Archive for 24 abril 2016

AYLWIN, CAMIROAGA Y LOS ESTUDIANTES

abril 24, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 24 de abril de 2016)

“Tal vez a los jóvenes les falta entender los ritos republicanos”, sugirió Mariana Aylwin. Al mundo político en general no le pareció bien que la Confech no suspendiera la marcha que tenía programada para el día jueves. Demuestra poca sensibilidad cívica, dijeron, poblar las calles con un petitorio al viento cuando el país está despidiendo a un ex presidente. Habría sido un gesto decoroso esperar la culminación del duelo oficial. A fin de cuentas, no existía una situación de urgencia objetiva. Algunos recordaron que hace unos años suspendieron una manifestación por la muerte de Felipe Camiroaga. Los estudiantes escucharon los argumentos pero no accedieron. ¿Debieron hacer otra cosa?

Hay dos maneras de responder la pregunta. Desde el punto de vista moral, no hay ninguna transgresión. Los códigos de un duelo son flexibles. La muerte de una persona que desempeñó con dignidad el cargo presidencial es sin duda un momento especial de reflexión para la comunidad política, pero no paraliza todas las formas alternativas de participar en ella. Con cierta razón, algunos recordaron que el propio Aylwin batalló en vida por recuperar algunas de esas libertades democráticas. La comparación con Camiroaga no es enteramente procedente. Lo del Halcón de Chicureo –y la veintena de personas que se estrellaron junto a él en las costas de Robinson Crusoe-  fue una tragedia nacional. El apacible fallecimiento de un caballero de noventa y siete años no lo es. La gente lo despidió con cariño, no con sufrimiento. Y fue precisamente el respeto al sufrimiento lo que motivó la suspensión de aquella marcha en tiempos de Camila Vallejo.

Ronda, sin embargo, la noción de que los jóvenes debieron interpretar mejor el ánimo colectivo. Aunque la Confech no haya violado la santidad de ningún rito republicano propiamente tal, su actuación permite una crítica estratégica. Los movimientos sociales exitosos son aquellos que cautivan a las mayorías. El éxito de los pingüinos del 2006 y los universitarios del 2011 radicó en parte en su capacidad de conectar con amplios sectores de la población. Dicho de otra manera, les conviene sintonizar. Justamente sabiendo que los dirigentes tienen una opinión adversa del legado de Patricio Aylwin, habría sido doblemente meritorio que accedieran. Habrían sido parte de la comunidad que se conduele. Pero ellos lo interpretaron exactamente al revés: la marcha siguió adelante como una manera de afirmar la independencia simbólica del movimiento respecto de la clase política tradicional. Quizás no vieron que se trataba de excluirse de algo más que eso.

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AMATEUR

abril 22, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de abril de 2016)

Veinte minutos tarde llegó Isabel Allende, presidenta del PS, al Servicio Electoral. Fatídicos veinte minutos que le impidieron a la Nueva Mayoría inscribir sus primarias municipales. Condoro grave. La presión para definir candidatos vía primarias subsiste, pero se estarían quedando sin la plata que asegura y la publicidad que permite la nueva ley.

“Es un bochorno” reconoció el líder del PPD Jaime Quintana. Al rato, sin embargo, cambiaron la versión. Le echaron la culpa al Servel. Dijeron que la directora (s) había abusado de sus atribuciones al exigir la comparecencia personal de los presidentes de partidos. La ley –que redactaron ellos mismos- es ambigua en esa parte. Apenas pillaron la letra chica, anunciaron acciones legales para arreglar el entuerto. Algunos ya están pensando en una ley express como aquella que utilizaron los democratacristianos –con la ayuda de todos los demás sectores políticos- cuando se metieron un autogol semejante.

Dos lecciones se pueden sacar del episodio. La primera es que nuestra clase política no aprende que estamos cansados del juego de culpar al vecino sin ponerle el pecho a las balas. Como quedó inmortalizado en las palabras del carabinero que detuvo a Vidal: si la cagó, la cagó caballero. La segunda es que aunque fuese cierto que no era necesaria la presencia de los timoneles de cada uno de los partidos, esperar al último minuto para hacer un trámite tan importante revela una forma poco seria y muy amateur de hacer las cosas. Estos personajes han vivido toda su vida de la política pero aun no se profesionalizan. Evidentemente, dejar las cosas para el final sugiere que no existía acuerdo político en varias comunas. Pero esa no es excusa. El problema mediático es que ahora todas las miradas de Chile están puestas sobre la resolución de este problema. Las instituciones del estado no hacen excepciones cuando es un chileno ordinario el que no cumple los requisitos. Sería una tóxica señal si son manga ancha con la coalición gobernante, especialmente en el momento político que vive el país. Sería otro clavo en la tumba del desprestigio. Esta vez no por corruptos, sino por amateurs.

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AYLWIN PARA MILLENIALS

abril 21, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de abril de 2016)

Don Patricio Aylwin estuvo a un tris de cumplir un siglo de vida. Un año antes que naciera, Lenin encabezó la Revolución Bolchevique. La primera Guerra Mundial estaba llegando a su fin. El León de Tarapacá todavía no gobernaba y nuestro país se regía por la parchadísima constitución de 1833. Para hacerse una idea. Hoy, hay pocos partidos menos sexys que la Democracia Cristiana. Sin embargo, cuando Aylwin concurrió a su fundación en los cincuenta, se trataba de una alternativa interesantísima que le ofrecía aire fresco a Chile. Fue testigo privilegiado del ascenso de Frei Montalva –probablemente se trate de los dos militantes más importantes de la historia de la Falange- y luego del descalabro trágico de la democracia chilena a manos de los militares.

