Archive for 30 noviembre 2016

TRUMP Y LA CRÍTICA AL LIBERALISMO

noviembre 30, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 25 de noviembre de 2016)

El shock mundial de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos ha gatillado una serie de reflexiones. Aquí quiero concentrarme en una lectura recurrente en los medios anglosajones y repetida en la periferia que le sirve como caja de resonancia global: que la culpa de este desenlace la tienen los liberales.

La tesis es más o menos la siguiente. Los liberales estadounidenses –tal como los liberales británicos frente al Brexit- subestimaron olímpicamente a su rival. Insistieron en tratar de ignorantes a quienes apoyaban a Trump. No se cansaron de apuntar con el dedo a sus cavernarios compatriotas. En lugar de defender sus valores progresistas por la vía argumental, se deshicieron en insultos. Desde la isla de la corrección política, sencillamente no fueron capaces de entender las razones de la discrepancia. Tras escandalizarse, se solazaron en su supuesta superioridad moral e intelectualmente. ¿Qué persona en su sano juicio, parecían preguntar, podría entusiasmarse con Trump –o con el Brexit- salvo que se tratase de racistas, homofóbicos, misóginos, xenófobos, fanáticos o completos analfabetos? Ese habría sido el problema central del mundo liberal, ése de cacareada vocación demócrata, ése que junta izquierdistas sofisticados, defensores de la cultura ilustrada, cosmopolitas evangelizadores, conciencias ecológicas e igualitaristas de salón.

La culpa, en resumen, habría sido de quienes perdieron por no saber interpretar contra quiénes estaban compitiendo. Resulta que no estaban compitiendo contra un ejército de trogloditas, sino contra los perdedores de la globalización, aquellos que por diversas razones no se han comprado las imposturas de la elite ni se han adaptado a los vaivenes de la posmodernidad. En síntesis, los votantes del Brexit y de Trump no serían villanos sino víctimas incomprendidas por la arrogancia liberal. He ahí los vulnerables a la inmigración, a la disrupción tecnológica, a la ética de los filósofos. ¿El perfil? Hombres blancos, mayores de cincuenta, con pocos años de educación, lejos de las urbes más vibrantes en términos de intercambio económico y cultural. Lo que hizo Trump, de acuerdo a esta teoría, fue apenas ponerle voz a esa mayoría silenciosa que se quedó debajo de la mesa, y que hoy se queja tirando del mantel. Los liberales debieron escuchar ese quejido inarticulado, esa indignación postergada, antes que descalificar la rabia por escasamente sofisticada.

Sin embargo, es un error tragarse esta tesis de moda. Frente a la descorazonadora derrota, se hace necesario distinguir dos dimensiones de la conversación. Una es estratégica, y apunta a los defectos actitudinales de la tribu liberal frente a sus contradictores. La otra es normativa, y se refiere a los valores que corresponde defender.

En la primera dimensión, la crítica puede ser correcta. Se nos hizo fácil tratar al adversario como si fuese portador de una enfermedad cognitiva. No hay peor táctica, si se quiere persuadir a alguien, que tratarlo de tarado, inculto o ignorante. La soberbia es pésima aliada en campaña. Pero ese problema estratégico es independiente del fondo de la discusión. Los liberales pueden y deben insistir en la robustez política y moral de sus principios. De acuerdo: no sirve caricaturizar a Trump como un monstruo. Pero eso es distinto de relativizar la narrativa que puso en movimiento. En ese sentido, la diferencia que existe entre Trump y Obama es oceánica: mientras el primero pone acento en la idea de grandeza nacional a partir de la exclusión del otro, el segundo ha hecho carrera encarnando la esperanza de un mundo en el cual podamos vivir todos como iguales. Mientras Trump escoge reforzar los prejuicios de su audiencia para profitar del temor, Obama pide apertura mental para abrazar las condiciones de un mundo diverso. Insisto: no todo lo malo es Trump ni todo lo bueno es Obama. Pero el contraste no puede suavizarse: los discursos de uno y otro encienden el espíritu, pero uno alimenta las sombras y el otro busca sus luces. Basta con advertir el efecto alentador que ha tenido el triunfo de Trump sobre algunos grupos funestos y abiertamente incitadores al odio.

