción) pero nada de eso fue suficiente. Decenas perdieron la vida, decenas cuyos familiares y amigos seguramente no pueden entender qué irracionalidad maléfica se regocija así del dolor ajeno.

La secuencia de Paris se repite: los nacionalistas apuntan con el dedo a los inmigrantes y los secularistas a los religiosos. A estas alturas discutir la influencia del Islam en la violencia jihadista es bizantino. ¿Tiene que ver? Por supuesto. ¿Tiene todo que ver? Por supuesto que no. El hashtag #StopIslam es injusto. El mundo musulmán es demasiado grande y tan complejo como el cristiano. Pero hasta cierto punto la asociación es inevitable. No son los pacíficos cuáqueros ni los científicos ateos los que cruzan medio planeta para volarse en pedazos en nombre de una doctrina comprehensiva. Decir que los terroristas no son auténticos musulmanes es argumento insuficiente. Ellos podrían decir que son los moderados los que han extraviado su interpretación coránica. Es casi imposible discutir de este tema sin caer en algún tipo de reduccionismo o falacia que confirme nuestra idea previa. Todos lo hacemos.

Por mientras, la inmensa mayoría de musulmanes decentes que habitan en Europa se aprestan a sufrir un poco más de intolerancia y xenofobia. Un caso de estudio de una población que es indirectamente perjudicada por aquellos que dicen luchar por el mismo dios. Los partidos de extrema derecha –y aquellos que abogan por la retirada británica de la Unión Europea- disponen de renovado arsenal retórico para insistir en la división entre ellos y nosotros. Si el ataque al corazón de Francia fue considerado una afrenta a nuestro modo de vida occidental, el ataque a Bruselas será presentado como prueba de la vulnerabilidad de las instituciones europeas.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-03-23&NewsID=341226&BodyID=0&PaginaId=10&strNameFile=paises_se_cuadran_con_bruselas.flv&iMoveScroll=285

DE LOS FIELES SERÁ EL REINO DE LOS CIELOS. REFLEXIONES SOBRE LA VISITA DE FRANCISCO A MÉXICO

marzo 21, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Territorio, edición febrero 2016)

Los cardenales reunidos en el cónclave que tuvo por misión reemplazar a Joseph Ratzinger a la cabeza de la Iglesia Católica hicieron lo correcto –políticamente hablando- al escoger al argentino Jorge Bergoglio. Los números del catolicismo descienden en el mundo entero y ya era hora de salir a detener la sangría. Los nuevos tiempos requieren de encanto gaucho, no densidad teológica germana. Europa ya está perdida entre las garras de la secularización y la modernidad, parecieron pensar los cardenales, pero todavía estamos a tiempo de conservar en nuestra órbita de influencia las regiones pre-ilustradas de la Tierra. Francisco es perfecto para el rol: viene del continente más creyente del planeta, de una orden religiosa identificada con el trabajo social, y es incluso capaz de reconocer que ciertas batallas morales emblemáticas de nuestra era –como la que históricamente ha librado el Vaticano contra la homosexualidad- están básicamente perdidas y requieren un cambio de estrategia.

El declive del catolicismo en Latinoamérica

Pero tiene que darse prisa. América Latina también está perdiendo la fe. De acuerdo a una reciente muestra –Latinobarómetro- que cubre dieciocho países de la región, aquellos que se definen a sí mismos como católicos han descendido del 80% en 1995 al 67% en 2013. Todo indica que la tendencia continúa y continuará su curso. Tres factores parecen ser decisivos en el declive de la hegemonía católica en el subcontinente. En primer lugar, cierta evidencia sugiere que una combinación de progreso económico, estabilidad política, mayor acceso a educación formal y redes de protección social tienden a producir procesos de secularización cultural en el mediano plazo. Este parece ser el caso de países como Chile y Uruguay en Sudamérica. La tradicionalmente influyente Iglesia Católica chilena representaba al 74% de la población en la década de los noventa, pero en 2013 se encontraba en torno al 57%. En el mismo lapso, el catolicismo en Uruguay descendió del 60% al 41%. En ambos casos, esta caída está correlacionada con un aumento en la población atea, agnóstica o sin creencia religiosa (en Chile subieron del 8% al 25%, mientras en Uruguay del 18% al 38%).