Aunque la historia dirá que don Patricio le prestó ropa a los golpistas, no hay que exagerar la nota: al rato percibió su error y se transformó en decidido opositor al régimen de Pinochet. Entonces llegó el momento más importante de su vida. Mientras en Berlín se caía a pedazos el muro, Aylwin encarnaba en Chile la ilusión (romántica o pragmática) de millones de ciudadanos –incluidos sus viejos adversarios socialistas- para dar vuelta la página de la dictadura y comenzar un lento proceso de regeneración democrática. Sólo gobernó cuatro años –a diferencia de sus sucesores no se engolosinó con el poder- pero cuatro años determinantes. Si a Aylwin le iba mal, la transición se iba al carajo. Los militares de entonces estaban disponibles para seguir a su Comandante en Jefe en cualquier locura.

He ahí la sabiduría política de su mandato: navegar en aguas siempre turbulentas, dirigiendo una coalición inéditamente diversa y lidiando con el trauma histórico de una generación que lo perdió todo por apostar al todo o nada. Resulta sencillo crucificar la política de los acuerdos desde la seguridad contemporánea. Chilenas y chilenos nacidos en los noventas no tienen miedo de discrepar públicamente. Twitter es un campo de batalla verbal, pero nadie sale realmente herido. El famoso dedo de Lagos se celebra como hito de valentía porque en su momento –aunque nos cueste creerlo con los criterios actuales donde la irreverencia es casi aburrida- lo fue. Cuando Aylwin se fue de La Moneda, ni siquiera teníamos Internet. Cuenta la leyenda que tampoco pisó un mall.  Su Chile fue otro Chile. Todos tenemos derecho a juzgar la trayectoria de nuestros líderes. Pero para hacerlo bien, se requiere algo de contexto.

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DE TODOS LOS CHILEN@S

abril 20, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en la versión online de revista Capital del 19 de abril de 2016)

“No soy el presidente de todos los chilenos” dicen que dijo una vez Salvador Allende. En el caso de Pinochet, no era necesario que lo dijera. Se subentendía que no lo era. La principal contribución de Patricio Aylwin a la política chilena fue justamente esa: oficialistas y opositores podían reconocer en su figura al líder democrático de la nación. Su discurso en el Estadio Nacional al asumir el mando quedará como testimonio de su convicción unitaria: en lugar de permitir el chiflido ensordecedor de un público legítimamente encabritado por la mención de los militares en el discurso, Aylwin les plantó cara para recordarles con firmeza que Chile es uno solo. Una escena que trae a la memoria al viejo Mandela, que al salir de la cárcel prefirió utilizar su autoridad moral para construir entendimiento en lugar de perseguir venganza. Sus partidarios no estaban contentos: para ellos, había llegado la hora de cobrar cuentas pendientes. Pero Mandela no estaba pensando en su electorado, sino en las difíciles perspectivas de una reconciliación de largo plazo. La historia juzgará a Patricio Aylwin por lo mismo: en lugar de desmantelar las instituciones de la dictadura, las hizo propias para reformarlas “en la medida de lo posible”.

¿Podría haber hecho otra cosa? ¿Pudo ser más ambicioso? ¿Pudo apurar la transición? Es complejo evaluarlo con los ojos del presente. Hace un tiempo tuve la oportunidad de almorzar con un ex presidente de la república –no era Aylwin- y un connotado dirigente estudiantil. El ex presidente recordó el ejercicio de enlace de 1990 y el boinazo de 1993, para graficar la tensión de aquellos días. El dirigente estudiantil me hizo un gesto bajo la mesa para preguntarme de qué diablos estaba hablando el caballero. Es ignorancia excusable: su generación nació en democracia, en un ambiente relativamente despolitizado. Pero me sirvió para entender la radicalidad de su habitual crítica política: sencillamente no estaba tomando en cuenta las particularísimas condiciones en las cuales la Concertación tomó el poder. Aylwin cohabitó con Pinochet los cuatro años que duró su mandato. Aylwin se fue y Pinochet se quedó. Aun así, Aylwin se las ingenió para dar el primer paso en materia de verdad y reconciliación. Olímpicamente, la gran familia militar y parte sustantiva de la derecha desconoció el Informe Rettig. Puras mentiras, dijeron. Pero Aylwin tuvo razón: abriendo el primer surco se ensancharon progresivamente las posibilidades de justicia y reparación.

¿Pudo echar abajo los pilares del sistema económico? Quizás, pero creciendo a un ritmo de siete por ciento anual en un país donde cuatro de cada diez ciudadanos vivían bajo la línea de pobreza, no parecía la estrategia más sensata. El fantasma de una centroizquierda fiscalmente irresponsable todavía estaba en el aire. Aylwin entendió que la estabilidad económica sería piedra fundamental del éxito de su gobierno y de la transición en general. Este juicio no compromete necesariamente nuestra opinión respecto de lo que debe hacerse hoy. Sirve, no obstante, para entender las alternativas políticas que tenía Patricio Aylwin a su disposición.

