LOS LIBERTARIOS Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de Junio de 2017)

La decisión de Donald Trump de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París fue mal recibida por la comunidad científica así como por todos los líderes mundiales que dimensionan la magnitud del problema del cambio climático. Sin embargo, fue justificada en círculos autodenominados libertarios. Según ellos, Trump habría hecho lo correcto. ¿Por qué los libertarios se oponen al consenso científico en esta materia?

Las resistencias de la derecha estadounidense respecto de la ciencia son conocidas. Durante la última administración Bush, batallaron contra el consenso especializado no sólo en materia climatológica, sino además en controversias referidas a la teoría de la evolución, bioética y medicina alternativa, entre otras. Muchas de estas resistencias tienen un origen religioso. Ciertas confesiones reivindican su derecho a articular teorías explicativas de la realidad factual, las que pueden colisionar con las explicaciones provistas por la ciencia secular. Otras resistencias pueden rastrearse en intereses más bien mundanos. A la industria de combustibles fósiles sencillamente no le conviene que la teoría del cambio climático antropogénico sea cierta. Así, Trump hizo campaña prometiendo revitalizar las zonas que dependen de la extracción de carbón.

Sin embargo, ni la resistencia religiosa ni la resistencia por intereses capturan correctamente la fuente del descontento libertario con la idea de “consenso científico”. La resistencia libertaria es de índole epistemológica. Los libertarios disputan la autoridad de los expertos con la misma convicción con la cual disputan la autoridad del estado. Si el consenso científico se transforma en dogma, temen los libertarios, se ahoga la capacidad de cuestionar la verdad oficial.

Es una preocupación legítima que está en el centro del pensamiento liberal en general. Popper y Hayek escribieron sobre el peligro de las verdades oficiales, en tiempos en los cuales los totalitarismos amenazaban no solo con planificar la vida de la gente sino también con diseñar las interpretaciones permisibles sobre la realidad. De ahí la distopía orwelliana descrita en 1984. El triunfo del poder sobre el individuo es total cuando Smith es obligado a conceder que 2 + 2 = 5. Es también la intuición fundacional de la defensa que John Stuart Mill hace de la libertad de expresión. Hay una gran diferencia, señala Mill, entre dar una opinión por verdadera porque no ha podido ser refutada y dar una opinión por verdadera con el propósito de no permitir su refutación. Los libertarios creen que apelar al consenso científico sobre el cambio climático se parece mucho a lo segundo.

He ahí donde se equivocan. El consenso científico sobre el cambio climático –o sobre la teoría de la evolución o sobre la inocuidad de las vacunas- es producto justamente de un intenso proceso de revisión y escrutinio entre pares igualmente calificados. Es enteramente normal que los ciudadanos ordinarios no entendamos el lenguaje ni la lógica de los postulados científicos. Pero eso no afecta las virtudes epistémicas del método. También es cierto que la ciencia se equivoca. Alguna vez se creyó que las ondas electromagnéticas viajaban a través de una sustancia incorpórea llamada éter. También se creyó en la analogía del relojero de William Paley para explicar el origen de la biodiversidad. Pero el carácter esencialmente provisional del conocimiento científico no afecta sus prestigiosas credenciales: la ciencia –usualmente- funciona. Sus conclusiones son lo mejorcito que tenemos para navegar el mapa de la estructura material del universo.

Es decir, los libertarios confunden escepticismo con negacionismo. Lo primero es, siguiendo a Hume, una actitud sana: hay que dudar de aquellas verdades reveladas o impuestas por el peso de la tradición o la mano de la autoridad. En cambio, el negacionista rechaza aseveraciones que cuentan con evidencia relevante en su favor. Como ha sostenido Elizabeth Anderson, los ciudadanos ordinarios tienen –especialmente en la era de la información- los recursos para enterarse del estado del arte en materias como cambio climático. Dejar de hacerlo es cívicamente negligente.

Los libertarios tienen dos posibles salidas. La primera es reconocer que su resistencia frente al cambio climático no es realmente científica sino ideológica. El libertario teme que acciones de coordinación requeridas para enfrentar un problema global de estas características sean asumidas por el estado. Ello implica más coerción. Pero es un error confundir el plano descriptivo con el normativo. Un libertario consciente acepta la realidad del cambio climático y al mismo tiempo promueve alternativas no-estatales de mitigación. La segunda salida es abrazar un modelo epistemológico anarquista. Es decir, cuestionar el rol de la ciencia como generador de conocimiento “objetivo”. Siguiendo a Feyerabend, los libertarios podrían decir que todos los mecanismos epistémicos son igualmente válidos. Pero esa estrategia tiene dos problemas. En primer lugar, los mete en la cama con todas las corrientes postmodernistas que dicen detestar –feministas, entre ellas. Y en segundo lugar, los distancia del ideal liberal que insiste en la importancia moral de justificar las normas a todos los ciudadanos. Dicha justificación depende en parte de contar con ciertos criterios epistémicos comunes. La ciencia, con todos sus problemas, es uno de esos lenguajes compartidos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/06/22/140724/los-libertarios-y-el-cambio-climatico

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