En segundo lugar, especialmente en Centroamérica, el descenso del catolicismo no está relacionado con la pérdida de la fe sino con su reemplazo. En Nicaragua y Honduras, por ejemplo, la población católica baja un 30% en menos de veinte años. Sin embargo, cada punto que pierde el ejército vaticano lo ganan las denominaciones protestantes evangélicas. Costa Rica, Panamá y El Salvador experimentan el mismo fenómeno. La pobreza sigue siendo el caldo de cultivo ideal para la expansión de esta corriente que combina fundamentalismo doctrinario con sentido comunitario y esperanza de redención en contextos agobiados por el crimen y la droga.

El factor final pareciera ser la pérdida de legitimidad social y poder cultural de una institución azotada por denuncias de abuso sexual. No hay manera de establecer causalidad científica entre ambos fenómenos, pero es una especulación válida. El caso de Chile parece confirmar la hipótesis: es tan amplia la variedad de sacerdotes implicados –desde históricos defensores de los Derechos Humanos en tiempos de Pinochet hasta curas de la elite santiaguina, desde carismáticos guías espirituales hasta encumbrados obispos- que prácticamente todos los sectores de la sociedad se han visto conmovidos. En contraste, la revelación de las atrocidades de Marcel Maciel no parece haber afectado sustantivamente la adhesión religiosa de los mexicanos.

México es ciertamente la excepción continental. Junto a Brasil, se trata de las dos naciones más habitadas de América Latina. Ambos países son conocidos por su fervor religioso popular. Pero mientras en Brasil el catolicismo habría bajado sutil pero progresivamente (de un 78% en 1995 al 63% en 2013), México sería el único país que ha aumentado su militancia apostólica romana (del 77% al 79% en el mismo período). El Ángel de la Independencia no se equivoca cuando le dice al Papa que la CDMX es “su casa”. Por su parte, Francisco entiende que México es el bastión del catolicismo que resiste a pie firme el avance de la secularización y el descreimiento. A fin de cuentas, los doscientos millones de humildes habitantes de la generosa tierra azteca valen por varios sofisticados estados europeos. Por lo mismo, Juan Pablo II estuvo cinco veces en México y hasta Ratzinger se dio el tiempo para hacer una visita en su corto pontificado. A fin de cuentas, de los fieles es el reino de los cielos. Hay que seguir sembrando allí donde –sabemos- la tierra es fértil y la cosecha es abundante.

Los requisitos de un Estado Laico

Sin embargo, que el Papa se sienta a sus anchas en una nación mayoritariamente católica no implica que las instituciones del estado deban comportarse como fieles ordinarios. Una cosa es que el Ángel de la Independencia esté descriptivamente en lo cierto. Otra cosa es que el Ángel de la Independencia esté normativamente en lo correcto. Aquí aparecen los problemas para un país que se reconoce a sí mismo como constitucionalmente laico. No es un problema exclusivo de los mexicanos. Ocurre en todas partes del mundo y especialmente en Latinoamérica, sin importar si se trata de regímenes de izquierda o de derecha. Hugo Chávez fue prolífico en invocaciones divinas y Nicolás Maduro ha seguido sus pasos. En Ecuador, Rafael Correa no oculta sus convicciones religiosas a la hora de argumentar en el debate público. La última campaña de Daniel Ortega en Nicaragua estuvo plagada de alusiones cristianas. En Chile, el ex presidente Sebastián Piñera sostuvo expresamente que su gobierno no era neutral respecto de la religión. En su visión, el estado tenía todo el derecho de movilizar sus recursos para promover una determinada espiritualidad religiosa. Es decir, parece que en América Latina tenemos un problema de comprensión respecto de lo que implica vivir en un estado laico efectivo y no meramente nominal.

