ABORTO, LIBERALISMO Y NEUTRALIDAD

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal el 8 de abril de 2016)

Daniel Mansuy ha tenido la gentileza de replicar a mi respuesta a su primera columna a propósito de la filiación ideológica de los argumentos esgrimidos a favor de la despenalización del aborto en tres causales. A estas alturas del partido, me parece productivo separar los ámbitos en los cuales tenemos coincidencias de aquellos en los cuales subsiste la discrepancia.

Antes de empezar, vaya una aclaración. Mansuy se pregunta por el carácter enigmático del título de mi columna (“¿Es neoliberal apoyar el aborto?”). En efecto, Mansuy nunca usa ese concepto para caracterizar la posición pro-elección. Probablemente ambos pensamos que se trata de un término más o menos equívoco. Sin embargo, mi columna tenía por explícito objeto analizar la posición de Mansuy tanto como la de otras voces pro-vida dentro del renovado mundo socialcristiano de la derecha. Entre las últimas destaca la de Diego Schalper del movimiento Construye Sociedad –recientemente incorporado a los rangos de ChileVamos. Schalper ha acusado expresamente al diputado Boric de asumir un razonamiento neoliberal en su discurso a favor del llamado #aborto3causales. Aunque el razonamiento de Mansuy es filosóficamente más fino, el punto que ambos hacen es básicamente el mismo. Podríamos decir que incluso comparten una cierta agenda política: la de incorporar sensibilidades comunitaristas al discurso de una derecha en reconstrucción. Sin ir más lejos, en el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) convive Mansuy con militantes de Construye Sociedad, como la investigadora Catalina Siles.

Pero vamos de inmediato a las coincidencias para despejar la mesa. Mansuy dice que mi respuesta a su columna termina por confirmar más que refutar su posición. Eso no es un descubrimiento. Lo digo con todas sus letras: parte importante de las razones entregadas en el hemiciclo son consistentes con la idea de individualismo normativo, propia de la tradición liberal. Hace algunos días fue incluso Alfredo Joignant quien escribió que la discusión sobre el aborto marcaba un “momento liberal”, pues la propia izquierda habría echado mano de dicha  “postura intelectual” para fundamentar su voto. No es poco: un socialista, un liberal y un conservador están de acuerdo en el punto. Tampoco creo que sea necesario discutir el título de su réplica. Es evidente que el aborto es un problema político y en eso nuestra coincidencia alcanza al propio Boric, que así lo sostuvo literalmente en su intervención en el hemiciclo. Ninguno de los tres –ni el socialista, ni el liberal, ni el conservador- pretenden presentarlo como otra cosa.

Mi crítica a la columna original de Mansuy se resume en dos puntos que siguen en pie. Por una parte, que el caso a favor del #aborto3causales se construye con argumentos de índole liberal –individualismo normativo, digamos- pero también –y esto es lo que Mansuy tiene problemas para identificar- con argumentos de índole igualitaria. Una sociedad que trata con igual respeto a sus ciudadanos distribuye cargas y responsabilidades sociales en forma equitativa y proporcionada. A Mansuy le llama la atención este argumento –lo considera “formidable”- porque los hombres no quedan embarazados y las mujeres sí. Concluye que, desde la lógica del argumento igualitario, “la consecuencia sería que la ley debe equilibrar esa injusticia manifiesta”. Pues bien, el rol de la justicia política no es eliminar todas las desigualdades naturales sino intentar corregir aquellas que nos parecen particularmente gravosas y corrosivas en un marco de igualdad democrática. Aquella es una evaluación que las sociedades hacen a través del tiempo. Amenazar penalmente a una mujer para que lleve a término un embarazo producto de una violación es un ejemplo paradigmático de una carga superogatoria. En ese sentido, el reclamo es precisamente de igualdad: los hombres no se ven enfrentados a una situación que demande de ellos tamaño sacrificio.

