LA POLÍTICA DEL TECHO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 1 de abril de 2016)

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No cayó bien en círculos de izquierda la nueva campaña publicitaria de Un Techo para Chile –o sencillamente Techo, como se hacen llamar ahora. Las piezas gráficas –que tienen por objeto incentivar el reclutamiento de voluntarios- fueron enjuiciadas por sugerir que iniciativas como la asamblea constituyente, la gratuidad universitaria o la reforma tributaria “no llegan a los campamentos”. El Techo, según esta mirada crítica, estaría cayendo en el viejo juego de la derecha cosista, esa que decía que había que postergar  las preocupaciones de los políticos y pasar a priorizar las urgencias sociales -los célebres problemas reales de la gente.

La pregunta es si acaso el Techo realmente está abrazando un discurso neo-lavinista con esta campaña. Hay, a lo menos, tres maneras de evaluarlo. Una primera interpretación apunta a que las reformas del gobierno de Bachelet no son malas –algunas son bienvenidas por el Techo, como ha señalado el jesuita Juan Cristóbal Beytía, capellán de la organización- pero no han sido lo suficientemente socializadas y compartidas con los más pobres de Chile. El problema estaría en la escasa integración del mundo de los campamentos a las conversaciones que copan la agenda del mundo político. Sería en ese sentido particular, como reza la publicidad, que “las reformas no llegan a los campamentos”. Es decir, no llegan pero al Techo le gustaría que llegaran. Beytía puso de ejemplo el Constitucionario, que si bien tiene por objeto instruir en simple de qué se trata el debate constitucional, no es accesible para las familias que no tienen Internet. Si ésta es la interpretación correcta de la campaña, no resulta para nada obvio que el Techo tenga un relato derechista.

La segunda posibilidad interpretativa toma en cuenta que el público objetivo de la publicidad es, como insinuó Beytía, la juventud más politizada de nuestros días. El mensaje sería el siguiente: si te interesa lo que ocurre en tu país, deja la conversación de redes sociales e involúcrate en procesos de transformación reales y concretos. Nada contra las reformas de la Nueva Mayoría, sino más bien a favor de acciones que tienen un impacto mucho más tangible en el entorno. Entonces, no se les pide a esos jóvenes que dejen de interesarse en política. Sólo se los invita a canalizar la vocación pública a través del voluntariado. No suena especialmente derechista tampoco.

La tercera hipótesis es más problemática, pues sugiere que el programa político y legislativo del oficialismo no altera ni afecta la vida de los cientos de miles de compatriotas que viven en situación de pobreza, especialmente en términos de su precariedad habitacional. ¿Es aquello correcto? En parte, sí. Los campamentos no se erradican por mandato constitucional, por mucho que el nuevo texto garantice el acceso a una vivienda digna. El caso de la gratuidad universitaria es probablemente el mejor ejemplo: los grupos que se han movilizado e influido en la agenda para exigir este nuevo “derecho” no representan a los habitantes de campamentos. Dos de cada tres adultos que viven en campamentos ni siquiera terminó la educación media. El financiamiento universitario no les quita el sueño porque en sus condiciones el sueño es el acceso. Reconocer esa realidad no tiene nada de reaccionario ni de facho. ¿Quiere decir esto que las reformas no tienen ninguna incidencia en la vida de los pobladores? Siempre es posible dibujar una conexión, pero requiere de cierto esfuerzo. La gratuidad universitaria, en particular, fue concebida como una política a favor de la clase media. En ese sentido, la campaña no miente.

Nada de esto quiere decir –necesariamente- que el Techo esté en contra de esas reformas. Se puede caminar y mascar chicle. Lo que sí parece enteramente razonable es que la organización tenga un discurso político que le recuerde a la sociedad chilena que todavía hay millones de chilenas y chilenos viviendo bajo la línea de la pobreza. No hay por qué salir a dar explicaciones al respecto. El primer gobierno de Bachelet construyó un relato en el cual la prioridad la tenían los sectores más vulnerables –de eso se trataba la narrativa de la protección social. El segundo, en cambio, adoptó como propio el programa político del movimiento social que atormentó a Piñera. Ese programa estaba legítimamente orientado a demandas de grupos cuyas necesidades materiales –pan, casa y abrigo- ya estaban básicamente satisfechas. No cuesta mucho reconocer que el discurso de la izquierda en los últimos años ha puesto más énfasis en el problema de la desigualdad que en la superación de la pobreza dura. Pero el Techo sigue conectado a esa dramática realidad. La voz que busca amplificar no marca la pauta noticiosa. Como su capacidad de movilización es notoriamente inferior a la de los estudiantes y su influencia prácticamente invisible respecto de los intereses empresariales, se trata de un grupo al cual le cuesta una enormidad instalar su problemática en la agenda. Ese es –o debiera ser- el norte político del Techo. Si la campaña fue estratégicamente torpe al generar una sensación de antagonismo a las reformas es discusión aparte. Que cierta parte de la derecha se suba al carro de la victoria y crea que el Techo se pasó a la oposición es probablemente un efecto no deseado. Pero el punto se sostiene: mientras no lo resolvamos, la erradicación de la pobreza expresada en la precariedad habitacional de los campamentos debe tener por derecho propio un lugar prioritario en la agenda. Este es un mensaje en sí mismo político.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/03/31/130334-la-politica-del-techo

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