Archive for 29 octubre 2017

DE CÓMO LA IZQUIERDA MATÓ LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

octubre 29, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de octubre de 2017)

La idea de realizar una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Carta Fundamental no fue sepultada por la derecha. A la derecha no se podía pedir mucho al respecto. La Constitución actual protege a grandes rasgos su visión ideológica. Era absurdo esperar que ellos abrazaran con entusiasmo la posibilidad de cambiar la estructura institucional del país. Por ello, la responsabilidad recaía sobre la izquierda, donde se concentra la mayoría de los promotores de una Asamblea Constituyente.

¿En qué falló la izquierda? Simple: nunca entendió de qué se trataba realmente una Asamblea Constituyente. El mejor ejemplo lo entrega, día a día, la cuenta oficial de la iniciativa “Marca tu Voto”. Para mucha gente, son los voceros del proyecto. Pero estos voceros se dedican a promover ciertos contenidos que -a su juicio- deben estar presentes en la nueva Constitución, aparte de denostar a ciertos actores de la derecha política.

¿Cuál es el problema con promover ciertos contenidos? En teoría, todos los sectores políticos tienen derecho a promover los contenidos que estimen convenientes. Socialistas, liberales y conservadores tienen sus legítimas visiones respecto de la Constitución ideal. Sin embargo, el rol del convocante no es patrocinar una visión por sobre la otras. Aunque le cueste, el convocante debe abstenerse de ponerse una camiseta ideológica, sea cual sea. El convocante no es un jefe de barra. El convocante debe operar como un agente imparcial que se la juega por asegurar garantías de participación igualitaria y democrática a todos los sectores por igual.

He ahí el error estratégico de buena parte de la izquierda pro-AC: siempre entendieron el debate como una disputa de modelos sustantivos -donde lo importante es el resultado- antes que como una invitación a discutir las virtudes de un procedimiento -donde lo importante es la legitimidad. La derecha, por tanto, entendió la convocatoria en clave hostil: estaban siendo invitados a una carnicería, donde el modelo que tanto defienden sería irremediablemente revertido.

¿Significa esto que la izquierda debía ocultar sus aspiraciones sobre el contenido? No necesariamente. Lo que debieran haber entendido mejor es que se trata de un proceso de dos etapas. Durante una primera etapa, todos los esfuerzos debieran haberse concentrado en generar confianzas transversales y acordar reglas del juego capaces de entregar certidumbre a las partes. Durante la segunda etapa, una vez que existe confianza básica entre los actores políticos y las reglas del juego son claras, cada equipo lucha lealmente por sus ideas en la arena democrática. A la izquierda pro-AC se la comió la ansiedad. Fueron incapaces de distinguir entre procedimiento y contenido. Así dinamitaron los pocos puentes que tenían con el centro y la derecha. Espantaron a todos los que tenían ideas distintas respecto del contenido.

La izquierda debió transmitir otra cosa. Debió explicarle al país que lo relevante era tener una nueva Constitución legitimada en democracia y no necesariamente una Constitución que nacionalizara el agua, derogara el sistema previsional o terminara con las restricciones al estado empresario. Todas esas batallas eran posteriores. La clave siempre estuvo en la siguiente pregunta: ¿Qué hacemos si el contenido de la nueva Constitución se parece mucho al actual tras la realización de una Asamblea Constituyente? La izquierda siempre rehuyó la pregunta. En cambio, debió afirmar con convicción que aun en ese caso el resultado es plenamente legítimo y el ejercicio queda enteramente justificado.

En la práctica, si una Asamblea Constituyente tiene una composición política similar a la del Congreso actual o próximo, los contenidos del texto constitucional no cambiarían radicalmente. Eso no es necesariamente malo. Eso es democracia. Puede que la derecha nostálgica pierda una que otra batalla, pero incluso para el empresariado es mejor contar con la certidumbre de una Carta Fundamental legitimada por la voluntad general y no impuesta a la mala en dictadura.

Por último, fallaron las nuevas generaciones. Es entendible que el bacheletismo quisiera cerrar el capítulo y anotarse una victoria histórica con una Constitución hecha a la rápida. Pero los movimientos políticos jóvenes que empiezan a poblar el espectro debieron haber leído mejor el escenario: una Asamblea Constituyente no sólo servía como mecanismo para producir un nuevo texto con supremacía legal. Servía especialmente para generar un nuevo pacto político y social entre las generaciones post-transición. No es necesario que ese pacto estuviese marcado por la amistad cívica -no hubiese sido malo tampoco- pero sin duda habría creado condiciones sustentables de convivencia política mejores que las que tuvieron sus padres y abuelos.