Mansuy intuye que el argumento igualitario posee un alcance más amplio. Tiene razón. El caso para legalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12 semanas, por ejemplo, puede ser defendido bajo la misma premisa. Los costos asociados a la maternidad son indudablemente más altos que los costos asociados a la paternidad. Esa es una circunstancia natural y durante siglos no fue particularmente problemática. Hasta que la mujer se incorporó plenamente al mercado laboral y exigió que sus derechos fueran equiparados a los masculinos. Es en este contexto que la mujer reclama autonomía para decidir sobre su cuerpo –dentro de un plazo razonable- pues las implicancias de traer una nueva vida al mundo alteran su proyecto de vida con mucha mayor radicalidad que en el caso de los hombres. La desigualdad natural no es per se problemática. Se convierte en problemática cuando nuestros estándares de justicia recomiendan tomar acción para atenuar los efectos de dichas asimetrías. Cuando la mujer decide libremente llevar adelante su embarazo, entonces acepta también libremente las mayores responsabilidades que ello acarrea. No es posible entender el debate sobre el aborto sin tomar en consideración el profundo cambio cultural que han experimentado los roles familiares tradicionales en el último siglo. Son cambios que han sido usualmente empujados bajo el estandarte de la igualdad entre hombres y mujeres. Con todo, puede que Mansuy no compre el argumento. Pero eso no cambia en nada el objetivo de nuestra discusión. A fin de cuentas, él ha dicho que no pretende convencer a nadie de la posición pro-life y yo tampoco creo que pueda llevarlo al lado oscuro del pro-choice. Lo importante es que pueda reconocer en el argumento igualitario una vía discursiva distinta del argumento liberal que pone acento en la pura autonomía individual. Si lo hace, probablemente esté dispuesto a atenuar la crítica de inconsistencia que le dirige a la izquierda chilena. Con todo, en mi respuesta a su columna le concedo que el ejercicio de reconciliación intelectual entre la tradición comunitarista y el argumento liberal puede ser más trabajoso para el mundo democratacristiano, que supuestamente nace para denunciar los excesos del individualismo cultural. Que Mansuy les exija coherencia me parece razonable. Pero no toda la Nueva Mayoría está determinada por esa sensibilidad ideológica. El socialismo democrático hace rato que abrazó las premisas gruesas del liberalismo. Norberto Bobbio decía que su generación tuvo que releer a Mill para descubrir la importancia de la subjetividad individual ante la voracidad de las narrativas colectivistas. Enhorabuena, digo yo.

El segundo punto de discrepancia parece circunscribirse al asunto de la pretendida neutralidad del argumento liberal. Según Mansuy, “al liberalismo de Bellolio le encanta verse a sí mismo desde una neutralidad respetuosa de la diversidad de proyectos de vida, pero en rigor contiene afirmaciones morales muy contundentes –como, por ejemplo: un feto no es un ser humano con los mismos derechos que nosotros”. ¿Es correcto ese cargo? Sí y no. Como el propio Mansuy reconoce, liberalismos hay muchos. Algunos tienen ambiciones comprehensivas o perfeccionistas respecto de cómo debiésemos vivir la vida. En lo personal, mi liberalismo sustantivo es probablemente Milliano: creo en las posibilidades expansivas de la creatividad y la originalidad humanas, en un sentido acotado de progreso como proceso dialéctico de ensayo y error, y en la importancia de la libertad para que estos procesos se desencadenen productivamente. Sin embargo, no pretendo activar los mecanismos de la coerción estatal para que el resto de mis compatriotas viva tal como yo o crea lo mismo que yo. En ese particular sentido, mi (otro) liberalismo es propiamente político. A eso se refiere la idea -que a Mansuy le cuesta trabajo digerir- de articular ciertos mínimos comunes de la convivencia social. Estos mínimos comunes -que constituyen la idea de lo justo en sociedades pluralistas- no pretenden ser neutros en el sentido de que no reflejen valores o principios. El propio Rawls reconocía que en ellos era posible identificar una teoría “débil” o “delgada” de lo bueno. Lo que se busca es que sean capaces de representar una justificación pública para que el ejercicio del poder sobre una población que tiene distintas creencias e ideas sobre la vida buena sea legítimo.