No desconozco las historias de postergación que inflamaron la reivindicación blanquista –los leños de la locomotora Trump. Ellas nos ayudan a entender el origen del miedo, de la inseguridad y del resentimiento. Pero apreciar la sinceridad de aquellos sentimientos no equivale a condonar todas sus expresiones. Estamos programados para buscar culpables. Ahí está el extranjero, el musulmán, el ecologista, el homosexual, el negro, etcétera. Pero la mayoría de las veces no es intelectualmente honesto ni normativamente justo. Denunciar los discursos fácticamente falsos o moralmente cuestionables no es, en sí mismo, arrogante. Tampoco es empíricamente correcto el relato del multimillonario que se transforma en el campeón del pueblo. Su base electoral fue la clase media y parte importante del mundo que teme perder sus privilegios. Es normal votar por interés. Pero no lo transformemos en un grito de justicia. Que la elite progresista no comprenda a cabalidad los avatares de la clase trabajadora es una cosa. Otra distinta es una elite reaccionaria y nostálgica que rapiñe de esa falencia.

En resumen, que la torpeza estratégica liberal para interpretar su entorno no arroje por conclusión que las posiciones en competencia eran moralmente equivalentes. No lo son.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/11/24/151154-trump-y-la-critica-al-liberalismo

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PÓNGALE NOTA AL DICTADOR

noviembre 27, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 27 de noviembre de 2016)

Corría Febrero del 2002 en una fuente de soda de La Habana y, sentado frente a mí, un hombre de unos cincuenta y tantos me articulaba sus razones para apoyar al régimen castrista, del cual era funcionario. Tiene miles de defectos, me reconocía, pero al menos se preocupa de las personas. Lo decía con la convicción de aquellos que, una vez reducidos todos los criterios de evaluación a lo más importante, se sienten en el lado correcto de la historia. Al día siguiente tuve una cita con su hija, que aún no cumplía los treinta. Una mulata exuberante que inundaba los espacios con su risa. Al tercer vaso de ron la pilló la tristeza. Atreviéndose a levantar la voz más allá del murmullo, me relató la miseria de vivir sometida a un autoritarismo hipócrita, de habitar en una cárcel con barrotes invisibles pero omnipresentes. En fin, dos miradas diametralmente distintas que –en cierto sentido- revelaban el salto generacional: el padre recordaba con amargura los tiempos de Batista y había adquirido conciencia política en el romanticismo de la retórica revolucionaria. La hija sólo conocía las pellejerías materiales y las injusticias manifiestas del día a día. Ninguna épica era capaz de conmoverla.

Fidel es un personaje tan complejo como el proceso cubano que dirigió con mano de hierro. Lo que parece indiscutible es que se trató de uno de los dictadores más exitosos del siglo XX: alcanzó el poder por la vía insurreccional, copó las estructuras del gobierno, erradicó la posibilidad de oposición y cerró todos los canales democráticos tradicionales. Si Castro es un demócrata, entonces hemos vaciado el concepto de prácticamente todo lo que lo hace distinguible. Pero eso no cierra necesariamente la conversación ni determina -para todos- la evaluación.

Por supuesto, si usted es de los demócratas anti-autoritarios que cree que las dictaduras son siempre perversas, entonces no hay mucho más que agregar: Castro y Pinochet caen en la misma categoría descriptiva. Si, por definición, no hay dictadura buena, entonces Fidel no puede ser glorificado, salvo en su poderosa dimensión icónica. Por el contrario, si usted cree que aún las dictaduras pueden ser calificadas entre buenas y malas de acuerdo a los valores que la impregnan o los resultados que consiguen, entonces es normal que Castro y Pinochet reciban evaluaciones discrepantes. Así, izquierdistas dirán que Fidel fue un líder para el pueblo, que enfrentó al imperialismo y siempre aspiró a la justicia social. Mencionarán la salud y la educación como botones de muestra de los resultados revolucionarios. Los derechistas, a su vez, dirán que Pinochet liberó a la patria del dominio marxista y encabezó la titánica tarea de reconstrucción institucional y económica. Mencionarán que gracias al régimen militar Chile avanzó varios espacios en la carrera por alcanzar el desarrollo. En ambos casos, izquierdistas y derechistas estarán efectuando un ejercicio similar: justificando dictaduras en función de consideraciones ideológicas y utilitarias. Lo anterior no es discursivamente ilegítimo. Quizás haya buenas razones para preferir una dictadura por sobre la otra. Pero en ese caso lo intelectualmente honesto es decirlo con todas sus letras y dejar de hacer gárgaras con el valor irrenunciable de la democracia y los DDHH.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-27&NewsID=360404&BodyID=0&PaginaId=4

EL LAMENTO DE GUILLIER

noviembre 23, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de noviembre de 2016)

Las estrategias de victimización son un clásico en política. Desde su irrupción como precandidato, el senador Alejandro Guillier ha insistido en esa táctica. Ha señalado que la elite no lo quiere, que nunca había visto a nadie tan maltratado por los medios como él, y ahora que prácticamente nadie lo pesca en La Moneda. Incluso, agregó, el ministro del Interior Mario Fernández se olvida de las conversaciones que sostienen.

