Archive for 28 febrero 2018

PREGUNTAS AL FEMINISMO

febrero 28, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 16 de febrero de 2018)

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Arelis Uribe tiene 31 años y quiere que explote todo. Así se titula, al menos, el volumen que recopila sus columnas más comprometidas con la causa feminista en el contexto chileno. La rabia de Arelis Uribe tiene pies y cabeza. Va dirigida contra la estructura social que llamamos patriarcado y contra las expresiones cotidianas que reproducen la asimetría entre hombres y mujeres. Para quienes no entienden qué está en disputa en la batalla cultural que libra diariamente el feminismo, la selección de Arelis Uribe es un piquero a ese mundo.

Vamos por parte. Arelis Uribe reconoce que el feminismo es “polifónico”, como lo denomina. Polisémico, dirían otras. El punto es que no existe una sola forma de practicar el feminismo. Porque el feminismo no es, en la mirada de la autora, un set de convicciones finales sino una actividad, como la felicidad en Aristóteles. Esa práctica puede tener distintos fundamentos teóricos. En la tradición que sigue Arelis, muchas de las diferencias que existen entre hombres y mujeres han sido culturalmente impuestas. Sin embargo, añade, también pueden declararse feministas aquellas que piensan que los estereotipos de género están vinculados a la naturaleza de la especie y no han sido necesariamente construidos. Es decir, cuando se trata de dibujar el perímetro conceptual, el feminismo de Arelis es ecuménico.

Justamente por esta admisión, Arelis no busca denunciar los falsos feminismos. Pero la tensión está presente. Sería interesante saber qué piensa la autora respecto del “feminismo sin bigote” que dice representar la alcaldesa de Maipú. La alusión de Kathy Barriga no es trivial: su punto es que se puede ser feminista y al mismo tiempo abrazar ciertos cánones estéticos que refuerzan la idea de mujer como objeto de deseo. Para cierto feminismo, dichos cánones han sido impuestos por el patriarcado. Por ende, no se puede ser libre dentro de esos cánones opresivos. Sin embargo, feministas como Ema Watson, Kathy Barriga y las conejitas de Playboy que lloraron la partida de Hugh Hefner consideran que sí existe un espacio significativo de liberación en la explotación de la propia sexualidad. Para el feminismo de raigambre marxista, esta idea de emancipación no es más que falsa conciencia. Para el feminismo de fibra liberal, en cambio, la igualdad que se persigue consiste justamente en la capacidad de tomar decisiones autónomas. Para las marxistas, el problema es la estructura; para las liberales, es la agencia individual.

El feminismo de Arelis es declaradamente de izquierda. Sabe en qué lugar la ubica su cuerpo y su clase. Tiene consciencia interseccional, dirían las académicas. Quizás por lo mismo, su mejor capítulo está dedicado al machismo de izquierda, que a ratos -muchos ratos- olvida que las formas de opresión son múltiples. “El género”, dice la autora en la senda que va de Angela Davis a Nancy Fraser, “al igual que la clase, es un sistema que divide el poder”.

La selección de Arelis Uribe también es instructiva para reconocer las tensiones no resueltas que se generan en el eje naturaleza – cultura. La columnista habla de lo “naturalizado” que está hablar del cuerpo de las mujeres, la “naturalización” del ideario conservador sobre la división sexual del trabajo, y lo “natural” que nos parece escuchar historias desde la perspectiva masculina. Lo que no queda enteramente claro es qué rol juega la idea de naturaleza en estos problemas. Una posibilidad es entender natural como “neutral”, “imparcial”, “objetivo”. En ese sentido, siguiendo inconscientemente a De Beauvoir, Arelis tiene razón: aunque estemos acostumbrados, lo masculino no es neutral y cuando se hace pasar por neutral se produce una asimetría injusta. De ahí su persuasivo alegato por un lenguaje inclusivo. La otra posibilidad es entender natural como preconfigurado por siglos de evolución biológica. En ese sentido, la crítica del feminismo al concepto de lo natural entra en arenas movedizas. Arelis llega a sostener que el patrón que usualmente hace que las mujeres críen a sus hijos “no es instinto maternal” sino “carga política”. Como tal, es susceptible de ser modificado vía intervención cultural. Esta es la vieja discusión que suele enfrentar a la psicología evolutiva que afirma que el ser humano no es una pizarra en blanco y el bando feminista de fibra marxista que cree que somos fundamentalmente maleables. La pregunta que surge es si acaso es necesario batallar contra las conclusiones de la ciencia -que acredita las tendencias básicas de nuestra división sexual- para justificar las posiciones normativas del feminismo y su alegato central: que las diferencias biológicas no se traduzcan en diferencias políticas, sociales y económicas. Si lo primero no determina lo segundo, ¿para qué pelear contra lo primero?