Uno de los dispositivos procedimentales que el liberalismo político recomienda cuando se trata de encontrar justificaciones públicas es evitar la argumentación basada en creencias religiosas, filosóficas o morales particulares o sectarias. La razón es conocida: articuladas de esa forma, estos argumentos serían epistemológicamente inaccesibles para el resto. Hay que hacer el esfuerzo de traducirlas, diría Habermas, a un lenguaje de razones públicas. Rawls lo llamaba un deber de civilidad: los parlamentarios tienen todo el derecho de justificar su voto contra el aborto basados en el miedo al infierno -como lo hizo sutilmente José Antonio Kast y más grotescamente el diputado Urrutia- pero al hacerlo deben estar conscientes de que no muestran el debido respeto a sus conciudadanos que serán obligados por dicha legislación -y por dichas razones, si finalmente se imponen. Mansuy cree que los diputados cristianos no tienen por qué ruborizarse al votar con la Biblia en mano, pues esas creencias serían tan sectarias como las que promueve el liberalismo. Me parece que Mansuy confunde dos tipos de liberalismo: el comprehensivo -que posee una densidad sustantiva equivalente a la de una creencia religiosa- y el político -que funciona principalmente como mecanismo justificatorio del ejercicio del poder coercitivo. A diferencia de lo que ocurre con la creencia religiosa particular -i.e. “los embriones poseen alma humana insuflada por el creador desde la concepción”-, el liberalismo político en general intenta constituirse como un espacio procedimental común donde personas con distintas creencias sustantivas pueden participar en igualdad de condiciones para determinar los límites de la legitimidad del poder colectivo. Evidentemente, ante los ojos de un teócrata islámico, el liberalismo político no tiene nada de neutral. En efecto, no es neutral entre sí mismo y la teocracia islámica. Pero ésa no es la dimensión de neutralidad que le importa al liberalismo político. La que le importa está determinada por su capacidad de ofrecer garantías mínimas de imparcialidad cuando se trata de negociar la conflictividad social. En ese sentido, Mansuy tiene razón: es una pretensión de imparcialidad que aspira a ser respetuosa de la diversidad de proyectos de vida existentes una sociedad plural. Es un ideal, por cierto. Pero me parece un ideal cívico digno de promover si queremos vivir en paz.

Por lo mismo -y aquí Mansuy revela la consecuencia de su confusión- el liberalismo político no emite resoluciones oficiales sobre el estatus moral o metafísico del embrión, ni en un sentido ni en otro. El liberalismo político da por descontado que éste un terreno donde será imposible consensuar una visión. Lo que el liberalismo político pregunta es si acaso el poder político puede obligar legítimamente a una mujer a llevar adelante un embarazo en las tres traumáticas condiciones conocidas. Evidentemente, de la respuesta a esa primera pregunta se siguen efectos en la protección jurídica que la comunidad democrática extiende al feto. Esos efectos tampoco tienen la obligación de ser neutrales según el libreto liberal. Lo importante es que esa respuesta pueda ser justificada públicamente de acuerdo a criterios más o menos compartidos de justicia política. Mi intuición es que tanto el argumento de raíz individualista-liberal como el argumento de índole feminista-igualitaria pueden verse reflejados en esos criterios mínimos. Por supuesto, Mansuy puede reservarse el derecho a pensar que dichos argumentos no expresan acuerdos mínimos sino declaraciones sustantivas con la misma capacidad expansiva que una doctrina comprehensiva religiosa. Se trata probablemente del meollo de nuestra discrepancia.

Para terminar, el generoso Daniel Mansuy me reconoce un “esfuerzo sistemático por explicitar las articulaciones doctrinarias de nuestra vida política”, pero dice que por lo mismo le extraña que yo “no perciba la importancia del asunto” -me imagino que se refiere a la importancia de identificar la filiación ideológica de los argumentos. Quiero creer que fue un lapsus. Si creyera que estos asuntos son irrelevantes no habría escrito una respuesta y una dúplica a su provocadora tesis original.

Link: http://www.ciudadliberal.cl/?p=17038

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