Archive for 27 marzo 2017

OPERACIÓN BEA SÁNCHEZ

marzo 27, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 26 de marzo de 2017)

La periodista, locutora radial y rostro televisivo Beatriz Sánchez ha aceptado la invitación que le hicieran los niños índigo de la política chilena –Giorgio Jackson y Gabriel Boric- en el sentido de evaluar una candidatura presidencial bajo los colores del llamado Frente Amplio. Su fichaje es un golazo en términos políticos. La Bea –como le llaman- es una figura interesante por varias razones.

En primer lugar, porque ya goza de ciertos niveles de reconocimiento a nivel nacional. Es decir, no hay que invertir muchos recursos en hacerla conocida, como habría ocurrido en el caso de otras figuras en la mira del Frente Amplio. En segundo lugar, porque –sabemos- las personas que dan las noticias gozan de especial credibilidad, el atributo más valioso del momento. Beatriz Sánchez se aprovecha en ese sentido del mismo fenómeno que catapultó a su colega Alejandro Guillier –con quien compartió pantalla en La Red. En tercer lugar, porque es mujer, lo que contribuye a la diversidad en una elección presidencial donde los dos favoritos son hombres. En cuarto lugar, porque es una cara fresca y descontaminada ante los ojos de la opinión pública –lo que no puede decir el senador Alejandro Navarro, por ejemplo, que también acaba de manifestar su intención de representar al Frente Amplio en la presidencial. En quinto lugar, porque aunque tiene un discurso fuertemente crítico no pierde el encanto, como le suele ocurrir a otras figuras en el mundo de la izquierda reivindicacionista. Su talón de Aquiles, según indican los críticos, es que abusa de la consigna y surfea en la ola en la indignación ciudadana, pero no tendría una comprensión compleja de los desafíos técnicos y normativos que enfrenta el país.

Por de pronto, su entrada a la carrera es una mala noticia para Guillier. Representan algo parecido para el común de los mortales y a la Nueva Mayoría no le conviene esa percepción de simetría. También es un balde de agua fría para Alberto Mayol, que si bien celebró su incorporación a la competencia interna, entiende que será difícil ganarle la primaria a la candidata de Jackson y Boric. Pero es una buena noticia para las aspiraciones electorales del Frente Amplio. Haciendo una buena campaña, la izquierda debiera superar el umbral de sus tradicionalmente escuálidas performances presidenciales y apuntar a transformarse en una tercera fuerza en serio. Ello implica apostar al 15% de los votos como base.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-26&NewsID=369356&BodyID=0&PaginaId=14

LA REBELIÓN DE O’HIGGINS

marzo 24, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de marzo de 2017)

A propósito de la brecha política que se abre entre el flamante precandidato presidencial Alberto Mayol y su padre Manfredo, conocido por su historia al alero del gremialismo, el primero recordó que la historia de Chile estaba marcada por un conflicto familiar similar. Como señaló el sociólogo, Bernardo O´Higgins abrazó una causa opuesta a la de don Ambrosio, el viejo Virrey. La rebelión de O’Higgins no fue solo contra España; fue también la emancipación del hijo. Del mismo modo, otros tantos episodios de nuestra vida republicana calzan con este fenómeno. Aunque la mayoría de las personas adoptan el credo político de la familia, ocasionalmente ese patrón se rompe y nuevos cauces político se abren.

Así descrito, el relato biográfico de Mayol tiene un valor. Éste radica en la reflexión y el aprendizaje propios de un tránsito ideológico. La pura rebeldía adolescente no basta. Es un proceso que requiere consistencia y articulación de razones. Mayol lo ha hecho, sin duda. Ahora bien, no todos los casos en los cuales se reclama el derecho de disputar la herencia política familiar revelan un quiebre tan pronunciado. Lo relevante es que manifiestan la misma aspiración independentista. Hay varios ejemplos en la nueva camada de dirigentes políticos: el padre de Gabriel Boric es militante DC, pero el joven diputado tomó una ruta doctrinaria diversa. Nicolás Grau –otro Autonomista destacado- no siguió el camino de su madre, la ex ministra PS Paulina Veloso. Del mismo modo, Miguel Crispi renunció al PS de su madre -la ex ministra Claudia Serrano- para formar Revolución Democrática. Juan Pablo Mañalich entró a militar al PS cuando su padre juró como ministro de Salud de Piñera. Hernán Larraín Matte contribuyó a fundar Evópoli, lejos de la UDI de su papá senador. Carolina, la hija menor del propio Manfredo Mayol, estaba en la directiva de Ciudadanos. Luis Larraín participa en Red Liberal, también a distancia del Instituto Libertad y Desarrollo de su progenitor. Así sucesivamente. Algunos de estos giros son más bien estratégicos que sustantivos. Sin embargo, todos tienen algo en común: un deseo razonado de evaluar los componentes culturales de la herencia, la que suele incluir posición política, perspectiva religiosa y hasta adhesión deportiva.

