MAQUILLAJE POLÍTICO

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de marzo de 2016)

¿Cuánto ayuda cambiar la marca y el logo de un proyecto político desprestigiado? Depende. Después de la derrota de Eduardo Frei en 2009, era evidente que los partidos de la vieja Concertación tenían que deshacerse de un nombre que a esas alturas era matapasiones. Las incorporaciones fueron marginales –el caso del PC es el más llamativo- pero aun así hicieron el esfuerzo de persuadir a la opinión pública de que la Nueva Mayoría era algo sustancialmente distinto. En cierto sentido, lo lograron. Mucha gente cree que el ADN de la coalición que actualmente gobierna está ligeramente a la izquierda del gen concertacionista.

La derecha tiene experiencia en cambiarse el nombre. En 2009 inventaron la Coalición por el Cambio para dar la sensación que la plataforma que llevaría a Sebastián Piñera al poder era más amplia que RN y la UDI. Duró poco: al rato volvieron a ser la vieja Alianza. Después de la paliza electoral que sufrieron en 2013, volvieron a cambiarse el nombre y el logo. Ahora dicen llamarse ChileVamos. Pero sabemos que se trata básicamente de lo mismo.

La Presidenta Bachelet reconoció una vez que Transantiago era una mala palabra. En el último tiempo, UDI se ha transformado en una mala palabra. En la conversación callejera, se la identifica con corrupción y financiamiento irregular de la política. Es lo peor que le puede pasar a una marca: que su sola mención se asocie a sentimientos negativos. En el gremialismo lo saben, y por eso estuvieron pensando seriamente en renovar todos sus símbolos. Finalmente, sólo cambiaron el logo y la forma de pronunciar el nombre. Ya no es la UDI Popular –el sueño Guzmaniano de una derecha capaz de disputarle a la izquierda el voto de los sectores más desaventajados del país- sino Unión Demócrata Independiente a secas. El nuevo logo es igual de feo que el anterior, pero eso nunca ha sido muy dramático en el marketing político.

Según el senador Hernán Larraín, el cambio se debe a que quieren una “imagen simple, sencilla, clara y precisa que nos retrate tal y cual somos”. No resulta una explicación muy convincente. Nada es más sencillo que un acrónimo (UDI) y la mezcla de conceptos como unión, democracia e independencia es cualquier cosa menos precisa. Tampoco los retrata: no son un partido sencillo sino complejo. Sin mencionar sus bajos índices de democracia interna y la poca independencia que han mostrado respecto de ciertos intereses económicos. Esta modificación cosmética vendría acompañada, según se indicó en el Consejo General, de una mirada distinta respecto de los eventuales ilícitos cometidos por militantes del partido. Esto último parece más relevante. Si el caso Longueira sirve para elevar los estándares de actuación ético-política de sus miembros, el enchulamiento del nombre y del logo pasan a segundo plano.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-03-20&NewsID=340984&BodyID=0&PaginaId=15

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