Archive for 28 diciembre 2017

VOTOS VEMOS, CORAZONES NO SABEMOS

diciembre 28, 2017

por Daniel Brieba (publicada en Diario Financiero el 22 de diciembre de 2017)

Solemos olvidar que puede haber una gran diferencia entre las razones que tuvo un electorado para escoger a un político y la interpretación que éste hace de esas razones. Bien lo sabe Bill Clinton, que en 1992 basó su campaña en una gran reforma de la salud, solo para tener que abandonar dicha reforma una vez en el poder ante el creciente rechazo a ella por parte de la misma opinión pública que lo había llevado a la victoria.

Por lo mismo, así como probablemente fue un error interpretar el apoyo electoral a Bachelet el 2013 como un mandato para un programa de reformas profundas, también lo sería el leer los resultados de primera y segunda vuelta como un plebiscito sobre éstas. Sabemos por las encuestas que dichas reformas no han sido populares, pero no sabemos si el apoyo o rechazo a ellas fueron determinantes para las personas a la hora de votar.

La preparación para gobernar, el deseo de caras nuevas, la marcha de la economía y tantas otras razones se conjugan también a la hora de escoger.

Por ello, para entender lo que pasó otro punto de partida puede ser más fructífero. Desde el 2009 en adelante, el cambio político en Chile ha sido impulsado fundamentalmente por un electorado urbano y de clase media.

A pesar de sus profundas diferencias ideológicas y de estilo, es en comunas como Puente Alto, Maipú, La Florida y muchas capitales regionales donde ha estado la fortaleza de ME-O el 2009; de ME-O, Parisi y Andrés Velasco el 2013; y de Ossandón y de Beatriz Sánchez este año.

Esto sugiere pues lo siguiente: la nueva y joven clase media chilena no está ni afectiva ni ideológicamente alineada bajo las coordenadas políticas de los partidos de la transición. Anda en busca de proyectos políticos que interpreten y representen políticamente su propia trayectoria vital. Y en eso, caben tanto proyectos políticos de derecha como de izquierda, porque si bien valoran el acceso al consumo y los resultados de la modernización capitalista, no ven eso como incompatible con querer universidad gratis o mayor seguridad social. Y por lo mismo, lejos de cualquier ideología, no consideran un sacrilegio votar por Sánchez o ME-O en primera vuelta y por Piñera en segunda.

Los datos de votación por comuna son aquí muy sugerentes. Más que la entrada de un ejército de reserva de votantes piñeristas en segunda vuelta – del cual cuesta encontrar evidencia– lo decisivo fue que Piñera subió con mayor fuerza su porcentaje de votación allí donde a Sánchez y a ME-O les fue bien, pero no donde a Goic le fue bien. El electorado de esta última, fiel a su identidad concertacionista, parece haberse inclinado por Guillier en mucho mayor medida. No fue el antiguo centro DC el que abandonó a Guillier, sino estos nuevos (y más jóvenes) votantes.

Por ello, desde el Frente Amplio hasta la UDI, la lucha política de estos tiempos no será por el centro ideológico, sino por el corazón de la nueva clase media.

Link: https://www.df.cl/noticias/economia-y-politica/actualidad/votos-vemos-corazones-no-sabemos/2017-12-21/203216.html

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VALE OTRO

diciembre 26, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 22 de diciembre de 2017)

Lo dijo la alcaldesa Evelyn Matthei en medio de los festejos: el nuevo gobierno de Piñera no puede estar dominado por la generación de la transición; debe ser un equipo que refleje la demanda por renovación. Para Matthei es fácil decirlo. Ella fue ministra de la primera administración piñerista. Junto a Joaquín Lavín, ya recibieron su premio a la trayectoria: municipalidades termales. Pero hay otros tantos de la vieja guardia que aún no han disfrutado de la tribuna que garantiza el gabinete.

Una derrota de Piñera habría significado la jubilación definitiva de su generación, o al menos la salida en masa de la primera línea. Es una generación porfiada. Además de un plebiscito perdido, acumula cinco derrotas presidenciales (la primera de ellas, la de Büchi, con el propio Piñera oficiando de jefe de campaña), media docena de parlamentarias y otras tantas municipales. Por el seguro a la derrota que ofrecía el sistema binominal, sus líderes nunca pagaron muchos costos. A diferencia de los conservadores británicos, los conservadores chilenos nunca tuvieron un David Cameron que, cansado de perder elecciones, los pasara a retiro. Pero es también, paradójicamente, una de las generaciones más exitosas que ha tenido la derecha chilena en la historia. En un país que se presume socioculturalmente de centroizquierda, no es cualquier cosa llegar a La Moneda dos veces en ocho años. Es gran mérito de Piñera, sin duda. Pero también de su entorno.