Es importante señalar que la laicidad de un sistema político no se juega –necesariamente- en el gasto público involucrado en una visita papal. Francisco es la cabeza de la Iglesia Católica pero también es el representante diplomático del pequeño estado Vaticano. Que se trate de un territorio geográfico irrisoriamente acotado no implica que no tenga importancia política. Cuenta la leyenda que un sarcástico Stalin preguntó, para medir el verdadero poder del Papado, cuántas divisiones militares comandaba Pio XI. Pero los tiempos han cambiado y el poder no se mide –solamente- en tanques y portaaviones. Guste o disguste, el Vaticano sigue siendo un actor (medianamente) relevante en el concierto internacional. No es casualidad que Francisco haya debutado con una encíclica dedicada a la discusión medioambiental y los desafíos de la humanidad para preservar nuestra “casa común”. El Papa entiende que ese poder simbólico –no hablemos de autoridad moral- debe alimentarse en la frontera de los debates éticos contemporáneos. En síntesis, el estado mexicano está razonablemente legitimado para invertir en sus relaciones con el Vaticano sin violar –por el hecho de desplegar sus recursos- su compromiso con la laicidad. Evidentemente, Peña Nieto entiende que su gobierno debe mostrarse tan entusiasta como una quinceañera para conectar con la frecuencia emotiva de la mayoría ciudadana. Sería una acusación de aprovechamiento político tan obvia como inevitable. No conozco Jefe de Estado que se niegue conscientemente a usufructuar de esa experiencia empática.

La violación de la laicidad se gatilla en otras circunstancias. Es un principio que generalmente se desagrega en tres sub-principios. Primero, los estados deben garantizar la libertad de culto de sus ciudadanos. Segundo, las instituciones del estado no deben hacer diferencias en el trato que otorgan a las distintas confesiones religiosas existentes. Tercero, las instituciones del estado tampoco pueden hacer diferencias entre la religiosidad y la no-religiosidad. Libertad, igualdad y neutralidad son requisitos del mismo edificio normativo. La mayoría de los países de nuestra región cumple satisfactoriamente el primero (salvo cuando se trata de la tribu Rastafari: nuestras policías no entienden el consumo de cannabis como ritual sagrado). Por la casi incontrarrestable predominancia católica en Latinoamérica, varios sistemas políticos han tenido problemas para encarnar el principio de igualdad religiosa. Es común que varios ordenamientos jurídicos todavía concedan ciertos privilegios al catolicismo. Finalmente, el principio de neutralidad es el más esquivo. La influencia política de la población no creyente –que recién se empieza a organizar como tal- es todavía escasa en la porción que va desde el Río Grande a Tierra del Fuego. Por ende, los gobernantes no se toman muy en serio aquello de mantener distancia entre las preferencias metafísicas de la gente. A muchos de ellos les parece perfectamente normal instalar pesebres navideños en dependencias públicas o financiar celebraciones religiosas con dinero fiscal. Se trataría, a fin de cuentas, de expresiones culturales más que religiosas, profundamente enraizadas en los modos tradicionales de un pueblo. Pero bajo esta apariencia ecuménica se esconde un sutil mensaje de promoción oficial de la religiosidad, que en ciertos contextos será difícil de conciliar con las demandas de un estado laico.

En otras ocasiones, el mensaje no es tan sutil. Hace pocos años, la alcaldesa de Monterrey –en un acto público- entregó las llaves de la ciudad a “nuestro señor Jesucristo, para que su reino de paz y bendición sea establecido”. A continuación, fundando una teocracia local, abrió las puertas del municipio “a Dios, como la máxima autoridad”. Ella se excusó señalando que se trataba de opiniones a título personal. Sin embargo, las llaves de una ciudad no se entregan a título personal. También señaló que siempre ha sido respetuosa de las creencias de los regiomontanos. Pero eso no está en discusión. Una vez más, estamos frente a la incomprensión de los principios que establecen la separación institucional entre estado e iglesia. Otras tres autoridades locales habrían hecho lo mismo, según consta en la prensa mexicana.

¿Ha realizado la administración de Enrique Peña Nieto actos que violenten el principio de laicidad a propósito de la visita del Papa? Eso deben juzgarlo los mexicanos que por estos días deben sufrir un bombardeo mediático con colores vaticanos. Lo que he querido ofrecer es un estándar o criterio general para evaluar las acciones de los gobernantes. No se rompe la promesa de laicidad solamente cuando se promulgan leyes o políticas públicas que favorecen explícitamente una determinada visión religiosa (o anti-religiosa) sobre las demás. También se fractura cuando se ejecutan actos o profieren declaraciones que envían un mensaje simbólico respecto de cuáles son las adhesiones religiosas “correctas” de la población, generando indirectamente la sensación de que existen ciudadanos de primera y segunda clase frente a los ojos del estado. Los gobernantes, especialmente en el entusiasmo febril de estas visitas papales, deben cuidarse de abusar de la capacidad expresiva del aparato público para no generar esa percepción en aquellos que no son católicos (en nombre del principio de igualdad) o bien no son creyentes (en nombre del principio de neutralidad). No basta con constatar que el gobierno ha desembolsado importantes sumas de dinero fiscal, pues uno presume que haría lo mismo si la visita fuera de otros jefes de estado como Barack Obama o la reina Isabel II. Se requiere un acto o declaración –aunque sea lírica, discursiva o performática- que utilice la investidura y la tribuna oficial para afectar la percepción de igualdad ciudadana.