Por supuesto, sobrevive en la izquierda una crítica furibunda a su apología inicial del golpe. Los nacionalistas tampoco le perdonan el “regalo” de Laguna del Desierto. Los libertarios siempre combatieron su percepción sobre el mercado, que según Aylwin era inexorablemente cruel. Los democratacristianos saben de sus artilugios para quedarse con la nominación presidencial de 1989. La tribu del rock no olvida que fue su gobierno el que prohibió la entrada de Iron Maiden. En fin, no es necesario ni sincero que esas críticas se apaguen. No es obligación coincidir en un epitafio oficial. Sin embargo, Aylwin nunca se vendió con ropajes de revolucionario. Siempre fue un reformista, de paso lento pero seguro. Y los reformistas avanzan en la medida de lo posible. No se avergüenzan de ello. Entienden que los procesos históricos son ásperos y trabajados. Tuvimos la fortuna de tener un líder reformista cuando –según parece- aquella era justamente la ruta más sensata. Tuvimos la fortuna de tener un presidente para todos los chilenos, después de mucho tiempo sin uno.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/04/19/170441-un-presidente-de-todos-los-chilenos?platform=hootsuite

EL MOMENTO SOCIALCRISTIANO

abril 19, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de abril de 2016)

Aparentemente, la derecha se está tomando en serio eso de repensar las bases de su proyecto político. Recientemente se ha dado a conocer un documento –elaborado por el filósofo Hugo Herrera y el antropólogo Pablo Ortúzar- que pretende establecer los pilares doctrinarios de “ChileVamos”. El contenido despertó reacciones favorables y adversas. Las primeras vinieron de parte de los denominados grupos socialcristianos, quienes ven con buenos ojos la rehabilitación de sus ideas. Las críticas llegaron de los círculos autodenominados liberales. Poco individuo y mucho estado, alegaron. Nula referencia a la noción clásica de libertad. Con una carta de navegación semejante, dijeron, la derecha abandona sus banderas esenciales. Pero, ¿está la derecha innovando ideológicamente?

La doctrina Herrera –que circula con el título de “Convocatoria”- tiene por objetivo resaltar la primacía de lo político por sobre la discusión económica o moral. En sí mismo, aquello ya es una novedad. En lo conceptual, porque se trata de una tribu cultural que durante mucho tiempo ha buscado desmarcarse de lo político –recordemos a Lavín- invocando en su lugar la primacía de los “problemas reales de la gente”, donde la deliberación democrática queda sustituida por la eficiencia de la acción. En lo sustantivo, porque la derecha chilena de las últimas décadas –al menos aquella que se vio fuertemente influida por el discurso friedmaniano- siempre entendió el ámbito de las relaciones económicas como autónomo. Es decir, el mercado funcionaba según sus propias reglas y –por lo general- cualquier intento de controlarlo desde el estado era visto como impropio. La nueva camada de intelectuales jóvenes del sector, en cambio, piensa que la política debe gobernar al mercado. Quizás sea casualidad, pero Herrera estudió en Alemania y Daniel Mansuy en Francia. Ninguno en Chicago. Es decir, cargan la expectativa de una derecha que se apersona en las instituciones de la república para perseguir objetivos sociales que eventualmente pasan por intervenir la economía. Más todavía: la dimensión política se transforma en espacio abierto para que los ciudadanos –no meros consumidores o usuarios de servicios públicos- exploren caminos de plenitud y felicidad. Casi Arendtiano. En la formulación tradicional de libertad que abrazaba Hayek, la vida es eso que discurre tranquilamente hasta que llega la política –y con ella la coerción- a arruinar la fiesta. No me imagino a los representantes de la Fundación para el Progreso que lidera Axel Káiser apoyando con entusiasmo esta reformulación.

El propio Herrera reconoce que una de las tareas de la derecha es recuperar aquellas tradiciones de pensamiento que quedaron desplazadas por el discurso liberal-cristiano que (exitosamente) encarnó la UDI. Desde esa perspectiva, el debate sobre la “Convocatoria” adquiere sentido: los grupos socialcristianos y filo-comunitaristas, así como aquellos de filiación nacional-popular, agradecen su reincorporación. En cambio, los liberales que habitan en Evópoli –si puede llamarse liberal un movimiento cuyo único diputado votó contra la despenalización del aborto en tres circunstancias extraordinarias y a favor de un control de identidad preventivo que se parece a la detención por sospecha- consideran que la correlación de fuerzas queda desequilibrada en el documento.

En efecto, el documento de Herrera y Ortúzar le baja un par de decibeles a la idea de individualismo normativo tan cara al pensamiento liberal. Mejor dicho, es un intento por ecualizar el aparato ideológico de la derecha con otros sonidos. Hay una revaloración de la dimensión comunitaria de la convivencia y un tufillo organicista en la asociación de pueblo, patria y destino común. La sección que enfatiza el vínculo entre nación y paisaje está a medio camino entre Tolkien y el misticismo panteísta. En otras palabras, se reivindican las dinámicas emotivo-sociales y colectivas que atraviesan la vida humana, más que los proyectos individuales de sujetos autónomos.