En resumen, ya sea por convicción democrática o por sagacidad estratégica, la izquierda pro-AC debió ejecutar un librero muy distinto al que ejecutó. Al no hacerlo, le entregó el protagonismo a un gobierno desganado que llevó adelante la discusión constituyente por cumplir. Hoy, está casi muerta. Inteligencia y generosidad se requieren para revivirla.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/10/25/144785/de-como-la-izquierda-mato-la-asamblea-constituyente

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TODOS CONTRA PIÑERA

octubre 26, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de Octubre de 2017)

La campaña presidencial está en tierra derecha. Sube el volumen. Los candidatos comienzan a chocar en los debates. Hay uno en particular que recibe casi todos los golpes: Sebastián Piñera. Como es esperable en un escenario como este, todos quieren bajar al puntero. Aunque no logren botarlo, el objetivo es rayarle la pintura. Abrirle una herida para que empiece a sangrar.

Pero no solo eso. Antagonizar a Piñera significa posicionarse como su alternativa. Es la estrategia principal de Marco Enríquez-Ominami. ME-O busca transmitir a la izquierda que cuando se trata de confrontar a la derecha, no hay nadie mejor que él. Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez son principiantes a su lado. Son candidatos improvisados. A estas alturas, ME-O ya es un candidato profesional. Aunque no pase a segunda vuelta, su apuesta es validarse en el mundo progresista. No quiere cuatro años más en el exilio político. Quiere cumplir una función en el rearme de la izquierda. Darle duro a Piñera obedece a esa estrategia.

Lo del senador Alejandro Navarro en el debate de la ARCHI fue otra muestra de la necesidad de los candidatos chicos de antagonizar a Piñera. Lo hizo en forma vulgar, torpe y agresiva. No faltarán quienes celebren la falta de respeto cívico. Para ese público cabeza de pistola hace su desplante Navarro. De lo contrario no llama la atención. Navarro es el candidato que sobra: no hay nada en su discurso que no esté presente en el relato de los otros candidatos de la izquierda. Sin embargo, su insistencia en interpelar a Piñera antes que en defender su propuesta es síntoma de lo mismo que le ocurre al resto: la necesidad de aparecer como el antagonista central de Piñera.

Mientras tanto, Piñera los ignora. No entra en intercambios personales. Cambia el eje hacia los –a veces hostigantes- lugares comunes de su campaña. Hace lo correcto. El puntero no entra en escaramuzas con los rezagados.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-10-22&NewsID=384840&BodyID=0&PaginaId=15

EL FLANCO DERECHO

octubre 20, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 16 de Octubre de 2017)

El diputado José Antonio Kast está haciendo una campaña interesante. Dice que lo que muchos en la derecha piensan. Dice lo que muchos en ese mundo quieren escuchar. No se arruga en señalar que correría bala a los delincuentes, que los militares procesados por crímenes cometidos en dictadura son víctimas, que el problema de Chile es la falta de dios. Dice lo que Sebastián Piñera no puede decir.

Kast es el candidato de la genuina provocación. En un registro que hace recordar la campaña de Donald Trump, Kast encarna la reacción contra el progresismo y la corrección política. Es lo más parecido que tenemos en Chile a lo que en Estados Unidos bautizaron como Alt-Right, una derecha alternativa a la hegemónica –que en este caso sería la piñerista. El discurso de Kast también resuena con los ejemplos de la ultra derecha europea, nacionalista y anti-inmigración. Su electorado es fuertemente conservador, pero también incluye a uno que otro libertario que se cansó de hacer concesiones a la izquierda en el campo de batalla cultural. Eduardo Artés podrá ser el candidato más excéntrico para las generaciones mayores. En la lógica Millenial, en cambio, no hay nada más contra-cultural que el discurso integrista de JAK. Como cantaba la mítica banda chilena Los Morton, no parece de la era actual, ni-romántico-ilustrado-ni-bacán.

En cualquier caso, José Antonio Kast no representa una alternativa real porque la gran mayoría del electorado derechista es pragmático. Aunque coincidan con ciertos elementos de la narrativa del ex UDI, entienden que no son muchas las ocasiones en las cuales su sector tiene chances claras de llegar a La Moneda. Esas ocasiones no se pueden despilfarrar. Si la derecha ganara a cada rato, habría más espacio para experimentos de extrema derecha. Pero no es el caso. Kast no será Le Pen.