Link: http://www.revistaterritorio.mx/de-los-fieles-sera-el-reino-de-los-cielos.html

MAQUILLAJE POLÍTICO

marzo 20, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de marzo de 2016)

¿Cuánto ayuda cambiar la marca y el logo de un proyecto político desprestigiado? Depende. Después de la derrota de Eduardo Frei en 2009, era evidente que los partidos de la vieja Concertación tenían que deshacerse de un nombre que a esas alturas era matapasiones. Las incorporaciones fueron marginales –el caso del PC es el más llamativo- pero aun así hicieron el esfuerzo de persuadir a la opinión pública de que la Nueva Mayoría era algo sustancialmente distinto. En cierto sentido, lo lograron. Mucha gente cree que el ADN de la coalición que actualmente gobierna está ligeramente a la izquierda del gen concertacionista.

La derecha tiene experiencia en cambiarse el nombre. En 2009 inventaron la Coalición por el Cambio para dar la sensación que la plataforma que llevaría a Sebastián Piñera al poder era más amplia que RN y la UDI. Duró poco: al rato volvieron a ser la vieja Alianza. Después de la paliza electoral que sufrieron en 2013, volvieron a cambiarse el nombre y el logo. Ahora dicen llamarse ChileVamos. Pero sabemos que se trata básicamente de lo mismo.

La Presidenta Bachelet reconoció una vez que Transantiago era una mala palabra. En el último tiempo, UDI se ha transformado en una mala palabra. En la conversación callejera, se la identifica con corrupción y financiamiento irregular de la política. Es lo peor que le puede pasar a una marca: que su sola mención se asocie a sentimientos negativos. En el gremialismo lo saben, y por eso estuvieron pensando seriamente en renovar todos sus símbolos. Finalmente, sólo cambiaron el logo y la forma de pronunciar el nombre. Ya no es la UDI Popular –el sueño Guzmaniano de una derecha capaz de disputarle a la izquierda el voto de los sectores más desaventajados del país- sino Unión Demócrata Independiente a secas. El nuevo logo es igual de feo que el anterior, pero eso nunca ha sido muy dramático en el marketing político.

Según el senador Hernán Larraín, el cambio se debe a que quieren una “imagen simple, sencilla, clara y precisa que nos retrate tal y cual somos”. No resulta una explicación muy convincente. Nada es más sencillo que un acrónimo (UDI) y la mezcla de conceptos como unión, democracia e independencia es cualquier cosa menos precisa. Tampoco los retrata: no son un partido sencillo sino complejo. Sin mencionar sus bajos índices de democracia interna y la poca independencia que han mostrado respecto de ciertos intereses económicos. Esta modificación cosmética vendría acompañada, según se indicó en el Consejo General, de una mirada distinta respecto de los eventuales ilícitos cometidos por militantes del partido. Esto último parece más relevante. Si el caso Longueira sirve para elevar los estándares de actuación ético-política de sus miembros, el enchulamiento del nombre y del logo pasan a segundo plano.

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LA UDI EN LA ENCRUCIJADA

marzo 13, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 13 de marzo de 2016)

Cuenta la leyenda que en la UDI conviven dos estilos, dos estrategias, dos maneras de concebir la política. Ambos modelos están encarnados por los referentes principales del gremialismo: Jovino Novoa y Pablo Longueira. La UDI de Jovino es pragmática y pone acento en la defensa del modelo económico. La UDI de Longueira es popular y tiene vocación evangelizadora. La caída en desgracia de Jovino Novoa hizo que varios en ese partido fantasearan con las virtudes de Longueira. Pero lo que ha ocurrido en las últimas semanas pone en entredicho el relato de un Longueira incorruptible.