Esto no alcanza, como algunos han sugerido, para calificar la “Convocatoria” de socialista o estatista. El texto subraya la importancia de las espontaneidades sociales –propias del pensamiento conservador pero afines a la sensibilidad liberal- como una manera de limitar la voracidad de la autoridad estatal en su intención Atriana de inundarlo todo con su régimen de lo público. Del mismo modo, promueve la división del poder no sólo desde la perspectiva política, sino también económica y territorial. El discurso pseudo-liberal chileno suele poner acento en los peligros de la concentración del poder estatal. No obstante, todas las concentraciones de poder –cuando generan asimetrías que subvierten el estatus de igualdad democrática y favorecen condiciones de dominación- son de temer. A la derecha chilena, históricamente, no le ha quitado el sueño que grupos económicos o unidades geográficas amasen un poder incontestable. Mientras no sea el gobierno, todo bien. Pero un liberalismo moderno ya debería haber captado la trampa. La “Convocatoria” de Herrera hace bien en subrayarlo.

Se le ha permitido a Evópoli hace algunas adiciones. La versión definitiva contendría un acápite sobre la idea de justicia que defenderá el bloque opositor. Suena razonable. La filosofía política liberal exige que los proyectos ideológicos expliciten su teoría de justicia. Aun así queda en el ambiente la sensación que, en el seno de la derecha, el momento es socialcristiano.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/04/14/100408-el-momento-socialcristiano

LOS HÉROES DEL PROCESO CONSTITUYENTE

abril 17, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 17 de abril de 2016)

Hay mucha gente que quiere que el proceso constituyente inaugurado por la Presidenta Bachelet fracase. Gran parte de la derecha, por de pronto. Ciertos sectores de la vieja Concertación, sin duda. No creen que Chile necesite una nueva constitución. O si la necesita, creen que su proceso de elaboración debiera ser menos abierto, menos participativo, menos caótico. De ahí las críticas a la etapa de encuentros locales y cabildos ciudadanos que comienza. Temen que se imponga la opinión del que grita más fuerte, temen que la instancia sea monopolizada por facciones organizadas de la izquierda, temen que el gobierno esté validando un ejercicio peligroso cuyos resultados sean impredecibles.

Tal como ocurre cada vez que se discuten los alcances del cambio climático, el proceso constituyente también tiene sus “negacionistas”. Son aquellos que se niegan a aceptar que la pelota de este partido ya comenzó a rodar. Por eso sienten que están a tiempo de echarlo abajo. Quizás fue un error no haber celebrado algún hito de entrada que despejara todas las dudas sobre la legitimidad del proceso. Un plebiscito que preguntara a la ciudadanía si acaso quiere una nueva carta fundamental, por ejemplo. Pasó la vieja: el gobierno tendrá que sacar la tarea adelante con los negacionistas aportillando la empresa.

Un grupo de académicos de izquierda se ha organizado para aportar con su grano de arena al proceso. Proyecto Puentes, se bautizaron. Es una buena noticia que hayan grupos pensando en serio esta aventura. Lo que falta, en cualquier caso, son puentes capaces de conectar sectores políticos distintos. Puentes de entendimiento cívico y buena voluntad. El proceso constituyente difícilmente será exitoso en un clima de sospecha y desconfianza.

Por eso será interesante observar lo que ocurre en los encuentros y cabildos que vienen. Los héroes del proceso constituyente no serán quienes expongan con mayor fuerza sus argumentos sobre el contenido del nuevo texto, sino aquellos que sean capaces de transmitir al resto garantías de imparcialidad. Usando una analogía futbolística, aquellos que estén más preocupados del fair play que de llevarse a toda costa los tres puntos para la casa. La señora que da la palabra a quienes respetuosamente la piden. El caballero que entiende la importancia de los mínimos comunes en democracia. La joven que transcribe los acuerdos con fidelidad. El observador que utiliza su tribuna para comunicar los riesgos y las oportunidades en el horizonte. El político que combina su escepticismo con una crítica siempre constructiva. Los héroes del proceso constituyente no serán los partidos ni los grupos organizados que persiguen –naturalmente- su interés. Serán los anónimos chilenos y chilenas que quieren ser protagonistas de un procedimiento limpio capaz de enorgullecernos por generaciones.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-04-17&NewsID=343351&BodyID=0&PaginaId=15

ABORTO, LIBERALISMO Y NEUTRALIDAD

abril 12, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal el 8 de abril de 2016)

Daniel Mansuy ha tenido la gentileza de replicar a mi respuesta a su primera columna a propósito de la filiación ideológica de los argumentos esgrimidos a favor de la despenalización del aborto en tres causales. A estas alturas del partido, me parece productivo separar los ámbitos en los cuales tenemos coincidencias de aquellos en los cuales subsiste la discrepancia.

Antes de empezar, vaya una aclaración. Mansuy se pregunta por el carácter enigmático del título de mi columna (“¿Es neoliberal apoyar el aborto?”). En efecto, Mansuy nunca usa ese concepto para caracterizar la posición pro-elección. Probablemente ambos pensamos que se trata de un término más o menos equívoco. Sin embargo, mi columna tenía por explícito objeto analizar la posición de Mansuy tanto como la de otras voces pro-vida dentro del renovado mundo socialcristiano de la derecha. Entre las últimas destaca la de Diego Schalper del movimiento Construye Sociedad –recientemente incorporado a los rangos de ChileVamos. Schalper ha acusado expresamente al diputado Boric de asumir un razonamiento neoliberal en su discurso a favor del llamado #aborto3causales. Aunque el razonamiento de Mansuy es filosóficamente más fino, el punto que ambos hacen es básicamente el mismo. Podríamos decir que incluso comparten una cierta agenda política: la de incorporar sensibilidades comunitaristas al discurso de una derecha en reconstrucción. Sin ir más lejos, en el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) convive Mansuy con militantes de Construye Sociedad, como la investigadora Catalina Siles.