Es probable que algunas de esas cosas sean parcialmente ciertas. El “partido del orden”, como le dicen a la trenza de alianzas político-económicas que atraviesan el espectro político y que en cierta forma administra a la nación, ha dicho con todas sus letras que prefiere decidir entre Piñera y Lagos. Un conocido periodista deportivo echó al agua a un medio de comunicación que quería –según su versión- “matar a Guillier”. Se sabe que el propio ministro del Interior quiere a Lagos como presidenciable de la centroizquierda.

Pero tampoco hay que exagerar. No es sorpresa que la élite política y económica se sienta más a salvo con Lagos que con Guillier. El primero demostró, como gobernante, no tener mayores complejos con el modelo de desarrollo chileno. En cambio, Guillier es una caja de pandora: nadie sabe con certeza qué puede salir de ahí. Aunque no tiene un relato afinado, todo indica que el senador por Antofagasta tomará el camino de denunciar a los grandes poderes. Por eso sostuvo que él, a diferencia de Lagos, venía del “mundo de los movimientos sociales” –aseveración bastante dudosa pero pegadora. Tampoco es evidente que los medios le carguen la mano o que exista una conspiración para dañarlo. Puede haber uno que otro caso, pero en general el tratamiento de su repentina precandidatura ha sido enteramente normal, con más curiosidad que saña. Por último, si echamos un vistazo a lo que ocurrió en Estados Unidos, Trump ganó con toda la prensa en contra.

Sobre lo que piensan en el equipo político La Moneda, hasta cierto punto a Guillier le conviene que regaloneen más a Lagos. Por un lado, Guillier puede seguir girando en la retórica del outsider anti-cúpulas. Por el otro, no estamos hablando de un gobierno victorioso con el cual todos quieren sacarse la foto. Por el contrario, casi nadie quiere salir en esa foto. Hace un par de lustros, la buena onda del ministro de Interior habría sido relevante. Por ahora, da lo mismo que Fernández haga como que no se acuerda.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-23&NewsID=360080&BodyID=0&PaginaId=26

LA GRAN ESTAFA

noviembre 21, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de noviembre de 2016)

Pilar Cruz (RN) fue re-electa concejal por Providencia con una de las votaciones más altas. Lo mismo Carolina Lavín (UDI), primera mayoría en la comuna de Santiago. Sin embargo, ambas renunciaron apenas iniciado el nuevo período. ¿Por qué? Porque quieren competir en las próximas parlamentarias –para lo cual la ley exige que no estén desempeñando otra función representativa durante al menos un año. En reemplazo de Cruz y Lavín asumirán compañeras de lista que obtuvieron un puñado de votos.

La situación es escandalosa en varios sentidos. En primer lugar, porque tanto Pilar Cruz como Carolina Lavín defraudaron la confianza pública. Hicieron campaña prometiendo que desempeñarían la labor de un concejal, obtuvieron votos para ello e incluso les corresponde recibir un reintegro económico por dichos votos. Pero todo era parte de una gran mentira. Lo que realmente querían era una diputación. Eso no tiene nada de malo. El ex concejal Nicolás Muñoz (DC) también quiere correr por un cupo en la Cámara, pero entendió que –por lo mismo- no correspondía repostular al concejo municipal. Lo contrario es burlarse de la gente.

En segundo lugar, porque sus reemplazantes no cuentan con respaldo electoral relevante. Es cierto que la lógica del sistema de listas es precisamente sumar los votos y que los candidatos fuertes arrastren a los débiles. Pero esta jugada traiciona dicho espíritu. La señal es que los partidos pueden llevar caras populares que solo sirvan para abultar la votación pero no para ejercer el cargo. Podrían terminar ejerciendo puros reemplazantes.

El asunto reviste mayor gravedad porque ambos casos son justificados y alentados por sus partidos. Desde RN dijeron que lo importante era “llevar candidatas fuertes” en 2017. Agregaron que Cruz debe someterse a un nuevo escrutinio popular donde nada está dicho. En la UDI destacaron que Lavín ya lleva un par de períodos como concejal y por tanto la deuda estaría saldada. No es que vaya a renunciar al servicio público, añadieron, sino que busca encauzar esa noble vocación en un nivel superior.