Por lo anterior, la generación “dorada” de la derecha chilena se gana un vale otro. Un Bonus Track. Un Extended Time. Un estirón del chicle. Como Rocky en el epílogo, le alcanza para una última pelea. Por cierto, no todos estarán en el ring. Varios de los próceres de la generación de la transición ya se fundieron: Jovino y Longueira, para empezar. Otros, como Coloma y Melero, entienden que muy probablemente agotarán su vigencia política en la refriega parlamentaria. Allamand es incombustible, pero sería un despropósito abandonar una senaduría tan potente y difícil de alcanzar como Santiago Poniente. Pero no es el caso de Andrés Chadwick, Alberto Espina o Hernán Larraín Fernández. El primero es el Pánzer del piñerismo y sería extraño que no tomara el control político del próximo gobierno. Espina y Larraín se abstuvieron de repostular al Senado para gozar -y sufrir – la titularidad de una cartera ministerial. El primero iría a Justicia o Defensa, el segundo a Cancillería. Esto sin mencionar a Gonzalo Cordero, estratega comunicacional del comando. Nunca fue coronel pero sí fue samurái: tiene un vínculo histórico con el grupo. No es casualidad que Piñera haya conocido los magros números de la primera vuelta a puertas cerradas con estos cuatro nombres: Chadwick, Espina, Larraín y Cordero. La notable excepción del experimentado círculo de hierro es Gonzalo Blumel, que podría ser hijo de los anteriores.

Este cuadro genera una tensión. Una de las principales lecciones de la última elección parlamentaria fue precisamente constatar que la demanda por renovación de los elencos políticos es real. El éxito del Frente Amplio no se explica en pura clave ideológica. Pero, al mismo tiempo, Piñera llega al poder con la presión de incorporar a sus compañeros de batalla, para una última gran marcha como aquella de los Ents, los árboles caminantes, en El Señor de los Anillos. Piñera entiende la necesidad de renovación en su sector. En un reciente encuentro, entusiasmó a los militantes de Evopoli confesando que entre ellos se encontraban tres cuartas partes de su futuro gobierno. La frase no debe haber caído bien en oídos de Jacqueline Van Rysselberghe o de Cristián Monckeberg, timoneles de los partidos más grandes de la coalición. Pero refleja que Piñera está leyendo correctamente el escenario: sabe qué acciones van al alza y cuáles no.

Piñera tendrá entonces que resolver un dilema: o premia los esfuerzos y desvelos de su generación, o entiende que a veces los gobernantes deben sacrificar a los suyos para alcanzar objetivos superiores. No bastan las declaraciones arjonianas. El paisaje político chileno está cambiando y la derecha en el poder necesita tener el olfato afinado y el lenguaje apropiado para los nuevos tiempos. No lo tuvo ciertamente en su primera incursión. El “gabinete de la gente linda”, lo llamó Fernando Villegas. Una alta concentración de hombres caucásicos, capitalinos de colegio particular, católicos heterosexuales, y casi todos en edad madura. No hay nada de malo en coleccionar esas características. La pregunta es si son las ideales para conectar con un país que, como le recordó la presidenta Bachelet al presidente electo en su tradicional llamado, es cada día más complejo.

Los Baby Boomers de la derecha tienen todo el derecho de reclamar su vale otro. Se lo ganaron. A fin de cuentas, equipo que gana repite. En una de esas, Lavín y Allamand siguen pensando que todavía les queda otra más. Pero los resultados del 19N muestran que los Millennials vienen con todo a jubilar no sólo a los Baby Boomers, sino a sus hermanos mayores de la Generación X. Ciertamente, no se construyen gobiernos a partir de cuotas etarias. Pero sería interesante observar si acaso la generación de Piñera demuestra el mismo sentido estratégico de Daniele de Rossi. Ante el llamado de su entrenador para ingresar a la cancha en el empate contra Suecia, el veterano volante defensivo italiano hizo lo que hacen muy pocos: disputó el cambio y exigió que entrara un delantero. Era la única manera de ganar el partido.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/12/21/146425/vale-otro-2

CONCIENCIA DE CLASE

diciembre 22, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 19 de diciembre de 2017)

Pensamos que se trataba de un exabrupto, una salida de libreto, una Piñericosa. ¿De qué otra manera podría interpretarse que un candidato presidencial pusiera en duda la limpieza de los procesos eleccionario de un país que se ha ganado su buena reputación al respecto? Un par de míseros votos marcados son anecdóticos, no bastan -ni de lejos- para montar una sospecha sobre el resultado. Pero ahí estaba Sebastián Piñera insuflando vida a la nada misma. Días después fue José Antonio Kast, el francotirador más efectivo de la derecha, quien dijo no abrigar dudas respecto de la posibilidad de que les robaran la elección. Con esas letras. Con ese talento que tiene para que las barbaridades que salen de su boca no parezcan tan bárbaras.