Pero vamos de inmediato a las coincidencias para despejar la mesa. Mansuy dice que mi respuesta a su columna termina por confirmar más que refutar su posición. Eso no es un descubrimiento. Lo digo con todas sus letras: parte importante de las razones entregadas en el hemiciclo son consistentes con la idea de individualismo normativo, propia de la tradición liberal. Hace algunos días fue incluso Alfredo Joignant quien escribió que la discusión sobre el aborto marcaba un “momento liberal”, pues la propia izquierda habría echado mano de dicha  “postura intelectual” para fundamentar su voto. No es poco: un socialista, un liberal y un conservador están de acuerdo en el punto. Tampoco creo que sea necesario discutir el título de su réplica. Es evidente que el aborto es un problema político y en eso nuestra coincidencia alcanza al propio Boric, que así lo sostuvo literalmente en su intervención en el hemiciclo. Ninguno de los tres –ni el socialista, ni el liberal, ni el conservador- pretenden presentarlo como otra cosa.

Mi crítica a la columna original de Mansuy se resume en dos puntos que siguen en pie. Por una parte, que el caso a favor del #aborto3causales se construye con argumentos de índole liberal –individualismo normativo, digamos- pero también –y esto es lo que Mansuy tiene problemas para identificar- con argumentos de índole igualitaria. Una sociedad que trata con igual respeto a sus ciudadanos distribuye cargas y responsabilidades sociales en forma equitativa y proporcionada. A Mansuy le llama la atención este argumento –lo considera “formidable”- porque los hombres no quedan embarazados y las mujeres sí. Concluye que, desde la lógica del argumento igualitario, “la consecuencia sería que la ley debe equilibrar esa injusticia manifiesta”. Pues bien, el rol de la justicia política no es eliminar todas las desigualdades naturales sino intentar corregir aquellas que nos parecen particularmente gravosas y corrosivas en un marco de igualdad democrática. Aquella es una evaluación que las sociedades hacen a través del tiempo. Amenazar penalmente a una mujer para que lleve a término un embarazo producto de una violación es un ejemplo paradigmático de una carga superogatoria. En ese sentido, el reclamo es precisamente de igualdad: los hombres no se ven enfrentados a una situación que demande de ellos tamaño sacrificio.

Mansuy intuye que el argumento igualitario posee un alcance más amplio. Tiene razón. El caso para legalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12 semanas, por ejemplo, puede ser defendido bajo la misma premisa. Los costos asociados a la maternidad son indudablemente más altos que los costos asociados a la paternidad. Esa es una circunstancia natural y durante siglos no fue particularmente problemática. Hasta que la mujer se incorporó plenamente al mercado laboral y exigió que sus derechos fueran equiparados a los masculinos. Es en este contexto que la mujer reclama autonomía para decidir sobre su cuerpo –dentro de un plazo razonable- pues las implicancias de traer una nueva vida al mundo alteran su proyecto de vida con mucha mayor radicalidad que en el caso de los hombres. La desigualdad natural no es per se problemática. Se convierte en problemática cuando nuestros estándares de justicia recomiendan tomar acción para atenuar los efectos de dichas asimetrías. Cuando la mujer decide libremente llevar adelante su embarazo, entonces acepta también libremente las mayores responsabilidades que ello acarrea. No es posible entender el debate sobre el aborto sin tomar en consideración el profundo cambio cultural que han experimentado los roles familiares tradicionales en el último siglo. Son cambios que han sido usualmente empujados bajo el estandarte de la igualdad entre hombres y mujeres. Con todo, puede que Mansuy no compre el argumento. Pero eso no cambia en nada el objetivo de nuestra discusión. A fin de cuentas, él ha dicho que no pretende convencer a nadie de la posición pro-life y yo tampoco creo que pueda llevarlo al lado oscuro del pro-choice. Lo importante es que pueda reconocer en el argumento igualitario una vía discursiva distinta del argumento liberal que pone acento en la pura autonomía individual. Si lo hace, probablemente esté dispuesto a atenuar la crítica de inconsistencia que le dirige a la izquierda chilena. Con todo, en mi respuesta a su columna le concedo que el ejercicio de reconciliación intelectual entre la tradición comunitarista y el argumento liberal puede ser más trabajoso para el mundo democratacristiano, que supuestamente nace para denunciar los excesos del individualismo cultural. Que Mansuy les exija coherencia me parece razonable. Pero no toda la Nueva Mayoría está determinada por esa sensibilidad ideológica. El socialismo democrático hace rato que abrazó las premisas gruesas del liberalismo. Norberto Bobbio decía que su generación tuvo que releer a Mill para descubrir la importancia de la subjetividad individual ante la voracidad de las narrativas colectivistas. Enhorabuena, digo yo.