Por cierto que ganar diputaciones es importante, pero el fin no siempre justifica los medios. Obviamente Cruz debe re-concursar el próximo año, pero ése no es el punto ni le otorga mérito al argumento. La trampa ya está hecha. Tampoco es relevante si llevan muchos años como concejales. La pregunta es por qué decidieron engañar a la ciudadanía postulándose nuevamente si nunca ejercerían el cargo. Y si el ofrecimiento de la diputación fue hecho con posterioridad, por qué no se rehusaron en nombre del mandato que les fue encomendado. Decir que lo “conversaron con los vecinos” roza la ridiculez. Finalmente, lo del servicio público es gimnasia retórica. De hecho, la sensación que queda es justamente la opuesta: que ni la UDI ni RN se han enterado de los problemas reputacionales de la política y de la necesidad imperiosa de dignificarla.

Hace algún tiempo un senador se preguntaba por qué la comisión Engel contra la corrupción no integraba políticos profesionales. Acá está la respuesta: porque muchos son incapaces de regular su propia ambición. Lamentablemente, no se puede confiar en la ética de los actores y probablemente sea necesario legislar al respecto.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-20&NewsID=359894&BodyID=0&PaginaId=16

LA POLÍTICA POST-FACTUAL

noviembre 16, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de noviembre de 2016)

El término lleva un tiempo dando vuelta, pero ha cobrado especial vigencia a propósito del Brexit y la elección presidencial en Estados Unidos. En corto, la noción de una política post-factual se refiere a aquellos discursos políticos que tienen poco respeto por la realidad, los hechos y la evidencia. Es decir, que presentan cifras y aseveraciones falsas en la esperanza que la audiencia no sea capaz de distinguir. A fin de cuentas, la información circulante es tanta que cualquier cosa podría ser verdad. En la política post-factual está permitido exagerar a destajo y mentir sin arrugarse. Total, la democracia no contempla muchos mecanismos de control de honestidad discursiva. Si los medios pillan al mentiroso infraganti, el político post-factual siempre tendrá a la mano una teoría conspirativa para sacarse los balazos.

Así las cosas, la política post-factual no suena muy virtuosa. Pero llena un espacio y atiende una demanda. La gente, usualmente, prefiere aquellos discursos que sintonizan con su percepción. Las percepciones no siempre son correctas, pero nos gusta que alguien con tribuna las confirme. Ciertos dirigentes saben aprovechar el escenario. Michael Gove, uno de los líderes del Leave en el reciente referéndum en el cual Reino Unido decidió su salida de la Unión Europea, lo graficó a la perfección. “Estamos cansados de los expertos”, señaló, agobiado por un entrevistador que mostraba los números de una pésima idea. Gove sintetizó así una intuición popular extendida: los expertos sabrán mucho, pero no entienden mi realidad, no leen mis sentimientos… seguramente estarán defendiendo intereses.

Es importante hacer dos distinciones conceptuales. La noción de política-post factual o post-veracidad no es sinónimo de populismo. Tienen en común un elemento: la apelación directa y emotiva a grandes capas de la ciudadanía. Eso hace difícil la ponderación técnica de la comunicación. Pero el populismo, además, gusta de saltarse la deliberación representativa. La simbiosis performática entre el líder y su pueblo orgánico es el mejor ejemplo. En cambio, la idea de política post-factual se refiere a una dimensión más acotada del discurso político. Es prácticamente un recurso de campaña, aunque deviene en modo de relacionarse cuando es sistemático –lo que ocurre en cierta medida con Donald Trump. Irónicamente, tiene algo de post-factual denominar populismo a cualquier propuesta que nos molesta en algún nivel. Populista le dijeron a Camila Vallejo por el proyecto de eliminar las alusiones teístas en la Cámara, cuando se trata –muy probablemente- de lo opuesto: una propuesta genuinamente doctrinaria de corte republicano-liberal y no pensada en complacer a las masas –que siguen siendo cristianas en nuestro país. Alguien por ahí dijo que el alcalde electo de Valparaíso, Jorge Sharp, estaba siendo populista por replantear la pertinencia de los fuegos artificiales del Año Nuevo. Es difícil pensar en medidas menos populistas. Tampoco califica de populista, necesariamente, la presidenta Michelle Bachelet, que cuando observó el masivo apoyo callejero al movimiento No + AFP salió en cadena nacional advirtiendo que no había posibilidad fáctica de volver a un sistema de reparto. Uno puede discrepar de sus reformas, pero eso no las hace necesariamente populistas. Se puede ser relativamente radical, incluso, sin ser populista -aunque también es dudoso que la Nueva Mayoría sea un proyecto político radical. Se puede ser políticamente inepto y no populista, también. Es más populista –y post-factual- hacer lo que hizo Evelyn Matthei en Providencia: presentar un paisaje tenebroso de estado comunal para provocar un sentido de urgencia en el electorado. Tampoco es claro que Manuel José Ossandón sea un populista de derecha. Que juegue por la libre y sea ideológicamente desordenado no basta. No digo que no lo sea. Digo que falta evidencia para aseverar aquello.

