ENCUENTRO A LA DISTANCIA

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 26 de Junio de 2016)

ELA London

Más de quince mil encuentros locales se realizaron en el marco del proceso constituyente que inauguró la Presidenta Bachelet. Es un número nada despreciable, considerando que el mínimo de participantes oscilaba entre diez y quince. Algunos analistas han señalado que la participación fue más entusiasta en comunas pudientes que en comunas menos pudientes. No es una sorpresa: sabemos que los sectores más educados y con mayor capital cultural se involucran más activamente en los procesos políticos. Era ingenuo esperar otra cosa y por lo tanto el argumento no sirve para deslegitimar el ejercicio.

Tuve la oportunidad de participar en uno de los tantos encuentros que se organizaron en el exterior (foto). Una veintena de compatriotas nos dimos cita en un bar victoriano en el norte de Londres. Seguimos la metodología aprobada por el Consejo de Observadores y completamos la tarea tras cinco arduas horas de discusión. Cerramos la jornada con una sensación de satisfacción. No porque nuestros puntos de vista hayan primado en el debate, sino porque tuvimos una instancia inédita para conversar cara a cara sobre los asuntos públicos más importantes. Escuchando el testimonio de otros encuentros dentro y fuera de Chile, me doy cuenta que la percepción es prácticamente misma.

He aquí el problema de los críticos del proceso constituyente: no entienden que el valor de este ejercicio cívico radica principalmente en el procedimiento y no necesariamente en el resultado. Es el procedimiento el que nos obliga a explorar y articular nuestras opiniones políticas en forma respetuosa, entendiendo que la contraparte también puede tener razones que no nacen de la mala intención o la ignorancia. Es el tipo de diálogo que echamos de menos hoy. La dinámica de los miles de encuentros locales que se han realizado en Chile y en el exterior está, por ejemplo, en las antípodas del modus operandi de los encapuchados que arrasan con todo a su paso, buscando imponer sus ideas por la fuerza.

En mi caso, solo conocía a una fracción menor de los participantes. Por lo anterior, nunca sentí que fuese una conversación entre amigos. Todos se lo tomaron con seriedad e hicieron lo posible por explayar sus convicciones frente al resto. Es lo más parecido a una clase magistral de cultura democrática en la cual no hay profesores sino pares, de los cuales se discrepa pero también se aprende. Una de mis compañeras llegó a proponer que nos forzáramos a una instancia similar cada diez años, tal como lo hacemos con el censo. Pero no todo es entusiasmo adolescente. Muchos manifestaron algún grado de escepticismo frente al proceso. Se preguntaban si acaso sus ideas serían finalmente recogidas. Pero no es muy difícil entender por qué sería una pésima idea darle a estos encuentros un carácter directamente vinculante. Otros hicieron críticas razonables a la metodología. Pero ninguna de esas críticas fue inmovilizadora. En lo relevante, todos tuvimos una probadita de los riesgos y oportunidades políticas que abre un proceso de estas características, con independencia de los contenidos que finalmente queden recogidos en el texto constitucional.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-06-26&NewsID=349050&BodyID=0&PaginaId=23

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