Esto no quiere decir que continuar la tradición familiar no tenga valor. El pensamiento conservador, por ejemplo, considera que preservar ciertas formas de vida a través de la transmisión cultural que ocurre en la esfera doméstica es un componente fundamental de la vida buena. El mundo comunitarista piensa parecido: nuestra identidad estaría definida por una red inter-generacional de lealtades, ya sea a los emblemas patrios, a los artefactos de la tribu, al color de la camiseta. Podemos mencionar varios casos paralelos a los anteriores: Camila Vallejo es PC porque sus padres son antiguos comprometidos con la causa. Ella y su hermana Javiera llevan por segundo nombre Amaranta, el color de la Jota. Daniel Melo es tan PS como su padre, el infatigable alcalde de El Bosque Sadi Melo. De los jóvenes diputados Coloma y Lavín se puede decir lo mismo: optaron por defender las ideas que se defienden en sus casas. Y así sucesivamente. No hay nada de cuestionable en este vínculo, si es que efectivamente los hijos tuvieron la oportunidad de reflexionar libre y sistemáticamente sobre sus propios compromisos.

La idea de disputar la herencia política tiene un aire liberal. Se trata de ponerse uno mismo en una situación hipotética donde se decide racionalmente sobre ciertos principios, como si no existieran lealtades o pertenencias a las cuales necesariamente responder. Es un ejercicio de autonomía, en la medida que el horizonte se abre con distintos caminos entre los cuales escoger. Lo anterior no descarta, por ende, que se escoja el mismo camino político de los padres. Lo liberal está en el individualismo metodológico, en el procedimiento por el cual se justifica la decisión adoptada. De ahí la crítica ochentera de Michael Sandel a “la república procedimental y el yo desvinculado” que teóricamente promovía John Rawls.

En lo personal, fue justamente esta metodología liberal la que me hizo abdicar de ideas que se sostuvieron en el seno de mi propia familia. Una vez que fui capaz de articular los principios centrales de mi pensamiento político –básicamente, principios de libertad y justicia- caí en cuenta que cualquier defensa relevante de la dictadura resultaba profundamente contradictoria. Liberal-pinochetista es un oxímoron. Por cierto, las diferencias con mi tribu de origen no se limitan al pasado. Otras tantas discrepancias doctrinarias y prácticas se fueron generando. Otros tantos espacios de convergencia o diálogo subsisten.

Como fuere, que la metodología tenga un sabor liberal no determina en este caso el resultado. El caso de Mayol lo ilustra: un padre gremialista con un hijo socialista. Como fuere, es la narrativa de la rebelión familiar de O´Higgins, es el relato del hijo que enfrenta sus naves con las naves del padre. A veces en franca colisión, otras veces en forma tangencial. Pero guiados por la misma intuición que subyace al llamado beneficio de inventario: el derecho de revisar los elementos de la herencia cultural y eventualmente repudiar –como se dice en jerga jurídica- aquellas militancias familiares que no nos hacen sentido.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/03/16/137655/la-rebelion-de-ohiggins

PLAN A

marzo 22, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de marzo de 2017)

La derecha ya no necesita plan B. Sebastián Piñera va por su segunda presidencia. Hizo lo esperado: si vas primero y ningún misil te hunde, sigues adelante. Piñera no solo va primero: es muy probable que gane la elección. Tuvo tiempo para tomarle el pulso a Guillier. Se aseguró de que el fenómeno estaba contenido.

En el discurso de ayer se fue en la dura: todo lo que hace este gobierno es deplorable y nos conduce directamente al precipicio. En cambio, todo lo que hizo él nos puso en el umbral del desarrollo. No fue un relato de matices. Piñera le dio además un sentido grandilocuente, como si estuviésemos en una encrucijada histórica. En el estilo de Piñera.