El otro concepto es el de tecnocracia. La política post-factual vende una cara amable porque se opone al gobierno de los fríos técnicos. La tecnocracia, a fin de cuentas, es anti-democrática. Pero decir la verdad y no falsear los números ni las historias no es sinónimo de tecnocracia. Lo primero es una virtud político-moral, lo segundo es un engranaje institucional de toma de decisiones. Es parcialmente similar a relación que existe entre la igualdad de oportunidades y la meritocracia. El primero es un principio que nos parece justo aplicar en ciertas relaciones sociales, lo segundo es un sistema que adjudica todas las posiciones en base a ese principio. Por lo tanto, los críticos de la política post-factual no están pidiendo que gobiernen los expertos. Están pidiendo que los insumos del debate democrático cumplan con ciertos estándares de veracidad, por una parte, y calidad, por la otra.

Como sea, el fenómeno –si es que acaso se trata de un fenómeno: algunos se preguntan si acaso alguna vez hemos vivido en una era de “política de la verdad” o algo por el estilo- se hace más intenso en la medida que se combinan elementos de indignación social, resentimiento político a las elites y figuras que están dispuestas a llevar el discurso hasta sus fronteras fácticas. Esa indignación y ese resentimiento pueden ser fundados. Pero el abuso de la práctica post-factual termina por erosionar -todavía más- los lazos de confianza cívica de la comunidad política. Como ya ocurre, se está haciendo difícil distinguir quiénes están diciendo la verdad y quiénes están trampeando la información.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/11/10/091115-la-politica-post-factual

UNA PRIMARIA INEVITABLE

noviembre 14, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 14 de noviembre de 2016)

El lanzamiento de la precandidatura presidencial del diputado Felipe Kast –con puesta en escena y equipos programáticos- es el punto de no retorno en la conversación sobre las primarias al interior de la derecha. Pensando que sus partidos cederían ante la obvia opción de Sebastián Piñera, tanto Manuel José Ossandón como José Antonio Kast renunciaron a RN y la UDI respectivamente, pensando en la necesidad de quedar libres de compromiso legal en caso de querer competir directamente en primera vuelta. Aunque Evópoli es un socio menor en Chile Vamos, Felipe Kast propone el desafío dentro de la institucionalidad coalicional. Los demás partidos no pueden mirar para el lado. La primaria presidencial de la derecha está más cerca de ser una realidad gracias a Felipe Kast, y no gracias a su tío José Antonio ni al patrón de Puente Alto.

En cierto sentido, tanto José Antonio Kast como Manuel José Ossandón quedan cazados. Ellos se fueron de sus partidos porque sospechaban que Piñera se saltaría la competencia interna. Ahora la competencia interna es un hecho. No hay razones para que no se sometan a ella. Es, a fin de cuentas, lo que estaban pidiendo. Si insisten en correr por fuera, no sólo estarían dañando a su sector y alimentando el caudillismo extra-institucional, sino que estarán siendo inconsistentes con su propio discurso.

¿Y Sebastián Piñera? A estas alturas, también le conviene la primaria. El escenario guarda similitud con el que enfrentó Michelle Bachelet en 2013. Estaba claro que ni Andrés Velasco, ni Claudio Orrego, ni José Antonio Gómez, amagarían su victoria. Pero era importante pasar por ese trámite. De hecho, Bachelet salió fortalecida. Se legitimó democráticamente ante las bases de la Nueva Mayoría y ante el país. Nadie la impuso. Compitió y ganó caminando. El plan de Piñera debiera ser el mismo. Es poco probable que Ossandón o cualquiera de los dos Kast le arrebate la primaria.