En los días previos a la segunda vuelta, la infame denuncia ya no parecía un error sino un acierto. Cundió el temor en las huestes piñeristas y la derecha social -no la de Ossandón, sino la de clase- se movilizó con un sentido de urgencia pocas veces visto. El miedo puede ser paralizador, pero también puede ser un motor para la acción política, tan poderoso como la rabia, la culpa o el sentido del deber. El miedo fue el combustible perfecto para energizar a los miles de apoderados que descendieron de las tres o cuatro comunas del barrio alto para desplegarse por la larga y ancha ciudad. Un taxista me comentó que fue apoderado de Guillier en San Joaquín, su comuna. Su par piñerista era un joven capo que venía de Lo Barnechea. Más allá de lo evaluativo, la diputada Karol Cariola no miente cuando señala que vio en Recoleta una gran cantidad de personas “que no había visto nunca, de pelo muy rubio”. Mi mejor amiga vive en Las Condes y cuidó los votos de Piñera en La Granja. En varios de mis grupos de whatsapp se hacían llamados desesperados a acudir a tal o cual colegio porque “la cosa está peluda”. Otra amiga comentó que, asunto curioso, ni a ella ni a su marido le tocaron votos previamente marcados. Repito: que no estaban marcados. Lo consideró digno de ser contado, porque en su imaginario era normal que ocurriera lo contrario.

Lo mismo con #Chilezuela. Lo que pareció una exageración de la diputada electa Erika Olivera se instaló en la campaña: si gana Guillier, bajo la pérfida influencia del Frente Amplio, Chile se irá derechito al despeñadero bolivariano. En ese contexto de polarización, quizás no fue un lapsus de Piñera comparar a su templado y grisáceo rival con ese energúmeno tropi-autoritario que es Nicolás Maduro. Concedamos que Guillier no ayudó mucho con sus metáforas sobre meter la mano en bolsillos que no hacen patria. Pero no se requiere un título en política comparada para reparar en lo descuadrada de la analogía. Los promotores de la campaña del terror desde la derecha –también la hubo desde la izquierda- ignoraron olímpicamente las enormes diferencias que tenemos con la Venezuela chavista en términos institucionales. Partiendo por el hecho fundacional del proceso chavista: una élite local que se abstiene de participar y renuncia a la contienda democrática. Nuestra élite, en cambio, se jugó la vida el pasado domingo.

Es una perogrullada académica observar que las comunas más ricas votan más que las más pobres cuando el voto es voluntario. Las razones suelen apuntar al diferencial en años de escolaridad: a mayor educación, mayor participación. En lenguaje sencillo, los ricos sienten que la política es una conversación propia mientras los pobres la perciben ajena. En promedio, un joven de colegio particular pagado aprende a discutir de política en la mesa y, si las circunstancias lo ameritan, comenta las elecciones con sus compañeros. En promedio, un joven que vive en la marginalidad no le dedica un minuto de su tiempo a ese país paralelo que transcurre fuera de su campo visual y sólo se apersona cada cuatro años en la feria regalando bolsas o calendarios. No llama la atención que en Vitacura haya sufragado un 73% del padrón mientras en La Pintana lo hizo apenas el 37,3%.

Las causas de la holgada victoria de Piñera son múltiples y acá no pretendo reducirlas. Pero es imposible soslayar que una de ellas está vinculada a lo que los marxistas llaman conciencia de clase. La derecha social y cultural chilena –aquella que vive en el distrito 11 pero también, por extensión, la del aspiracionalismo que los progresistas despectivamente identifican con el “facho pobre”- percibió en las últimas semanas que lo que estaba en disputa era demasiado importante como para restarse. Probablemente, la mayoría del electorado que marcó Piñera no lo hizo azuzado por el terror de una nueva UP sino legítimamente persuadido de sus aptitudes para promover crecimiento, empleo y seguridad. Lo que parece innegable es que la derecha dura -esa que coreó “Chile se salvó” en Plaza Italia- activó sus mecanismos defensivos como animal bajo amenaza e irradió un sentimiento de emergencia que fue tan contagioso como efectivo: #Chilezuela fue grito y plata en el sector oriente.