Los textos, finalmente, son de una feminista Millennial. Reconoce con hidalguía que su nueva militancia le “arruinó el sentido del humor”. Arelis Uribe pertenece al grupo que patrulla las micro-agresiones que se dan en la conversación cotidiana. Reivindica la funa como reprimenda social contra el machismo porque la visión de mundo que dice defender es “la única moral que vale la pena”. Sin embargo, no es estalinista. Hija de su tiempo, se le escapa la veta liberal cuando añade que no quiere prohibirle a nadie sus chistes por hirientes que parezcan. Arelis no viene a censurar. Arelis viene a educar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/02/15/147885/preguntas-al-feminismo/

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YO SOY TU PADRE

febrero 25, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 14 de febrero de 2018)

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El politólogo Patricio Navia solía decir que Pinochet es el padre del nuevo Chile. De su rostro actual. De su fisonomía político-social. Siempre me gustó esa metáfora. Pero me he convencido últimamente que ese título le queda mejor a la Concertación. Ella tiene la paternidad (o maternidad) del nuevo Chile. La Concertación fue la síntesis perfecta de lo que había que producir después de la tesis upelienta y la antítesis dictatorial. Se juntaron en una misma fuerza una serie de voces que expresaban distintos temperamentos ideológicos y que no habían actuado antes juntas. Los viudos de Allende trajeron su renovación socialista y los herederos de Frei Montalva su reformismo legalista. Persistieron las diferencias en el discurso económico, pero no fueron tantas tampoco. La Concertación descubrió desde su tierna infancia que el crecimiento es condición sine qua non. Su proyecto fue eminentemente político y se llamó democracia, que para estos efectos significaba desinfección progresiva del tutelaje militar. En ese sentido, su legado es profundamente liberal.

La Concertación fue el matrimonio por conveniencia entre el humanismo cristiano y el humanismo laico. Dos tribus originalmente antagónicas que tuvieron que compartir la habitación de los ministerios. Más importante que eso: tuvieron que compartir problemas y pensar juntos en soluciones. No es un pegamento que dure para siempre, pero dura lo suficiente. Piñera acaba de felicitar a “Chile Vamos” porque “pocas coaliciones políticas han logrado tanto, tan valioso y en poco tiempo”. Suena algo ridículo cuando pensamos en la coalición que recuperó la democracia y gobernó invicta por veinte años. La Concertación parió al Chile que marchó el 2011.

Un buen proxy para conocer a los padres es examinar a los hijos. El caso de la Concertación y los suyos es una linda historia. Cada uno venía con hijos de anteriores relaciones. Recuerdo las disputas universitarias de los noventa: a un lado se sentaba la familia democratacristiana, al otro lado la familia progresista. Pero con el tiempo tuvieron hijos juntos. Hijos culturalmente similares. Hijos que ya no podían determinar con facilidad si eran humanistas laicos o humanistas cristianos. El límite se difuminó. ¿Se acuerdan de Sebastián Bowen, fugaz jefe de campaña de Frei en 2009? Siempre lo vi como el vástago más químicamente puro de ese coito doctrinario: un auténtico socialcristiano progresista. En Bowen era difícil distinguir donde comenzaba el humanismo cristiano y empezaba el humanismo laico. Si hubiese estudiado un par de años después, habría militado en el NAU, semillero de Revolución Democrática. Es precisamente en RD donde mejor se advierte esta fusión cromosómica. Son los hijos comunes de ese acuerdo conyugal llamado Concertación. Que intenten matar al padre es otra historia. Es lo que deben hacer los hijos a cierta edad. Lo importante es que la Concertación, como esas parejas que ya no se llevan, siguió unida por el bien de la familia. Un matrimonio que duró casi 30 años, ¿qué más quieren?

