LA CRISIS DE AJENIDAD: FUTURO, POLÍTICA E IDENTIDAD

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 5 de septiembre de 2016)

Hablemos del futuro. ¿Cómo será el mapa político chileno en diez, quince o veinte años más? ¿Cuál será el modo de relación de los actores políticos con la ciudadanía? Desde hace un buen tiempo a esta parte, he dedicado artículos, exposiciones e incluso libros a promover un proceso de renovación generacional en la política chilena. En esta columna intentaré sintetizar la hipótesis que subyace a esa demanda y vincularla con la pregunta sobre el futuro.

Mi punto de partida es la crisis de representatividad actual no es de índole ideológica. Si bien es cierto que la sociedad chilena se pone relativamente más “liberal” en algunos temas –especialmente en materia de moral sexual y otras que subrayan la autonomía individual- y más “izquierdista” en otros –lo que se traduce en un rechazo a ciertas lógicas de mercado heredadas de la dictadura-, en general la distribución ideológica de la población chilena no ha cambiado sustancialmente: se reparte un poco a cada lado, con una mayor concentración hacia el centro. De hecho, el sistema de partidos cubre un rango bastante amplio de preferencias doctrinarias, que van desde la UDI hasta el PC. La crisis no se debe, por tanto, a que los chilenos carezcan de coordenadas referenciales en el marco de la oferta electoral.

La crisis, sostengo, es la crisis de un elenco. Son los actuales elencos –identificados con la recuperación de la democracia y la conducción de la transición- los que están deslegitimados en su calidad de intérpretes de la realidad política. Con ellos, también se han deslegitimado las estructuras partidarias que los cobijan. De ahí la emergencia de nuevos movimientos. Es decir, el sistema no reacciona destruyendo la política, sino buscando otras vías –institucionales y no institucionales- para que la política se abra camino. Evidentemente, el hastío de la gente con todo lo que suena a política es lo suficientemente hondo como para afectar la posibilidad de éxito de estos nuevos referentes, pero en general, el descalabro reputacional se concentra en los elencos tradicionales.

Esta es, entonces, la hipótesis: el problema que tenemos entre manos se reduce –en parte- a la crisis reputacional de un elenco. Es una crisis de personas y símbolos. No es necesariamente una crisis en “la manera de hacer política”. La historia enseña que esas promesas deben ser recibidas con escepticismo. Ni Evopoli ni Revolución Democrática, por ejemplo, van a descubrir una nueva forma de practicar el viejo arte de gobernar. La política seguirá siendo la capacidad de articular y perseguir demandas e intereses colectivos a través de la conquista del poder. No hay, por ende, ninguna garantía ni siquiera ética respecto de que las nuevas generaciones vayan a ser mejores que las pasadas. El caso a favor del recambio no se agota en esa cándida esperanza.

Una crisis nominativa que afecta a los portadores de la representatividad política sólo se soluciona reemplazando a dichos portadores. Los vínculos se han erosionado a tal nivel que la lectura generalizada es que las estructuras de representación –a nivel organizacional y relacional- son ajenas, no nos pertenecen, tienen que ver con un mundo que no es el nuestro. Son ajenas aquellas conversaciones en las cuales no estamos incluidos. Por lo anterior, cualquier tentativa de salida de la actual crisis pasa por reconectar la experiencia de representantes y representados, la que debe volver a ser una experiencia histórico-cultural compartida. Esa es la razón por la cual la alianza sellada en octubre de 1988 fue tan importante como adhesivo social entre los elencos que representaban y la ciudadanía que aceptaba dicha representación. Después del 2011, ese adhesivo perdió su pegamento. La proliferación de los nuevos movimientos –marcadamente generacionales- debe leerse en esa clave: es el desesperado intento de los hijos de la transición por renovar los votos de dicha alianza con aquellos con quienes comparten una experiencia histórica. Es volver a encontrar coordenadas comunes que permitan superar la crisis de ajenidad. Ése es el quid del asunto: en democracia, la ciudadanía debe sentir que las estructuras de representación disponibles le pertenecen, no en el sentido de propiedad privada, sino en el sentido de experiencia compartida.

Es llamativo que ni la izquierda ni la derecha chilena hayan entendido que la discusión constituyente se trata, finalmente, de aquello. Los primeros creen que se trata de cambiar el modelo neoliberal y el estado subsidiario que nos legó Pinochet. Los segundos temen una asonada socialista e insisten en las virtudes operativas del marco constitucional vigente, el que sólo necesitaría reformas específicas. Ambos yerran. El proceso constituyente –en su versión procedimental ideal- era una oportunidad para recrear las condiciones de un acuerdo político transversal basado en una nueva alianza generacional.

El futuro político, entonces, pasa por terminar de matar lo viejo para dar paso a lo nuevo. Es una necesidad fundamentalmente identitaria. Para resumirlo, se me vienen a la mente las palabras de la sabia Maz Kanata a la intrépida Rey en la nueva entrega de Star Wars: “La pertenencia que tu buscas no está hacia atrás, sino que yace adelante”.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/09/05/090941-la-crisis-de-ajenidad

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