No es motivo de vergüenza reconocer el miedo como elemento movilizador. Tampoco lo es reconocer conciencia de clase. Marx confiaba en que el proletariado despertaría de su letárgica alienación para caer en cuenta que sus intereses eran antagónicos a los dueños del capital. Es razonable que los dueños del capital -o lo más parecido a ello que tenemos- hagan lo mismo.

Link: http://www.theclinic.cl/2017/12/19/columna-cristobal-bellolio-conciencia-clase/

CON CARA DE HAZAÑA

diciembre 18, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de diciembre de 2017)

Piñera gana con insospechada comodidad una segunda vuelta que se anticipaba más reñida. Confirma, a lo menos, dos tendencias. La primera es que en Chile ganan los que han sido punteros durante toda la carrera. A nadie le arrebatan la corona en la última fecha del torneo. Lagos pasó susto en 1999 y Piñera alcanzó a preocuparse tras sus escasos 36 puntos en primera vuelta. Sin embargo, todo vuelve a la normalidad en la recta final: siempre se imponen los favoritos.

Lo segundo que se confirma es nuestra incapacidad de achuntarle al resultado. Estamos siempre pisando territorio desconocido. Se pensaba, por ejemplo, que votaría menos gente en el balotaje. Así suele ocurrir. Pero votó más gente que hace un mes. En ese sentido, Guillier no lo hizo mal: dobló su votación de primera vuelta y superó los tres millones de votos, lo que sugiere que fue capaz de captar la gran mayoría del electorado de Beatriz Sánchez.

La sorpresa fue Piñera: no sólo juntó los tres millones de votos que sumaba con José Antonio Kast, sino que obtuvo 700 mil preferencias adicionales. Superó su propia marca de 2010. Una hazaña, por donde se le mire. Sobre todo porque se estaba instalando la idea de que esta elección era un plebiscito sobre su persona. El anti-piñerismo tomó fuerza en las últimas semanas. La derecha temía que se unieran todos los colores contra el gris, como se decía en jerga universitaria. Pero si éste fue acaso un plebiscito sobre las virtudes y defectos del personaje, Piñera lo ganó por nocaut.

Nadie cree, sin embargo, que el puro amor a Piñera explique este resultado. Hay dos tesis en competencia. La primera es que la campaña del terror fue exitosa. La narrativa #Chilezuela se instaló en ciertos círculos. Los grupos de whatsapp del barrio alto funcionaron como aceitadas máquinas proveedoras de apoderados. Contra lo que esperaba Zurita, fue la derecha la que acudió a sus puestos de combate. El piñerismo entendió que con las reglas del voto voluntario gana quien es capaz de movilizar a la base electoral propia. Para ello, sirve proyectar cuadros dramáticos que generen sentido de emergencia en la tribu. La derecha se movilizó ante el miedo que les provocó un gobierno de Guillier, prisionero de la influencia del Frente Amplio. De ahí la canción que se escuchaba anoche en los festejos: “Chile se salvó”.

La otra tesis es que Piñera ganó porque se apropió de las ideas del adversario. Prometió un cierto tipo de gratuidad en la educación superior y hasta se abrió a la posibilidad de una AFP estatal. Entendió que los chilenos no rechazaban las reformas de Bachelet, y se comprometió a continuarlas en la medida que la billetera lo permita. Los doctrinarios de su sector creen que vendió sus convicciones por un puñado de votos. Victoria pírrica, quizás. Pero victoria a final de cuentas – para satisfacción del senador Ossandón que hizo el negocio.

Piñera se apresta a gobernar un país teóricamente dividido, en la esperanza de que estemos nuevamente equivocados: que la polarización sólo sea un fenómeno electoral y no una realidad sociopolítica.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-18&NewsID=389578&BodyID=0&PaginaId=14

 

CINCO CLAVES DE UNA TRISTE SEGUNDA VUELTA

diciembre 12, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 11 de diciembre de 2017)

  1. Campañas del Terror

Tanto Sebastián Piñera como Alejandro Guillier han acusado ser víctimas de una campaña del terror, mientras simultáneamente ambos han legitimado campañas del terror contra el adversario. Se habla de campaña del terror cuando el argumento para movilizar votantes no se concentra en las virtudes del candidato propio sino en las desgracias por venir si gana el otro. Desde la derecha se ha dicho que un triunfo de Guillier nos acerca peligrosamente al chavismo (de ahí el hashtag #Chilezuela que se viraliza en redes sociales) o bien nos pone en el umbral de una nueva UP. Desde la izquierda se dice que un nuevo gobierno de Piñera sería un retroceso en una serie de derechos sociales conquistados bajo la segunda administración Bachelet: se revocaría la ley de aborto en tres causales, se acabaría con la gratuidad y los funcionarios públicos tendrían que abandonar sus puestos de trabajo.

