EL SEGUNDO GOBIERNO DE SEBASTIÁN PIÑERA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 22 de Julio de 2016)

Sebastián Piñera ha señalado que es prematuro hablar de candidaturas presidenciales, cuando falta todavía un año y varios meses para la elección. No alcanzamos a elegir un presidente, sostuvo, cuando ya estamos pensando en el siguiente. Es como un deporte nacional, remató. Tiene razón. Pero no se puede hacer mucho al respecto. Con períodos tan cortos como el nuestro, los últimos dos años suelen estar dominados por el debate electoral. A eso se suma el síndrome del “pato cojo”: algunos gobiernos parecen acabarse antes de tiempo entre la irrelevancia y la escasa popularidad. Hay que agregar, por cierto, que las palabras de Piñera son estratégicas: no quiere parece preocupado de las próximas presidenciales pero prácticamente todas sus acciones delatan que sí lo está. La verdad es que no queda más alternativa que entregarse a este deporte de política ficción. La pregunta de esta columna es cómo debiese ser un segundo gobierno de Sebastián Piñera.

A poco de asumir, el propio Piñera dijo en una entrevista que “sólo los muertos y los santos no tienen conflicto de intereses”. Honestidad brutal, pero también escasa sensibilidad política frente a un asunto que le costó varios malos ratos. Después del festival de escándalos de los últimos años -que vio a la presidenta más querida de la historia de Chile descender a los infiernos de la desaprobación ciudadana- un nuevo gobierno de derecha no tiene espacio para ser indolente frente a las crecidas demandas de probidad y transparencia. Piñera está en la mira. Aunque zafe en lo personal, sus opositores le enrostrarán que una docena de sus más estrechos colaboradores –incluyendo ministros estelares como Golborne y Longueira- se han visto manchados hasta el tuétano con las irregularidades del dinero y la política. Es decir, si la derecha regresa a La Moneda, el primer mandatario tendrá que ser más papista que el Papa con sus designaciones y nombramientos. Usando su propia metáfora, debe ser el gobierno de los muertos y los santos. Si antes se trató de convocar a los “mejores” de acuerdo a sus credenciales académicas y ejecutivas, los “mejores” serán ahora los que muestren su hoja de servicios –públicos y privados- inmaculada. El comité de chequeo y re-chequeo de antecedentes deberá actuar con un celo draconiano. A partir del caso Wagner, sería negligente no endurecer las normas internas contra el tráfico de influencias. Piñera no es el adalid de las buenas prácticas, pero puede preocuparse de que su segundo gobierno no se caiga donde todo el mundo está esperando que se caiga.

Piñera enfrenta otro dilema respecto de los elencos que lo acompañarán en un eventual segundo mandato. El 2013 quedará registrado en los anales de la historia de la derecha chilena como el año que fundió políticamente a su generación dorada, justamente la generación de Piñera. Si no fuera por la resurrección senatorial de Allamand, la pérdida habría sido completa. Los años posteriores se han encargado de rematar a los coroneles más emblemáticos de la UDI. Dicho de otro modo, Piñera tendrá que recurrir a una generación distinta a la suya. No debiera ser un problema. Su primera administración se caracterizó por dar espacio a miles de jóvenes que dieron sus primeros pasos como empleados del estado. Varios aprendieron a costalazos. Ya no son novatos. Necesariamente, Piñera tendrá que conferirles mayores responsabilidades políticas. Hay que tomar en cuenta, también, que la UDI no es la misma de hace unos años. Piñera entiende de avalúos. El gremialismo no vale lo mismo en 2017 que en 2009. Si su crisis reputacional –grave por sí  misma- va acompañada de una crisis electoral a partir del fin del binominal, Piñera no está obligado a darles mucho protagonismo. Por decirlo de algún modo, un segundo gobierno suyo debiera acercarse más a la frescura incierta que representa Evopoli que a los cuadros tradicionales del aliancismo de la transición. Queda siempre rondando la pregunta de qué hacer con Allamand…

Finalmente, está el tema del relato. No se gobierna en poesía sino en prosa, dicen los entendidos. Gobernar es navegar, no filosofar. Pero la ostentosa superficialidad de la primera vez tampoco resultó ser provechosa. Un par de ideas centrales que revelen un mínimo de densidad intelectual pueden ser útiles. A la gente le cuesta identificar cuál fue la gran contribución por la cual el primer gobierno de Sebastián Piñera pasará a la historia. Se hicieron varias cosas, pero no pareciera existir un hilo conductor. Se creció económicamente y se generó empleo. Pero es dudoso que eso baste para generar una narrativa capaz de dejar una huella en los libros. A diferencia de la vez anterior, esta vez Piñera cuenta con un cuerpo de promisorios intelectuales y centros de pensamiento que pueden ayudar en la tarea. En una frase, menos Instituto Libertad, más Instituto de Estudios de la Sociedad.

Un segundo gobierno de Piñera debe ser menos piñerista que el anterior. Es decir, menos amigos y parientes, y más mentes independientes. Menos hombres blancos capitalinos heterosexuales católicos del barrio alto y egresados de colegio particular. Más mujeres, más voces regionales, y por cierto más diversidad racial, social, sexual, religiosa y educacional. En lugar de sumar uno que otro Ravinet, su norte debiese estar en la conquista política de la izquierda liberal que representan los Brunner y los Engel. Por supuesto, esto es pura ficción. Pero no está de más practicar el deporte nacional.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/07/21/090714-el-segundo-gobierno-de-sebastian-pinera

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