Por supuesto, se trata de un costo tanto humano como de recursos. Por otro lado, nadie sale indemne de una confrontación electoral. Pero los beneficios pueden superar a los costos. Especialmente porque exorciza de una buena vez el fantasma de tener a otro pingo de derecha corriendo en paralelo en la primera vuelta. Si los mata a todos en la primaria, Piñera se asegura correr en solitario representando los colores de su sector. Quizás tenga que agradecerle a Felipe Kast.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-14&NewsID=359430&BodyID=0&PaginaId=19

DE CANDIDATO A PRESIDENTE

noviembre 11, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 10 de noviembre de 2016)

Soy de aquellos que considera que la victoria de Donald Trump es la peor noticia del ámbito político en mucho tiempo. Como tantos, subestimé en un comienzo lo que parecía una propuesta jocosa. Luego, me asombré con la relativa facilidad con la cual se quedó con la primaria republicana. Después, como millones, sufrí con su estilo narciso, ignorante, mentiroso y matón. Me sorprendió que su nula capacidad de articular un relato ideológico coherente –más allá de repetir que volvería a “hacer grande” a Estados Unidos- pasara absolutamente colada. Ya estaba vacunado cuando las emprendió contra minorías religiosas e inmigrantes. Incluso cuando festinó con evadir impuestos. En la recta final, estaba seguro que su machismo descarado y abusador lo haría caer. No pasó.

Quizás sea cierto que le dio voz a gigantescas capas de la población que se cansaron de los políticos de siempre, del progresismo liberal, del vértigo de la globalización, de los tiempos modernos. Quizás sea cierto que las élites políticas tienen que aprender a procesar mejor ese descontento. Pero eso no quita que Trump pareciera querer auto-sabotearse a cada paso del camino, como si se tratase de la parodia que le dedicó la serie South Park. Y aun así, ganó. Me cuesta escribir esto, pero el hombre -a su particular manera- es un prodigio.

Demos vuelta la página. ¿Puede ser un gobierno de Donald Trump igual de grotesco que su campaña? Los optimistas abrigan la secreta esperanza de que lo peor ya pasó. Que ahora se inaugura una etapa naturalmente distinta. Que ahora vienen los tiempos de la conciliación. Es una tesis razonable. A fin de cuentas, esta es la campaña más cruenta que el gigante del norte haya visto en mucho tiempo. Las heridas son profundas y no son pocas. Una encuesta reciente muestra que la mitad de los republicanos cree que el país estaría en riesgo en un gobierno demócrata, y la mitad de los demócratas piensa lo mismo de los republicanos. Es bastante para un país donde hace poco daba un poco lo mismo quien gobernaba. Trump tiene como primera misión suavizar esa polarización.

¿Y luego? El peor escenario es tener un niño caprichoso en el Salón Oval. Es decir, un presidente ansioso por probar sus juguetes y destruir los delicados equilibrios del mundo. A mí me aterra que el tipo ni siquiera acepta el cambio climático y por tanto no prestará colaboración en los esfuerzos titánicos que se requieren para salvar el planeta. El mejor escenario es que la suya sea una presidencia típicamente conservadora que navegue gracias al buen juicio de sus asesores. Es decir, la esperanza no es que Trump sea un gran presidente –sería milagroso- sino que no sea uno terrible. La verdad es que nadie tiene muchas certezas de lo que viene. Por un lado, porque pocos se pusieron en este escenario salvo con el morbo con que imaginamos una distopía. Por el otro, porque el propio Trump fue manifiestamente inconsistente durante su campaña. Lo que decía un día lo desdecía la semana siguiente. Si las circunstancias lo ameritaban, daba marcha atrás. A cada público le daba un caramelo distinto. Irónicamente, a esa inconsistencia nos aferramos.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-10&NewsID=359192&BodyID=0&PaginaId=4

PLACERES MUNDANOS

noviembre 7, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 5 de noviembre de 2016)

Federico Engels pasó a la historia como el inseparable compañero ideológico de Marx. Juntos escribieron el Manifiesto Comunista. No solo compartían reflexiones políticas. Engels era el financista de Marx. Según sus biógrafos, Engels era el mejor exponente del socialismo champaña, algo parecido a lo que hoy se denomina “whiskierda”. Es decir, le gustaba vivir bien. Los placeres materiales de la vida le parecían imprescindibles para llevar una existencia feliz. Algo parecido ocurría con nuestro Pablo Neruda, al menos como lo retrata la nueva película de Pablo Larraín. Neruda era un hedonista impenitente. Aunque devoto militante del partido Comunista, nunca se privó de los placeres mundanos que acompañaban su oficio de intelectual cosmopolita.