Su objetivo realista es llegar cuarto. Es decir, ser el más grande de los chicos. Dando por descontado que Piñera obtendrá la primera mayoría mientras Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez disputarán el segundo puesto (con ventaja para el primero), José Antonio Kast pelea la punta de la segunda división con Carolina Goic y Marco Enríquez-Ominami. Si lo logra, envía una señal que Chile Vamos no podrá ignorar. En lo inmediato, porque esos son los votos que necesita Piñera para ganar en segunda vuelta. En el mediano plazo, porque de articularse como fuerza política estable, puede generar un inédito ruido al gobierno desde el flanco derecho.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-10-16&NewsID=384377&BodyID=0&PaginaId=37

UNIDAD NACIONAL

octubre 18, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de Octubre de 2017)

Es una de las frases preferidas del candidato Sebastián Piñera: haremos un gobierno de unidad nacional. Sin embargo, no está claro en qué consiste un gobierno de unidad nacional. Hay varias posibilidades.

El primer sentido de la expresión “gobierno de unidad nacional” es literal: un gobierno en el cual todos los sectores políticos estén representados. Es el modelo que usó el presidente Juan Antonio Ríos a mediados del siglo pasado. Sin embargo, Piñera no parece estar refiriéndose a aquello. No tiene entre sus planes convocar comunistas o socialistas al gabinete. Que la última vez haya convocado a Jaime Ravinet (DC) no es suficiente para decir que Piñera entienda la idea de unidad nacional como equipo ministerial multicolor. Por lo demás, los gabinetes de unidad nacional, en este particular sentido, usualmente responden a contextos de crisis institucionales. Se entiende un gabinete de unidad nacional en el escenario de una guerra externa o frente a una catástrofe natural devastadora. No es el caso del Chile actual.

Si no se trata de un gobierno que represente a los distintos sectores políticos del país, entonces la idea de unidad nacional es más limitada: sería la derecha en el poder la encargada de encarnar aquellas aspiraciones e intereses que unen a la nación. Es decir, el gobierno de Piñera sería de unidad nacional porque la derecha sabe -a diferencia de la izquierda- lo que realmente quiere la inmensa mayoría de los chilenos. Reaparece, como un espectro, el discurso lavinista de los problemas reales de la gente.

Es probable que muchos en Chile Vamos promuevan esta segunda interpretación. Pero es una interpretación que desconoce las tensiones inherentes de la democracia moderna, al menos desde la perspectiva liberal. En sociedades pluralistas, creen los liberales, es enteramente legítimo que distintos sectores tengan concepciones distintas de la vida buena y de las políticas que deben aplicarse correspondientemente. Las apelaciones a la unidad nacional subestiman la prevalencia y persistencia del conflicto. Los regímenes fascistas fueron campeones en este particular sentido: creyeron posible eliminar el conflicto de la convivencia política. Todos debían estar unidos tras la misma causa nacional.

En este análisis, conservadores y marxistas se parecen. Los conservadores piensan que el conflicto es síntoma de la disrupción de un orden natural u armonía social que debe regresar a su punto de equilibrio original. El socialismo sostiene que el conflicto será superado el día que se resuelva la lucha de clases y cese tanto la desigualdad material como la injusticia estructural. Los liberales, en cambio, entienden que el conflicto es una presencia inescapable. Sólo se puede regular y negociar. No puede haber tal cosa como un gobierno de unidad nacional en esta lectura. Por lo demás, si la derecha cree que una mayoría apenas absoluta le permite conocer la voluntad general orgánica de la nación, está cometiendo el mismo error rousseauniano que tantas veces ha cometido la izquierda -el mismo que, en un arrebato de entusiasmo, le permitió decir a Giorgio Jackson que el movimiento estudiantil desplegado en la calle era “el pueblo”.

Queda una tercera posibilidad, con mejor pronóstico: un gobierno de unidad nacional se distinguirá del actual en el sentido de que favorecerá el diálogo y el consenso por sobre la ruptura y la “retroexcavadora”. El pecado del bacheletismo habría sido la arrogancia de confiar ciegamente en un diagnóstico y aprovechar su mayoría parlamentaria para imponer sus soluciones sin necesidad de buscar acuerdos con la oposición y la minoría. Si el piñerismo quiere operar políticamente en una dirección distinta, se trata de un giro bienvenido. Las reformas que se aprueban con amplios consensos suelen ser menos radicales, pero más legítimas y sostenibles en el tiempo. Como el fútbol, la política democrática no es un juego de velocidad sino de velocidades. No siempre se puede andar en quinta. Se corre el riesgo de atropellar a mucha gente. A veces hay que enganchar para abrochar ciertos resultados. Se avanza menos, pero se avanza seguro.