El segundo punto de discrepancia parece circunscribirse al asunto de la pretendida neutralidad del argumento liberal. Según Mansuy, “al liberalismo de Bellolio le encanta verse a sí mismo desde una neutralidad respetuosa de la diversidad de proyectos de vida, pero en rigor contiene afirmaciones morales muy contundentes –como, por ejemplo: un feto no es un ser humano con los mismos derechos que nosotros”. ¿Es correcto ese cargo? Sí y no. Como el propio Mansuy reconoce, liberalismos hay muchos. Algunos tienen ambiciones comprehensivas o perfeccionistas respecto de cómo debiésemos vivir la vida. En lo personal, mi liberalismo sustantivo es probablemente Milliano: creo en las posibilidades expansivas de la creatividad y la originalidad humanas, en un sentido acotado de progreso como proceso dialéctico de ensayo y error, y en la importancia de la libertad para que estos procesos se desencadenen productivamente. Sin embargo, no pretendo activar los mecanismos de la coerción estatal para que el resto de mis compatriotas viva tal como yo o crea lo mismo que yo. En ese particular sentido, mi (otro) liberalismo es propiamente político. A eso se refiere la idea -que a Mansuy le cuesta trabajo digerir- de articular ciertos mínimos comunes de la convivencia social. Estos mínimos comunes -que constituyen la idea de lo justo en sociedades pluralistas- no pretenden ser neutros en el sentido de que no reflejen valores o principios. El propio Rawls reconocía que en ellos era posible identificar una teoría “débil” o “delgada” de lo bueno. Lo que se busca es que sean capaces de representar una justificación pública para que el ejercicio del poder sobre una población que tiene distintas creencias e ideas sobre la vida buena sea legítimo.

Uno de los dispositivos procedimentales que el liberalismo político recomienda cuando se trata de encontrar justificaciones públicas es evitar la argumentación basada en creencias religiosas, filosóficas o morales particulares o sectarias. La razón es conocida: articuladas de esa forma, estos argumentos serían epistemológicamente inaccesibles para el resto. Hay que hacer el esfuerzo de traducirlas, diría Habermas, a un lenguaje de razones públicas. Rawls lo llamaba un deber de civilidad: los parlamentarios tienen todo el derecho de justificar su voto contra el aborto basados en el miedo al infierno -como lo hizo sutilmente José Antonio Kast y más grotescamente el diputado Urrutia- pero al hacerlo deben estar conscientes de que no muestran el debido respeto a sus conciudadanos que serán obligados por dicha legislación -y por dichas razones, si finalmente se imponen. Mansuy cree que los diputados cristianos no tienen por qué ruborizarse al votar con la Biblia en mano, pues esas creencias serían tan sectarias como las que promueve el liberalismo. Me parece que Mansuy confunde dos tipos de liberalismo: el comprehensivo -que posee una densidad sustantiva equivalente a la de una creencia religiosa- y el político -que funciona principalmente como mecanismo justificatorio del ejercicio del poder coercitivo. A diferencia de lo que ocurre con la creencia religiosa particular -i.e. “los embriones poseen alma humana insuflada por el creador desde la concepción”-, el liberalismo político en general intenta constituirse como un espacio procedimental común donde personas con distintas creencias sustantivas pueden participar en igualdad de condiciones para determinar los límites de la legitimidad del poder colectivo. Evidentemente, ante los ojos de un teócrata islámico, el liberalismo político no tiene nada de neutral. En efecto, no es neutral entre sí mismo y la teocracia islámica. Pero ésa no es la dimensión de neutralidad que le importa al liberalismo político. La que le importa está determinada por su capacidad de ofrecer garantías mínimas de imparcialidad cuando se trata de negociar la conflictividad social. En ese sentido, Mansuy tiene razón: es una pretensión de imparcialidad que aspira a ser respetuosa de la diversidad de proyectos de vida existentes una sociedad plural. Es un ideal, por cierto. Pero me parece un ideal cívico digno de promover si queremos vivir en paz.

Por lo mismo -y aquí Mansuy revela la consecuencia de su confusión- el liberalismo político no emite resoluciones oficiales sobre el estatus moral o metafísico del embrión, ni en un sentido ni en otro. El liberalismo político da por descontado que éste un terreno donde será imposible consensuar una visión. Lo que el liberalismo político pregunta es si acaso el poder político puede obligar legítimamente a una mujer a llevar adelante un embarazo en las tres traumáticas condiciones conocidas. Evidentemente, de la respuesta a esa primera pregunta se siguen efectos en la protección jurídica que la comunidad democrática extiende al feto. Esos efectos tampoco tienen la obligación de ser neutrales según el libreto liberal. Lo importante es que esa respuesta pueda ser justificada públicamente de acuerdo a criterios más o menos compartidos de justicia política. Mi intuición es que tanto el argumento de raíz individualista-liberal como el argumento de índole feminista-igualitaria pueden verse reflejados en esos criterios mínimos. Por supuesto, Mansuy puede reservarse el derecho a pensar que dichos argumentos no expresan acuerdos mínimos sino declaraciones sustantivas con la misma capacidad expansiva que una doctrina comprehensiva religiosa. Se trata probablemente del meollo de nuestra discrepancia.