Se dio así el lujo de darle a Bachelet la estocada final. Cuando llegó por primera vez a La Moneda, Piñera tuvo que convivir con la sombra incómoda e imponente de una presidenta que se iba con 80 puntos de aprobación. Ahora, en cambio, esa sombra se esfumó. Por eso se sintió con la confianza para ser inmisericorde en la adjetivación de los errores de la actual administración.

El problema central de esa narrativa es que difícilmente se concilian los objetivos de amistad cívica y unidad nacional que dice promover Piñera con una mirada tan unilateral sobre los principios y acciones de sus adversarios. No hay problema con irse en la dura, pero hay que ser consistente: no puedes pedir buena onda si todo lo que sale de tu boca es mala onda. Por lo demás, a Piñera le gustan las frases largas que enumeran todo lo que es bueno y deseable en este mundo, sin advertir que varios de aquellos valores están en legítima tensión. Dejando de lado la justa crítica al despelote del gobierno, no todo es culpa de la ‘ideologización’.

Como fuere, la derecha puede respirar tranquila. La UDI, especialmente, que hizo negocio arrimándose a buen árbol. Ya no hay que quebrarse la cabeza con planes alternativos. Se activa el plan A.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-22&NewsID=369100&BodyID=0&PaginaId=31

LA VENGANZA DE LA GENERACIÓN X

marzo 21, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de marzo de 2017)

Los políticos mejor evaluados de la escena local son Giorgio Jackson y Gabriel Boric. En terminología sociológica-publicitaria, ambos pertenecen a la Generación Y, más conocida como Millennial. Son los nacidos entre 1980 y finales de los noventa. Aquí caben también Jaime Bellolio y Axel Káiser, Vlado Mirosevic y Jorge Sharp, Camila Vallejo y Karol Cariola, por nombrar algunos jóvenes dirigentes. En un arrebato chauvinista, algún medio los rebautizó como los Chilenials.

Sin embargo, quienes han gobernado el Chile de los últimos lustros son miembros de la llamada generación de los Baby Boomers, aquellos nacidos entre 1946 y 1964. Michelle Bachelet, por ejemplo, es del ’51. Muy probablemente, el próximo presidente será Baby Boomer. Por la derecha, el mejor candidato es Piñera (’49). Por la izquierda, Alejandro Guillier (’53).

Dicen que Millenials y Baby Boomers están enemistados. Los primeros culpan a los segundos de haber creado un mundo injusto. Es cosa de ver a nuestros líderes estudiantiles increpando a destacados concertacionistas por el CAE. Los Baby Boomers, en cambio, tienen dificultades para entender a los Millenials y su lógica inmediatista, fraguada en una nueva realidad digital. En el escenario global, los Baby Boomers votaron por el Brexit y por Trump. Los Millenials no lo perdonan.

Entre medio se ubica la Generación X, los que nacieron entre fines de los sesenta y fines de los setenta. Los que hoy están cumpliendo cuarenta y cincuenta. En Chile, son la generación perdida cuando se trata de protagonismo político. Vivieron siempre a la sombra de los Baby Boomers, y cuando quisieron reclamar un espacio se encontraron con la arremetida de los Millenials. Los Jackson de esta tierra madrugaron a los ME-Os.

Sin embargo, la Generación X tiene todavía mucho que aportar. Aunque alcanzaron a vivir en dictadura, el Chile que los vio crecer fue muy distinto al de sus padres. Son los que gozaron la bonanza económica y la apertura de los noventa. Tienen menos traumas en la mochila. No andan aterrados pensando que vuelve la UP. A diferencia de los Millenials, tienen algo de perspectiva histórica. Crecieron en un mundo sin Wi-Fi y no se echan a llorar cada vez que alguien dice algo políticamente incorrecto en redes sociales. Viendo el reciente debate presidencial entre Felipe Kast y Alberto Mayol –dos exponentes de la Generación X- pienso que sería bueno para Chile que les tocara a ellos. De lo contrario, pasaremos directamente de las momificadas manos de los Baby Boomers a las hipersensibles manos de los Millenials.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-20&NewsID=368911&BodyID=0&PaginaId=39