¿Tenemos algo que reprocharles a los comunistas que –como Engels y Neruda- viven en condiciones acomodadas en lugar de arreglárselas con lo justo? No necesariamente. Hay varias distinciones que hacer. En primer lugar, no todos los aspectos de la vida están determinados por el ingreso económico. Las personas, independiente de su posición política, le asignan distinto valor a distintas cosas. Por lo anterior, están dispuestas a privarse de algunas para conseguir otras que, ante ojos ignorantes de esa situación, pueden parecer exuberantes. En segundo lugar, muchos izquierdistas creen sinceramente que su propia situación socioeconómica no tiene nada que ver con la crítica estructural que le hacen al modelo. Por eso, algunos matriculan a sus hijos en exclusivos colegios y al mismo tiempo promueven una reforma integral del sistema educacional. Es decir, aspiran a vivir en un mundo donde el dinero no haga la diferencia, pero mientras tanto aprovechan las ventajas que otorga una buena situación económica. Eso, por supuesto, es controversial. En tercer lugar, no parece muy inteligente criticar al izquierdista que utiliza las mismas herramientas tecnológicas que el resto. El comunismo no es anti-tecnológico. Por el contrario, sus padres fundadores fueron admiradores de la capacidad capitalista de transformar el mundo.

En cualquier caso, muchas de las críticas que reciben izquierdistas y derechistas se deben sencillamente a que no estamos dispuestos a procesar sus complejidades individuales. Es más fácil descansar en estereotipos que funcionan como coordenadas geográficas para orientarnos en el mar de la diversidad. Pero, como todo ejercicio de generalización y simplificación, los estereotipos no son muy útiles en el área chica.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-05&NewsID=358821&BodyID=0&PaginaId=20

FRUTOS DE LA TELE

noviembre 6, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 4 de noviembre de 2016)

Los bonos de Ricardo Lagos se cotizan a la baja, mientras los de Alejandro Guillier al alza. Quién lo diría. Hace un año atrás, el senador por Antofagasta ni figuraba en las mediciones. Hoy, según las encuestas, es el candidato más competitivo que la Nueva Mayoría puede presentar frente a Piñera. Guillier se está creyendo el cuento. Ya no tiene palabras reverenciales para el ex presidente Lagos. Por el contrario, marca las diferencias. Dice que Lagos representa a la clase política tradicional –esa de la cual los chilenos no quieren saber nada. Dice que la suya, en cambio, es una candidatura ciudadana –sea lo que eso signifique. En ese sentido, su aventura se parece un poco a la que hace algunos años protagonizó Laurence Golborne, que enfrentaba al avezado político Andrés Allamand. Ya sabemos cómo terminó eso. El desafío de Guillier es que lo suyo sea más que una moda pasajera.

Guillier corre con viento a favor. Tiene un alto grado de conocimiento y ahora tiene que salir a cosechar lo sembrado por años en las pantallas de televisión. Dicen que las figuras más creíbles son las que entregan las noticias. Ahí está Guillier girando de esa cuenta. Porque de política, propiamente tal, hemos escuchado poco. No basta con insistir en la importancia de regionalización. En todo caso, Guillier sabe que las definiciones finas achican la convocatoria. Mejor mantenerse en la ambigüedad. A fin de cuentas, así se forjó el fenómeno Bachelet.  A este ritmo de crecimiento, Guillier tiene una buena chance de dar la pelea para quedarse con la nominación del oficialismo. En una de esas, de disputar incluso la presidencial.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-11-04&NewsID=358768&BodyID=0&PaginaId=30

VOLUNTARIEDAD Y ABSTENCIÓN… SUPÉRALO

noviembre 2, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 28 de octubre de 2016)

Pasó lo que todos temían: registramos la elección popular con mayor abstención desde el retorno de la democracia. De un padrón habilitado de 14 millones de chilenos, sólo votó el 34,9%. Se consolida entonces la tendencia a la baja participación: en las anteriores municipales, un 42% de la ciudadanía acudió a sufragar. Algo parecido ocurrió en la segunda vuelta presidencial de 2013. ¿Es tan grave? ¿Debemos volver al voto obligatorio?