Por eso es tan grave lo que le pasa al gremialismo. Sus dos figuras más emblemáticas, referentes políticos y morales para una generación de dirigentes y militantes, hoy aparecen envueltas en sospechas. Jovino ya confesó su parte. Longueira insiste que en su caso no hay pecado. La justicia aún no ha dicho nada. Pero es difícil que pueda zafar de la condena que ya emitió la opinión pública. Las pruebas sobre la mesa configuran un caso plausible de tráfico de influencias, por decir lo menos. Es cierto que en la plaza ciudadana hay cierta inocencia respecto de cómo se hacen las leyes y de qué forma los distintos grupos de interés promueven sus visiones. Pero una vez que lo que ocurre en la cocina del poder se ilumina, no hay vuelta atrás. Esto huele mal y es normal que genere cuotas de indignación.

La UDI se ha visto completamente superada por el asunto. Sus próceres prefieren insistir en el discurso de la conspiración –investigación “ideológicamente falsa” dijo Jovino, es culpa de los medios, sugirió Longueira-, revelando un persistente déficit empático: sencillamente no captan que sus prácticas y costumbres políticas –que al parecer fueron normales en su tiempo- no cumplen con los estándares actuales de transparencia y probidad. Por eso se rebelan: fueron dueños de Chile y hoy están en el banquillo de los acusados. No es fácil –para nadie- asumir ese tránsito.

Pero alguien tendrá que hacerlo, so pena de seguir profundizando el desprestigio. La UDI necesita desaprender lo aprendido para reubicarse en el mapa del nuevo Chile. Esa cirugía mayor requiere caras nuevas, por supuesto, pero también convicciones nuevas respecto del rol que le toca jugar al partido más grande del país en la etapa democrática post transición. No será gratis. Estos procesos son dolorosos porque dejan heridos en el camino. Longueira tuvo la mínima generosidad de renunciar al partido para contaminarlo con el proceso en su contra, pero eso no basta. La generación de los coroneles tendrá que ponerse a disposición de la nueva camada para ser sacrificada en pos del porvenir de la marca. Tendrá que ofrecer facilidades para celebrar su propio rito funerario. De lo contrario sólo pueden esperar una desabrida decadencia.

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LA RAZÓN DE PEPE

marzo 10, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 4 de marzo de 2016)

“El PPD no tiene futuro… el ciclo político al que dio inicio la fundación del PPD está terminado”. No son las palabras de un observador sino las del diputado Pepe Auth, uno de los dirigentes emblemáticos del partido, que incluso llegó a presidirlo entre 2008 y 2009. Es un caso inusual de honestidad y autocrítica en un mundo que usualmente carece de ella. A los políticos no les gusta enfrentar el ocaso de sus proyectos. Por el contrario, inventan piruetas retóricas para justificar su importancia. Pepe Auth no cae en ese juego. No entiende la gracia de hacerse trampa en el solitario.

Son frases de la sentida carta que Auth envió a sus correligionarios del PPD en el mes de enero. No son declaraciones al vuelo ni sacadas de contexto. Son parte de una argumentada exposición, seguramente meditada con tiempo, que el diputado por Maipú quiso poner por escrito. Me recuerda a Jerry Maguire, el personaje de aquella película noventera donde Tom Cruise interpreta a un representante de estrellas deportivas que tiene una crisis de consciencia y en medio de la noche redacta un “memo” con una honestidad tan brutal que le cuesta el cargo. Pepe Auth, como Jerry Maguire, se cansó de seguir vendiendo humo.

Porque Pepe Auth tiene mucha razón en sus planteamientos. El PPD puede morir tranquilo, o al menos mutar en otra cosa. Nació al fragor de la lucha por la recuperación de la democracia y en ese sentido su contribución histórica fue impecable. El PPD fue capaz de aglutinar bajo un mismo paraguas a todos aquellos opositores a Pinochet que no se sentían tributarios químicamente puros de la herencia democratacristiana, por un lado, o socialista, por la otra. Fue capaz de combinar sensibilidades justicieras en la zona donde se superponen visiones liberales y socialdemócratas. Su identidad no se fundía con la veneración de Allende ni de Frei Montalva; era un proyecto en permanente construcción en la medida que un Chile joven emergía de las tinieblas de la dictadura. Por eso le fue más fácil que a otros partidos conectar con frecuencias modernas del discurso político: la defensa de los derechos del consumidor, la preocupación medioambiental, el relato multicultural, etcétera.

