¡ABAJO LOS INTELECTUALES!

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic el 25 de enero de 2018)

Populismo es un concepto jabonoso. Para entenderlo mejor, la editorial de la Universidad de Oxford acaba de publicar un compendio con la mirada de académicos de todo el mundo que han estudiado sobre el tema. Para nosotros, la novedad es que dos de sus editores trabajan en universidades chilenas: Cristóbal Rovira en la Universidad Diego Portales y Pierre Ostiguy en la Pontificia Universidad Católica. Por si fuera poco, Rovira escribió junto al reconocido especialista Cas Mudde el volumen sobre populismo de la reconocida colección de introducciones breves de la misma prestigiosa editorial. Es decir, Chile se está convirtiendo en un foco de investigación de alto nivel sobre el fenómeno del populismo.

Aunque hay discrepancias, la gran mayoría de los especialistas coincide en que todas las formas de populismo apelan al pueblo y denuncian a la élite. Es decir, exaltan las virtudes de la gente común y corriente, la que vería sus intereses truncados por culpa de una élite corrupta y fuera de contacto con la realidad. Es una relación antagónica: el líder populista necesita de un enemigo visible para articular su narrativa redentora. La élite que ataca el populismo no es necesariamente económica. Puede ser social o cultural. En este último sentido, el populismo suele ser anti-intelectualista. No le gustan los expertos. En contraste, el populismo dice hablar desde el sentido común. Como lo describía el historiador Richard Hofstadter, el anti-intelectualismo consiste en una actitud de sospecha frente a todo eso que ocurre en los laboratorios, las universidades, los cuerpos diplomáticos y en general frente a los grupos más educados de la población.

Me acordé de todo esto a propósito de la respuesta que el ex candidato presidencial José Antonio Kast le dedicó a mi columna “Rubios del Mundo, Uníos”. En su texto, Kast sugiere que nuestra diferencia radica en que él no tuvo “el privilegio de estudiar un postgrado”, lo que le impidió llenarse de “conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes que son capaces de explicar cómo funciona el mundo desde una biblioteca”. Señala, en suma, que mi incapacidad para entender al ciudadano promedio tiene que ver con mi calidad de intelectual, pues la descripción correcta de la realidad no la entrega un paper académico. Después de un ejercicio de victimización –que no hace más que confirmar dramáticamente el punto central de mi columna original-, remata que su intención es “darle visibilidad a esa mayoría silenciosa que ha sido marginada… olvidada de los papers y discusiones extranjeras”. Esa realidad que también ignoran “las columnas de El Mercurio, La Tercera, The Clinic o la Revista Capital”. Él, en cambio, sí conoce esa realidad: Kast está del lado del verdadero pueblo, y su adversario es la élite.

En este sentido, Kast desarrolla una narrativa populista de manual. La columna vertebral de su discurso es el anti-intelectualismo. Recuerda las amenazas que ha dirigido el primer ministro húngaro Viktor Orbán –un caso de estudio de populismo contemporáneo- contra la Universidad Central de Europa con sede en Budapest, comandada por el intelectual liberal Michael Ignatieff. Evoca también el estilo de Nigel Farage, el líder del partido nacionalista euroescéptico UKIP, que gustaba de retratarse en la barra de un bar para posar de ciudadano común. La batalla por el Brexit estuvo cargada de sentimiento anti-intelectualista. “Gran Bretaña ya está cansada de los expertos”, espetó el dirigente conservador Michael Gove. Recuerda también a Sarah Palin del Tea Party gringo, cuyo “populismo chic” –como lo bautizó Mark Lilla- amenazaba incluso con barrer con el aporte intelectual de la propia tradición conservadora. Trae a la memoria, finalmente, el relato de Fujimori contra Vargas Llosa en Perú: todo lo que prestigiaba al Nobel peruano en el circuito internacional y la élite local –su erudición, su ideario liberal, su cosmopolitismo- fue convenientemente presentado por el fujimorismo como un lastre que lo incapacitaba para comprender la realidad del ciudadano medio.

Pensábamos que el modelo de populista anti-intelectual lo encarnaba Manuel José Ossandón (quien dijo su programa costaría exactamente “cuatro mil trescientos cuarenta y cuatro mil quinientos millones, coma cinco dólares” como una forma de ridiculizar a los políticos que sí manejan los números). Pero quizás sea José Antonio Kast quien encaje mejor en la categoría. Su apelación a la mayoría silenciosa también es de manual. Viene de tiempos de Nixon y busca romper el eje tradicional de izquierda y derecha para situar un nuevo clivaje: nosotros, la mayoría común, versus ellos, el establishment. Su alusión sarcástica a ciertos medios de prensa está en consonancia con la típica denuncia Trumpiana a los “medios liberales”. Todo esto sin mencionar las otras características propias del fenómeno populista que se acumulan en el personaje político de José Antonio Kast: un caudillo carismático sin estructura orgánica, adorado por sus seguidores –le llaman “emperador”- y festejado transversalmente por sus simpáticas ocurrencias que subliminalmente refuerzan el mensaje (los “martes de pololeo” resaltan su sencilla virilidad y el “rayo derechizador” su calidad de hombre fuerte).

Chile se está convirtiendo en un foco de investigación de alto nivel sobre el fenómeno del populismo, como lo demuestra el trabajo de Rovira y Ostiguy. Pero también está dando material local para el análisis. Aunque para Kast esto no sean más que “conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes”, al menos ya no son “discusiones extranjeras”.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/24/columna-cristobal-bellolio-los-intelectuales/

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