Todas estas son exageraciones. Chile no cambia radicalmente de semblante si gana Piñera o gana Guillier. Piñera entiende que no puede aplicar la lógica de la retroexcavadora sino más bien construir sobre lo obrado. Guillier se ha cuidado de no hacer promesas excesivamente onerosas. Pero sus comandos y colaboradores saben que en escenarios de voto voluntario gana el candidato más eficiente en movilizar su base electoral. Y la mejor manera de movilizar es pintar un cuadro de colores dramáticos. Imprimir sentido de emergencia es el mejor de los incentivos a la participación electoral: aunque muchos no crean realmente todo lo que dicen del rival, le meten carbón al fuego para que sus respectivos partidarios no se queden en la casa el próximo domingo.

  1. Guerra de Condoros

Los candidatos no andan finos. Cada vez que hablan, se exponen al condoro. Piñera ha tenido que volver sobre sus palabras varias veces. Si bien es cierto que hubo un par de denuncias de votos marcados en todo Chile, el número es anecdótico e irrisorio en la escala de las cosas que importan. Ponerlo en la agenda fue una irresponsabilidad. También tuvo que refrasear su posición sobre los niños transgénero.

Dicen que Piñera quedó tan quemado con sus asesores después de los resultados de primera vuelta, que decidió no escuchar a nadie y seguir sus instintos. ¿Se acuerdan de la serie política gringa The West Wing? Un capítulo se titulaba “Let Bartlet Be Bartlet”, en referencia a lo bueno que resultaba, estratégicamente hablando, que el (ficticio) presidente Jed Bartlet se soltara y siguiera sus propias ideas. No es el caso con el ex presidente chileno: Dejar que Piñera sea Piñera es una mala idea.

Un día después de los errores no forzados de Piñera, fue el turno de Guillier, quien habló de meter la mano en el bolsillo de los ricos que no hacen patria y concluyó con adolescentes consignas guevaristas. A mucha gente indecisa, cada vez que habla Piñera le dan ganas de votar por Guillier. Habla Guillier y le dan ganas de votar por Piñera. Cuando agarran el micrófono, sus colaboradores empiezan a preparar el control de daños.

  1. Llorones e hipersensibles.

¿Se ha fijado en lo desagradable que son esos partidos de fútbol donde los equipos están más preocupados de pedir tarjetas para los jugadores contrarios que de jugar a la pelota? Es una justa analogía para lo que ha ocurrido en esta campaña de segunda vuelta. Al menor roce, se movilizan los comandos para denunciar juego sucio. Así ocurrió, por ejemplo, con aquella fugaz escena de la franja de Guillier donde se alcanzan a leer algunos chilenismos que una de sus partidarias pone por escrito acerca de la derecha. Nada del otro mundo. El piñerismo en pleno explotó de falsa indignación como esos jugadores que se lanzan teatralmente al piso cuando los tocan. Corrieron hacia el árbitro con los ojos desorbitados exigiendo las penas del infierno, aun cuando el contexto de la escena hacía obvio que no pretendía ser ofensivo contra su candidato (aunque probablemente lo hicieron para tapar el condoro de los votos marcados).

La hipersensibilidad no es buena consejera en política. Perdieron el día lloriqueando en lugar de instalar su propia agenda. Desde el Guillierismo la actitud no es muy distinta. Se moviliza hasta La Moneda, magnificando y sobrerreaccionando cada expresión de Piñera. La ministra Narváez también lleva un mes corriendo detrás del árbitro pidiendo tarjetas.