Para terminar, el generoso Daniel Mansuy me reconoce un “esfuerzo sistemático por explicitar las articulaciones doctrinarias de nuestra vida política”, pero dice que por lo mismo le extraña que yo “no perciba la importancia del asunto” -me imagino que se refiere a la importancia de identificar la filiación ideológica de los argumentos. Quiero creer que fue un lapsus. Si creyera que estos asuntos son irrelevantes no habría escrito una respuesta y una dúplica a su provocadora tesis original.

Link: http://www.ciudadliberal.cl/?p=17038

¿QUÉ DICE EL PÚBLICO?

abril 10, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 10 de abril de 2016)

Aunque los especialistas, organismos de derechos humanos e instituciones internacionales –y prácticamente todos los sectores políticos genuinamente liberales o progresistas- estiman que la llamada Agenda Corta Antidelincuencia del gobierno es un retroceso, la mayoría de la ciudadanía parece estar de acuerdo con su aprobación. Según encuestas recientes, siete de cada diez chilenos cree que iniciativas como el control de identidad preventivo –la detención sin sospecha, como se la ha llamado- son positivas. Lo celebraron algunos diputados de derecha apenas se conocieron estos números. Hay que escuchar la voz de pueblo, insinuaron parafraseando al Puma Rodríguez, no la de los expertos.

Sin embargo, cuando se discutía la despenalización del aborto en tres causales específicas hace algunas semanas, los mismos diputados no quisieron escuchar la voz del pueblo. Según la misma medición, siete de cada diez chilenos estaba de acuerdo con el proyecto del gobierno. Si de respetar la opinión del público se trata la política, la derecha debería haber votado ambas legislaciones a favor. Al menos eso es lo que demanda la coherencia. En la práctica no funciona así. Las encuestas se amplifican cuando conviene y se esconden cuando no conviene. Nos hemos acostumbrado a vivir con ese doble estándar.

Por supuesto, los congresistas que aprobaron la Agenda Corta Antidelincuencia pueden argumentar que los beneficios del proyecto son persuasivos, independiente de lo que digan las encuestas. La política, finalmente, se trataría de convicciones. No obstante, es un discurso poco creíble. Diputados y senadores se juegan la vida en cada reelección y están atentos al clima político de sus distritos y circunscripciones. Dadas las pobrísimas razones esgrimidas en el debate sobre el control de identidad, es razonable suponer que los parlamentarios no quieren ser castigados por un electorado que necesita señales de dureza –aunque sea puramente efectista y atentatoria contra las libertades de unos pocos- en materia de seguridad ciudadana. Casi todos apuntaron a combatir una “sensación de impunidad”. La senadora Lily Pérez dijo que la medida se justifica “si se pudiera inhibir al menos un 1%”  de los delitos. Parece un reconocimiento implícito de que se trata de una maniobra para contentar a la mayoría más que una herramienta realmente sustantiva en la lucha contra el crimen.

En cualquier caso, no tiene nada de malo escuchar la voz de las encuestas. Pero podemos pedir un poquito de consistencia. No es intelectualmente honesto descansar en el argumento “el público lo pide” sólo cuando nos conviene.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-04-10&NewsID=342782&BodyID=0&PaginaId=10

UBER ME CAMBIÓ LA VIDA

abril 7, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 7 de abril de 2016)

Uber me cambió la vida, para bien. Nunca lo he usado en Chile. Ignoro como funciona, pero imagino que igual que en Londres. Acá los taxis son carísimos y una carrera larga en la madrugada –cuando el metro no funciona y los buses pasan tarde mal y nunca- puede costar una millonada. El Black Cab de Londres es icónico, el taxista conoce la ciudad como la palma de su mano y por dentro es espacioso como un living. Aun así, tomarlo es un bien suntuario.

De pronto apareció Uber. En lugar de caminatas interminables bajo el frío gané la oportunidad de volver a casa a cambio de un precio módico, con un auto recogiéndome donde estuviera en cuestión de minutos, con un amable conductor que usualmente se llama Mohamed o Abdulah. No abuso de sus servicios. Me gusta echar a andar los pies. Pero cuando se necesita, Uber es la salvación.

A diferencia de los chilenos, los taxistas ingleses entendieron que para competir necesitan entregar un mejor servicio. El gobierno de Bachelet, en cambio, ha optado por proteger las cuotas de un grupo de interés al cual no le interesa en lo más mínimo abaratar el servicio o mejorar su calidad. Algunas de sus demandas son justas: el taxi común está sujeto a una serie de regulaciones que Uber no cumple. Pero Uber no es una empresa convencional. Es una plataforma que conecta personas dispuestas a ganarse unos pesos adicionales ocupando su auto. Es un cambio en la lógica del negocio, íntimamente ligado a la revolución digital y el fenómeno universal de las economías compartidas (las mismas que tienen a la hotelería tradicional en pie de guerra contra AirBnB). Si nuestras autoridades finalmente deciden sacar a Uber de circulación –conscientes de que se trata de una alternativa mucho mejor para los usuarios- estarán reflejando su incapacidad de adaptar la regulación a los nuevos tiempos. No solo estarán perjudicando a los miles de usuarios que se benefician con Uber, sino que estarán revelando un problema estructural para entender de qué se trata el futuro. Si el gobierno prohíbe Uber, acá tienen un férreo opositor.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-04-07&NewsID=342575&BodyID=0&PaginaId=16

LA POLÍTICA DEL TECHO

abril 6, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 1 de abril de 2016)

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No cayó bien en círculos de izquierda la nueva campaña publicitaria de Un Techo para Chile –o sencillamente Techo, como se hacen llamar ahora. Las piezas gráficas –que tienen por objeto incentivar el reclutamiento de voluntarios- fueron enjuiciadas por sugerir que iniciativas como la asamblea constituyente, la gratuidad universitaria o la reforma tributaria “no llegan a los campamentos”. El Techo, según esta mirada crítica, estaría cayendo en el viejo juego de la derecha cosista, esa que decía que había que postergar  las preocupaciones de los políticos y pasar a priorizar las urgencias sociales -los célebres problemas reales de la gente.