Contra esta última sensata interpretación conspira la propia retórica de la derecha. Llenarse la boca hablando de un gobierno de unidad nacional y al mismo tiempo fustigar cada una de las transformaciones del actual gobierno no es muy consistente. La unidad nacional no se obtiene en un clima de permanente crispación y antagonismo. Quizás sea buena idea aplicar la retroexcavadora piñerista a la retroexcavadora bacheletista, pero eso no anticipa un clima de unidad nacional. Es probablemente cierto que los chilenos no quieren derrumbar el modelo en su totalidad, pero no es cierto que rechacen por completo los objetivos de las reformas de la Nueva Mayoría. El caso Caval entorpece la visión y nos impide distinguir cuánto repudio a la segunda gestión de Bachelet se generó por discrepancias puramente programáticas y cuánto se debe a las imprudencias de su familia. Aun aceptando que el gobierno lo hizo mal en materias económico-sociales, es aventurado decir que los chilenos rechazan las reformas estrictamente políticas o aquellas denominadas “valóricas”. Más de un setenta por ciento de los chilenos está a favor del aborto en tres causales. Amenazar con la retroexcavadora en estos temas sería, paradójicamente, una burla a la idea de unidad nacional.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/10/12/144244/unidad-nacional

¿DE QUÉ CAMPAÑA ME HABLAN?

octubre 17, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de Octubre de 2017)

Pareciera que no hubiese campaña. Las calles no están saturadas de propaganda electoral, como solían estarlo a estas alturas. Las nuevas restricciones legales y presupuestarias han hecho lo suyo: han pospuesto la batalla en la vía pública hasta la recta final*. Los candidatos están obligados a desplegarse de forma distinta. Las reglas del juego han cambiado.

Por un lado, es una novedad positiva. La ciudad no se puebla de basura. Tal como ocurre en en los países desarrollados, donde es muy raro ver las plazas llenas de palomas y el tendido eléctrico adornado con caras y eslóganes vacíos. Sin embargo, un tejido urbano despolitizado sugiere una población menos pendiente de la campaña.

Esto último, piensan algunos, es malo. Solo van a votar aquellos que ya están naturalmente politizados. En un escenario de voto voluntario, gana el que logra movilizar a los votantes propios. El incentivo, por tanto, es hacer campañas focalizadas. Si el resto ni se entera que hay elecciones, mejor aún.

Así explican los expertos la estrategia de Sebastián Piñera. A diferencia de la elección del 2009, en la cual la derecha tiró toda la carne a la parrilla, esta vez Piñera prefiere pasar piola. Una campaña ruidosa puede ser contraproducente: no suma muchos más votos de los que ya se tienen pero despierta a potenciales adversarios. Es mejor que no despierten, piensan en el piñerismo. En ese sentido, al ex presidente le conviene que no vote mucha gente.

La mayoría de los políticos profesionales, sin embargo, se siente jugando con las piernas amarradas. Le echan la culpa a la comisión Engel y sus reformas. Como Engel es un académico y no un político, insisten, ideó un sistema que mata el fervor eleccionario. Este es un problema especialmente agudo para aquellos candidatos que compiten contra incumbentes y tienen que darse a conocer en corto tiempo. Es también un problema, dicen los cientistas políticos, porque los sectores naturalmente más politizados son los más educados y pudientes. Los pobres, sostiene este argumento, necesitan de la paloma y la pancarta tradicional para enterarse de lo que está ocurriendo. Las redes sociales constituyen una tribuna de creciente importancia, pero no todos los chilenos participan de las redes sociales.

En conclusión, una campaña que deja la calle limpia sería también una campaña elitista. Es una tensión no resuelta entre las nobles aspiraciones por reducir el poder del dinero en democracia, por un lado, y la realidad práctica de hacer campaña, por el otro.

*Los candidat@s tienen derecho a instalar palomas y los clásicos afiches callejeros sólo durante el último mes de campaña (que comienza este viernes) y en lugares expresamente habilitados para ello.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-10-08&NewsID=383801&BodyID=0&PaginaId=15

LA DERECHA CAVERNARIA SEGÚN VARGAS LLOSA

octubre 16, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 1 de octubre de 2017)

Después de la semana de estrellato de Michelle Bachelet en Naciones Unidas, para no ser menos, Sebastián Piñera también tuvo sus días de brillo internacional. Se reunió con el ex presidente estadounidense Barack Obama y recibió un premio -por su “defensa de la democracia y libertad”- de manos del premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa. La señal que envía el piñerismo es que su candidato también tiene estatura global.

Lo que no calza enteramente bien es que tanto Obama como Vargas Llosa promueven posiciones políticas que se distancia de la derecha chilena. Obama es un líder progresista, mientras Chile Vamos se parece mucho más al partido republicano, sus furibundos opositores. Por su parte, Vargas Llosa es un liberal de tomo y lomo. En ese registro, le dedicó duras palabras a esa “derecha cavernaria” que “no entiende lo que son los Derechos Humanos”, a propósito de su rechazo al aborto. Por de pronto, no puede ser liberal una derecha que legisla de tal manera –despejando el asunto que levantó Felipe Kast durante la primaria.