Pero esos tiempos quedaron atrás, reconoce Auth. El partido que nació para recuperar la democracia se achanchó una vez que la democracia se dio por descontada. Recientemente, sus parlamentarios se sumaron sin vergüenza al cartel que busca evitar la entrada de nuevos actores a la competencia electoral. Al menos dos cosas ocurrieron, según el documento. Primero, el PPD se “tradicionalizó”. Es decir, perdió la frescura y la capacidad de innovación que le permitió conectar con una franja etaria de la población que hoy sencillamente busca otros rumbos. En cierto sentido, esto se ilustra con lo que ha ocurrido en los últimos meses con la llamada G-90, un grupo que parece más preocupado de copar las estructuras funcionarias del estado que de repensar las fronteras ideológicas de la centroizquierda. Poca épica queda en el tránsito de soñadores a burócratas. Segundo, el partido habría tomado un viraje a la izquierda que excluyó un número importante de elementos que hacían del PPD una tienda pluralista y especial dentro de la constelación concertacionista. El ala liberal fue exiliada hace varios años. El velasquismo que sobrevive en su interior está silenciado. La tesis de la retroexcavadora simbolizaría esta nueva etapa, enteramente autoflagelante respecto de lo construido en veinte años de Concertación. El problema sería más estratégico que doctrinario: el nicho de la izquierda ya está copado por socialistas, comunistas y referentes emergentes. Auth no considera inteligente salir a disputar un espacio donde no hay chance de ganar.

Un paréntesis sobre el PS y el PC. Se trata, probablemente, de los partidos que mejor resistirán la crisis de representatividad del sistema político. No porque tengan una rica historia -democratacristianos y radicales también la tienen- sino porque son capaces de conectar dicha orgullosa historia con un sentido de urgencia y deber sobre el presente. Para no vivir del pasado, socialistas y comunistas entienden la importancia de renovar continuamente sus votos. El mapa ideológico chileno perdería actores relevantes sin su presencia. Sin embargo, perdería muy poco si mañana desaparece el PPD. La mayoría de su electorado bien podría reconvertirse al PS. Unos pocos podrían emigrar al centro liberal o declarar lealtad marquista. Movimientos como Revolución Democrática podrían interpretar perfectamente la misma pulsión progresista, con un discurso actual y conectado con la experiencia histórica de las generaciones post-transición. A modo de anécdota, tengo varios amigos y conocidos amigos que participaron en las primeras actividades de RD, pero han decidido “regresar” a la nave madre de calle Paris. Según me explican, aun con todas sus pifias, el PS sería una institución republicana que trasciende el entusiasmo juvenil. Ninguno, absolutamente ninguno, me ha dicho lo mismo sobre el PPD.

En síntesis, Auth diagnostica para su partido una crisis de espacio e identidad. Aunque transmite su pena, no lo dramatiza más de lo necesario. Entiende que las entidades políticas como todos los organismos tienen ciclos de vida. Es poco probable que quienes ostentan algún poder dentro del PPD le den a la razón a Pepe Auth. Pero eso no significa que no la tenga.

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PARCHE CURITA QUE NO SANA LA HERIDA

marzo 9, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de marzo de 2016)

La mala reputación de la clase política nacional tiene distintas causas. Una de ellas dice relación con ciertos privilegios laborales que gozan los congresistas. Al ciudadano común y corriente le empelota saber que sus representantes gozan de beneficios que a cualquier otro mortal le están generalmente vedados. Así por ejemplo, diputados y senadores se toman vacaciones prácticamente cuando quieren. Solo deben avisar, como diligentemente lo hizo el rugbista Jorge Pizarro. El trabajador ordinario no llega campante a la oficina del jefe a notificarlo de su calendario de asueto. Los legisladores de la patria también deciden sobre sus propias dietas. Chilenos contados con los dedos de una mano pueden decir lo mismo. Hace poco nos enteramos que nuestros parlamentarios también acceden a favorables condiciones crediticias cuando piden plata a la “Corporación”. Nuevamente, pocos empleados pueden contar la misma historia.