  1. A la caza del voto huérfano.

Ambos candidatos quedaron lejos de la mayoría absoluta y se vieron en la obligación de salir a buscar el apoyo de los postulantes que quedaron en el camino. A Piñera se le hizo más fácil: José Antonio Kast se plegó a su campaña sin condiciones. Sin embargo, Piñera se vio obligado a realizar gestos al mundo evangélico y a la familia militar, gestos que pueden alejarlo del votante moderado. Más condiciones puso Manuel José Ossandón para ponerse al servicio de la causa. El caudillo de Puente Alto forzó a Piñera a prometer gratuidad en la educación superior, una política que va contra las ideas de la derecha al respecto. Los doctrinarios se preguntan si acaso vale la pena ganar a toda costa traicionando los principios. Felipe Kast, por su parte, han sido el encargado de sumar apoyos del centro político, abogando por una coalición donde quepan actores más liberales en materias “valóricas”. Es dudoso, sin embargo, que los respaldos que ha recibido Piñera de la tribu velasquista se traduzcan en un caudal electoral relevante.

En la otra vereda, Guillier vive su propia teleserie. No logró abrochar el apoyo institucional del Frente Amplio pero sí de sus figuras más importantes, entre ellas la propia Beatriz Sánchez. No ha cedido en todo lo que le han pedido pero sí se ha acercado con cierta ambigüedad –por ejemplo, anunciando una condonación parcial del CAE. Aunque se le sumó oficialmente la DC, varios en ese mundo han dicho que no votarán por Guillier. Son pocos, pero los medios conservadores disfrutan amplificándolos con megáfono.

  1. Demasiado largo.

No ha sido las mejores semanas para la política chilena. Los candidatos presidenciales en carrera no han sido inspiradores en su relato ni contundentes en su propuesta. No han añadido nada sustantivo a lo que ya sabíamos de ellos. Piñera ha estado más errático que en primera vuelta. Guillier ha mejorado levemente pero está lejos de ser una figura motivante. Por sobre todo, está resultando eterno. Un mes entre la primera y la segunda vuelta es demasiado. Es cierto que entre medio hay que hacer espacio para la Teletón y un feriado religioso de escasa justificación secular, pero lo ideal sería que en el futuro estos períodos se acorten. De lo contrario la ciudadanía se hostiga, especialmente con una campaña que no se ha destacado por sus luces sino por sus sombras. Tampoco tiene mucho sentido que los congresistas electos tengan que esperar cuatro meses para tomar posesión de sus cargos. Por si fuera poco, el gobierno en funciones debe convivir con 6 meses de clima electoral, lo que es excesivo en períodos de cuatro años y agudiza el fenómeno del pato cojo.

Que se termine luego.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-11&NewsID=388961&BodyID=0&PaginaId=48

SONRISA DE MUJER

diciembre 8, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de diciembre de 2017)

Michelle Bachelet esboza una sonrisa después de los resultados de la primera vuelta. No porque a la candidatura oficialista le haya ido muy bien. El rendimiento electoral de Alejandro Guillier fue malísimo. No, la presidenta no sonríe por eso. Bachelet sonríe por lo mal que le fue a Piñera y –en cierto sentido- por lo bien que le fue a Beatriz Sánchez.

Un triunfo de Piñera en primera vuelta –o una votación lo suficientemente abultada que lo dejara en el umbral de la mayoría absoluta- habría confirmado la tesis de que el diagnóstico que llevó a Bachelet a La Moneda por segunda vez estaba descuadrado. Es decir, que los chilenos no estaban ansiosos por derribar el modelo sino que aceptaban de buena gana su dinámica, aquella donde el mercado determina el acceso a bienes y servicios básicos de acuerdo al poder adquisitivo de los individuos. Fue la tesis que articuló –mejor que nadie- el intelectual público Carlos Peña.  Los chilenos, decía Peña, valoran la dimensión emancipadora de la modernización capitalista. La expansión del consumo les ha abierto puertas que antes estaba reservadas para unos pocos. Hay cosas que el dinero sí puede comprar –escribe Peña en un guiño antagónico al pensador comunitarista y crítico del liberalismo Michael Sandel- y eso se siente bien. Entre las cosas que se pueden adquirir bajo este sistema no sólo hay bienes materiales; el mercado es también una competencia abierta por estatus.

La tesis de Carlos Peña es sociológica y no necesariamente normativa. Su objetivo es describir el nuevo paisaje más que pontificar sobre los valores que debiéramos profesar. Por cierto, Peña cree que hay algo valioso en la descripción. El suyo no es precisamente un lamento. Pero sus críticos olvidan  –probablemente porque no se han tomado el tiempo de leer su último libro- que Peña reconoce que estos procesos van aparejados de una persistente sensación de malestar social. Aun así, remataba Peña, la clase media chilena se ha encariñado con el vilipendiado modelo, y quien mejor representaba esos anhelos era Sebastián Piñera, no la izquierda quejumbrosa encarnada por el Frente Amplio. Una victoria arrolladora del candidato de Chile Vamos habría dado a Peña la razón y nos habría permitido sostener –ahora con la seguridad que dan los números- que el diagnóstico 2013 estaba ciertamente mal calibrado.

