AQUILES, BORIC Y LOS ESCOLTAS DE PINOCHET

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 19 de septiembre de 2016)

En la Ilíada de Homero, Aquiles venga la muerte de su amante Patroclo matando al héroe troyano Héctor. Cegado por la ira, Aquiles arrastra el cuerpo de Héctor y lo conserva como trofeo de guerra. En medio de la noche, el rey Príamo visita la tienda de Aquiles y le ruega que le entregue el maltrecho cuerpo de su hijo, para enterrarlo de acuerdo a los ritos funerarios troyanos y para que los suyos puedan despedirlo como corresponde. Aquiles empatiza con la pena del viejo Príamo, mientras lloran juntos por sus pérdidas y los infortunios del mundo. No dejan de ser enemigos. Aquiles se lo advierte. Por lo mismo, el pasaje se atesora en los anales de la literatura como enseñanza de que la compasión es un rasgo de decencia humana básica que subsiste aún entre adversarios a muerte.

La semana pasada, el diputado Gabriel Boric se sumó al minuto de silencio que sus colegas derechistas de la Cámara pidieron para los escoltas de Pinochet que murieron en el atentado que ejecutó el FPMR en 1986. Boric recibió duras críticas, entre ellas la del alcalde –y nuevo presidenciable comunista- Daniel Jadue. Según Jadue, Boric se prestó para homenajear a los esbirros del dictador, lo que revelaría un pésimo juicio político y moral. Otros atacaron a Boric desde la izquierda por renunciar al derecho a la memoria histórica, aquella que no concede ni perdón ni olvido.

Pero Boric no hizo ninguna de estas cosas. El minuto de silencio no es necesariamente un homenaje, sino fundamentalmente una muestra de respeto al dolor ajeno. Aquiles no rindió honores a Héctor. Muy por el contrario. Lo que hizo fue entender que, en un mundo azotado por tragedias, lo único que nos queda como refugio es ese residuo común de humanidad. Cuando Boric participa de un momento de silencio por los escoltas de un dictador que fue nefasto para su tribu ideológica, lo que hace es revelar algo de esa misma humanidad homérica: hasta los más encarnizados enemigos tienen derecho a ser recordados.

Evidentemente, esta no es una exigencia. Los dolores del pasado no pueden ponerse en pausa. Los gestos de grandeza son voluntarios y no siempre se dan recíprocamente. Para qué hablar de la calidad ética de quienes aún retienen información sobre el paradero de los desaparecidos. Ellos están en las antípodas morales de la lección de Aquiles. Pero lo que hace Boric no solo demuestra humanidad en la dimensión personal, sino que ensancha las posibilidades de la política misma. Un acuerdo de convivencia que se sostiene en la certeza de que existe un depósito último de moralidad compartida –aun en medio de profundas y radicales discrepancias- es más sustentable que aquel en el cual cada bando está esperando la caída del otro para barrer con su existencia.

Jadue dice que la actuación de Boric revela “inmadurez”. Paradójicamente, es todo lo contrario. Hay que tener un entendimiento político sofisticado para entender que la demanda de justicia histórica y la capacidad de empatizar con el dolor ajeno son cosas distintas y no incompatibles.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-09-19&NewsID=355268&BodyID=0&PaginaId=11

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