Interpretando correctamente que este contraste entre las condiciones laborales de unos y otros enciende la indignación ciudadana, la mesa de la Cámara de Diputados trabajó silenciosamente una propuesta para un nuevo estatuto parlamentario, que básicamente limita y reduce aquellos privilegios que pueden considerarse injustificados ante la opinión pública. Entre otras cosas, se termina con el pasaporte diplomático para los familiares y se prohíbe la acumulación de millas personales si fueron obtenidas en viajes oficiales. También se acaban los pasajes en primera clase. Respecto de las vacaciones, la idea es fijarlas en los clásicos quince días hábiles, de los cuales al menos diez deben ser tomados en febrero –cuando el Congreso entra precisamente en receso.

Todas estas medidas suenan razonables, por no decir obvias. El esfuerzo del actual presidente de la Cámara de Diputados, Marco Antonio Núñez, es loable. En su momento, la propuesta de rebaja salarial de Jackson y Boric los pilló mal parados. En aquella ocasión se les hizo muy difícil aceptar. En cambio, esta es una concesión bastante menos dramática y sería realmente impresentable que fuera rechazada. Por supuesto, Núñez no puede esperar -como ha sugerido- que con esto se resuelvan los problemas de imagen de sus colegas. La crisis política que atravesamos tiene acotada relación con la percepción de asimetría laboral pero no se puede reducir a ella. Un parche curita no sana una herida a tajo abierto.

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DESALOJO 2.0

marzo 7, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 7 de marzo de 2016)

Dicen que el incombustible Andrés Allamand está pensando seriamente volver a dirigir Renovación Nacional –es un misterio que hay de renovador en ese partido, pero hace tiempo que los nombres dejaron de transmitir identidad. Es una apuesta importante, porque Allamand no se anda con chicas. Según el senador por Santiago Poniente, la derecha necesita “más carácter” en su rol opositor. Eso quiere decir más dureza en la crítica y más hambre por volver a La Moneda. Implica menos dinámica de acuerdos y búsqueda de consensos. En otras palabras, Allamand quiere reeditar la narrativa política del desalojo, la tesis que expuso en 2007 en un libro con el mismo nombre y que buscaba inspirar la entonces candidatura presidencial de Sebastián Piñera.

Allamand está convencido que la actitud “desalojante” fue clave en aquella histórica victoria. Sin embargo, es una teoría discutible. La campaña de Piñera se caracterizó por bajarle el tono a la confrontación directa. Su comando optó, en cambio, por una estrategia más amistosa y propositiva, imitando la lógica de la mítica campaña del NO en el plebiscito de 1988. Es probable, de hecho, que el candidato Piñera nunca se haya comprado del todo la idea de su viejo amigo.

Pero ahí está Allamand, otra vez proponiendo tomar el camino del enfrentamiento. Aunque a estas alturas, con un gobierno a patadas con el veinte por ciento en las encuestas, más que enfrentamiento parece bullying. En todo caso, no se advierte la ganancia: la nueva coalición Chile Vamos no cosecha ningún punto perdido por la Nueva Mayoría. Frente a los ojos de la mayoría ciudadana, políticos de izquierda y de derecha están igualmente deteriorados. Ponerse duro con el gobierno no es garantía de éxito. Por otra parte, si bien es cierto que la administración Bachelet merece varios coscachos –y los pide a gritos con frecuencia-, es dudoso que a Chile le convenga seguir emporcando el escenario. Todos pierden en el juego de tirarse basura con ventilador.

Allamand no siempre fue así. Hubo un tiempo, a mediados de los ochenta, en los cuales el joven Andrés dedicaba sus mejores esfuerzos a construir puentes en lugar de dinamitarlos. Su participación en el famoso Acuerdo Nacional contribuyó a tejer confianzas fundamentales que derivaron en un proceso que finalmente acabó con la dictadura. En los noventa fue figura clave de la transición. Se echa de menos a ese Allamand. El debate constitucional es el mejor ejemplo. La izquierda necesita voces autorizadas en la derecha con capacidad de generar entendimientos republicanos amplios. Pero no las encuentra. En cambio, Allamand se ha dedicado a denostar el proceso constituyente en marcha. Tiene sus legítimas razones. Sin embargo es una lástima: el país gana mucho más cuando sus mejores políticos piensan en sumar antes que en restar.

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