La pregunta es si acaso el Techo realmente está abrazando un discurso neo-lavinista con esta campaña. Hay, a lo menos, tres maneras de evaluarlo. Una primera interpretación apunta a que las reformas del gobierno de Bachelet no son malas –algunas son bienvenidas por el Techo, como ha señalado el jesuita Juan Cristóbal Beytía, capellán de la organización- pero no han sido lo suficientemente socializadas y compartidas con los más pobres de Chile. El problema estaría en la escasa integración del mundo de los campamentos a las conversaciones que copan la agenda del mundo político. Sería en ese sentido particular, como reza la publicidad, que “las reformas no llegan a los campamentos”. Es decir, no llegan pero al Techo le gustaría que llegaran. Beytía puso de ejemplo el Constitucionario, que si bien tiene por objeto instruir en simple de qué se trata el debate constitucional, no es accesible para las familias que no tienen Internet. Si ésta es la interpretación correcta de la campaña, no resulta para nada obvio que el Techo tenga un relato derechista.

La segunda posibilidad interpretativa toma en cuenta que el público objetivo de la publicidad es, como insinuó Beytía, la juventud más politizada de nuestros días. El mensaje sería el siguiente: si te interesa lo que ocurre en tu país, deja la conversación de redes sociales e involúcrate en procesos de transformación reales y concretos. Nada contra las reformas de la Nueva Mayoría, sino más bien a favor de acciones que tienen un impacto mucho más tangible en el entorno. Entonces, no se les pide a esos jóvenes que dejen de interesarse en política. Sólo se los invita a canalizar la vocación pública a través del voluntariado. No suena especialmente derechista tampoco.

La tercera hipótesis es más problemática, pues sugiere que el programa político y legislativo del oficialismo no altera ni afecta la vida de los cientos de miles de compatriotas que viven en situación de pobreza, especialmente en términos de su precariedad habitacional. ¿Es aquello correcto? En parte, sí. Los campamentos no se erradican por mandato constitucional, por mucho que el nuevo texto garantice el acceso a una vivienda digna. El caso de la gratuidad universitaria es probablemente el mejor ejemplo: los grupos que se han movilizado e influido en la agenda para exigir este nuevo “derecho” no representan a los habitantes de campamentos. Dos de cada tres adultos que viven en campamentos ni siquiera terminó la educación media. El financiamiento universitario no les quita el sueño porque en sus condiciones el sueño es el acceso. Reconocer esa realidad no tiene nada de reaccionario ni de facho. ¿Quiere decir esto que las reformas no tienen ninguna incidencia en la vida de los pobladores? Siempre es posible dibujar una conexión, pero requiere de cierto esfuerzo. La gratuidad universitaria, en particular, fue concebida como una política a favor de la clase media. En ese sentido, la campaña no miente.

Nada de esto quiere decir –necesariamente- que el Techo esté en contra de esas reformas. Se puede caminar y mascar chicle. Lo que sí parece enteramente razonable es que la organización tenga un discurso político que le recuerde a la sociedad chilena que todavía hay millones de chilenas y chilenos viviendo bajo la línea de la pobreza. No hay por qué salir a dar explicaciones al respecto. El primer gobierno de Bachelet construyó un relato en el cual la prioridad la tenían los sectores más vulnerables –de eso se trataba la narrativa de la protección social. El segundo, en cambio, adoptó como propio el programa político del movimiento social que atormentó a Piñera. Ese programa estaba legítimamente orientado a demandas de grupos cuyas necesidades materiales –pan, casa y abrigo- ya estaban básicamente satisfechas. No cuesta mucho reconocer que el discurso de la izquierda en los últimos años ha puesto más énfasis en el problema de la desigualdad que en la superación de la pobreza dura. Pero el Techo sigue conectado a esa dramática realidad. La voz que busca amplificar no marca la pauta noticiosa. Como su capacidad de movilización es notoriamente inferior a la de los estudiantes y su influencia prácticamente invisible respecto de los intereses empresariales, se trata de un grupo al cual le cuesta una enormidad instalar su problemática en la agenda. Ese es –o debiera ser- el norte político del Techo. Si la campaña fue estratégicamente torpe al generar una sensación de antagonismo a las reformas es discusión aparte. Que cierta parte de la derecha se suba al carro de la victoria y crea que el Techo se pasó a la oposición es probablemente un efecto no deseado. Pero el punto se sostiene: mientras no lo resolvamos, la erradicación de la pobreza expresada en la precariedad habitacional de los campamentos debe tener por derecho propio un lugar prioritario en la agenda. Este es un mensaje en sí mismo político.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/03/31/130334-la-politica-del-techo