El eje de ese acuerdo fue lo que Mirko Macari denomina el “partido del orden”, un pacto de hierro forjado en el odio al dictador, la coincidencia estratégica y el sentido excluyente del poder.  Un engranaje vaticano cuyos cardenales fueron los Gutenberg, los Escalonas, los Zaldívar, los Viera-Gallo, los Arriagada, los Núñez, entre otros. Un reinado de príncipes florentinos que se fueron poniendo viejos, guatones y pelados en el ejercicio de sus delicadas magistraturas. Hay gente que le tiene mala a la cultura Mapu. Yo creo que fue indispensable. Podemos juzgarlos por venderse al libremercadismo y traicionar la revolución. Pero algún día la historia los reconocerá como el grupo que captó oportunamente que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Donde algunos ven claudicación, otros identifican realismo y madurez. Nadie va a escribir poemas románticos sobre el Mapu y menos sobre la Concertación y el partido transversal que le dio sustento político. Salvo que sea un poema Parriano. A Parra, me atrevo a pensar, le caía bien la Concertación pues había algo muy chileno en ella. Esa seriedad de funcionario público. Ese temor disfrazado de mesura. La obsesión por el reconocimiento internacional. La sacada de vuelta en horario laboral. Los vidrios polarizados. El primer viaje en avión con la familia. El colegio particular subvencionado con copago. Radio Cooperativa y el primer café. La Fundación Chile 21. Diputados y empresarios como héroes nacionales, antes de la crisis reputacional que les pegó a todos. Las ganas de pintar un arco iris en el rincón menos colorido de Latinoamérica. El catolicismo. Sobre todo, el catolicismo. La Concertación no quiso destape a la española. Selló una alianza fáctica con la Iglesia y se encargó de dosificar el cambio cultural que anunciaba la modernización capitalista. Hasta sus socialistas fueron católicos. Decían que Chile no estaba preparado para, bueno, para nada. Tuvieron que ser dos parlamentarios democratacristianos de misa dominical los promotores de la ley de divorcio. Era la única manera de avanzar. Y fue un parto con fórceps.

La Concertación me recuerda la canción que Piero le dedica a su viejo. Un buen tipo que creció con el siglo, la figura pesada, sin carnaval ni comparsa. Ahora ya camina lento porque la edad se le vino encima. Pero es nuestro querido viejo. Somos su sangre y su tiempo.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/02/14/columna-cristobal-bellolio-padre/

CONTRAGOLPE

febrero 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic el 30 de enero de 2018)

En el fútbol, se habla de su majestad el contragolpe cuando un equipo está bajo asedio, recupera la pelota y se va con todo en demanda del pórtico rival. Es una analogía pertinente para explicar el diseño ministerial del presidente electo Sebastián Piñera. En los últimos años, la derecha chilena ha sufrido importantes derrotas ideológicas. Probablemente la más importante ha sido la demonización del lucro y el juicio ético sobre la focalización y la subsidiariedad. También ha recibido otras palizas culturales en aquellas batallas que tienen que ver con el cuerpo, la autonomía y la moral. La izquierda corrió el cerco de lo posible.

Por eso el gabinete que saldrá a la cancha en marzo se interpreta como una maniobra ofensiva. Agressor. Gerardo Varela será ministro de Educación y se ha confesado enemigo frontal de la agenda del movimiento estudiantil que la Nueva Mayoría adoptó como suya. Isabel Plá será Ministra de la Mujer y clamó a los cielos cuando se aprobó el aborto en tres causales –un logro apenas civilizatorio para el feminismo. Roberto Ampuero será Canciller y hace explotar granadas cuando se refiere a Cuba, Venezuela u otro paraíso bolivariano. Alfredo Moreno estará a cargo de la cartera que tiene por misión superar la pobreza y tiene más plata que pelo en la cabeza. José Ramón Valente será titular de Economía habiendo defendido toda su vida una ortodoxia cuasi-minarquista. O sea, Piñera sale a tocarle la oreja a la izquierda. Inaugura una derecha sin complejos de inferioridad.

