EL MOMENTO SOCIALCRISTIANO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de abril de 2016)

Aparentemente, la derecha se está tomando en serio eso de repensar las bases de su proyecto político. Recientemente se ha dado a conocer un documento –elaborado por el filósofo Hugo Herrera y el antropólogo Pablo Ortúzar- que pretende establecer los pilares doctrinarios de “ChileVamos”. El contenido despertó reacciones favorables y adversas. Las primeras vinieron de parte de los denominados grupos socialcristianos, quienes ven con buenos ojos la rehabilitación de sus ideas. Las críticas llegaron de los círculos autodenominados liberales. Poco individuo y mucho estado, alegaron. Nula referencia a la noción clásica de libertad. Con una carta de navegación semejante, dijeron, la derecha abandona sus banderas esenciales. Pero, ¿está la derecha innovando ideológicamente?

La doctrina Herrera –que circula con el título de “Convocatoria”- tiene por objetivo resaltar la primacía de lo político por sobre la discusión económica o moral. En sí mismo, aquello ya es una novedad. En lo conceptual, porque se trata de una tribu cultural que durante mucho tiempo ha buscado desmarcarse de lo político –recordemos a Lavín- invocando en su lugar la primacía de los “problemas reales de la gente”, donde la deliberación democrática queda sustituida por la eficiencia de la acción. En lo sustantivo, porque la derecha chilena de las últimas décadas –al menos aquella que se vio fuertemente influida por el discurso friedmaniano- siempre entendió el ámbito de las relaciones económicas como autónomo. Es decir, el mercado funcionaba según sus propias reglas y –por lo general- cualquier intento de controlarlo desde el estado era visto como impropio. La nueva camada de intelectuales jóvenes del sector, en cambio, piensa que la política debe gobernar al mercado. Quizás sea casualidad, pero Herrera estudió en Alemania y Daniel Mansuy en Francia. Ninguno en Chicago. Es decir, cargan la expectativa de una derecha que se apersona en las instituciones de la república para perseguir objetivos sociales que eventualmente pasan por intervenir la economía. Más todavía: la dimensión política se transforma en espacio abierto para que los ciudadanos –no meros consumidores o usuarios de servicios públicos- exploren caminos de plenitud y felicidad. Casi Arendtiano. En la formulación tradicional de libertad que abrazaba Hayek, la vida es eso que discurre tranquilamente hasta que llega la política –y con ella la coerción- a arruinar la fiesta. No me imagino a los representantes de la Fundación para el Progreso que lidera Axel Káiser apoyando con entusiasmo esta reformulación.

El propio Herrera reconoce que una de las tareas de la derecha es recuperar aquellas tradiciones de pensamiento que quedaron desplazadas por el discurso liberal-cristiano que (exitosamente) encarnó la UDI. Desde esa perspectiva, el debate sobre la “Convocatoria” adquiere sentido: los grupos socialcristianos y filo-comunitaristas, así como aquellos de filiación nacional-popular, agradecen su reincorporación. En cambio, los liberales que habitan en Evópoli –si puede llamarse liberal un movimiento cuyo único diputado votó contra la despenalización del aborto en tres circunstancias extraordinarias y a favor de un control de identidad preventivo que se parece a la detención por sospecha- consideran que la correlación de fuerzas queda desequilibrada en el documento.

En efecto, el documento de Herrera y Ortúzar le baja un par de decibeles a la idea de individualismo normativo tan cara al pensamiento liberal. Mejor dicho, es un intento por ecualizar el aparato ideológico de la derecha con otros sonidos. Hay una revaloración de la dimensión comunitaria de la convivencia y un tufillo organicista en la asociación de pueblo, patria y destino común. La sección que enfatiza el vínculo entre nación y paisaje está a medio camino entre Tolkien y el misticismo panteísta. En otras palabras, se reivindican las dinámicas emotivo-sociales y colectivas que atraviesan la vida humana, más que los proyectos individuales de sujetos autónomos.

Esto no alcanza, como algunos han sugerido, para calificar la “Convocatoria” de socialista o estatista. El texto subraya la importancia de las espontaneidades sociales –propias del pensamiento conservador pero afines a la sensibilidad liberal- como una manera de limitar la voracidad de la autoridad estatal en su intención Atriana de inundarlo todo con su régimen de lo público. Del mismo modo, promueve la división del poder no sólo desde la perspectiva política, sino también económica y territorial. El discurso pseudo-liberal chileno suele poner acento en los peligros de la concentración del poder estatal. No obstante, todas las concentraciones de poder –cuando generan asimetrías que subvierten el estatus de igualdad democrática y favorecen condiciones de dominación- son de temer. A la derecha chilena, históricamente, no le ha quitado el sueño que grupos económicos o unidades geográficas amasen un poder incontestable. Mientras no sea el gobierno, todo bien. Pero un liberalismo moderno ya debería haber captado la trampa. La “Convocatoria” de Herrera hace bien en subrayarlo.

Se le ha permitido a Evópoli hace algunas adiciones. La versión definitiva contendría un acápite sobre la idea de justicia que defenderá el bloque opositor. Suena razonable. La filosofía política liberal exige que los proyectos ideológicos expliciten su teoría de justicia. Aun así queda en el ambiente la sensación que, en el seno de la derecha, el momento es socialcristiano.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/04/14/100408-el-momento-socialcristiano

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