LA DERECHA Y EL LIBERALISMO POLÍTICO

marzo 18, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el 15 de marzo de 2017)

Con ocasión del lanzamiento del programa de gobierno de Felipe Kast, el académico y columnista Daniel Mansuy comentó acerca de la fibra liberal que recorría el texto. Entre otras cosas, se preguntó por la ausencia de conceptos como nación y familia. Sostuvo que el individualismo paradigmático del pensamiento liberal era problemático de conjugar con la idea de vivir en comunidad. Más aún, que un liberalismo de esas características difícilmente servía para elaborar un proyecto genuinamente político. Tuvo respuesta en la pluma de Ignacio Briones, cerebro programático de Evópoli. Según Briones, el individualismo normativo que impregna al liberalismo expresa justamente una convicción política acerca del igual valor moral de las personas, lo que se traduce en respetar distintos proyectos de vida. En ese sentido, esboza la noción de neutralidad liberal.

El debate es interesante por dos cosas. Primero, porque se enmarca dentro de los esfuerzos que varios están haciendo en la derecha para sostener un debate sobre los fundamentos ideológicos de la propuesta que se ofrece al país. En este caso, Mansuy habla por el sector más conservador, aquel que hasta ahora se ha tomado más en serio la tarea. Briones está a cargo de hacer el punto que explica la existencia de Evópoli: la posibilidad de una derecha liberal. La segunda razón es porque recrea una discusión que lleva años transcurriendo en las aguas de la filosofía política liberal.

Dicha discusión gira en torno a la necesidad de justificar el ejercicio del poder en el marco de sociedades plurales con ciudadanos que merecen igual estatus moral. El liberalismo es, en este idioma, un proyecto esencialmente justificatorio. Su premisa fáctica es que las sociedades contemporáneas son plurales. Es decir, las personas abrazan distintas concepciones de la vida buena. Rawls les llamaba doctrinas comprehensivas. En la medida que coexisten distintas visiones religiosas, filosóficas y éticas sobre el sentido de las cosas y las pretensiones sobre la Verdad, la única legitimidad posible -piensa el liberalismo- se obtiene si las reglas e instituciones básicas son aceptables para todos. Sólo de esa manera, concluye el argumento, se está respetando el estatus de igualdad moral entre las personas.

A este liberalismo se le apellida comúnmente político, para distinguirlo de los liberalismos comprehensivos. Rawls solía citar el caso del Kantianismo, que hace de la autonomía el principio rector de una vida bien vivida. O del liberalismo de Mill, con su acento en la individualidad, la experimentación y la originalidad. En cambio, el liberalismo propiamente político es más modesto en su alcance. Respetando la existencia de cosmovisiones rivales y paralelas en el espacio social, se conforma con acordar un mínimo común normativo. Para determinar los principios sustantivos de este mínimo común, recomienda emplear razones públicas, esto es, razones que no apelen a visiones particulares sino compartidas. De ahí la mentada noción de neutralidad estatal.

Al poder político, bajo esta clave, le está restringida la promoción de doctrina comprehensiva alguna, ya sea religiosa o secular. De esta manera, la neutralidad del liberalismo se traduce en la idea de justicia como imparcialidad. Dicha imparcialidad asegura el derecho de cada individuo de dibujar el proyecto de vida que estime conveniente. Por cierto, esta noción de neutralidad no implica ausencia de valores. El mínimo común del liberalismo político está representando una serie de valores que son políticos en tanto compartidos. Dichos valores están expresados en las premisas sustantivas del acuerdo político –individuos moralmente iguales en un esquema de justa cooperación social- y en las reglas del discurso político -que se expresan en el empleo de razones públicas.

Por cierto, no todos los liberales son políticos, en el sentido descrito. Muchos liberales abrazan distintas formas de perfeccionismo. En lo central, sostienen que es completamente legítimo matricular los recursos del estado para impulsar visiones comprehensivas en ciertos ámbitos y así perfeccionar al pueblo. Claro está, un perfeccionismo autoritario no es lo mismo que un perfeccionismo liberal; el segundo prefiere evitar la coerción y opta por empujoncitos e incentivos. Como fuere, los críticos del perfeccionismo argumentan que se trata de una atribución delicada: dicha promoción implica casi siempre una mirada paternalista, un juicio negativo sobre lo que la gente de otra forma haría, lo que no conjuga muy bien con la idea de igual respeto y consideración moral. Esta parece ser la línea que adopta Briones. La defensa de un liberalismo político en el sentido Rawlsiano, minimalista en su alcance.

