DE TODOS LOS CHILEN@S

por Cristóbal Bellolio (publicada en la versión online de revista Capital del 19 de abril de 2016)

“No soy el presidente de todos los chilenos” dicen que dijo una vez Salvador Allende. En el caso de Pinochet, no era necesario que lo dijera. Se subentendía que no lo era. La principal contribución de Patricio Aylwin a la política chilena fue justamente esa: oficialistas y opositores podían reconocer en su figura al líder democrático de la nación. Su discurso en el Estadio Nacional al asumir el mando quedará como testimonio de su convicción unitaria: en lugar de permitir el chiflido ensordecedor de un público legítimamente encabritado por la mención de los militares en el discurso, Aylwin les plantó cara para recordarles con firmeza que Chile es uno solo. Una escena que trae a la memoria al viejo Mandela, que al salir de la cárcel prefirió utilizar su autoridad moral para construir entendimiento en lugar de perseguir venganza. Sus partidarios no estaban contentos: para ellos, había llegado la hora de cobrar cuentas pendientes. Pero Mandela no estaba pensando en su electorado, sino en las difíciles perspectivas de una reconciliación de largo plazo. La historia juzgará a Patricio Aylwin por lo mismo: en lugar de desmantelar las instituciones de la dictadura, las hizo propias para reformarlas “en la medida de lo posible”.

¿Podría haber hecho otra cosa? ¿Pudo ser más ambicioso? ¿Pudo apurar la transición? Es complejo evaluarlo con los ojos del presente. Hace un tiempo tuve la oportunidad de almorzar con un ex presidente de la república –no era Aylwin- y un connotado dirigente estudiantil. El ex presidente recordó el ejercicio de enlace de 1990 y el boinazo de 1993, para graficar la tensión de aquellos días. El dirigente estudiantil me hizo un gesto bajo la mesa para preguntarme de qué diablos estaba hablando el caballero. Es ignorancia excusable: su generación nació en democracia, en un ambiente relativamente despolitizado. Pero me sirvió para entender la radicalidad de su habitual crítica política: sencillamente no estaba tomando en cuenta las particularísimas condiciones en las cuales la Concertación tomó el poder. Aylwin cohabitó con Pinochet los cuatro años que duró su mandato. Aylwin se fue y Pinochet se quedó. Aun así, Aylwin se las ingenió para dar el primer paso en materia de verdad y reconciliación. Olímpicamente, la gran familia militar y parte sustantiva de la derecha desconoció el Informe Rettig. Puras mentiras, dijeron. Pero Aylwin tuvo razón: abriendo el primer surco se ensancharon progresivamente las posibilidades de justicia y reparación.

¿Pudo echar abajo los pilares del sistema económico? Quizás, pero creciendo a un ritmo de siete por ciento anual en un país donde cuatro de cada diez ciudadanos vivían bajo la línea de pobreza, no parecía la estrategia más sensata. El fantasma de una centroizquierda fiscalmente irresponsable todavía estaba en el aire. Aylwin entendió que la estabilidad económica sería piedra fundamental del éxito de su gobierno y de la transición en general. Este juicio no compromete necesariamente nuestra opinión respecto de lo que debe hacerse hoy. Sirve, no obstante, para entender las alternativas políticas que tenía Patricio Aylwin a su disposición.

Por supuesto, sobrevive en la izquierda una crítica furibunda a su apología inicial del golpe. Los nacionalistas tampoco le perdonan el “regalo” de Laguna del Desierto. Los libertarios siempre combatieron su percepción sobre el mercado, que según Aylwin era inexorablemente cruel. Los democratacristianos saben de sus artilugios para quedarse con la nominación presidencial de 1989. La tribu del rock no olvida que fue su gobierno el que prohibió la entrada de Iron Maiden. En fin, no es necesario ni sincero que esas críticas se apaguen. No es obligación coincidir en un epitafio oficial. Sin embargo, Aylwin nunca se vendió con ropajes de revolucionario. Siempre fue un reformista, de paso lento pero seguro. Y los reformistas avanzan en la medida de lo posible. No se avergüenzan de ello. Entienden que los procesos históricos son ásperos y trabajados. Tuvimos la fortuna de tener un líder reformista cuando –según parece- aquella era justamente la ruta más sensata. Tuvimos la fortuna de tener un presidente para todos los chilenos, después de mucho tiempo sin uno.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/04/19/170441-un-presidente-de-todos-los-chilenos?platform=hootsuite

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