Sin embargo, es esa “derecha cavernaria” la que acompaña la candidatura de Piñera desde la Cámara de Diputados y el Senado. Prácticamente todos los congresistas de Chile Vamos votaron en contra de las tres causales excepcionales de legalización del aborto que promovía el oficialismo. Es decir, Vargas Llosa galardona a Piñera pensando que se trata de un gobernante liberal pero Piñera no cuenta con liberales entre su base parlamentaria. No sólo eso: él mismo se opuso al proyecto. Piñera es, por extensión, parte de la derecha cavernaria según Vargas Llosa.

Lo interesante es que el votante promedio de Piñera es menos conservador que los representantes oficiales del sector y que el propio candidato. Pero son pragmáticos y tienen sentido de las prioridades: lo que les importa es el crecimiento, el empleo y la situación económica-social. Piñera promete aquello. Por ende pasan por alto sus desvaríos filo-evangélicos. A fin de cuentas, la agenda “valórica” avanza lento pero avanza. Es difícil detener el curso de ciertas transformaciones culturales. A falta de un líder auténticamente moderno y liberal para la derecha chilena, buenos son los Piñera para meterle leños a la locomotora del estado y volver a echar a andar la máquina de la economía.

No hay engaño en ese razonamiento. Lo que sí resulta un poco contradictorio es seguir asociándose al prestigio de figuras internacionales que han ganado su prestigio –en parte- por defender causas que Piñera y la derecha actual combaten.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-10-01&NewsID=383254&BodyID=0&PaginaId=18

SOBRE LA TOLERANCIA

octubre 6, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de septiembre de 2017)

Es posible percibir en conversaciones tanto offline como online una extendida confusión respecto de la idea de tolerancia. Muchas personas creen que la tolerancia se refiere a la aceptación social de todas las prácticas y costumbres. Por lo anterior, piensan que cualquier crítica o cuestionamiento es una afrenta a la tolerancia. Esto es un error. La tolerancia se expresa justamente cuando estamos frente a una práctica o costumbre que nos desagrada, que nos molesta, que rechazamos. No hablamos de tolerar algo que nos parece bien.

Tolerar es aceptar la existencia de algo que no nos gusta. Dicha aceptación implica no activar los mecanismos coercitivos del estado para impedir dicha práctica o costumbre. Es decir, abstenerse de movilizar recursos políticos para prohibir, restringir o limitar. Desde esta perspectiva, no somos intolerantes cuando criticamos –aunque sea duramente- una determinada acción o pensamiento. Sólo somos intolerantes cuando le negamos a dicha acción o pensamiento el derecho a existir.

En sí misma, esa intolerancia no es mala. Las sociedades liberales, recordaba Popper, no están obligadas a tolerar a los intolerantes. A veces, por lo tanto, será necesario ejercitar los músculos del poder político. Pero, agregan los liberales, esas situaciones deben ser excepcionales y muy bien justificadas. En todo lo demás, opera el principio de tolerancia: hay que bancarse cientos de expresiones que contradicen nuestra idea de lo bueno.

Lo anterior no significa que haya que abdicar de los espacios que dispone la sociedad civil para contradecir o batallar culturalmente contra las ideas que nos parecen repugnantes. Fuera del brazo de la ley, todo es cancha. Ello incluye, por supuesto, la crítica en redes sociales. Por eso es tan absurdo acusar intolerancia cuando alguien dispara contra alguna práctica o idea. La tolerancia no involucra, insisto, una valoración positiva del hecho tolerado. La tolerancia no se extiende al aprecio a la diversidad. Esto último puede ser una gran virtud –una virtud del liberalismo como proyecto comprehensivo, probablemente- pero no es una virtud exigible desde el liberalismo como proyecto puramente político o justificatorio del poder.

En este sentido, el filósofo legal Brian Leiter distingue entre recognition respect y appraisal respect. El primer tipo se refiere a reconocer que existen formas de vida distintas a la nuestra pero que estamos compelidos a respetar en cuanto a su derecho a coexistir en igualdad de condiciones civiles. El segundo implica un grado de estimación de aquella forma de vida distinta a la nuestra. Las sociedades liberales sólo pueden exigir el primer tipo de respeto. Sería estupendo que muchos ciudadanos exhibieron también el segundo tipo, pero éste no es exigible políticamente.