Mansuy, en su crítica al liberalismo, desliza que la neutralidad que busca pasar de contrabando el liberalismo no es más que otro credo combatiente, como diría Charles Taylor. Es el credo de la individualidad. Cae entonces en una contradicción. Acusa al liberalismo de falsamente neutral, y cuando el liberalismo ofrece una concepción sustantiva -basada en lo que Rawls llamaba “the separateness of persons”- dice que el individualismo no vale para construir una teoría social. En ese específico sentido, discrepo con Briones, que acusa a conservadores y comunitaristas de ‘construir’ una visión de la vida buena. El liberalismo político emerge de una metodología constructivista: tenemos que construir los pilares institucionales de la vida social en base a ciertas intuiciones básicas que se reflejan en acuerdos políticos y no respondiendo a verdades reveladas ni alojadas en alguna dimensión platónica. Nosotros somos, a mucha honra, los constructivistas: creemos que el procedimiento es central en la justicia del resultado.

Por lo anterior, la misma idea de individualismo, que pasa por normativa, es básicamente una metodología. El liberalismo no está en el negocio de promocionar el individualismo como conducta ni forma de vida. Tampoco ignora la importancia de instituciones sociales como la familia (tradicional) o culturales como la nación. Entiende que, para la mayoría de la gente, éstos son elementos centrales de su idea de la vida buena. Pero no para todos. He ahí la razón de ser del liberalismo: que la minoría reciba igual respeto. De ahí la necesidad de una teoría de justificación pública. Aquella requiere una metodología de adjudicación justa de los desacuerdos, de una metodología imparcial a las partes en conflicto. Los liberales de matriz Rawlsiana y simpatías Habermasianas lo traducen en la exigencia de ‘razones públicas’, es decir, razones que todos puedan aceptar. Por eso el liberalismo político es necesariamente minimalista. No ambiciona muchas virtudes morales de sus ciudadanos ni espera facultades intelectuales superiores. Se conforma con lo básico: que nos tratemos como iguales en el espacio público y nos organicemos en forma justa. Por cierto, este proyecto no es neutral respecto de otras visiones al respecto. El liberalismo es la filosofía política del individualismo, aunque sea bajo clave metodológica.

A su vez, el liberalismo político es capaz de cobijar otros liberalismos más sustantivos –comprehensivos, dijimos. Algunos de ellos son aún más individualistas, como aquél fascinante liberalismo de raíz Milliana, que celebra la vida como una exploración de ensayo y error. En aquel marco, los individuos deciden los términos de su asociación. Muchos liberales no visualizan una vida plena sin ejercicios de intimidad y cooperación colectiva. Una facción Milliana-Hedonista, como diría Sol y Lluvia, cree que organizarse es un placer. Me cuento entre ellos. Los días más importantes de vida fueron cuando mi club de liga ganó el torneo de clausura un primero de diciembre y cuando el movimiento político por el cual trabajé en la universidad ganó la FEUC en otra noche de gloria primaveral. En el futuro, el siguiente será la inclusión de un tercero al núcleo familiar. Nada excéntrico: es mucha la gente que encuentra más sentido (y placer) en los afectos sociales y los proyectos colectivos que en los logros individuales y las carreras solitarias. Pero no todos piensan igual: Nietzsche fue un individualista que se trastornó porque nunca disfrutó del placer de hacer cosas juntos.

Con todo, el liberalismo que defiende Briones ni siquiera requiere ser Milliano. Es político. No es neutral en el sentido que carezca de valores sustantivos. Es neutral en el sentido que los valores sustantivos que abraza son determinados por procedimientos justificatorios que intentan ser imparciales. Mansuy entiende lo político como la necesidad de adoptar una visión comprehensiva. El idioma liberal contemporáneo, en cambio, le denomina política a una concepción acotada y modular de moralidad común y compartida, la única que serviría como base legítima para justificar el ejercicio del poder en sociedades pluralistas.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/03/15/la-derecha-y-el-liberalismo-politico/

MEJOR DEJARLO HASTA ACÁ

marzo 15, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de marzo de 2017)

Andrés Gómez-Lobo ya no es ministro de Transportes. Renunció aduciendo motivos estrictamente personales. Según trascendió, Gómez-Lobo está disputando la tuición de su hijo y sus intensas funciones ministeriales son incompatibles con sus prioridades familiares, además de otros problemas de salud. En esas condiciones, su decisión no parece determinada por cuestiones políticas. Tiene incluso cierta nobleza.