Pero no fue así. Piñera no fue capaz siquiera de repetir la votación que obtuvo ocho años atrás. Aunque gane la segunda vuelta, la sensación que queda en el ambiente es que no confirma ninguna tesis sobre una clase media fundamentalmente satisfecha con el modelo. Entre Guillier, Sánchez, Goic, ME-O, Navarro y Artés –todos más o menos críticos del mismo- acumularon el 55% de los votos válidamente emitidos. En estricto rigor, esto no refuta a Peña: sólo sugiere que su tesis sociológica no se traduce en lenguaje electoral (lo que puede tener explicación dada la naturaleza polarizadora del voto voluntario: quizás los chilenos satisfechos con la modernización capitalista no sufragaron). No prueba tampoco la tesis del derrumbe del modelo. Pero probablemente alcanza para especular que no se han rendido a sus pies.

Por lo mismo se ha puesto hincapié en las holgadas votaciones que consiguió la candidata del Frente Amplio en núcleos urbanos típicamente de clase media –sea lo que eso signifique. Varios integrantes de la familia que pasa el fin de semana en el mall de Maipú o Puente Alto marcaron Beatriz Sánchez. Aunque no es sabio reducir el electorado de la “Bea” a un solo perfil ideológico, parte importante de su base no cree que las reformas de Bachelet sean malas para Chile. Por el contrario, creen que el gobierno de la Nueva Mayoría ha sido tímido al respecto.

En ese sentido, los resultados del domingo 19 nos entregan pistas para resolver un puzzle que parecía insoluble: si acaso la baja popularidad de Michelle Bachelet se debía al rechazo mayoritario de la ciudadanía a sus reformas o a los efectos devastadores que significó el caso Caval para su capital político. Lo primero es de fondo. Lo segundo es contingente. A la derecha le habría gustado que fuera lo primero. Al Frente Amplio le convenía que fuese lo segundo. Ahora es plausible sostener que los últimos estaban en lo correcto: el gobierno no cayó por su programa sino por una falla en el liderazgo encargado de promoverlas.

Eso, paradójicamente, le saca una mueca de alivio a Bachelet –que compara campante sus actuales treinta y tanto de popularidad con la votación de Piñera. No alcanza para carcajada, pero sí para sonrisa. La presidenta no ha sido exitosa en parir sucesores a la altura. En su primer gobierno, tuvo dos hijos políticos: Andrés Velasco y Marco Enríquez. El mateo y el díscolo. Pero Bachelet le cortó las alas al primero –que la seguía en popularidad- y no pudo respaldar la aventura del segundo –que representaba chasconamente sus ideas. Tuvo que apoyar al tío poco agraciado de la familia. En este segundo mandato lo intentó con Peñailillo. Terminó mal. A última hora apareció Beatriz Sánchez, el conchito de este árbol genealógico llamado progresismo. Guillier es otro tío poco agraciado. A Bachelet le habría gustado votar por el Frente Amplio. A fin de cuentas, juntos corrieron el cerco de la política chilena. Por eso se contenta su corazón en el epílogo. Por eso se pasea, como su política pública estrella, con sonrisa de mujer.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/12/06/146057/sonrisa-de-mujer

AMARILLOS, PERO NO TONTOS

diciembre 4, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 3 de Diciembre de 2017)

“Amarillos” –recuerdo de mis tiempos universitarios- se le decía a quienes no manifestaban posiciones políticas claras y definidas. Ser amarillo era ser ambiguo, no casarse con ninguna opción, querer navegar en la indefinición. Esa es la acusación que ha recibido el Frente Amplio en los últimos días: su declaración frente a la segunda vuelta –en resumen: llamamos a votar, que cada uno decida libremente, pero Piñera nos parece un retroceso- habría sido amarilla. Lo señaló el propio Guillier: “Uno espera en política que la gente tenga posiciones definidas”, dando a entender que el Frente Amplio no las tenía.

En la derecha celebraron. Con exceso de entusiasmo, el senador Allamand indicó que el Frente Amplio le estaba dando un portazo al candidato de la Nueva Mayoría. No es tan así. Hasta Humbertito, si fuese militante de alguno de los colectivos que apoyaron a Beatriz Sánchez, entendería perfectamente que en este caso la libertad de acción no implica que Guillier y Piñera sean opciones igualmente válidas. Lo que Guillier perdió, en cualquier caso, fue la posibilidad de marcar un hito y generar momentum electoral.