En democracias representativas de corte liberal, la abstención electoral no es necesariamente un drama. Especialmente si el voto es voluntario, donde la señal normativa es que las personas pueden soberanamente decidir si ejercer o no su derecho a escoger autoridades. Dicho de otra manera, cuando el voto es voluntario, la abstención es parte de un paisaje de normalidad. Si estamos convencidos de las virtudes filosófico-políticas de la voluntariedad, entonces no debemos rasgar vestiduras por la baja participación. Por el contrario, podríamos añadir que la abstención está entregando un mensaje potente de desafección que no podríamos escuchar con tanta claridad si las personas fueran obligadas a participar. De poco sirve decir que la abstención fue de apenas 13% en la segunda vuelta presidencial de 2010 –la última que tuvimos con el sistema antiguo- si en realidad superó el 40% tomando en cuenta aquella importante porción que no estaba inscrita. En otras palabras, el descenso de la participación electoral en Chile es un fenómeno que se visibilizó y agudizó con el voto voluntario, pero que viene registrándose desde mucho antes. Desde el plebiscito de 1988, para ser exactos.

La pregunta delicada para defensores de la voluntariedad es cuanta abstención aguanta un sistema político representativo antes que sus resultados exuden olor a ilegitimidad democrática. No existe un umbral claro, pero el sentido común nos sugiere –por ejemplo- que una elección donde concurre la voluntad cívica de menos de un 20% de la población habilitada es una elección cuyos ganadores parten con un mandato truncado, siempre susceptible de ser cuestionado. Teóricos de la democracia se preguntan si acaso las libertades y derechos que disfrutamos no se arriesgan cuando dejamos de autogobernarnos. La respuesta liberal suele ser “depende”. Dentro de ciertos márgenes, la abstención no constituye un riesgo efectivo. Pero, ¿diríamos lo mismo si vota una persona de cada diez? ¿Cómo se manifiesta ese riesgo? ¿Es un peligro autoritario que se cierne sobre nuestras instituciones? No existe una respuesta definitiva.

Los defensores del voto voluntario argumentan que su modelo es altamente sensible a los incentivos de la elección en disputa. Si la elección es percibida como poco importante, menos gente acude a votar. Es un patrón histórico: los chilenos votan menos en las municipales. Habría que esperar, por tanto, a ver qué pasa en las próximas presidenciales. Nada podría – o debería- ser peor. También es un hecho que las desprolijidades del padrón contribuyen marginalmente a la abstención. Tampoco ayuda el clima de desconfianza generalizada a partir de los casos de financiamiento irregular. Si todos son “corruptos”, es poco estimulante hacer la cola para sufragar. Más aún, algunos observan un persistente problema de oferta. Las grandes coaliciones –en este caso, Chile Vamos y la Nueva Mayoría- no se han renovado lo necesario. Para mucha gente, son los mismos elencos de la transición. En cambio, se dice, la ciudadanía sí se moviliza cuando hay esperanza de cambio –como sucedió, sin ir más lejos, en Valparaíso. En otras palabras, más caras nuevas y escenarios más competitivos auguran mayores niveles de participación. La solución pasaría, por tanto, en recrear esas condiciones antes que en tirarle la cadena al voto voluntario. La voluntariedad es un gran termómetro, insisten: marca bien la fiebre. No le pidamos que además sirva de medicamento. Los remedios hay que buscarlos en otro lado.

Finalmente, volver al voto obligatorio tiene sus obstáculos. La señal llega a dar un poco de vergüenza: como no votan por las buenas, ahora votarán por las malas. Recordemos que millones de personas fueron automáticamente inscritas aunque no estaban interesadas en participar en procesos electorales. Por supuesto, esto no es un problema para quienes defienden la obligatoriedad de la participación electoral como principio normativo. Ellos siempre creyeron que el voto voluntario era una pésima idea. Muchos, sin embargo, entienden que las condiciones prácticas del retorno al sufragio como deber jurídico son complejas. En ese sentido, cualquier proyecto que ingrese apurado al Congreso buscando reponer el voto obligatorio se enfrentará a cierta –entendible- resistencia popular.

Quizás haya que acostumbrarse a vivir en un mundo con alta abstención, donde las situaciones de participación desbordante sean excepcionales. Quizás haya que esperar que la educación ciudadana haga lo suyo –partidarios del voto voluntario siguen considerando que el voto es un deber cívico aunque no jurídico. Quizás haya que esperar a que la política se ponga al día con la tecnología, bajando las barreras de acceso al sufragio efectivo. Quizás haya que darle tiempo a los nuevos movimientos y generaciones desafiantes para que puedan competir en igualdad de condiciones. Como sea, no es recomendable pensar en un retorno a la obligatoriedad como solución de corto plazo.

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