Algunos no le creen. En la oposición han señalado que Gómez-Lobo estaría arrancando de una eventual interpelación parlamentaria. El juicio popular sobre la gestión del (ex) ministro es lapidario. El senador Allamand dijo que se trataba del peor titular de Transportes desde la implementación del Transantiago, diez años atrás. Por cierto, Gómez-Lobo no es el responsable de todas las fallas del sistema, pero la percepción es que la situación no mejora. Por el contrario: suben los costos, aumentan los tiempos y crece la evasión.

Esto último es especialmente preocupante: 1 de cada 3 santiaguinos no paga por el servicio. Eso habla mal de nosotros –los mismos que nos quejamos de los abusos empresariales y aplaudimos los linchamientos públicos de los delincuentes- pero también habla mal de la legitimidad social del sistema de transporte público capitalino. Es una deuda técnico-política que Gómez-Lobo no pudo saldar. Capítulo aparte fue su errático manejo del conflicto entre Uber y los taxistas. Le quitó el piso a los primeros y con ello envalentonó a un gremio prepotente y resistente al cambio.

Por todo lo anterior, no hay que elegir entre la tesis de las razones personales y la intención de alejar los nubarrones políticos que se avecinaban para el gobierno si Gómez-Lobo era juzgado en el hemiciclo, con todo el show que ello implica. Ambas teorías son plausibles y no contradictorias: los motivos de su renuncia pueden ser genuinamente extra-políticos, pero se esgrimen justo en el momento en que la guillotina del Congreso comenzaba a moverse sobre su cabeza. Es bueno para él y mejor para el gobierno dejar esto hasta acá.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-15&NewsID=368534&BodyID=0&PaginaId=22

LA POBREZA DE LA MILITANCIA

marzo 13, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 13 de marzo de 2017)

Fue una de las recomendaciones de la Comisión Engel: que todos los partidos transparenten sus registros para acceder a fondos fiscales y accesos a la papeleta.  Los legisladores la transformaron en ley. Están cayendo en cuenta que re-fichar a los militantes era más difícil de lo esperado. Que, efectivamente, los padrones estaban inflados. Que la gente dispuesta a ponerse la camiseta del partido es poca. Las razones son diversas. El problema es que el plazo fatal para presentar las 18 mil firmas se acaba en algunas semanas… y hay varias organizaciones emblemáticas en la pitilla.

Según el último cómputo, pocos han llegado la meta. El PS va punteando. También habrían cumplido el requisito Evópoli y el PRO. Lo llamativo es que partidos hechos y derechos, clásicos del Chile post-Pinochet, la están viendo verde. Renovación Nacional no llega a los 10 mil. La UDI va por los 7 mil. Ídem los comunistas. El PPD no pasa los 6 mil. Si la campana estuviera tocando, todos estos partidos quedarían privados de plata y derechos de representación. No podrían, entre otras cosas, presentar candidaturas presidenciales o llevar lista parlamentaria propia.

No es menor. Don Ricardo Lagos hace campaña en circunstancias que el partido que lo proclamó –el PPD- podría ni contar con la habilitación legal para llevarlo a primarias. En la derecha, Evópoli acaba de trollear a sus socios de coalición ofreciendo su condición de partido legal para patrocinar las candidaturas de Piñera y Ossandón, además de la de Felipe Kast, para las virtuales primarias. Un acto de ‘generosidad’ que envuelve una sutil venganza por las tantas veces que la UDI y RN los han ninguneado.

Los partidos tradicionales tienen dos estrategias de resistencia. La primera es cuestionar los números del Servel. Quizás, el trabajo del organismo ha sido desprolijo. Puede haber algo de verdad en ello. Pero es como alegar una tarjeta amarilla. La segunda es bypassear al Servel y sacar una ley express para bajar los requisitos. La clásica legislación ad-hoc. No suena muy decente, si de verdad los congresistas están interesados en mejorar su índice reputacional.

