LA POLÍTICA POST-FACTUAL

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de noviembre de 2016)

El término lleva un tiempo dando vuelta, pero ha cobrado especial vigencia a propósito del Brexit y la elección presidencial en Estados Unidos. En corto, la noción de una política post-factual se refiere a aquellos discursos políticos que tienen poco respeto por la realidad, los hechos y la evidencia. Es decir, que presentan cifras y aseveraciones falsas en la esperanza que la audiencia no sea capaz de distinguir. A fin de cuentas, la información circulante es tanta que cualquier cosa podría ser verdad. En la política post-factual está permitido exagerar a destajo y mentir sin arrugarse. Total, la democracia no contempla muchos mecanismos de control de honestidad discursiva. Si los medios pillan al mentiroso infraganti, el político post-factual siempre tendrá a la mano una teoría conspirativa para sacarse los balazos.

Así las cosas, la política post-factual no suena muy virtuosa. Pero llena un espacio y atiende una demanda. La gente, usualmente, prefiere aquellos discursos que sintonizan con su percepción. Las percepciones no siempre son correctas, pero nos gusta que alguien con tribuna las confirme. Ciertos dirigentes saben aprovechar el escenario. Michael Gove, uno de los líderes del Leave en el reciente referéndum en el cual Reino Unido decidió su salida de la Unión Europea, lo graficó a la perfección. “Estamos cansados de los expertos”, señaló, agobiado por un entrevistador que mostraba los números de una pésima idea. Gove sintetizó así una intuición popular extendida: los expertos sabrán mucho, pero no entienden mi realidad, no leen mis sentimientos… seguramente estarán defendiendo intereses.

Es importante hacer dos distinciones conceptuales. La noción de política-post factual o post-veracidad no es sinónimo de populismo. Tienen en común un elemento: la apelación directa y emotiva a grandes capas de la ciudadanía. Eso hace difícil la ponderación técnica de la comunicación. Pero el populismo, además, gusta de saltarse la deliberación representativa. La simbiosis performática entre el líder y su pueblo orgánico es el mejor ejemplo. En cambio, la idea de política post-factual se refiere a una dimensión más acotada del discurso político. Es prácticamente un recurso de campaña, aunque deviene en modo de relacionarse cuando es sistemático –lo que ocurre en cierta medida con Donald Trump. Irónicamente, tiene algo de post-factual denominar populismo a cualquier propuesta que nos molesta en algún nivel. Populista le dijeron a Camila Vallejo por el proyecto de eliminar las alusiones teístas en la Cámara, cuando se trata –muy probablemente- de lo opuesto: una propuesta genuinamente doctrinaria de corte republicano-liberal y no pensada en complacer a las masas –que siguen siendo cristianas en nuestro país. Alguien por ahí dijo que el alcalde electo de Valparaíso, Jorge Sharp, estaba siendo populista por replantear la pertinencia de los fuegos artificiales del Año Nuevo. Es difícil pensar en medidas menos populistas. Tampoco califica de populista, necesariamente, la presidenta Michelle Bachelet, que cuando observó el masivo apoyo callejero al movimiento No + AFP salió en cadena nacional advirtiendo que no había posibilidad fáctica de volver a un sistema de reparto. Uno puede discrepar de sus reformas, pero eso no las hace necesariamente populistas. Se puede ser relativamente radical, incluso, sin ser populista -aunque también es dudoso que la Nueva Mayoría sea un proyecto político radical. Se puede ser políticamente inepto y no populista, también. Es más populista –y post-factual- hacer lo que hizo Evelyn Matthei en Providencia: presentar un paisaje tenebroso de estado comunal para provocar un sentido de urgencia en el electorado. Tampoco es claro que Manuel José Ossandón sea un populista de derecha. Que juegue por la libre y sea ideológicamente desordenado no basta. No digo que no lo sea. Digo que falta evidencia para aseverar aquello.

El otro concepto es el de tecnocracia. La política post-factual vende una cara amable porque se opone al gobierno de los fríos técnicos. La tecnocracia, a fin de cuentas, es anti-democrática. Pero decir la verdad y no falsear los números ni las historias no es sinónimo de tecnocracia. Lo primero es una virtud político-moral, lo segundo es un engranaje institucional de toma de decisiones. Es parcialmente similar a relación que existe entre la igualdad de oportunidades y la meritocracia. El primero es un principio que nos parece justo aplicar en ciertas relaciones sociales, lo segundo es un sistema que adjudica todas las posiciones en base a ese principio. Por lo tanto, los críticos de la política post-factual no están pidiendo que gobiernen los expertos. Están pidiendo que los insumos del debate democrático cumplan con ciertos estándares de veracidad, por una parte, y calidad, por la otra.

Como sea, el fenómeno –si es que acaso se trata de un fenómeno: algunos se preguntan si acaso alguna vez hemos vivido en una era de “política de la verdad” o algo por el estilo- se hace más intenso en la medida que se combinan elementos de indignación social, resentimiento político a las elites y figuras que están dispuestas a llevar el discurso hasta sus fronteras fácticas. Esa indignación y ese resentimiento pueden ser fundados. Pero el abuso de la práctica post-factual termina por erosionar -todavía más- los lazos de confianza cívica de la comunidad política. Como ya ocurre, se está haciendo difícil distinguir quiénes están diciendo la verdad y quiénes están trampeando la información.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/11/10/091115-la-politica-post-factual

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