El Frente Amplio habría preferido no encontrarse en esta situación. La gran familia concertacionista todavía no perdona a Marco Enríquez por el tibio apoyo que le dio a Frei en la segunda vuelta de 2009. Hay algunos que todavía le echan la culpa por haberle entregado el gobierno a la derecha en bandeja. La coalición de Boric, Jackson y Mayol no quería verse sometido al mismo chantaje. Querían apartar ese cáliz. Ellos esperaban una votación presidencial más acotada, junto a un Sebastián Piñera muy cerca de conseguir la mayoría absoluta. En ese escenario, nadie les podría haber recriminado nada. Pero consiguieron más poder del esperado, y con el poder vienen las responsabilidades.

Esto no se trata de que sean cabros chicos porfiados o Millennials. Estratégicamente hablando, al Frente Amplio no le conviene que la Nueva Mayoría recomponga sus fuerzas y se consolide como la principal coalición política de la centroizquierda. El oficialismo está herido –el magro porcentaje obtenido por Guillier en primera vuelta lo refleja- y en una de esas es mejor dejar que se desangre para que sea una nueva generación la que reclame su derecho a ocupar ese espacio. Esto puede sonar feo en algunos oídos, pero es una táctica razonable pensando las aspiraciones futuras del Frente Amplio. Si gana Piñera, la competencia por la conducción de la oposición queda abierta. Y para varios en la Nueva Mayoría –especialmente el PC y ciertos sectores del PS- se haría atractiva la idea de unirse a la savia joven del izquierdismo nacional cuyas acciones van al alza. Serán amarillos, pero no tontos.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-03&NewsID=388240&BodyID=0&PaginaId=29

ENFERMO TERMINAL

diciembre 1, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 28 de noviembre de 2017)

Todas las personas tienen una imagen de sí mismas. Cada cierto tiempo, sin embargo, esa imagen debe actualizarse. No es lo mismo tener veinte años que cuarenta. No es lo mismo tener cuarenta que ochenta. Varias cosas cambian. Quienes no actualizan la imagen que tienen de sí mismo corren el riesgo de hacer el loco.

Es lo que le pasa la Democracia Cristiana. Nació irreverente con sus padres, escindiéndose del viejo Partido Conservador. Contó con liderazgos de vanguardia, decididos a llevar los ideales de la doctrina social de la Iglesia a la política. Fue una gallarda tercera vía entre el marxismo ateo y el capitalismo salvaje. Llevó la mística de la militancia al paroxismo en la marcha de Patria Joven que condujo Frei Montalva. En su adultez, guió la delicada transición a la democracia. La DC puede decir que durante una década fue el partido más importante de la coalición política más exitosa de la historia de Chile.

El cambio de siglo le hizo mal. Zaldívar fue destrozado por Lagos en 99, Alvear ni siquiera llegó a la cita con Bachelet en 2005, Frei Ruiz-Tagle fue el candidato del 29% en 2009 y a Orrego le ganó hasta Velasco sin partido en 2013. El eje de poder pasó a manos del progresismo. La modernización capitalista y el discurso de las libertades individuales -éxitos de la propia Concertación que algún día lideraron- aceleraron la obsolescencia de su narrativa comunitarista y socialcristiana. La DC perdió influencia en círculos intelectuales y entre los estudiantes se transformó en una rareza. Sus príncipes nunca se hicieron reyes. Pero cada vez que se miraba al espejo, la DC seguía viendo al musculoso joven que alguna vez fueron.

La reciente paliza que acaban de recibir en la presidencial y parlamentaria fue un baño de realidad. En eso hay que agradecer la aventura de Carolina Goic. Aunque el propósito era revivir la identidad del falangismo, sirvió finalmente para que supiéramos el real estado de salud de la DC. Su agonía será lenta. Aunque dejen de ser gravitantes, los partidos pueden sobrevivir largo tiempo conectados al respirador artificial. Es cosa de mirar al Partido Radical.

En ese contexto hay que entender las peleas que hoy cruzan a la DC. Peleas de viejo achacoso que no soporta contemplar su progresiva intrascendencia. A estas alturas da lo mismo quien lidere el partido. La conducción cayó ahora en manos de una desconocida dirigente. Su principal misión es contribuir a que gane Guillier para que los militantes que trabajan en el gobierno no pierdan la pega. Así se aseguran que el respirador artificial siga funcionando por un rato más.

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