Del mismo modo, tampoco es exigible políticamente la solidaridad. Sería estupendo que más chilenos fueran más solidarios en sus interacciones sociales. Pero el estado liberal se limita a establecer instituciones justas. Los impuestos que cobra, por ejemplo, no son a título de solidaridad, sino de justicia. La solidaridad es voluntaria. La justicia, no. Distintas concepciones de la vida buena exhiben distintas valoraciones de la solidaridad. Pero todos deben someterse a la misma concepción de justicia. Lo mismo ocurre con la participación. Sería estupendo que más chilenos participaran en los asuntos públicos, ya sea a nivel local, gremial o nacional. Pero el estado liberal reserva la participación obligatoria para ciertos actos especialmente relevantes.

Por cierto, las fronteras son porosas y flexibles. Lo que hasta ayer era pura solidaridad puede ser mañana una demanda de justicia. Lo mismo respecto de la participación política voluntaria. Respecto de la tolerancia, es común que ciertos grupos se organicen para denunciar un discurso que los ofende y de esta manera relegarlo a la ilegalidad. En ese sentido, esos grupos se comportan de forma intolerante, por la sencilla razón de que ya no están dispuestos a tolerar. Es decir, ya no están dispuestos a aceptar que un discurso ofensivo tenga derecho a coexistir en el espacio público. Es una intolerancia que bien puede estar justificada. Pero es intolerancia, conceptualmente hablando. Es el tipo intolerancia que demostró una pareja gay en Irlanda de Norte frente a una pastelería católica que se rehusó a prepararles una torta de matrimonio. Un juez dictaminó que los dueños de la pastelería habían discriminado de una manera que ya no es tolerable en la sociedad actual.

Por todo lo anterior, si yo me limito a criticar las sandeces que pronuncian los líderes de un credo religioso o cuestiono una serie de prácticas o tradiciones altamente valoradas por ciertos sectores de la población, no estoy siendo intolerante. Todo lo contrario. Estoy tolerando en la medida que no estoy solicitando la intervención del poder político para restringirlas. Mi tolerancia y mi repulsión no son sólo compatibles: se requieren la una a la otra. Sin la segunda no existe la primera. En cambio, si algún día me convenzo de que la prédica evangélica –por poner un ejemplo- ya no es sólo antitética a mis valores personales sino que es antagónica a los principios liberales de justicia, entonces seguramente solicitaré dicha intervención. Entonces, quizás a mucha honra, seré intolerante. Antes no.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/09/28/143855/sobre-la-tolerancia

EL NUEVO REGALÓN DE BACHELET

octubre 5, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 25 de septiembre de 2017)

Michelle Bachelet se acerca al final de su segundo mandato con un inesperado sello: la protección del medioambiente y la batalla contra el cambio climático. Ha sido el eje de sus recientes intervenciones internacionales. En este escenario adquiere especial protagonismo el ministro del ramo Marcelo Mena, el nuevo regalón de La Moneda.

Bachelet comenzó su gobierno depositando sus fichas en Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas, sus hombres de confianza. Pero los favoritos de la Presidenta naufragaron a medio camino. Mena se erige como el ministro estrella de la recta final. Su bautismo de fuego fue el rechazo del proyecto minero Dominga: en un hecho inédito en Chile, un ministro de medioambiente se impuso por sobre un ministro de hacienda y todo su equipo económico.

Al subrayar la importancia de estos temas, Bachelet le da consistencia a su decisión. Da lo mismo si Dominga se rechazó por estos u otros motivos. Lo que importa es la señal política: este gobierno cree que hay cosas más importantes que el crecimiento económico. En ese sentido, se distancia del discurso del ex Presidente Lagos, quien recientemente señaló que la tarea número uno de Chile es crecer y todo lo demás es música.

Curiosamente, Bachelet termina emulando a Lagos en otro sentido. Por su interés en materias de cambio climático y conservación medioambiental, al viejo gobernante le decían “capitán planeta”. Bachelet habría preferido que su legado fuese otro. Prometió más igualdad y menos abusos. Pero el caso Caval y sus ramificaciones no han dado esa sensación. Le habría gustado ser la Presidenta de la protección a la infancia. Destapada la olla putrefacta del Sename, es difícil sostener esa quimera. Por lo anterior, para el bacheletismo no es mala idea insistir en el rechazo a Dominga como parte de una mirada global sobre los urgentes problemas ecológicos que nos acechan. Llevando esas banderas a la escena internacional –rechazando el negacionismo científico de Trump y comprometiendo los humildes recursos de Chile en la lucha contra el cambio climático- Bachelet busca posicionarse como la nueva “capitana planeta”.