La lección provisoria que estamos sacando es que en condiciones de estricta igualdad y regla pareja, los viejos partidos –que prácticamente monopolizan la representación- parecen más chicos de lo que indican los escaños. Y que el bloqueo a la entrada de nuevos competidores no está motivado por consideraciones de estabilidad sino por miedo a perder una tajada de poder.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-13&NewsID=368370&BodyID=0&PaginaId=37

MERITOCRACIA

marzo 8, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 3 de marzo de 2017)

La idea de meritocracia abunda en discursos políticos. Pero no siempre queda claro cuáles son sus sentidos conceptuales, sus limitaciones normativas, sus implicancias concretas. A primera vista, meritocracia evoca un sistema donde las posiciones sociales no dependen de la pertenencia a un determinado grupo sino de los méritos de los individuos. Es decir, un sistema que se opone tanto a la jerarquía de castas como a los privilegios hereditarios. Pero no se opone a toda jerarquía: el modelo meritocrático reconoce que las personas ocuparán posiciones desiguales en la estructura social, bajo la premisa de que no todas las posiciones sociales son valoradas de la misma forma. Esa desigualdad será justa si se distribuye de acuerdo a la (única) variable legítima: el merecimiento individual, un posible sinónimo de esfuerzo, productividad, capacidad, etc. En cambio, ni el apellido, ni el pituto, ni la filiación partidaria, entre otras contingencias, serán variables legítimas para justificar ventajas.

Por supuesto, la noción de meritocracia es comúnmente asociada a la idea de igualdad de oportunidades. Es un concepto que también requiere clarificación. Algunas personas entienden la igualdad de oportunidades desde una perspectiva puramente formal. Es decir, creen que el ideal se realiza si las posiciones sociales están abiertas a la competencia, en el sentido de que no contemplen discriminaciones legales. Sin embargo, al menos para la tradición liberal contemporánea, la igualdad entendida como meros horizontes abiertos al talento no es suficiente. Se haría necesario abrazar un principio de igualdad de oportunidades con más espesor sustantivo: las posiciones sociales no solo deben estar abiertas en un sentido formal, sino que todos deben gozar de una chance realista de alcanzarlas. En esta narrativa ideal, dos personas con la misma habilidad natural y las mismas aspiraciones deben tener las mismas oportunidades de alcanzar la posición social deseada independientemente de su tribu de origen. Esto implica hacer los esfuerzos necesarios para recrear una igualdad de oportunidades efectiva a través de una serie de inversiones públicas y esfuerzos redistributivos de envergadura.

Aun así, la bandera meritocrática suele levantarse de la derecha. La izquierda tiene tres problemas fundamentales con el asunto. Primero, que la igualdad de oportunidades, en teoría, no dice cuánta desigualdad de resultado es moralmente permisible. Una enorme brecha entre los que tienen más y menos tienen podría justificarse en la narrativa meritocrática, dice la crítica. Segundo, que la promesa de igualdad de oportunidades es una gran mascarada, pues las élites que la prometen –en el fondo- no están dispuestas a jugar con esas reglas. La movilidad social sería una fantasía. Es un argumento recurrente en Chile. Tercero, que las consideraciones de merecimiento individual son sencillamente injustas para ser aplicadas en una serie de espacios de convivencia, espacios que debieran ser garantizado en condiciones de plena igualdad. Es el argumento de los derechos sociales.

Ninguna de estas objeciones es invencible. Si bien es correcto que la igualdad de oportunidades puede coexistir con amplia desigualdad de resultados, la perspectiva meritocrática sostiene que la brecha se reducirá inevitablemente si los talentos naturales están aleatoriamente repartidos en la población. Es decir, una vez que el terreno de juego sea efectivamente parejo, es también de esperarse que los resultados se emparejen en el mediano plazo. En segundo lugar, los principios filosóficos no pierden su atractivo normativo por su deficiente aplicación. De eso trata justamente la teoría política ideal, en la terminología Rawlsiana. Esto es, aun concediendo que en nuestro país no existe real igualdad de oportunidades –cuestión que algunos estudios disputan-, esta no es razón suficiente para abandonarlo como norte de acción política. Aislar la variable empírica es crucial para exigirle a nuestra intuición un esfuerzo normativo, una reflexión sobre la justicia intrínseca de una distribución determinada. La tercera objeción puede revelar un legítimo separador de aguas ideológicas entre socialistas y liberales. Pero no es rígido. Meritocracia puede entenderse como gran sistema institucional e universal de asignación de cargas y recompensas, mientras que la igualdad de oportunidades como principio aplicable a ciertas distribuciones, pero no necesariamente a todas. Esta distinción abre espacios de negociación: no todo depende del mérito individual; muchas otras dependen de la calidad de ciudadano. Dicho de otra manera, el mérito es un elemento que justifica ciertas desigualdades, pero no todas las desigualdades ni mucho menos se opone a la constitución de espacios centrales plenamente igualitarios.

