DEJA VU MIGRATORIO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 9 de diciembre de 2016)

La escena se siente como un déjà vu: un candidato presidencial de derecha las emprende contra la inmigración; a la escena siguiente el mundo progresista y liberal se le echa encima acusando racismo y xenofobia. No es entera casualidad: consultado por Donald Trump y el uso electoral del asunto, el propio Manuel José Ossandón bromeó con sinceridad que a su símil estadounidense “no le había ido nada de mal” con la estrategia. Dentro de la derecha, al menos, obligó a Sebastián Piñera a marcar una posición –de hecho, lo hizo en la misma línea “restrictiva”. Y luego todos los presidenciables tomaron cartas en el asunto. En ese sentido, la cancha la marcó el senador por Santiago Oriente. Pero la película completa sugiere que Chile Vamos entró con el pie equivocado a la conversación.

Como en todas las discusiones públicas complejas, el diablo está en los detalles. Sin embargo, la retórica gruesa revela el tono del actor. El punto que quiso marcar Ossandón y luego comprometió a su coalición –con la honrosa excepción del Evópoli Felipe Kast y los muchachos de IdeaPaís- es claro: Chile estaría teniendo un problema por la entrada desordenada de extranjeros. Es decir, el fenómeno se resalta en su negatividad, en lugar de construir un pilar programático en torno a los beneficios culturales y económicos de la migración. Lo que se subraya es su dimensión disruptiva. La exquisita asociación con la delincuencia, por lo demás, conecta con la dinámica post-factual: se presentan los datos de tal manera que las verdades se hacen relativas. El viejo truco de hacer pasar anécdotas por evidencias. Los números, en todo caso, seguro usted ya los conoce: tenemos menos migrantes que el promedio global y su aporte neto en productividad es muy positivo.

Si los datos son tan inequívocos, ¿son entonces Ossandón, Piñera y compañía unos viles xenófobos racistas –como fueron acusados en redes sociales y como fue sugerido por el subsecretario Aleuy? No necesariamente. Aplicando el viejo pero desusado principio de buscar la mejor versión del argumento rival, lo que hace la derecha es tratar de conectar con la sensación de intranquilidad de aquellos que sí perciben un problema y no le interesan los porcentajes. Esto es importante por dos razones. En primer lugar, porque –volvemos a las lecciones del caso Trump- no es buena idea tratar a los adversarios ideológicos en términos tales que hagan tan imposible la conversación como evidente nuestro desdén. En segundo lugar, porque en condiciones democráticas esas voces deben ser escuchadas.

Aquí, quizás, valga una distinción: la migración en Santiago no reviste las mismas características que en Arica o Antofagasta. En estas últimas se articula una queja por el colapso de los servicios públicos. Es decir, se denuncia un impacto material sobre la calidad de vida –que fue justamente lo que apareció diciendo el candidato Guillier en unas cuñas perdidas. Sobre el caso, en mi conocimiento, no hay cifras fidedignas. Cuestión distinta pareciera ser el alegato contra la influencia cultural, contra la vaga noción de un cambio en las costumbres. Este último argumento tiene visos perceptiblemente racistas y xenófobos. No creo que haya que gastar líneas explicando lo obvio. Pero es difícil hacer oídos sordos respecto del primer argumento, en caso que fuese real.

Hay incluso un tercer sentimiento. El fundamento de la idea de expulsar extranjeros que se encuentren en ciertas situaciones judiciales –las mismas por las cuales chilenos comunes y corrientes no tendrían por qué abandonar el país- reside en esa intuición tan nacionalista como comunitaria de que tenemos el deber moral de bancarnos a los propios que se portan mal, pero no a los ajenos. En una de sus versiones rústicas, es la tesis de que necesitamos “buena inmigración”. En otras versiones más sofisticadas, la tesis es que existen responsabilidades intra-estatales que reconocen un vínculo especial entre los habitantes de un territorio. Un respetable pilar de la tradición conservadora moderna, dicho sea de paso. A ese principio se le oponen ciertos grados de cosmopolitismo. Muchos consideramos profundamente problemática la premisa de que personas que tuvieron la mala (o buena) fortuna de nacer en otro peñasco del planeta merezcan un tratamiento distinto, pues eso implica reconocer desde el poder político–en casos significativos como la migración- un estatus moral distinto. Un estado de inspiración liberal –me parece- tiene entre sus principales funciones que aquello no ocurra. Si esta consideración de índole kantiana coincide además con las estimaciones utilitarias de la productividad de la inmigración, mejor aún –dato que no ha sido indiferente para los pocos empresarios que se han manifestado al respecto.

Como sea, es importante distinguir los discursos xenofóbicos de aquellos que representan preocupaciones razonables en la aplicación de políticas públicas. La idea de tener una nueva regulación migratoria por obsolescencia de la anterior, en sí misma, no debiera ser rechazada a priori. Pero, sabemos, en política las agendas caminan al ritmo de los acentos. El acento que la derecha le quiso dar al tema se conectó con ciertos elementos indeseables del repertorio ideológico que admite el pluralismo. Por eso la comparación con el proceso Trump es plausible. Por eso se siente como un déjà vu. 

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/12/09/121253-deja-vu-migratorio

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