En esta estrategia, Mena juega un rol clave. De perfil bajo y sin carrera política, Mena es un técnico con pasión de activista. Sus adversarios piensan que lo segundo le gana a lo primero. Pero su seriedad y trayectoria académica en el área no están en discusión. Su creciente estrella ha opacado incluso al canciller Heraldo Muñoz, quien fue pionero en impulsar varios de los acuerdos medioambientales que hoy cosecha la Presidenta.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-09-25&NewsID=382819&BodyID=0&PaginaId=39

EL VETO DE BEATRIZ

octubre 4, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de septiembre de 2017)

Beatriz Sánchez se niega a concurrir a un programa de debate porque uno de sus panelistas colaboró con la dictadura. Es una decisión controvertida. Sánchez aspira a ejercer un cargo al servicio de todos los chilenos, no sólo de aquellos que comparten su visión ideológica o su juicio histórico. La candidata presidencial del Frente Amplio no ignora aquello, pero añade que como candidata puede permitirse esas licencias. No es una respuesta convincente: una candidatura es un examen de condiciones. En una campaña presidencial no se le habla solamente a los propios sino a toda la nación –en la cual subsisten grupos ligados afectivamente al régimen de Pinochet.

La posición de Beatriz Sánchez sería más defendible si el personaje en comento estuviera directamente involucrado en violaciones a los derechos humanos. Una objeción moral, en ese sentido, es procedente. Pero el panelista Sergio Melnick no está en esa ominosa categoría. El problema para Sánchez es que hay miles de civiles y militares que colaboraron con la dictadura en distintos niveles, en distintas etapas y por diversas razones, y que por tanto no es posible meterlos a todos en el mismo saco. Resulta injusto y ciertamente impracticable establecer un veto en todos los casos. Si quisiera ser consecuente, tendría que partir por cortar relaciones con todos los medios que apoyaron la dictadura.

Por otro lado -y éste es el argumento central de Sánchez-, Sergio Melnick no fue un simple funcionario sino un ministro. Es una responsabilidad política que pesa. Pero fue titular tardío del ministerio a cargo de la superación de la pobreza. Muchos otros no fueron ministros como Melnick pero sí tienen las manos manchadas. Quizás haya que mirar los desempeños caso a caso a la hora de formular un veto. También sería más defendible el veto si Melnick hiciera apología directa de la violencia política y las violaciones a los DDHH. Ciertamente un discurso de esas características no debiera tener pantalla. Sin embargo, sus intervenciones usualmente rescatan la labor “fundacional” de la dictadura en la dimensión institucional. ¿Basta aquello para el veto?

Finalmente, Sánchez dice no querer “validar” con su asistencia que un ministro de Pinochet esté en televisión. Es una respuesta que deja que desear . Ejerciendo su labor de periodista, Beatriz Sánchez entrevistó a decenas de colaboradores y protagonistas del régimen militar, partiendo por los dirigentes históricos de la derecha. Es decir, “validó” que tuvieran tribuna para exponer sus puntos de vista. Aquello parece un ejercicio de tolerancia y profesionalismo, que hoy le niega a sus colegas de Canal 13.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-09-22&NewsID=382593&BodyID=0&PaginaId=24

 

TURQUÍA: ENTRE DOS TIERRAS

octubre 3, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de septiembre de 2017)

El pasado 15 de Julio se cumplió un año desde el fallido golpe de Estado en Turquía. El oficialismo lo conmemoró en grande, como una fiesta de la democracia, el recordatorio de una gesta heroica en la cual el pueblo defendió a su legítimo presidente Recep Tayyip Erdoğan. Las calles y los edificios embanderados de rojo con medialuna. Afiches y pancartas con la imagen de ciudadanos ordinarios enfrentando a los soldados sublevados. Festivales y kermeses ofreciendo merchandising con el rostro del líder. Como un respetuoso intruso, un turista político, me colé en los festejos, tarareé las pegajosas canciones y me vestí con los colores patrios.

La primera dificultad fue distinguir si se trataba de una auténtica reafirmación de los principios democráticos o más bien de una campaña diseñada para rendir culto a Erdogan. Al menos en los sectores populares, el amor es genuino. Erdogan es el catalizador de un sentimiento nacionalista fuertemente arraigado en el pueblo turco. Nadie juega con Turquía mientras Erdogan esté a la cabeza, parece ser la teoría. Los liderazgos autoritarios prosperan en esta parte del mundo, especialmente cuando cunde la sensación de estar bajo amenaza. En ese sentido, los turcos no se quedan cortos en paranoia; muchos de mis interlocutores insistieron en su delicada posición geopolítica y en el hecho de contar con pocos amigos en el concierto internacional: Estados Unidos les recrimina un supuesto apoyo a grupos terroristas y por lo anterior –piensan- alimenta las aspiraciones golpistas de Fethullah Gülen; Rusia es el principal aliado de Bashar al-Assad en Siria, mientras Erdogan es su primer adversario. Las relaciones no son mejores en el vecindario. En esas condiciones, es muy conveniente contar con un hombre fuerte en el poder.