Desde la vereda del conservadurismo, en cambio, el problema con el mérito es su vértigo. Si la movilidad social se hace realidad, el mundo se expone a cambios culturales más pronunciados. Es el problema que denuncia clásicamente Peña: a la derecha le gusta la modernización que produce el mercado, pero no necesariamente la modernidad que viene como corolario. Ideas tradicionales que cumplen fines cohesivos se subvierten en el incentivo a la competencia que ofrece la meritocracia. Son, en efecto, dos ideologías paralelas: la comunitaria piensa que en el vínculo colectivo determina los valores a seguir, mientras la liberal apuesta por una metodología individualista para que nadie sea obligado a ser lo que no quiere ser.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/03/02/137137/meritocracia

EL ABANICO DEL “FRENTE AMPLIO”

marzo 6, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 6 de marzo de 2017)

El sociólogo e intelectual Alberto Mayol acaba de anunciar su intención de competir por la nominación presidencial del llamado Frente Amplio, la coalición que aspira a cobijar la mayor parte de los movimientos de izquierda que no forman parte de la Nueva Mayoría. Entre ellos se encuentra Revolución Democrática, donde milita Giorgio Jackson, así como los Autonomistas del magallánico Gabriel Boric. El nombre de Mayol habría sido levantado al interior del colectivo Nueva Democracia, cuya figura más visible es el ex dirigente sindical Cristián Cuevas.

Mayol se suma así a un variopinto listado de alternativas para representar al novel Frente Amplio en las presidenciales de fin de año. En RD, por ejemplo, suena el nombre de su actual presidente Sebastián Depolo, de la economista Claudia Sanhueza, de la actriz y activista por la legalización del cannabis Ana María Gazmuri, entre otros. La Izquierda Autónoma ha puesto sobre la mesa la opción del académico Carlos Ruiz Encina. Otros le ponen ficha a Luis Mesina, líder del movimiento No+AFP. Se piensa incluso en Ennio Vivaldi, rector de la Universidad de Chile. La comunicadora Beatriz Sánchez ya habría dicho que no está disponible. Como fuese, el abanico de posibilidades no es menor. A primera vista, será una primaria impredecible.

La entrada de Mayol le imprime vértigo al proceso. Aunque los portavoces del Frente Amplio han insistido en la importancia de acordar una plataforma programática común antes de pensar en la cara que encarnará la dimensión electoral del proyecto, es innegable que la gente necesita rostros para orientarse en el mapa político. Mayol podrá ser criticado por personalizar el debate. Pero su objetivo es estratégicamente correcto: que más chilenos conozcan de qué se trata esta nueva alianza. Mayol mete ruido y lo que el Frente Amplio necesita es que lo escuchen.

Su precandidatura, además, confirma un fenómeno interesante. Mayol, junto a Fernando Atria y en menor medida la propia Sanhueza, jugaron un destacado papel en el soporte y articulación intelectual de las demandas del movimiento estudiantil que tomó Chile por asalto en 2011. Los tres podrían continuar en la comodidad de sus posiciones académicas. Sin embargo, deciden ingresar al barro de la política electoral. Es decir, están afectivamente comprometidos con su propuesta ideológica. Mientras Jackson y Boric no tengan edad legal para aspirar a La Moneda, ellos consideran que es un deber ético situarse en la línea de fuego. Han escrito decenas de libros sobre política, educación, mercado y otras hierbas. Comienzan ahora un tipo de pedagogía distinta. Ya no basta con argumentos bien fundados. Ahora hay que pedir el voto. Y ése es otro negocio.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-03-06&NewsID=367808&BodyID=0&PaginaId=41