Hay varias maneras de leer este envalentonamiento. La primera tiene que ver con el resultado de la segunda vuelta. Piñera esperaba ganar por una cabeza. Pero ganó con distancia. Eso le permite suponer que el mandato que los chilenos le han dado es amplio. La segunda no tiene tanto que ver con los holgados números que lo hicieron presidente por segunda vez. A fin de cuentas, el Piñera del balotaje tuvo que replegarse programáticamente, incluso abanderarse con algunos proyectos prototípicamente Bacheletistas. Por tanto, no puede creer realmente que la ciudadanía esté enamorada de las ideas de la derecha. No, esta segunda tesis parte de la premisa de que la realidad está siempre en disputa y hay que salir a pelear por configurarla a la pinta. Es decir, Piñera se habría comprado la tesis de que estamos librando una batalla cultural y no es tiempo de guardarse nada. Piñera no va por el empate, como lo hizo la derecha desde el regreso a la democracia. Va por los tres puntos.

Esta tesis adquiere fuerza cuando se mira el tablero completo. Al frente, el gobierno tendrá un adversario mal parado, fracturado, groggy. No hay mejor momento para contragolpear. Piñera incita a la izquierda frenteamplista a atacar. La invita a salir a la calle. Le ofrece un partido de ida y vuelta. Sabe que la efervescencia del 2011 es irrepetible. La gente no se bancará otro año intenso de movilizaciones, especialmente cuando se percibe que las más demandas más emblemáticas de esa fuerza tectónica que recorrió Chile ya están siendo procesadas de una manera u otra por el sistema político. Por el lado de la vieja gran familia concertacionista, Piñera sabe que no hay nadie capaz de devolver el combo. Ya no está Mamá Michelle para protegerlos.

También hay cierta provocación en ignorar olímpicamente la demanda por renovación política que se escuchó fuerte y clara en las elecciones parlamentarias. Piñera coqueteó con la idea de la savia nueva pero finalmente depositó su confianza en los viejos estandartes. Por un lado, se repite el plato una inédita cifra de seis ministros –convirtiendo a Piñera en el campeón de las sillas musicales que su coalición criticó por lustros con histeria. Por el otro, adjudica premios a la trayectoria a todos sus coetáneos que no agarraron ministerio la primera vez. Finalmente, eleva el promedio de edad en seis años respecto de su primer gabinete, inaugurando el gobierno más longevo desde Aylwin. Es decir, la manida demanda por recambio generacional le entró por un oído y le salió por el otro.

Tampoco se le nota intranquilo por designar un gabinete que acumula varios casos que calzan con la definición periodística de conflicto de interés. Mal que mal, el propio Piñera fue el niño símbolo del conflicto de interés en su estreno presidencial –la pobre Ena usó sus primeros seis meses frente al micrófono explicando las estrategias accionarias del jefe- y nada de aquello le hizo mella en su regreso. Fue costo hundido. Un gabinete ideológicamente radicalizado es una historia más sabrosa que cualquier otra. Si la oposición quiere golpear al nuevo gobierno por ese lado, estará hablando con la muralla.

Existe la posibilidad de que toda esta especulación sea ociosa y Piñera haya echado mano a lo que tenía sin tanto diseño ni estrategia. Pero a uno le gustaría pensar que hay una idea detrás de todo esto. En efecto, Ampuero puede vocalizar el anhelo piñerista de convertir a Chile en el opositor regional por excelencia del proyecto chavista, empalmando con el discurso de Amnistía y la OEA. Con Moreno, el presidente puede decir que pone la plata donde pone la boca. La Concertación usó ese ministerio como el vuelto del pan. Piñera, en cambio, pone al mejor de los suyos. Nunca un ministerio social había tenido tanta relevancia política. Otras apuestas son más difíciles de descifrar. Pero casi todas van en la misma línea: contradecir, al menos en el discurso, las ideas y las políticas más simbólicas que ha instalado culturalmente la izquierda en los últimos años en Chile.

Link: https://www.theclinic.cl/2018/01/30/columna-cristobal-bellolio-contragolpe/