UNA MALA IMAGEN

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 4 de agosto de 2017)

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A propósito de los piedrazos y escupitajos que padeció el empresario Andrónico Luksic en las afueras de los tribunales hace ya varios meses, despotriqué a través de mi cuenta de Twitter contra aquellos que justificaban la cobarde agresión. Entonces, alguien me preguntó quiénes –efectivamente- estaban justificando la agresión. Si no eran muchos, los pocos que fueran tenían que tener cierta relevancia pública. De lo contrario, ¿contra quién estaba disparando? ¿No estaba acaso inventándome un adversario fácil de descalificar con el objeto de aparecer del lado de los buenos en las redes sociales? En efecto, ninguno de los miles de usuarios que sigo estaba haciendo apología de la violencia que sufrió Luksic. Muy por el contrario. Seguramente, en otros círculos y foros, no faltarían comentarios de ese tipo. Pero, ¿no estaba amplificando aquellas voces insensatas prestándoles una importancia que no tenían?

El asunto volvió a mi cabeza a partir de la viñeta que el conocido caricaturista satírico “Mala Imagen” dibujó sobre las reacciones que generó la denuncia realizada por Valentina Henríquez contra Camilo Castaldi, vocalista de Los Tetas. En la secuencia, tres hombres forman un verdadero tribunal que desecha sistemáticamente las acusaciones de Valentina con argumentos que oscilan entre el machismo y la misoginia. Dicho de otra manera, Mala Imagen (dejando en paréntesis la obvia consideración de que los caricaturistas justamente caricaturizan la realidad con propósito humorístico) tiene una muy mala imagen del tipo de discurso que impera en estas situaciones de violencia intrafamiliar. No es el único. Otras tantas personas postearon tóxicos comentarios que encontraron en alguna red social, para luego añadir frases como “cerremos por fuera”, “que se acabe el mundo”, etcétera. La sensación que queda es que la mayoría de nuestros compatriotas piensa como energúmeno y que nosotros constituimos una minoría decente y sensata bajo asedio.

Sin embargo, tal como en el caso anterior, no pude encontrar mucha gente que justificara las golpizas atribuidas a Tea Time. No conecté con nadie que pudiera personificar a los protagonistas de la viñeta en comento. Tampoco leí o escuché a nadie que merezca cierta consideración intelectual poniéndose del lado del agresor. La doctora Cordero no cuenta. Por el contrario, refuerza el punto: hay que transformarse en una caricatura para sostener posiciones semejantes.

Digamos entonces que hay dos posibilidades. La primera tesis es que ventilar nuestra indignación en conversaciones y redes sociales contra posiciones tan evidentemente estúpidas o marginales no hace más que amplificar la estupidez, pues hacemos pasar por socialmente relevantes opiniones que no lo son. En corto, pintamos un mundo peor de lo que es, ya sea porque tenemos un diagnóstico distorsionado de la realidad o porque nos genera cierta satisfacción el arte de pontificar en situaciones relativamente seguras, donde esperamos obtener el reconocimiento de nuestros pares. Si esta tesis es correcta, la recomendación estratégica sería, entonces, abstenerse cuando no hay adversarios a la altura del conflicto. De lo contrario le hacemos un favor a las ideas tontas.

La segunda hipótesis le da la razón a Mala Imagen: la realidad es tan mala como la imagen. Probablemente mi Timeline ya está lo suficientemente depurado. Salvo que se trate de un experimento etnográfico, trato de evitar cuentas que producen basura. Entonces el problema sería mío: mi visión es sesgada e ignora que allá afuera el mundo es una selva de racistas, xenófobos, homofóbicos y, por supuesto, misóginos. Si ése es el caso, entonces hay que seguir dando la batalla en todos los frentes de disputa cultural, redes sociales inclusive. En lugar de estar alumbrando nuestra rectitud moral ante adversarios inexistentes, estaríamos efectivamente librando una lucha con desenlace incierto contra poderosas fuerzas cavernarias. Huelga decir que eventos como la elección de Trump –quien sostuvo posiciones que pensábamos marginales y por tanto políticamente incorrectas- confirman esta tesis.

Pongámosle números a la pregunta. Imagine una comunidad de 100 personas donde 5 manifiestan opiniones moralmente repugnantes. Dentro de la mayoría de 95, un grupo denuncia la posición divergente pero la presenta como prácticamente hegemónica, amplificando su real importancia y reforzando el buenismo de los denunciantes. La otra posibilidad es que no sean 5, que sean 50. En este caso, la posición moralmente repugnante no es marginal y por tanto merece ser expuesta y rebatida. El problema es que parece muy difícil determinar cuál es el caso en términos numéricos.

Por cierto, hay otras consideraciones en juego. Incluso una minoría marginal puede hacer mucho daño. Las ideas pueden ser tontas pero igualmente peligrosas en su espacio. Quizás no haya que darse por vencido hasta erradicar hasta la última de las ideas misóginas. Pero no es lo mismo decir que algunos hombres y mujeres justifican la violencia en una relación que dar la sensación de que se trata de la posición dominante y por ende hay que “cerrar por fuera”. Es un catastrofismo muy propio de las redes sociales, sobre el cual vale la pena reflexionar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/08/03/142041/una-mala-imagen

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