Otros tantos prefieren hacer la vista gorda respecto de los desvaríos autoritarios del líder porque su nombre es sinónimo de estabilidad. Cuando Erdogan ascendió el poder, Turquía se encontraba sumida en una aguda crisis inflacionaria. Erdogan la resolvió exitosamente. Es un acierto que le ha permitido una holgada cuenta de ahorro político. En cierto sentido, me recordó a los testimonios que recogí sobre Rafael Correa en Ecuador: aunque sutiles adversarios de la libertad de expresión e intolerantes a la disidencia, ambos gozan de masivo respaldo electoral por su capacidad de resolver las cuestiones materiales más urgentes y de apelar a los instintos nacionales más básicos y extendidos.

Hay solo un personaje que supera a Erdogan en protagonismo, tanto en el imaginario colectivo como en el espacio público: Mustafa Kemal Atatürk, el padre del estado turco moderno. Erdogan no tiene problema en utilizar la figura del viejo líder –un caudillo casi mitológico- para fortalecer el discurso nacionalista. Sin duda, Erdogan quiere compartir el panteón con Atatürk y que la gente lo reconozca como su legítimo heredero histórico. Es común ver sus retratos uno al lado del otro en las manifestaciones. Sin embargo, la realidad es que Erdogan tensiona el legado de Atatürk: mientras el padre turco era un fanático secular, el gobernante actual es prácticamente un islamista. Sus sucesivos gobiernos han hecho lo posible por socavar el reputado laicismo de las instituciones turcas. Mientras Erdogan hace lo posible por confundirse con la impronta del fundador, trabaja en sentido ideológicamente opuesto para derruir esos cimientos. No es de extrañar, por lo anterior, que la intentona de golpe militar haya invocado, precisamente, el nombre de Atatürk.

El efecto Erdogan ya siente en la dimensión cultural: nunca, me dicen, se habían visto tantas mujeres usando burkini en la playa. Nunca, me cuentan, se había sentido un ambiente tan hostil respecto del consumo de alcohol. Por instrucción política reciente, en la clase de ciencia ya no se enseña la teoría de evolución. A modo de anécdota, fueron varias las personas que me interrogaron por el dibujo de Darwin que llevo tatuado en brazo izquierdo. Después de explicarles que se trataba del árbol de la vida, me preguntaban con suprema incredulidad si acaso yo realmente creía aquel disparate. Me llamó la atención que estuvieran tan conscientes del tema y de su relevancia en la disputa religioso-cultural.

La sociedad turca se encuentra entonces entre dos tierras. Por una parte, una élite europeizada, sofisticada y secular que canta a voz en cuello los himnos de Atatürk en las grandes ciudades y en las playas de la costa turquesa. Por la otra, un pueblo devoto, tradicionalista y de orientación medio-oriental que se rinde ante la voz de Erdogan. Ambos mundos han sido bien retratados en las novelas de Orhan Pamuk y Elif Şafak, probablemente los dos escritores vivos más importantes de Turquía. En El Museo de la Inocencia, la acomodada familia del protagonista miraba con desprecio, desde la cosmopolita Estambul, las costumbres musulmanas del interior. En Las Tres Hijas de Eva, padre y madre libran una guerra cotidiana por influir en la vida de sus hijos: mientras el primero alababa la visión política de Atatürk –sin él, seríamos como Irán, decía con terror-, la segunda predicaba las virtudes del profeta Mahoma y encomendaba todas sus acciones a Alá. Pamuk y Şafak, de hecho, parecen ser más apreciados fuera que dentro de Turquía. Sorprendidos de ver a un extranjero leyendo literatura turca, garzones y transeúntes se me acercaron para criticarlos por su tendencia a “hablar mal del país”, como si el oficio de novelista tuviese que estar necesariamente alineado con la política oficial. Pamuk, por ejemplo, ha firmado peticiones internacionales por el reconocimiento del genocidio armenio, un delicado trauma sobre el cual el estado turco se hace olímpicamente el sordo. Es como que Nicanor Parra se declarara a favor de la demanda boliviana por mar. Muchos chilenos no se lo perdonarían. Del mismo modo la mayoría turca no se lo perdona a Pamuk, Nobel de literatura 2006.

Los números de Erdogan se han disparado después de la intentona golpista. No pocos creen que fue una maniobra del propio presidente para justificar las purgas que han remecido al país y consolidar así una posición de control total. Lo que está claro es que su dominio sobre la política turca no tiene contrapeso, salvo la sombra que proyecta su némesis histórica, el omnipresente Atatürk.

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